A los cuarenta, ¡justo a tiempo!

¡A los cuarenta es el momento perfecto!

Irene, ¿qué haces que tardas tanto? ¿Te has quedado dormida? ¡Vamos, que vamos a llegar tarde al trabajo!

¡Ya salgo! Irene se estremeció ligeramente al escuchar la voz de su marido tras la puerta del baño.

Ella sabía que estaba tardando más de lo normal, pero tenía sus razones. Llevaba toda la semana sintiendo náuseas por las mañanas, y aunque al principio no le dio importancia, ahora empezaba a asustarse.

Irene intuía el motivo, pero solo pensar en un posible embarazo la aterraba. Respiró hondo, apartó esos pensamientos y salió del baño.

Perdona le dijo a su marido con un gesto, es que hoy no me salían bien las cejas.

¡Pero si te las maquillas en el dormitorio! Alejandro la miró con cara de pocos amigos.

¡Ah, es verdad! Ni siquiera discutió.

Se apresuró hacia la cocina para preparar el café, como cada mañana. A ambos les encantaba, pero hoy el simple aroma le revolvía el estómago. Beberlo era imposible.

¿Te encuentras bien? preguntó Alejandro, preocupado.

Sí, solo que hoy no me apetece café murmuró Irene.

¡Venga ya! ¡Se te veía la cara de asco! ¿Estás enferma?

Irene se abrazó a sí misma. Solo de pensar en un bebé, le temblaban las manos. Alejandro se acercó y le tocó la frente.

No tienes fiebre ¿Quieres quedarte en casa? Llama al trabajo, diles que necesitas un día. No nos falta que encima te pongas mala Con lo que nos queda por pagar de la hipoteca

Cuando Alejandro salió de casa, Irene se dejó caer en el sofá, pensativa. Sabía lo que tenía que hacer: comprar un test. Pero le daba miedo confirmarlo. Si era positivo, todo cambiaría.

“Acabo de ascender, Alejandro tiene razón con la hipoteca, y queríamos irnos de vacaciones”, pensó. Claro que, años atrás, ambos soñaban con ser padres. Sobre todo al principio, cuando todo era color de rosa y tenían veinte años. Pero nunca llegó.

Con el tiempo, Irene dejó de pensarlo. Se acostumbró a su vida en pareja y ya no quería otra cosa. Alejandro tampoco hablaba de hijos. Parecía haber aceptado que no serían padres. Y ahora ¿Un bebé? Serían gastos, noches en vela, llantos

Irene gimió, frustrada. ¡Qué mala timing!

Pero, cansada de darle vueltas, fue a la farmacia. Para su horror, el test dio positivo. Estaba embarazada. Puso una mano sobre su vientre, casi le pareció notarlo diferente, aunque era imposible.

De pronto, un escalofrío la recorrió al pensar que dentro de ella crecía una personita que dependía por completo de ella. Se sintió confundida. Por un lado, le daba miedo. Por otro, una extraña felicidad la invadió.

Pequeño, serás lo mejor que me haya pasado susurró.

Pero luego volvieron las dudas. Ya no era joven. ¿Y qué diría Alejandro? ¿Se enfadaría? ¿Ya no quería ser padre? Él también había envejecido.

Pasó el día en un torbellino de pensamientos, cada vez más nerviosa. Sabía que debía decírselo, pero cuando Alejandro llegó del trabajo, solo preguntó:

¿Cenamos?

¡Claro! ¿Qué pregunta es esa? ¡Tengo más hambre que un lobo!

Alejandro la observó con curiosidad mientras ella se apresuraba hacia la cocina. Notaba algo diferente en su Irene. Sus ojos brillaban de otra manera. ¿Qué le pasaba? Prefirió no sacar conclusiones precipitadas.

¿Cómo te encuentras?

Bien. Es que dormí un poco esta tarde y me sentó genial. En el trabajo no se preocuparon, total, hoy era jornada reducida. ¡Además tenemos el aniversario de la empresa! Creo que ni se dieron cuenta de que falté.

¿Cuándo es la fiesta?

Mañana. Iba a ser hoy, pero hubo problemas con el restaurante.

¿Vas a ir?

