Pues resulta que se encontraron tres soledades. Una mujer ya madura, pero todavía hermosa, pegaba otro cartel en una farola y se alejaba despacio, un poco encorvada. Su figura frágil casi se había perdido entre los copos de nieve cuando, bajo la tenue luz del farol, apareció un perro enorme, flaco y helado, de un color indefinido y una raza aún más dudosa.
Temblaba de frío y hambre, con los ojos llorosos. Con mucho esfuerzo, se levantó sobre sus patas traseras y leyó el cartel: “Mujer solitaria busca amigo”. *”Me está buscando a mí”,* pensó el perro. *”Porque yo soy el verdadero amigo, leal y fiel Y debo estar donde me esperan”.*
Arrancó el papel con los dientes y, juntando sus últimas fuerzas, siguió las huellas de la mujer solitaria, ya casi borradas por la nieve y visibles solo para él.
El gélido día invernal se convirtió en una noche aún más fría. La nieve quemaba sus patas, su escaso pelaje se había empapado y cubierto de costras de hielo, los ojos apenas se le abrían por el resplandor de la nieve No le quedaban fuerzas, pero el perro, cayendo y levantándose, avanzaba hacia la llamada de aquella mujer que anhelaba un amigo.
Hasta que, al fin, ya no pudo más. Sus patas cedieron bajo el peso del frío, la nieve lo aplastaba, pesada e implacable
A solo unos pasos de allí, detrás de una verja de hierro, la mujer solitaria, presintiendo algo entre la felicidad y la desgracia, no podía dormir. Salió de su cálida casa envuelta en una bata y zapatillas, sin sentir el frío, y se quedó allí, esperando
De repente, un pequeño montículo de nieve comenzó a moverse, y de él emergió una figura medio congelada, con un papel apretado entre los dientes y una mirada llena de lealtad y amor.
En el arrugado cartel aún se leía: *”Mujer solitaria busca amigo”.*
Con cuidado, para no hacerle daño, la mujer abrazó a aquel ser helado, lo llevó dentro y, con voz temblorosa, llamó al veterinario de urgencias que encontró en Google. Por suerte, el perro se salvó. El veterinario, un hombre serio, le recetó un tratamiento y recomendó un buen pienso. Y como no tenía más llamadas esa noche, aceptó quedarse a tomar una taza de té con unas galletas caseras.
Resultó que estaba soltero; las chicas no entendían por qué prefería ocuparse de animales en lugar de salir de fiesta o liarse con las becarias. No perdonaban que dejara todo por recomponer, como un puzle, la pata rota de un gato atropellado o ayudar a una perra a dar a luz.
Y claro, a las mujeres no les interesaba escuchar historias de animales; preferían hablar de joyas, no del brillo en los ojos de un ser agradecido.
La mujer lo escuchaba con una chispa en la mirada. *”¿Y tiene muchos pacientes en la clínica?”*, preguntó. *”Bastantes. Con las fiestas, hay más accidentes, intoxicaciones y no faltan los maltratadores. Dentro de una hora tengo que ir a hacer curas y poner sueros, estoy de guardia.”*
*”¿Puedo acompañarle? ¡Yo le ayudo, sé cómo hacerlo!”*
Un año después, en una casita encantadora, vivía una familia feliz con un perro mimado y bien cuidado, y el aroma de galletas recién hechas llenaba siempre el aire.






