**La Abuela**
El pueblo de veraneo cerca de un pequeño pueblo en Castilla. Nuestra casa está en la hilera junto al río. Al lado, la casa de Valeriano y Tamara, y después, la de la abuela. Más allá, claro, hay otras casas, pero ahora no nos importan.
Valeriano compró el terreno hace siete años. Y enseguida empezó la construcción. Trajeron maquinaria, inmigrantes, apisonaron grava, clavaron pilotes, excavaron, levantaron cimientos De mayo a septiembre no pararon. Y así nació una finca con una casa grande, pozo, cocina de verano, cobertizos, garaje ¡Nunca hubo silencio! Valeriano no solo daba órdenes, sino que también amarraba varillas, cargaba troncos, mezclaba cemento y tendía cables. Trabajaba sin parar. La gente en Castilla es paciente. Entendían que un hombre estaba echando raíces, no para un año o dos. Todos menos la abuela. Cada día se escuchaban sus gritos.
Mañana. El autobús del pueblo llega. La primera en bajar siempre es ella. ¡Siempre la primera! Nadie la llamaba de otra manera: “La Abuela”. Corría hacia su casita con un vestido gris desteñido, un pañuelo negro y zapatos gastados. En la mano, una bolsa raída y una garrafa de cinco litros de agua. Del río no se podía beber; el agua no era de montaña, sino pantanosa, y en verano se llenaba de algas. La mayoría llevábamos agua potable del pueblo. Algunos tenían pozos, pero el agua olía a azufre, fuera de veinte, cuarenta o sesenta metros de profundidad. Solo servía para regar. Los que vivían cerca del río tenían bombas sumergibles. Solo Valeriano tenía un pozo limpio y una estación de bombeo.
Pero me desvío.
La abuela llegaba a su parcela y empezaban los alaridos. Que el tractor hacía ruido y olía a diésel, que los pilotes sonaban demasiado, que los trabajadores hablaban fuerte, que su casa tapaba el sol a sus fresas (aunque se habían respetado todas las normativas) Siempre hay algo de qué quejarse. Pero la abuela era una ARTISTA en eso. Valeriano había sido de todo: Herodes, cabrón, gilipollas, bestia Los insultos no cesaban, cada vez más creativos.
Valeriano seguía construyendo. Intentaba ignorar los gritos.
Pero a veces, en un descanso, se acercaba al cercado y musitaba con su voz grave:
Abuela, eres como un mosco en agosto. O chupas sangre, o hay que aplastarte.
¡Síguelo intentando, maldito gato! rugía ella. ¡Te quemo la mansión! ¡Se cree el señorito, amenazándome!
Imaginaos qué verano pasé Intenté ir lo menos posible.
Pasaron unos años. Con Valeriano no éramos amigos, pero nos llevábamos bien. Descubrí que tenía dos pasiones: el rock español y ¡los tomates!
Ponía la música bajita y se iba al invernadero. Era enorme. Parecía que lo sabía TODO sobre tomates. Seguía las nuevas variedades, los abonos, el calendario del huerto. Cada primavera cambiaba la tierra, fumigaba, ponía estiércol, cubría el invernadero con malla para protegerlos del sol y las heladas
¡Aquí no es Andalucía! Allá plantas y riegas, y ya crece. Pero en Castilla los tomates no son cosa fácil. Hay que abrir y cerrar las puertas, vigilar el viento, la lluvia ¡Así vivíamos!
¿Habéis visto a un hombre enorme hablarles a los tomates? Yo sí. Como si fueran niños. Con voz dulce, cariñosa. Los podaba, los alimentaba Y eso que era duro como una roca. En el pueblo decían que en el trabajo era severo, justo pero inflexible. Y luego esto Bueno, no se lo conté a nadie.
¿Os habíais olvidado de la abuela? ¡Error! Resulta que odiaba el rock. Ni Leño, ni Mago de Oz, ni Héroes del Silencio Cada día, y a veces por la noche, si se quedaba en la casa, todos escuchábamos sus comentarios sobre los “cantamañanas” y el gusto del que los escuchaba.
Valeriano hervía de rabia, pero no entraba al debate. En el límite, se tomaba un trago de orujo de un golpe, gruñía, apagaba la música y se encerraba en casa. Repito: la música no sonaba fuerte, era tolerable. Para todos menos para la abuela. Claro, Valeriano se tomaba ese trago cada día. Con su complexión, era como un grano de arena para un elefante, pero le crispaba los nervios.
Ese año llegaron las inundaciones. Llovió sin parar durante semanas. Los pantanos absorbieron agua al principio, pero el río se desbordó. Subía y subía, arrastrando troncos, vallas, casetas de perro, árboles caídos ¡Era horrible! La gente marcaba el nivel del agua con estacas. Llegó la noticia de que en las zonas bajas el agua ya llegaba a la carretera. La gente empezó a huir de las casas, temiendo que los coches quedaran atrapados. Los autobuses dejaron de pasar. Los que no tenían coche se fueron a pie. No era pánico, pero casi. Las calles vacías, las casas abandonadas. Valeriano esperó hasta el último momento, pero al final arrancó su todr







