Despedida de Soltero: Una Noche Inolvidable con los Amigos

**La Despedida de Soltero**

Cuando Javier se divorció de su mujer, juró que nunca más volvería a casarse. Tras siete años de matrimonio, estaba convencido de que la vida en pareja solo traía peleas, gritos y discusiones sin fin.

“Javi, no digas tonterías”, le decía su amigo Esteban, intentando convencerle. “El matrimonio es importante para un hombre: siempre bien comido, cuidado y mimado”. Sonreía como un gato satisfecho, enumerando las ventajas.

“No sé, Esteban. Yo mismo cocinaba a menudo, pasaba la aspiradora siempre… Y lo de ‘mimado’… Mi Carmen a veces me ‘mimaba’ tanto que no sabía dónde meterme”.

Su exmujer era conflictiva. Nada de lo que hiciera la satisfacía. Si le compraba un regalo, siempre protestaba: “Podrías haberte gastado un poco más”. Si salían de viaje, no le quitaba ojo, acusándole de mirar a otras mujeres, humillándole delante de los amigos.

La gota que colmó el vaso fue en el cumpleaños de una amiga suya, cuando le dio una bofetada por haberse tomado una copa de más de coñac. Esa noche, Javier se marchó solo, decidido a divorciarse.

El divorcio fue una batalla. Carmen no se lo puso fácil, peleando por cada detalle. Al final, él le dejó el piso y el cocheno podía negarle nada, tenían una hija en común. Lo aceptó y no reclamó nada más.

Pasó el tiempo. Javier logró comprarse otro piso y un coche, pagando la hipoteca gracias a su buen sueldo. Salía con mujeres, algunas incluso le propusieron formalizar, pero él se mantenía firme.

“Basta de familias, ya pasé por eso”.

Todo cambió a los treinta y ocho, cuando conoció a Lucía. Fue en una cafetería. Había ido con sus amigos a celebrar el ascenso de Esteban a jefe de departamento. Mientras reían, vio pasar a dos chicas guapas que se sentaron cerca. Cuando sus ojos se encontraron con los de una de ellas, se quedó paralizadotenía unos ojos azul oscuro, profundos, quizás por la luz tenue del local.

“Vaya, dos pozos en los que perderse”, pensó, pero no dijo nada. No podía dejar de mirarla, y ella lo notaba, bajando la mirada cada vez que se cruzaban.

“Javi, veo que te ha llamado la atención la morenita de allí”, bromeó Esteban, siempre observador.

“La verdad, sí”, admitió Javier, decidido a acercarse.

“¿Qué haces ahí? Ve a por ella”, le animó Andrés, guiñándole un ojo.

Javier se acercó.

“Buenas tardes, me encantaría conocerlas. Soy Javier. ¿Les molesto?”

“Hola”, respondieron al unísono. “Yo soy Lucía”, dijo la que le había interesado. “Y yo, Marta”, añadió su amiga.

“Encantado. ¿Puedo unirme a su mesa?”

“Claro”, aceptó Marta.

No bebían vino, solo zumo. Él ofreció una botella, pero Lucía rechazó educadamente.

“No, gracias. No solemos beber alcohol”.

Esa noche, Javier la acompañó a casa. No había bebido, conducía. Pronto empezaron a salir y descubrieron que conectaban profundamentemismas ideas, mismos gustos. Lucía había estado casada brevemente y se divorció.

“No éramos compatibles”, resumió ella, sin querer entrar en detalles. A Javier le bastó; tampoco hablaba de su pasado.

Lucía tenía treinta y cinco años, sin hijos, trabajaba como economista en una empresa constructora. Aunque seria en su trabajo, adoraba pintar en su tiempo libre. Tenía talento. Le encantaba visitar exposiciones, y con el tiempo, contagió a Javier ese interés.

Sus amigos se reían, pero él la defendía. Creía que tenía un don para la pintura, aunque apenas lo practicaba. Hasta salían al campo para que ella pintara paisajes.

Una noche, en el sofá con su gato Simón, le vino la revelación.

“Creo que voy a pedirle matrimonio a Lucía”, murmuró, acariciando al felino. “Me gusta todo de ella”.