Irene iba a decir que sí, pero recordó al bebé.

No, mejor me quedo en casa. Prefiero perderme una fiesta que arriesgarme a ponerme mala.

Como quieras dijo Alejandro, pensativo.

Ahora estaba seguro: algo pasaba. Irene nunca se perdía una celebración, menos con sus amigas.

¿No quieres celebrar tu ascenso con ellas? preguntó.

Hoy no. ¿Mañana salimos juntos?

Alejandro asintió.

¿Me haces un té?

¡Claro! Irene se levantó y empezó a prepararlo con movimientos lentos, nada habituales en ella.

Alejandro la observó con atención. Siempre hacía todo rápido, pero ahora iba despacio, con cuidado. Solo se le ocurría una explicación, y le dolió. Si era cierto, significaba que su mujer ya no lo amaba.

No pudo contenerse. Se levantó y, con voz grave, preguntó:

¿Quién es?

¿Qué? ¡No te entiendo! Los ojos de Irene reflejaron miedo, y Alejandro se convenció.

Dime quién es ese hombre del que te has enamorado.

¿Qué dices, Ale? Su voz sonaba genuinamente confundida, pero él no le creyó.

¡Te notas distinta! ¡Estás radiante! Si has encontrado a otro allá tú.

Alejandro dio media vuelta, pero antes de salir, se detuvo. Quería dejarlo claro.

Te quiero, Irene. Pero si es así suerte.

Irene se quedó paralizada unos segundos antes de salir corriendo tras él.

No era el momento ideal, pero no tenía opción. Alejandro ya se ponía la chaqueta cuando ella llegó al recibidor y soltó:

¡Ale, estoy embarazada!

¿Qué? Ahora él era el que no daba crédito.

Se acercó lentamente. Irene lo miraba con miedo, esperando su reacción.

El test ha salido positivo. ¡Vamos a ser padres! Tomó su mano y la puso sobre su vientre. Aquí está tu hijo o hija.

La expresión de Alejandro cambió varias veces antes de apartar la mano, girarse y salir sin decir nada.

Irene se quedó sola, confundida y dolida. Siempre había sido él quien más deseaba ser padre. ¿Y ahora huía? No era la reacción que esperaba.

Se fue a la cocina, limpiando mecánicamente para no derrumbarse. Sin Alejandro, no sabía cómo afrontaría la maternidad.

Aunque en su corazón guardaba una esperanza: que volviera.

Media hora después, sentada en el salón a oscuras, sonó el timbre.

¿Quién será?

Miró el reloj. Era tarde para visitas. Alejandro tenía llaves, así que no podía ser él. Se secó las lágrimas, forzó una sonrisa y abrió.

Lo primero que vio fue un ramo enorme de rosas, sus flores favoritas. Detrás, la sonrisa de Alejandro.

Toma, Irene dijo, entregándoselas.

Ya dentro, añadió:

Perdona por irme así. Fue un shock, no supe reaccionar. ¡Estoy feliz! Si es niño, le pondremos Teo; si es niña, Lucía. Hay que avisar a tus padres, ir al médico

No paraba de hablar, hasta que notó las lágrimas de Irene.

¿Por qué lloras? ¿Qué pasa?

Dejó las flores y la abrazó. Ella se aferró a él, sollozando.

¡Creí que no lo querías! Que te daba miedo ¡Pensé que a los cuarenta ya era tarde!

Ni lo sueñes, Irene. Jamás te dejaré. Y no digas tonterías. A los cuarenta es el mejor momento.

¿Y la hipoteca? ¿Mi ascenso? ¿Nuestros planes?

Alejandro suspiró, la miró a los ojos y dijo con firmeza:

Irene, escúchame. Nuestro hijo es lo más importante. La hipoteca se pagará. Tú verás si vuelves a trabajar después. ¡Mis ingresos dan! Lo demás son tonterías. ¡Y las noches sin dormir no me asustan!

Irene sonrió, abrazándolo con fuerza. Estaba feliz de que lo supiera y más aún por su reacción. Entre sus brazos, supo que juntos lo superarían todo. ¡Juntos los tres!

