Descubrí a mi marido con su amante en un café y me quedé paralizada cuando mi mejor amiga confesó que los había presentado

Lucía, dime la verdad, ¿no crees que este corte de pelo no me favorece? Carmen se arregló el flequillo frente al espejo de la peluquería y miró a su amiga con preocupación.

¡Qué dices, estás preciosa! la tranquilizó Lucía, aunque una nota falsa se coló en su voz. En serio, rejuveneces mucho.

Carmen pagó a la estilista. En el reflejo del espejo, su rostro de cuarenta años con el pelo corto sí parecía más joven. Pero, por alguna razón, eso no le alegraba el corazón.

¿Vamos a tomar un café? propuso Lucía al salir. Acaban de abrir una cafetería nueva cerca.

Vale aceptó Carmen, pero rápido, que luego tengo que hacer la cena.

Se sentaron junto a la ventana. Lucía pidió un café con leche y un pastel; Carmen, un té sencillo.

Oye, ¿y qué te ha dicho Javier de tu nuevo look? preguntó Lucía, removiendo la cucharilla.

No sé Carmen encogió los hombros. Ni se ha fijado. Ayer me puse un vestido nuevo y ni siquiera lo miró.

¿En serio? Lucía se inclinó hacia delante. Yo pensaba que todo iba bien entre vosotros.

Bueno, ¿cómo te lo explico? Carmen suspiró. Vivimos como compañeros de piso. Él se pasa el día trabajando, yo en casa. Los fines de semana, él se va de pesca o mira el fútbol con los amigos. Y yo limpio o visito a mi madre.

Carmen, ¿cuándo fue la última vez que salisteis juntos? ¿Al cine, de paseo, aunque fuera a cenar?

Carmen intentó recordar, pero no le venía nada a la mente.

La verdad, ni lo sé. Hace meses, quizá en el cumpleaños de Ana. Y ni siquiera hablamos.

Lucía movió la cabeza con pena.

Ay, amiga. Y pensar que antes te perseguía como un gato. ¿Te acuerdas en la universidad? Flores, poemas, lo que sea por llamar tu atención.

Eso fue hace veinte años sonrió tristemente Carmen. La gente cambia.

No todos replicó Lucía. Mi Roberto sigue siendo un romántico. La semana pasada, de la nada, me llevó a la ópera. Dijo que echaba de menos la cultura.

Carmen observó a su amiga. Lucía irradiaba felicidad: ojos brillantes, sonrisa satisfecha. Y tenían la misma edad, se conocían desde primaria.

Qué suerte tienes con tu marido murmuró Carmen.

No es suerte Lucía cortó un trozo de pastel. Hay que saber llevarlos, no relajarse. Y tú, perdona que te lo diga, te has dejado ir.

¿Cómo? Carmen frunció el ceño.

Mírate con honestidad. Bata de casa, jerséis viejos, ni rastro de maquillaje. ¿Cuándo fue la última vez que fuiste al gimnasio?

Carmen sintió el rubor subirle a las mejillas. Sí, había engordado unos kilos. Sí, ya no se cuidaba como antes. Pero entre el trabajo, la casa, las preocupaciones…

Lucía, no soy modelo para ir siempre impecable.

No se trata de eso. Un hombre necesita ver a una mujer a su lado, no a una asistenta. Quizá Javier se ha alejado porque ya no eres su esposa, sino… bueno, ya me entiendes.

Carmen lo entendió. No una esposa, sino algo parecido a un mueble más de la casa.

Bueno, no te pongas así Lucía le dio una palmadita en la mano. Todo tiene solución. Cuídate, renueva el armario. Verás cómo Javier te mira distinto.

Carmen asintió, aunque por dentro algo se retorcía. ¿Era culpa suya que su matrimonio se hubiera convertido en esto?

De camino a casa, entró en una perfumería y compró pintalabios y máscara de pestañas. Esa noche, se maquilló y se puso su mejor vestido.

Javier llegó cerca de las ocho. Al ver la mesa puesta y a Carmen arreglada, arqueó una ceja.

¿Viene alguien? preguntó, lavándose las manos.

No, solo quería cenar bonito.

Ah él empezó a comer. ¿Te has cortado el pelo?

Sí, hoy. ¿Te gusta?

Javier la miró de arriba abajo.

Está bien. Más corto.

Nada más. Ni un cumplido. Carmen ocultó su decepción.

Javier, ¿qué tal si salimos este fin de semana? Hace tanto que no hacemos nada juntos.

Este finde no puedo. Le prometí a Roberto ayudarle con la reforma del baño.

¿A Roberto? ¿Al marido de Lucía?

Sí, ¿pasa algo?

Nada, solo preguntaba.

Carmen recogió la mesa mientras Javier encendía la tele. Una noche normal. Sin conversaciones, sin intimidad.

Al día siguiente, en el trabajo, no podía concentrarse. Las palabras de Lucía resonaban en su cabeza. ¿Tenía razón? ¿Había descuidado tanto su aspecto que Javier ya ni la veía como mujer?

En la hora de comer, fue a una tienda deportiva y compró ropa de gimnasio. Decidió apuntarse a uno cerca de casa.

Esa noche se lo comentó a Javier.

Me parece bien dijo él. Te vendrá bien para la salud.

“La salud”, no “la figura”. Carmen hizo una mueca mental.

Durante un mes, fue al gimnasio tres veces por semana. Los resultados se notaban: más tonificada, cinco kilos menos, moviéndose con soltura.

¡Estás espectacular! se admiró Lucía cuando quedaron. ¿Ves? Te lo dije. ¿Qué dice Javier?

Nada especial reconoció Carmen. Una vez dijo que me veía bien. Y ya está.

Qué raro. Quizá necesita un empujón más fuerte.

¿Qué clase de empujón?

Lucía bajó la voz.

Los celos. Nada como hacerle ver que otros podrían interesarse por ti.

Lucía, ¿qué dices? Soy una mujer casada.

Y qué. No hablo de infidelidad. Solo un poco de coqueteo. Que vea que puede perderte.

Carmen negó con la cabeza. Esos juegos no eran para ella.

En casa, la rutina seguía igual. Javier parecía no notar los cambios. Cortés, pero distante.

Una noche, Lucía llamó alterada.

Carmen, ¿estás en casa? Necesito verte.

Claro, ven.

Media hora después, Lucía entraba en su salón, deshecha.

Roberto me ha sido infiel soltó, hundiéndose en el sofá. Ayer encontré una nota en su chaqueta. De una cualquiera.

Carmen la abrazó.

Lucía, ¿seguro? Quizá es un malentendido.

¡Qué malentendido! Lucía sollozó. Se lo enseñé. ¿Sabes lo que me dijo? Que ella le entendía, y yo solo le regañaba.

¿Qué? Pero si siempre contabas lo feliz que eras…

Mentiras secó sus lágrimas. No quería admitir que nosotros tampoco estábamos bien. Hasta te envidiaba a ti por lo estable que eres.

Carmen se quedó helada. ¿El matrimonio perfecto de Lucía también era una farsa?

Pasaron horas hablando. Cuando Lucía se fue, Carmen no podía dormir. ¿Era mejor la monotonía que los dramas?

Por la mañana, le contó a Javier lo de Lucía.

Pobres dijo él. Aunque Roberto me comentó que Lucía le agobiaba. Que siempre quería flores, teatros, atención.

¿Cómo sabes

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Mantel blanco, vida gris