¿Y tú quién eres para decidir?” – preguntó sorprendida su exmujer al verme junto a su cama de hospital

La puerta del hospital chirrió al abrirse, y el olor a antiséptico inundó el pasillo. Carmen apretó el tupper de plástico contra su pecho mientras buscaba el número de la habitación.

¿Y tú quién eres para decidir? La exmujer de Javier la miró con los ojos entornados, las uñas esmaltadas de rojo clavadas en el bolso de diseño.

Carmen no contestó. Respiró hondo y se acercó a la cama donde él yacía pálido, las sábanas arrugadas bajo sus manos callosas.

Javi susurró, colocando la comida en la mesilla junto a un vaso de agua medio vacío.

Él abrió los ojos, oscuros como el café sin azúcar.

¿Carmen? ¿Cómo?

Me lo dijo Lola, la vecina del quinto. La encontré en el Mercadona.

Javier intentó sonreír, pero el gesto se le quebró. Su piel, curtida por años de sol en los campos de olivos, ahora parecía papel viejo.

Es solo un susto, mujer. Los médicos dicen que fue un infartito pequeño. Nada grave.

Carmen tragó saliva. No era “nada grave”. Las arrugas alrededor de su boca eran nuevas, profundas como cicatrices.

¿Y Maribel? preguntó, sin querer preguntar.

Javier apartó la mirada hacia la ventana, donde la tarde teñía el cielo de naranja.

Se fue. Hace tres meses. Ahora vive en Málaga con ese con el dueño del taller de coches.

El silencio pesó como una losa. Ocho años juntos. Ocho veranos en la playa de Cádiz, ocho Navidades con sus familias en el pueblo. Ahora, solo esto: una habitación gris, el pitido monótono de las máquinas.

Carmen sacó el tupper.

Te traje potaje. Y unas naranjas de mi árbol.

Las manos de él temblaron al cogerla.

Siempre pensando en todo, ¿eh, Carmela? Como antes.

Antes. Cuando tenían veinte años y él le prometía estrellas bajo el puente romano. Antes de que Miguel apareciera con su coche alemán y sus promesas de viajes a París. Antes de que la dejara plantada con una hipoteca y una niña de tres años.

Javi, lo siento las palabras le ardieron en la garganta. Por lo de entonces.

Él negó con la cabeza.

Eso fue hace una vida.

Pero no para ella. Cada vez que veía a un hombre con sus mismos ojos oscuros, cada vez que olía jazmines su flor favorita, el remordimiento le cerraba el pecho.

La puerta se abrió de golpe.

Hola, cariño Maribel entró como un huracán, el vestido ceñido brillando bajo las luces fluorescentes. Vaya, qué reunión más emotiva.

Carmen se levantó, pero Javier la detuvo con un gesto.

No te vayas.

Maribel cruzó los brazos.

Qué curioso. Cuando estás sano, nadie se acuerda de ti. Pero en cuanto te ven vulnerable

Basta la voz de Javier sonó áspera. Carmen no tiene que dar explicaciones.

Claro que no Maribel soltó una risa fría. Solo apareció por casualidad, ¿verdad? Igual que cuando fuisteis novios.

El monitor cardíaco aceleró su ritmo.

Salgan ordenó la enfermera al entrar. Ahora.

Fuera, en el aparcamiento, el aire olía a sal y gasolina. Maribel encendió un cigarrillo.

No es lo que piensas dijo Carmen.

¿Y qué pienso yo, según tú?

Que esto es una jugada. Que quiero algo.

Maribel exhaló el humo lentamente.

¿Y no es así?

Carmen miró hacia la ventana del cuarto piso. Allí, entre las cortinas descorridas, se adivinaba una figura inmóvil.

Solo quiero que esté bien.

Pues entonces aléjate Maribel aplastó la colilla con el tacón. Por su bien.

El autobús de vuelta a Sevilla tardó media hora en llegar. Carmen apoyó la frente contra el cristal, recordando las palabras de Javier cuando se despidió: “Ven mañana, si quieres”.

¿Y si iba? ¿Y si, después de veinte años, la vida les daba otra oportunidad?

O quizás era demasiado tarde. Quizás algunas heridas nunca cicatrizaban.

El motor rugió. Ella cerró los ojos.

Mañana lo decidiría.

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