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A los cuarenta, ¡justo a tiempo!
Oleg regresaba a casa tras otra jornada de trabajo. Era una tarde invernal cualquiera, de esas que parecen envueltas en la niebla del hastío. Al pasar frente al colmado de la esquina, vio a un perro callejero, de pelo rojizo y desgreñado, con ojos tristes, como de niño perdido. —¿Qué haces aquí? —gruñó Oleg, aunque se detuvo. El perro alzó la cabeza, sin pedir nada, solo mirando. “Estará esperando a sus dueños”, pensó Oleg y siguió andando. Al día siguiente, la misma escena. Y al otro, también. El perro parecía haberse pegado a ese lugar. Oleg empezó a fijarse: la gente pasaba de largo; alguno le tiraba un trozo de pan, otro una salchicha. —¿Por qué sigues aquí? —le preguntó una tarde, acuclillándose a su lado—. ¿Dónde están tus dueños? El perro se le acercó, con cuidado, y apoyó el hocico en su pierna. Oleg se quedó quieto. ¿Cuánto hacía que no acariciaba a nadie? Tras el divorcio, habían pasado tres años. Su piso, vacío. Solo trabajo, tele y nevera. —Mi bonica —susurró, sin saber ni de dónde le había salido el nombre. Al día siguiente, le llevó salchichas. Una semana después, colgó un anuncio en internet: «Encontrado perro, buscamos a los dueños». Nadie llamó. Un mes más tarde, volviendo de un turno como ingeniero —a veces pasaba la noche en la obra—, vio un corrillo frente al supermercado. —¿Qué ha pasado? —preguntó a la vecina. —Que han atropellado a la perra esa. La que llevaba aquí un mes. El corazón le dio un vuelco. —¿Dónde está? —La han llevado a la clínica veterinaria del Paseo de la Castellana, pero piden un dineral… ¿Para qué, siendo callejera? Oleg no dijo nada, giró y salió corriendo. En la clínica, el veterinario negó con la cabeza: —Fracturas, hemorragias internas. El tratamiento será muy caro. Y no aseguramos que sobreviva. —Cúrela —dijo Oleg—. Lo que cueste, pago yo. Y cuando le dieron el alta, se la llevó a casa. Por primera vez en tres años, su piso se llenó de vida. Y su vida cambió. Radicalmente. Oleg ya no se despertaba con el despertador, sino cuando Lada le rozaba la mano con el hocico. “Vamos, jefe, es hora de levantarse”. Y él se levantaba, sonriendo. Antes, el día empezaba con café y noticias. Ahora, con un paseo por el parque. —¿Vamos a respirar aire fresco, muchacha? —le decía él, y Lada meneaba el rabo alegre. En la clínica, pusieron todo en regla: pasaporte perruno, vacunas. Oficialmente, ya era su perra. Oleg hasta sacaba fotos de cada papel, por si acaso. Los compañeros de trabajo alucinaban: —Oleg, ¿te has quitado años de encima o qué? Vaya energía llevas. Y era verdad —por fin se sentía útil, por primera vez en mucho tiempo. Lada resultó ser lista. Inteligentísima. Le entendía a la primera. Si llegaba tarde de trabajar, ella esperaba en la puerta, con una mirada que decía: “Me tenías preocupada”. Por las tardes paseaban largo rato por el parque. Oleg le contaba cosas del trabajo, de la vida. ¿Absurdo? Tal vez, pero ella escuchaba atenta, a veces gimiendo bajito en respuesta. —Sabes, Lada, antes pensaba que era mejor estar solo. Nadie te molesta, nadie te agobia. Pero al final —le acariciaba la cabeza— solo me daba miedo volver a querer a alguien. Los vecinos se acostumbraron a verlos juntos. La tía Vero, del bloque de al lado, siempre le guardaba un hueso. —Se nota que es querida, la perra —repetía. Pasaron uno, dos meses. Oleg hasta pensó en abrirle una cuenta en redes sociales. Lada era muy fotogénica —su pelaje rojizo brillaba