Error: Un Desliz Inesperado

El Error

Lola salió del aula y al instante se le acercó Felipe.

¿Y bien, aprobaste? Felipe la miraba con ansiedad y admiración.

¡Perfecto! Lola agitó su libreta de notas frente a él. ¿Y tú?

¡Fenomenal! Nunca dudé de ti. Felipe torció ligeramente el gesto. Yo me lié un poco. Un siete. ¿Celebramos?

Lola bajó la mirada y vaciló.

¿Otra vez me quedo fuera? adivinó Felipe.

Lo siento. Seguro que Daniel ya me está esperando.

Entiendo suspiró él, sin disimular su decepción. ¿Dónde voy a estar yo al lado del futuro lumbreras de la ciencia? ¿Al menos te acompaño hasta la puerta, ya que no hay esperanza para mí? Felipe le tomó la mano y la guio hacia la escalera que bajaba al vestíbulo.

Los peldaños de hierro forjado resonaban bajo sus pasos, casi imperceptibles. Lola caminaba pensando en cuánto echaría de menos aquella escalera ancha, el viejo edificio de la facultad de medicina con su olor a formol y polvo de libros, fresco y sombrío incluso en los días más calurosos.

Felipe empujó la pesada puerta y salieron a la calle. Lola divisó al instante la figura alta de Daniel junto a la verja, con un ramo de flores, y se ruborizó.

Dime, ¿le amas? Felipe seguía sujetándole la mano.

Me ha pedido que me case con él. Lola sintió cómo los dedos de Felipe apretaban con fuerza.

¡Me haces daño! exclamó.

Perdona. Bueno, el corazón no entiende de razones suspiró él, soltándola.

¡Lola! la voz de Daniel llegó desde la verja.

Feli empezó ella.

Vete, no hagas esperar al novio dijo Felipe con amargura.

Lola caminó sintiendo su mirada en la espalda. Le dolía dejar atrás no solo la facultad, sino también a Felipe. Se había acostumbrado a tenerlo siempre cerca, a menudo sin notarlo, sin valorarlo.

Te pedí que no vinieras le espetó a Daniel, irritada.

No te enfades. Estaba preocupado. Intentó besarla, pero ella lo esquivó. Al volverse, vio que Felipe ya no estaba en la puerta.

¿Vamos? Mamá nos espera para comer. Quiere hablar de la boda Ah, esto es para ti le tendió el ramo.

Todavía no te he dicho que sí respondió Lola.

Mamá ha encontrado un salón precioso continuó Daniel, como si no la hubiera oído.

Lola esperó hablar con Felipe después de la graduación, pero él no apareció.

¿Dónde está Samaniego? preguntó a su amigo Miguel.

Recogió el título ayer y se fue a Madrid. Un familiar le ofreció trabajo. Qué suerte.

A Lola le flaquearon las lágrimas. No tenía ánimos para celebrar, y tras la ceremonia se marchó directa a casa. Estaba dolida con Felipe. ¿Cómo pudo irse sin decirle nada? Y eso que decía amarla.

Ni él la llamó, ni ella a él. Orgullo. Dos meses después, Lola se casó con Daniel.

Pasaron siete años.

Hola. ¿Se puede? entró en el consultorio de ginecología. Brrr. ¿Cómo trabajas aquí? Odio esa silla de tortura.

¡Lolita, hola! Pasa. Justo a tiempo, he terminado la consulta. ¿Cómo estás?

Tras intercambiar novedades, Lola miró de reojo a la enfermera que ordenaba los instrumentos.

Raquel, puedes irte dijo Olga, entendiendo la mirada.

¿No habrás venido solo por eso? ¿Al fin esperas un bebé? preguntó cuando la enfermera salió.

Ojalá. Vine a pedirte consejo. Daniel y yo no hay manera. La verdad es que todo va mal. Su madre le repite que el problema soy yo. Me hice unos análisis, pero no quiero seguir en mi ambulatorio. Empezarían los rumores ¿Me ayudas? Lola la miró con esperanza.

Claro. Muéstrame lo que tengas.

Lola dejó una carpeta sobre la mesa. Olga revisó los documentos con atención.

¿Qué opinas? preguntó Lola, impaciente.

Pequeñas anomalías, pero por lo demás, bien. Necesitamos más pruebas. ¿Te vio la doctora Molina? ¿Y tu marido?

No, claro. Ni lo intentes, es inútil.

Entiendo. ¿Puedes venir mañana a las ocho? Perfecto. Lolita, cuánto me alegro de verte. Vamos, cuéntame.

¿Qué te cuento? Hace un año lo pillé en su despacho con su asistente. Quise divorciarme, pero su madre y la mía me convencieron de no romper la familia por una tontería. ¿Te imaginas? Solo fue un desliz. A la asistente la despidieron, pero Daniel y yo ya no somos lo mismo.

Mamá dice que todos los hombres engañan tarde o temprano, que no es para tanto. Que solo debo tener un hijo y todo se arreglará. Como si dependiera solo de mí.

Al día siguiente, Lola volvió para más pruebas.

¿Y bien? preguntó, ajustándose el cuello de la blusa.

Mira tú misma. Olga le mostró las radiografías y los informes.

¿Ves? Aquí. Y aquí. Señaló unas manchas claras.

¿Un tumor? Pero me han revisado tantas veces Lola la miró aterrorizada. ¿Necesitaré cirugía?

Eres médica, lo entiendes. Mejor en Madrid. Oye, tengo el número de Samaniego. Seguro que te ayuda, te derivará a un buen especialista. Le llamo. Buscó su teléfono.

No, no le llames. Yo lo haré susurró Lola.

Como quieras. Pero no tardes. Te apunto su número. Lolita, lo siento mucho

Lola caminó hacia casa, tratando de asimilar la noticia. Se sentía bien, aunque a veces le dolía la espalda. No tenía ni treinta años, y tras esa operación, jamás sería madre. Día soleado, planes, sueños ¿Todo se esfumaba? Cirugía, quimioterapia ