La madre traía periódicamente nuevos “maridos

La madre traía hombres nuevos de vez en cuando Lucía recordaba a tres. Pero ninguno terminaba quedándose, siempre se iban. Su madre lloraba, la abrazaba y le decía: «No pasa nada, ya llegará nuestro día de suerte». Luego salía a trabajar.

El último aguantó dos semanas, pero cuando ella dejó de comprarle alcohol, se puso triste y también se fue, llevándose unos pendientes de plata de su joyero. Su madre no puso denuncia. Dijo que la culpa era suya.

Después de eso, hubo cinco años de calma. Lucía pensó que al fin vivirían tranquilas, pero no. Cuando cumplió quince, su madre se enamoró. Le contaba lo maravilloso que era, lo mucho que la quería.

Hasta Lucía se alegró, pensando que por fin su madre sería feliz. La primera vez que trajo a Javier a casa, a ella también le cayó bien. Un hombre de unos cuarenta, bien vestido, que solo tomó un chupito en la cena. Hablaron de todo, incluso hizo chistes graciosos. Lucía se fue pronto a dormir, dejándolos en la cocina. Esperaba verlo por la mañana, pero una hora después oyó la puerta. Se había ido.

Al día siguiente, su madre no paraba de alabarlo: trabajaba en el ayuntamiento, era formal, le importaba su reputación. Dijo que podrían mudarse a su piso después de casarse, pero que esperarían un año, hasta que Lucía terminara el instituto. Mientras, harían reformas en su casa.

Lucía la escuchaba, casi orgullosa. Su madre parecía rejuvenecer. A sus treinta y seis, había dejado de arreglarse, resignada a estar sola.

Se casaron justo antes de que empezara el curso. Lucía estudiaba para los exámenes. Javier preguntaba si necesitaba ayuda, pero ella decía que no. Era respetuoso, siempre llamaba antes de entrar. Hasta se hicieron amigos. Lucía compartía sus preocupaciones, y él escuchaba.

Su madre floreció. Javier la mimaba: nuevos pendientes, luego un collar…

El año pasó volando. Terminaron las reformas y se mudarían. Javier le preguntó si quería ir con ellos, pero Lucía, recién graduada, quería independencia. Aunque no tenía ingresos, él aseguró que no era problema. Podría estudiar un grado medio y luego le conseguiría trabajo.

Antes de irse, Javier le dijo: «Visítanos cuando quieras. Somos familia». Le regalaron un colgante por su graduación. A Lucía le encantó, no se lo quitaba.

Al mudarse, empezó su vida sola. Al principio iba mucho, luego menos. Su madre también la visitaba, con comida o dinero. A veces se encontraban por la calle. Todos tenían prisa.

Lucía empezó sus estudios. Le gustaba la vida universitaria. Iba los fines de semana.

Una vez, le dijeron que Javier se iba un año de viaje de trabajo. Su madre lo acompañaría. Le mandarían dinero.

Los despidió en la estación. Su madre lloriqueó, pero Lucía se rió: «Mamá, tengo casi diecisiete. Soy mayor». Se rieron, se abrazaron, y se fueron.

Volvieron solo para Nochevieja, cargados de regalos. Luego, otra vez fuera.

Meses después, su madre llamó: ampliaban el viaje dos años. Javier volvería a llevar cosas y alquilaría el piso. Ella no podía ir por el trabajo.

Lucía llegó a casa y oyó ruido en su habitación.

¿Hola? ¿Ya has llegado?
¡Lucita! Sí, haciendo hueco.

Javier casi no la reconoció. En un año, se había vuelto más femenina, con curvas y maquillaje.

Lucía dejó la mochila.
Me cambio y te hago de cenar.

En el espejo del pasillo, Javier vio cómo se desvestía. Esas formas… Sacudió la cabeza. Tonterías.

Cenaron, hablaron. Ella le preparó la cama en su antigua habitación. Él no podía dormir. La imagen en el espejo…

Lucía pasó página en su libro y lo vio en la puerta. Solo con una toalla, mirándola raro.
¿Necesitas algo?

Tres días después, se fue. Lucía suspiró aliviada. Tres meses más tarde, volvió. Pasó lo que temía.

Se fue. Ella se quedó con vergüenza y asco. Luego, lo peor: estaba embarazada.

Llamó a Javier. Él evitaba hablar. Al fin contestó:
¿Tanto me echabas de menos?
Estoy embarazada.
¡Mierda! ¿Cómo?