como oro al sol. Pero entonces ocurrió lo inesperado. Un paseo más, en el parque. Lada husmeando los setos. Oleg sentado en el banco, absorto en el móvil. —¡Gerda! ¡Gerda! Oleg alzó la vista. Se acercaba una mujer de unos treinta y tantos, rubia, deportivamente vestida y muy maquillada. Lada se tensó y agachó las orejas. —Perdone —dijo Oleg—. Se equivoca. Es mi perra. La mujer se plantó delante, desafiante. —¿Cómo que suya? ¡Es mi Gerda! ¡Se me perdió hace medio año! —¿Perdón? —¡Exactamente! Se escapó junto al portal y la busqué por todas partes. ¡Usted me la ha robado! Oleg sintió que le fallaban las piernas. —Espere… ¿Cómo que perdida? Yo la recogí junto al supermercado. Llevaba allí un mes, sola. —¿Y por qué estaba allí? Porque estaba perdida, claro. ¡La adoro! Mi marido y yo la compramos de raza. —¿De raza? —Oleg miró a Lada—. Pero si es mestiza callejera. —¡Es un cruce carísimo! Oleg se puso en pie. Lada se abrazó a sus tobillos. —Vale. Si es suya, muestre papeles. —¿Papeles? —Pasaporte veterinario, vacunas, lo que sea. La mujer dudó: —Están en casa. ¡Pero da igual, sé que es ella! ¡Gerda, ven! Lada ni se movió. —¡Gerda! ¡Ven aquí ya! La perra se abrazó más fuerte a Oleg. —¿Ve? —dijo él, bajo—. No le reconoce. —¡Está resentida porque la perdí! —gritó la mujer—. ¡Pero es mía! ¡Exijo que me la devuelva! —Yo tengo papeles —repuso Oleg sereno—. Aquí están los informes de la clínica tras el atropello, el pasaporte a mi nombre, recibos de la comida y juguetes. —¡Me dan igual sus papeles! ¡Esto es robo! La gente empezaba a mirar. —¿Sabe qué? —Oleg sacó el móvil—. Vamos a hacerlo por las buenas. Llamaré a la policía. —¡Llame! —exclamó ella—. Tengo testigos de que es mi perra. —¿Qué testigos? —Mis vecinos la vieron irse. Oleg llamó, el corazón en un puño. ¿Y si la mujer tenía razón? ¿Y si Lada sí era suya? ¿Pero entonces por qué meses sentada junto al supermercado, sin volver a casa? ¿Y por qué ahora se acurruca asustada junto a él? —¿Policía? Tenemos un problema aquí… La mujer sonrió, cruel. —Ya verá cómo la justicia me da la razón. Devuélvame a mi perra. Lada seguía pegada a Oleg. En ese momento, Oleg lo tuvo claro: iba a luchar por ella. Hasta el final. Porque Lada, en estos meses, se había convertido en su familia. El policía de barrio llegó media hora después. El sargento Mijail Díez, hombre tranquilo y sólido. Oleg le conocía de la comunidad de propietarios. —Cuenten, por favor —dijo, sacando su libreta. La mujer se apresuró a hablar, atropellada: —¡Es mi perra, Gerda! ¡La compramos por mil euros! Hace seis meses se escapó, la busqué por todos lados. ¡Este hombre me la robó! —No la robé —replicó Oleg—. La recogí junto al supermercado, llevaba un mes allí hambrienta. —¡Estaba perdida! Díez observó a Lada, pegada a Oleg. —¿Alguno tiene papeles? —Yo —Oleg sacó su carpeta. Por suerte, llevaba los papeles de la última visita al veterinario. —Aquí el informe de la clínica, la traté tras el atropello. Aquí el pasaporte y las vacunas. El sargento los revisó. —¿Y usted tiene papeles? —preguntó a la mujer. —Los tengo en casa… Pero da igual, la reconozco. ¡Es Gerda! —¿Cómo la perdió exactamente? —preguntó Díez. —Se soltó durante un paseo y se escapó. La busqué, puse carteles. —¿Dónde fue eso? —En el parque, aquí cerca. —¿Y vive dónde? —En el Paseo de la Castellana. Oleg se estremeció: —Eso está a dos kilómetros del supermercado donde la encontré. Si se perdió en el parque, ¿cómo llegó allí? —Se debió de desorientar. —Un perro suele saber volver a