El gato, indiferente, cerró los ojos. Lo había recogido de la calle años atrásun gatito flaco que lo siguió maullando hasta que lo adoptó. Ahora era un gato gris, perezoso y tranquilo. Cuando Lucía lo conoció, dijo:

“Simón es listo, pero vago. Solo le falta hablar, pero ni eso se molesta”.

Javier le propuso matrimonio, y ella aceptó. Querían algo íntimo, pero familia y amigos protestaron.

“¡Qué más da que sea vuestro segundo matrimonio! ¡Ni que fuerais tacaños!”.

Al final, cedieron. Hicieron una lista de invitados y enviaron las invitaciones. Pero luego vino otra queja: los amigos de Javier exigieron una despedida de soltero.

“Javi, ¿en qué estabas pensando? ¡No puede ser sin despedida!”.

“Chicos, pero si ya casi rozamos los cuarenta…”.

“¡Qué tiene que ver la edad! Hay que despedir la soltería como es debido”, insistió Esteban.

La boda sería el viernes, así que organizaron la despedida para el miércoles. Javier, resignado, accedió.

“Vale, cerveza y comida corren de mi cuenta, pero vosotros preparad el entretenimiento. Eso sí, en mi casamenos miradas indiscretas”.

Se tomó la semana libre para prepararlo. Compró alcohol y encargó comida a un restaurante: ensaladas, platos de marisco, algo de carne.

El miércoles, mientras colocaba la mesa, Simón olfateó el marisco con interés.

“Ni lo pienses”, le advirtió Javier, apartándolo. “Hoy es mi día”.

Llegaron los amigos, animados. Brindaron, comieron, hablaron de trabajo, coches y política. Andrés no bebiósu mujer le había amenazado con el divorcio si volvía borracho. Esteban tampocotenía que recoger a su suegra en el aeropuerto.

A las diez, todos se marcharon.

“¿Y ya está?”, preguntó Javier, sorprendido.

“Hombre, con familias y trabajo…”.

Al quedarse solo, dejó que Simón probara unas gambas. Después, se durmió en el sofá. Al despertar, el gato ocupaba el centro de la mesa, mirándolo con aire superior.

“Vaya cara dura”, rio Javier.

Así terminó su despedida. Luego llegó la boda, ruidosa y alegre. Y comenzó su vida con Lucía. Nunca se arrepintió. Este segundo matrimonio fue… perfecto.

**Lección:** A veces, el miedo nos ciega. Pero vale la pena dar otra oportunidad al amorsiempre que sea con la persona adecuada.

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Despedida de Soltero: Una Noche Inolvidable con los Amigos
La petición del nieto: Relato —Abuela, necesito pedirte un favor, me hace muchísima falta dinero. Mucho. El nieto vino a verla una tarde. Se notaba que estaba nervioso. Normalmente, Denis iba un par de veces por semana a ver a Lilia Victoria. Si hacía falta, bajaba al supermercado o sacaba la basura. Hasta le había arreglado el sofá, todavía daba guerra. Siempre era tranquilo y seguro de sí mismo. Pero esa vez, estaba de los nervios. Lilia Victoria siempre temía—¡con la de cosas que pasan hoy en día! —Denis, ¿se puede saber para qué necesitas el dinero? ¿Y cuánto es “mucho”? —Lilia Victoria se tensó por dentro. Denis era su nieto mayor. Buen chico, buena persona. Había acabado bachillerato el año anterior. Trabajaba y estudiaba una carrera a distancia. Sus padres nunca habían detectado nada malo. Pero entonces, ¿para qué necesitaba tanto dinero? —Todavía no puedo decirte para qué es, pero te lo devolveré fijo—contestó Denis, titubeando—, aunque no de golpe, a plazos. —Sabes que vivo de la pensión—dijo Lilia Victoria, sin saber qué hacer—. ¿Cuánto necesitas? —Cien mil euros. —¿Por qué no se lo pides a tus padres? —preguntó instintivamente Lilia Victoria, aunque ya intuía lo que le diría Denis. Su yerno, muy estricto, siempre pensó que los hijos debían aprender a resolver sus propios problemas, según su edad, y no pedir ayuda porque sí. —No me lo darán —confirmó Denis, como si leyera sus pensamientos. ¿Y si se había metido en algún lío? ¿Si le daba el dinero, podría ser peor? ¿Y si no se lo daba, tendría problemas? Lilia Victoria miró a su nieto, buscando respuestas. —Abuela, no pienses mal, de verdad —Denis interpretó su mirada—, ¡en tres meses te lo devuelvo, prometido! ¿No confías en mí? Seguramente debía dárselo. Aunque no lo devolviese. Siempre hay que tener a alguien en el mundo dispuesto a apoyarnos. Él no podía perder la fe en las personas. Ese dinero lo tenía guardado para emergencias. Quizá esta era. Denis había acudido a ella. Aún no era el momento de pensar en su propio entierro. Y si ocurría, ya la enterrarían. Hay que pensar en los vivos. Y en confiar en los propios. Dicen que cuando prestas dinero, despídete de él. Los jóvenes hoy en día son un misterio. Nunca sabes realmente en qué andan. Pero por otro lado, Denis nunca la había defraudado. —Vale, te lo dejo. Como pides, tres meses. Pero ¿no sería mejor que lo supieran tus padres? —Abuela, sabes que te quiero mucho. Siempre cumplo mis promesas. Si no puedes, pediré un préstamo, porque trabajo. Por la mañana, Lilia Victoria fue al banco, sacó la suma necesaria y se la entregó a Denis. Denis se iluminó, besó a su abuela, le dio las gracias: —Gracias, abuela, eres la persona más importante para mí. Te lo devolveré —y salió corriendo. Lilia Victoria volvió a casa, se sirvió un té y se quedó pensando. Cuántas veces en su vida había necesitado imperiosamente dinero. Y siempre había alguien que le echaba una mano. Ahora los tiempos han cambiado: cada uno a lo suyo. ¡Qué épocas tan complicadas! A la semana Denis apareció contentísimo: —Abuela, aquí tienes parte del dinero, me han dado un adelanto. ¿Puedo ir mañana a verte, pero no solo? —Por supuesto, yo te preparo tu tarta favorita, la de amapola —sonrió Lilia Victoria. Y pensó que mejor así, así quizás todo quedaría te claro. Quería estar segura de que Denis estuviera bien. Denis llegó esa tarde. No venía solo. A su lado estaba una chica flaquita. —Abuela, te presento a Elisa; Elisa, esta es mi abuela, Lilia Victoria. Elisa sonrió, dulce: —Encantada, Lilia Victoria, y muchísimas gracias. —Pasad, qué alegría. —Lilia Victoria soltó un suspiro por dentro. Elisa le agradó al instante. Todos se sentaron con el té y la tarta. —Abuela… antes no podía contártelo. Elisa estaba muy preocupada, a su madre le surgió un problema de salud serio. Y no había nadie más que pudiera ayudar. Elisa es muy supersticiosa, no me dejó decir para qué era el dinero. Pero ahora ya está bien. Han operado a su madre, la cosa pinta bien —Denis miró a Elisa con ternura—. ¿Verdad? —y le tomó la mano. —De verdad, muchísimas gracias, ha sido usted muy generosa, le estoy muy, muy agradecida —dijo Elisa, apartando la cara y sorbiendo la nariz. —Ya pasó, Elisa, no llores, ya todo va a estar bien —Denis se levantó—. Abuela, nos vamos, que es tarde; voy a acompañar a Elisa. —Id, id, hijos, que tengáis buena noche, que todo salga bien —Lilia Victoria les hizo la señal de la cruz. Creció el nieto. Un buen muchacho. Acerté al confiar en él. Al final, no se trataba solo del dinero. Ahora estamos más unidos. Dos meses después, Denis devolvió todo el dinero y le contó a Lilia Victoria: —¿Te imaginas? El médico dijo que llegamos a tiempo. Si no hubiéramos ayudado entonces, las cosas podrían haber acabado mal. Gracias, abuela. Sabes, no sabía cómo ayudar a Elisa. Ahora ya sé que en la vida siempre hay alguien dispuesto a echarte una mano en los peores momentos. Tú vales oro, ¡haría cualquier cosa por ti! Lilia Victoria le revolvió el pelo, como cuando era niño: —Bueno, tira, venid a verme con Elisa, que me alegro mucho. —Por supuesto, vendremos —Denis abrazó a su abuela. Lilia Victoria cerró la puerta y recordó lo que le decía su propia abuela: “A los tuyos, hay que ayudar les siempre. Así se ha hecho siempre en España. Si uno da la cara por todos, los suyos nunca le vuelven la espalda. Eso nunca lo olvides.”