Le esperaba un ascenso, no un escándalo.
Te mandaré dinero. Haz lo que sea, pero resuélvelo. Y que nadie se entere.

Lucía se agarró la cabeza. ¿Qué hacer? La echarían del instituto. Su madre no lo soportaría.

Javier volvió con dinero y una dirección: una casa rural a trescientos kilómetros. Le dijo que se fuera. Sin sus padres, no le harían un aborto legal.
Ve allí. O busca una curandera. Pagas, y solucionado.

Ella lloraba, aterrada. Él la abrazó.
Nadie debe saberlo. Sería peor para todos.

Se fue al día siguiente. Una semana después, ella también.

Llegó a un pueblo perdido. Encontró la casa, entró. Buscó a la curandera que él mencionó. Una anciana sin dientes le indicó una cabaña junto al bosque.

La mujer la recibió mal.
¿Qué quieres, pecadora?

Lucía se echó a llorar. La vieja se ablandó un poco. Le dio agua.
Por favor, necesito que…
No, niña. Di la verdad: quieres que mate a tu hijo.

Lucía la miró horrorizada.
No…
Claro que sí.

Se levantó y salió corriendo. La risa de la vieja la perseguía.

¿Qué haría? Estaba sola, en ese lugar olvidado por Dios…

Andrés volvió al pueblo tras salir de prisión por homicidio involuntario. Iba del gimnasio cuando oyó a una chica gritar en un callejón. Dos tipos le arrancaban la blusa. Le dio un puñetazo a uno, el otro cayó mal y se mató. Era hijo de alguien importante, y lo condenaron.

En el pueblo estaba la casa de su abuela. Se instaló, cultivó la tierra. Con el tiempo, vendió productos naturales. La gente pagaba bien por comida ecológica. Arregló la casa, compró una barca para pescar. Ahorraba para un buen todoterreno.

Esa mañana salió temprano a pescar. El río hacía una curva tranquila, buen sitio para peces. Revisó las redes, soltó los pequeños. Llevaba una caja con agua para mantenerlos vivos.

Se sentó a disfrutar el amanecer. Cada día era distinto. Hoy, dorado.

De pronto, una figura tapó el sol. Una chica caminaba hacia el acantilado, con un bebé en brazos.

Andrés saltó al agua. Nadó, agarró al bebé.

Lucía soltó al niño y retrocedió. Por fin, libre.

Pero entonces oyó llorar. ¿Su hija?

¡Dios, qué había hecho! Se quitó la chaqueta, las botas, y saltó.

Andrés ya envolvía a la niña cuando oyó el chapuzón. La chica buceaba desesperada. No tardaría en ahogarse. Esperó, sabiendo que en ese estado no lo escucharía.

Cuando no volvió a salir, él se zambulló. La arrastró a la orilla. Forcejeaba, tuvo que golpearla.

Llegó a casa cargando a ambas. Atendió a la bebé: el cordón sin cortar, hambrienta. Hizo lo que sabía antes estudiaba medicina. Calentó leche, encontró una tetina vieja.

Lucía seguía inconsciente. La desAndrés la miró con ternura mientras le pasaba a la bebé dormida, sabiendo que, sin quererlo, había encontrado la familia que nunca supo que necesitaba.

