Años de Ausencia: La Prueba de Seis Años sin la Persona Amada

**Años de soledad: seis años sin amor**
Me siento cansado hoy al recordar esta historia, pero creo que vale la pena escribirla.
Rocío estaba agotada. Llevaba seis años sola desde que su marido la dejó. Su hija se casó el año pasado y se mudó a otra ciudad.
A sus cuarenta y dos años, Rocío estaba en la flor de la vida. Una segunda juventud. Era una excelente ama de casa, cocinaba de maravilla, y sus encurtidos de pepino con tomate eran considerados una obra maestra. Pero, ¿para qué prepararlos ahora? En el balcón se acumulaban filas de tarros vacíos.
“¿Acabaré sola, con esta belleza que tengo?” se lamentaba Rocío ante sus amigas. Ellas le respondían: “¡No! Busca un hombre. Hay muchos solteros.” Una le recomendó una agencia llamada *El Mejor Hombre*. Al principio, Rocío lo encontró absurdo y hasta vergonzoso. Pero a sus cuarenta y dos, ese número la inquietaba. El viejo reloj de la abuela colgado en la pared marcaba las horas con un tictac que sonaba como un reproche.
Al final, fue. Una señora amable con gafas de color frambuesa le dijo:
Tenemos lo mejor. Miremos juntos la base de datos, siéntese aquí.
Sí, todos guapos sonrió Rocío. Pero, ¿cómo saber si es el adecuado?
Todo está pensado respondió la mujer. Les damos una semana. Suficiente para decidir si seguir o buscar otro.
¿Qué ofrecen?
¡Un hombre!
¿Cómo?
Así es. Vivirá con usted una semana. Mire, aquí no somos tímidos, hablamos claro. No tenemos locos ni maníacos.
A Rocío le gustó la idea. Junto a la señora, eligió cinco candidatos. Pagó una pequeña suma y volvió a casa. El primero llegaría esa misma noche.
Rocío se puso un vestido verde color de esperanza y unos pendientes de diamantes que guardaba desde hacía años.
¡Ding-dong! sonó el timbre.
Miró por la mirilla y vio rosas. Contuvo un grito de alegría. Al abrir, el hombre era elegante, tal como en la foto.
Se sentaron a la mesa. Rocío había preparado de todo. Colocó el ramo en el centro. Mientras comían ensalada, él frunció el ceño: “Demasiado vinagre.” Rocío, nerviosa, le sirvió un chuletón. Él masticó y dijo: “Está duro.” Nada le gustaba. En el ajetreo, Rocío olvidó el vino que tanto había elegido. Sirvió un poco y brindó: “¡Por nuestro encuentro!” Él olió la copa, probó y masculló: “Vino barato.” Se levantó: “Vamos a ver cómo es tu casa.”
Rocío tomó las rosas y se las entregó: “Odio las rosas. Adiós.”
Esa noche lloró un poco, pero aún quedaban cuatro citas.
El segundo llegó al día siguiente, seguro de sí mismo: “¡Hola!” Olía a brandy.
¿Ya has contado de nuestra cita? preguntó Rocío.
¡Bah! rió él. Oye, ¿tienes tele? Ahora empieza el Barça contra el Madrid. Lo hablamos después.
Mira los partidos en tu casa contestó secamente.
Otra noche de lágrimas.
El tercero no era guapo: chaqueta vieja, uñas sucias, botas embarradas. Rocío pensó en cómo echarlo con educación, pero primero decidió darle de comer. Él devoró todo, elogiándola sin parar. Cuando probó los pepinillos en vinagre, exclamó: “¡Es lo mejor que he comido en mi vida!”
En ese momento, el reloj de la abuela sonó. El hombre preguntó: “¿Qué es ese ruido?” Subió a una silla y lo examinó: “Lo arreglo en un santiamén. ¿Tienes herramientas?”
Pronto, el reloj marcó la hora con un sonido claro. Rocío sintió que era una señal. Este hombre, torpe pero habilidoso, podría ser el indicado. Los zapatos sucios y las uñas no importaban. Además, era el tercero, número de suerte.
Esa noche, Rocío se preparó: fue al salón de belleza, puso sábanas nuevas con rosas (en realidad, a ella sí le gustaban). Al salir del baño, él ya roncaba, vestido. No le importó. Lo miró con ternura: “Pobre, estará agotado.” Se acostó a su lado con cuidado.
Y empezó la pesadilla. Roncaba como un motor: fuerte, constante, imparable. Intentó taparle la boca, moverlo, nada funcionó. No durmió en toda la noche.