casa. La mujer se puso roja: —¿Y usted qué sabe de perros? —Sé —susurró Oleg— que un perro querido no pasa un mes esperando, muerto de hambre, en un sitio fijo. Busca a sus dueños. —¿Puedo preguntar algo? —intervino Díez—. Si la buscó, ¿por qué no avisó a la policía? —¿A la policía? No caí en ello. —¿En seis meses? ¿Un perro “de raza” perdido y no lo denuncia? —Pensé que aparecería sola. Díez frunció el ceño. —Su identificación, por favor. —¿El DNI? —Sí. Y dirección. La mujer buscó en el bolso, temblando. —Aquí está. Díez miró. —Cierto. Vive en el Paseo de la Castellana, portal quince. ¿Piso? —El veintitrés. —Gracias. ¿Cuándo exactamente perdió a la perra? —Hace medio año, más o menos. —¿Fecha exacta? —El veinte o veintiuno de enero. Oleg sacó el móvil: —Yo la recogí el veintitrés de enero. Y ya llevaba casi un mes allí. O sea, la perra “se perdió” mucho antes. —¡Me habré confundido de fecha! —se excusó la mujer, nerviosa. Y de golpe, se rindió: —De acuerdo. Quédese con ella. Pero es que yo la quería. Silencio. —¿Cómo fue posible? —preguntó Oleg. —Mi marido dijo que nos mudábamos y que no aceptaban perros en el alquiler. Como no era de raza pura, no la pudimos vender. La dejé frente al supermercado, pensando que alguien la adoptaría. Oleg sintió todo del revés por dentro. —¿La abandonó? —La dejé, no la abandoné… Alguien bueno la recogería. —¿Y por qué quiere recuperarla ahora? —Ahora estoy sola. Me divorcié. Quería a Gerda de vuelta. De verdad que la quise. Oleg no podía creerlo. —¿La quiso? —repitió, despacio—. A los que se quiere, no se les abandona. Díez cerró la libreta. —Todo aclarado. Legalmente, la perra es del ciudadano… —miró el DNI— Voronenko. Él la trató, la documentó y cuida de ella. No hay duda. La mujer sollozó: —Pero ahora quiero que vuelva. Me he arrepentido. —Demasiado tarde —respondió seco el sargento—. Cuando la abandonó, renunció a todo. Oleg se agachó junto a Lada y la abrazó: —Ya está, pequeña. Ya pasó. —¿Puedo, al menos, acariciarla una vez? —suplicó la mujer. Oleg miró a Lada. Ella se encogió, se escondió tras él. —¿Ve? Le tiene miedo. —No fue a propósito. Fueron las circunstancias. —Las circunstancias no suceden solas. Las crean las personas —dijo Oleg poniéndose en pie—. Usted creó las suyas al dejar sola a una criatura. Ahora no puede deshacerlas cuando le viene bien. La mujer rompió a llorar. —Lo entiendo. Pero la soledad duele. —¿Y a ella, un mes esperándole, le sentó bien? Silencio. —Gerda —la mujer la llamó por última vez. La perra ni se movió. La mujer se fue, rápido, sin volver la vista. Díez palmeó a Oleg en el hombro: —Ha hecho lo correcto. Salta a la vista que la perra le quiere. —Gracias, de verdad. —No hay de qué. Yo también soy de perros. Sé lo especial que es. Cuando el sargento se alejó, Oleg se quedó solo con Lada. —¿Ves? —le susurró acariciándola—. Ya nadie va a separarnos. Te lo prometo. Lada le miró, y en esos ojos no había solo gratitud, sino amor perruno sin límites. —¿Nos vamos a casa? Ella ladró feliz y echó a andar a su lado. De camino, Oleg pensó: la mujer tenía razón en una cosa. Las circunstancias pueden cambiar. Puedes perder trabajo, casa, hasta el dinero. Pero hay algo que no se puede perder: la responsabilidad, el amor, la compasión. Ya en casa, Lada se acomodó en su alfombra favorita. Oleg se sirvió un té y se sentó junto a ella. —¿Sabes, Lada? —dijo, pensativo—. Al final, quizá todo ha salido bien. Porque ahora sabemos con certeza que nos necesitamos el uno al otro. Lada suspiró, satisfecha.