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La madre traía periódicamente nuevos “maridos
Hijo de sangre —Elena, ¡no te lo imaginas! ¡Matías y yo hemos decidido que el año que viene volvemos a Turquía! —el padrastro irradiaba felicidad—. Dice que necesita de nuevo ese hotel con vistas al mar. ¿Dónde me voy a esconder de mi propio hijo? Qué inconscientemente aclaró que era su hijo “de sangre”. —Me alegro por vosotros —respondió ella, recordando lo bien que estaba antes de que Matías apareciera en su vida—. Hijo de sangre… Y siempre me decías que éramos una familia. Que no había diferencia entre hijos propios o no. Eso decía. Que ella era su hija, y daba igual si de sangre o no. —Ya estamos otra vez… ¡Venga, Elena! ¡Tú eres mi hija, eso no se discute! Lo sabes bien, te quiero como si fueras de mi sangre. Pero Matías… Ni él mismo entendió que acababa de confirmar lo que ella sentía. —Matías es el hijo. Y yo, supongo, simplemente una conocida. —Elena, ¿cómo dices eso? ¡Te lo digo, eres como una hija para mí! —Como una hija… ¿Pero alguna vez me llevaste al mar? En estos quince años en los que dices ser mi padre… Nunca la llevó. Arturo siempre repetía que no había ninguna diferencia entre ella y Matías, pero Elena, al ver todo lo que Arturo hacía por su hijo, entendía que la diferencia era enorme. —No se pudo, Elena. Sabes que antes la economía estaba peor. Ya no eres pequeña, sabes cuánto cuestan dos semanas en un hotel cinco estrellas… Es caro. —Lo entiendo —asintió Elena—. Gastos. Llevarme era caro. Pero a Matías, a quien conoces desde hace medio año, hasta quieres comprarle un piso con hipoteca para que tenga dónde llevar a su esposa. Es decir, ¿esos gastos no importan si se trata de un hijo de sangre? —No estoy comprando ningún piso. ¿Quién te lo ha dicho? —Gente de confianza. —Diles a esos que no propaguen cotilleos. Elena sonrió débilmente. —¿De verdad que no lo compras? —Claro que no. ¡Ah, por cierto! ¿Adivina adónde vamos con Matías el sábado? —y él mismo contestó—. ¡Vamos a hacer karting! Cuando iba a la uni participó en carreras, y yo voy por acompañar. —Karting —repitió Elena—. Suena emocionante. —¡Ya lo creo! —¿Puedo ir con vosotros? —preguntó, sin meditarlo antes. Arturo, que no quería llevarla, se apresuró a contestar: —Eh… Elena… Te aburrirías. De verdad. Es un plan… muy de chicos. Matías y yo, ya sabes, hablaremos de nuestras cosas, de padre e hijo. Dolía… —¿O sea que puede interesarte a ti, pero a mí no? —No es eso… —Arturo se removía nervioso—. Es que llevamos toda la vida sin vernos, queremos recuperar el tiempo perdido. Queremos ir los dos solos. ¿Me entiendes? Lo entendía. Ese “entiendes” era la frase más cruel de su nuevo vocabulario. Había que entender que el lazo de sangre era más importante que el de la adopción. Que su sitio ahora estaba fuera de la verja. Matías realmente era encantador. Creció sin padre porque su madre no le quiso contar a Arturo del hijo; a pesar de todo, era capaz y triunfaba en lo que se propusiera. Inteligente, guapo, bondadoso. —Papá, hoy he ayudado en un refugio. He arreglado las jaulas de los perros. —Papá, ¿sabes que tengo matrícula de honor? —Papá, mira, te arreglé el móvil. Era más que un hijo. Era el hijo perfecto. Aquella noche, cuando Arturo, después de una breve visita, se marchó a su casa, Elena repasó viejas fotos… La boda de Arturo y su madre (madre, que falleció cinco años atrás, dejando solos a Elena y Arturo). En la casa del pueblo… El día que Elena terminó bachillerato… Nada volvería a ser como antes. *** —Elena, ¿duermes? Tengo que hablar contigo. Es urgente —el padrastro llegó a las ocho de la mañana. —¿Qué urgencia es esa? Elena se recogió el flequillo y encendió la cafetera. —Sobre el piso para Matías. —¿O sea que sí es verdad? —inspiró profundamente. —Perdona, pero sí… es cierto. —Me mentiste. —Solo quería evitarte disgustos. Pero necesito tu consejo. Creo que hay que darse prisa. Acabará casándose, tarde o temprano. Y mientras es joven, mejor comprarle aunque sea un piso pequeño. Ya sabes cómo fue mi caso… —Pues pídelo con hipoteca —escupió Elena, que no tenía ningunas ganas de hablar del piso para Matías. Qué bien se lo montaba ese Matías… —Sí, sí ya sé. Pero mi historial bancario… Y Matías necesita ayuda. Se merece que su padre, al que no ha tenido nunca, le compre un piso. —¿Y a qué viene esto? —¿Me ayudas? Si te lo pido de verdad. —Depende en qué. —Verás… Tengo doscientos mil euros. Da para la entrada. Pero el banco no me da el crédito. A ti sí te lo conceden. Tú tienes el historial limpio. Lo ponemos a tu nombre, la hipoteca la pago yo. Por supuesto. La ilusión de “no hay ninguna diferencia entre vosotros” se rompió del todo. Claro que había diferencia. No le iba a pedir eso a Matías. —O sea, a Matías el piso y a mí la deuda. Así va la cosa, ¿no? Arturo negó con tal indignación sincera que parecía que la idea era de Elena. —¡Por favor! Yo pago, no tendrás que poner un euro. Solo es para firmar de cara al banco. Piénsalo… —Mira, Arturo, no estoy pensando en si meterme en un crédito. Pienso en que ya ni me consideras tu hija. Ahora tienes un hijo. A quien conoces desde hace medio año, y a mí me conoces desde hace quince años, pero solo importa si es de tu sangre. —¡No es verdad! —explotó Arturo—. ¡Os quiero a los dos igual! —No. No es igual. —¡No es justo, Elena! ¡Él es de mi sangre…! Se acabó el teatro. Ya no era su hija. Era la de acogida, la cómoda, la aceptable… hasta que llegó el de verdad. —Vale —Elena trató de ser cordial—. No puedo, Arturo. Algún día yo necesitaré comprarme un piso. No me darán dos hipotecas. Parece que se acordó ahora de que tampoco Elena tiene casa en propiedad. —Cierto… tú también querrás… —se miró el reloj—. Pero mientras tanto podrías ayudarme. Tengo doscientos mil euros. Y lo que falta no es para tanto. Y solo por un par de años. —No. Yo no voy a firmar nada a mi nombre. Ni esperaba que Arturo la entendiera. —De acuerdo —dijo, resignado—. Si no puedes ayudarme como hija… lo haré solo. Si alguna vez la consideró realmente su hija, ya daba igual. Ahora solo veía a Arturo en fotos. Una tarde, revisando su red social, vio la imagen. Foto en el aeropuerto. Arturo y Matías. Ambos de chaquetas claras. Arturo con la mano en el hombro de Matías, y el pie de foto: “Volando con mi padre a Dubái. La familia es lo más importante”. Familia. Elena dejó el móvil a un lado. Recordó entonces una escena de su infancia, mucho antes de que su madre se casara con Arturo. Tenía unos cinco años. Vivían con muy poco, y se le había roto la muñeca que le regaló su abuela. Lloraba, y su padre biológico le dijo: “Elena, ¿vas a llorar por una tontería así? ¡No me molestes!” A él nunca se le podía molestar. Solo le interesaba la botella. Se puede decir que Elena nunca tuvo padre. Pero pensó que Arturo sería su sustituto… Arturo intentó convencerla una vez más. —Elena, he estado pensando… deberíamos hablar de esa desconfianza tuya… —¿Qué desconfianza, Arturo? Ya te he dicho claramente: no. —Es que no entiendes la situación. Matías… él no me conocía. No tenía padre. Hay que compensar de alguna forma ese vacío. Es un hombre hecho y derecho. Necesita casa. Y de ti solo necesito tu firma, te juro que no gastarás ni un euro. —Ojalá alguien compensara mis propios vacíos… Eso consiguió enfadarle. —¡Elena, basta ya! No quiero discutir. ¡De verdad que te quiero! Pero entiende… Matías es mi verdadera familia. Cuando tengas hijos, lo entenderás. Sí, los quiero de distinta forma, pero no significa que no seas importante para mí. —Importante. Como recurso. —¡Elena, cálmate! Estás exagerando. —Has cambiado por él en solo medio año, Arturo —dijo Elena—. No te pido que elijas. Total, la elección está clara. Dijiste la verdad: Matías es tu hijo de sangre. Y yo… nunca lo fui. Pasó medio año. Arturo no la llamó. Ni una vez. Un día, mientras veía el mismo muro de noticias, encontró otra foto. Arturo y Matías. Estaban en la montaña. Arturo vestía equipo de esquí moderno. El pie de foto decía: “¡Enseñando a papá a hacer snowboard! Es mayor para esto, pero con un hijo, todo es posible”. Elena miró la imagen largo rato. Fue a terminar un informe cuando recibió un mensaje de un número desconocido. “Hola, Elena. Soy Matías. Papá me dio tu número, pero no se atreve a llamarte. Quiere que sepas que ya resolvió lo del piso sin ti y se preocupa por ti. También insiste mucho en que vengas con nosotros en mayo. No sabe explicarte por qué, pero le haría mucha ilusión”. Escribió y reescribió la respuesta varias veces. “Hola, Matías. Dile a Arturo que me alegro mucho de que todo os vaya bien. Que también pienso en él. Pero no iré. Tengo otros planes para el puente de mayo. Me voy al mar”. No aclaró que se pagó el viaje ella sola, que no era Turquía sino la costa de Málaga, y que iba con una amiga, no con ningún padre. Elena pulsó “enviar”. Y supo que podía ser feliz también sin él.