Por la mañana, él entró en la cocina donde ella, ojeros

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Años de Ausencia: La Prueba de Seis Años sin la Persona Amada
Ana Pérez estaba sentada en un banco del jardín del hospital y lloraba. Hoy cumplía 70 años, pero ni su hijo ni su hija vinieron a verla ni la felicitaron. Solo su compañera de habitación, Eugenia Sánchez, la felicitó y hasta le hizo un pequeño regalo. Además, la celadora, María, le ofreció una manzana por su cumpleaños. La residencia era decente, pero en general el personal era indiferente. Todos sabían que allí los hijos traían a sus mayores cuando ya les molestaban en casa. Ana Pérez también fue traída por su hijo, que le dijo que era para descansar y recuperarse, pero en realidad solo estorbaba a su nuera. Al fin y al cabo, el piso era de Ana; luego su hijo la convenció para que le firmara la donación. Cuando le pidió firmar los papeles, le prometió que viviría igual en su casa, pero la realidad fue muy diferente: toda la familia se mudó con ella y empezó la guerra con la nuera. Esta siempre estaba descontenta: la comida no era suficiente, el baño sucio… Al principio el hijo la defendía, pero después se puso de parte de su mujer y empezó él mismo a levantarle la voz. Luego, Ana vio que hablaban de algo en secreto y cuando ella entraba en la habitación se callaban de golpe. Un día el hijo le dijo que necesitaba descansar y recuperarse. Ana, mirándole a los ojos, le preguntó con amargura: —¿Me vas a llevar a una residencia, hijo? Él se sonrojó, se puso nervioso y contestó: —No, mamá, es solo un balneario. Estarás un mes y luego vuelves a casa. La llevó, firmó los papeles deprisa y se fue prometiendo volver pronto. Solo fue una vez: le llevó dos manzanas y dos naranjas, preguntó cómo estaba y, sin escuchar la respuesta, se marchó. Así lleva ya dos años viviendo allí. Al pasar un mes, al ver que su hijo no iba a buscarla, llamó a casa. Respondieron desconocidos: su hijo había vendido el piso y nadie sabía dónde estaba. Ana lloró un par de noches, ya sabía que no volvería a casa, y que las lágrimas ya no servían de nada. Lo más doloroso era que ella misma en su día había ofendido a su hija por el bien de su hijo. Ana nació en un pueblo y allí se casó con Pedro, su compañero de escuela. Tenían una casa grande, animales, vivían humildemente pero sin necesidad. Un día, un vecino de ciudad vino a visitar a los padres y le contó a Pedro que en la ciudad todo era mejor: más dinero, buen piso… Pedro insistió y Ana aceptó. Vendieron todo y se mudaron. Y sí, les dieron un piso enseguida, compraron muebles y un coche viejo. Pero Pedro tuvo un accidente con aquel coche y murió al segundo día en el hospital. Tras el entierro, Ana quedó sola con dos hijos. Para alimentarlos, limpiaba portales por las noches. Soñaba que sus hijos la ayudarían, pero no fue así. Su hijo se metió en líos, tuvo que pedir dinero para que no fuera a la cárcel y tardó dos años en devolverlo. Luego la hija, Dasha, se casó y tuvo un niño; durante un año todo iba bien, pero el pequeño empezó a ponerse enfermo, y ella tuvo que dejar el trabajo para acompañarle por hospitales, sin que los médicos pudieran diagnosticarlo. Al final dieron con la enfermedad y en una clínica de Madrid podían tratarlo, pero había lista de espera. El marido, mientras tanto, se marchó, aunque al menos le dejó el piso. En el hospital, Dasha conoció a un viudo cuya hija tenía el mismo diagnóstico. Surgió el amor e iniciaron una vida nueva juntos. Cinco años después, él enfermó y necesitaban dinero para su operación. Ana tenía ahorros para dar la entrada del piso a su hijo, y cuando la hija le pidió ayuda para el marido enfermo, no pudo dar el dinero: era para su hijo, pensó. Dasha se lo reprochó, se despidió, diciéndole que no era su madre y que cuando necesitara ayuda no la buscara. Y así llevan veinte años sin hablarse. Dasha consiguió curar a su marido y se fueron al sur, a la costa. Si pudiera volver atrás, Ana lo haría todo de otra forma. Pero el pasado no puede cambiarse. Ana se levantó y empezó a andar despacio hacia la residencia. De repente oyó: —¡Mamá! El corazón le dio un brinco. Se volvió lentamente. Era su hija, Dasha. Se le doblaron las piernas, pero la joven corrió y la sostuvo. —Por fin te he encontrado… Tu hermano no quería darme la dirección. Al final tuve que amenazarlo con llevarlo a juicio por vender ilegalmente la casa y ahí sí que lo soltó… Entraron juntas y se sentaron en el hall. —Perdóname, mamá, por no haberte hablado en tanto tiempo. Al principio era rencor, luego vergüenza. Y hace una semana soñé contigo, te veía caminar por el bosque y llorar. Al despertar sentí una tristeza enorme. Se lo conté todo a mi marido y él me dijo: “Vete y reconcíliate”. Fui a tu casa, vivían otros, no sabían nada. Busqué la dirección de mi hermano y te encontré. Prepara tus cosas, te vienes conmigo. Tenemos una casa preciosa, al lado del mar, y mi marido me ha dicho que si tu madre está mal, la traigas contigo. Ana abrazó a su hija y lloró. Pero esta vez de felicidad. Honra a tu padre y a tu madre, para que se prolonguen tus días en la tierra que el Señor, tu Dios, te da.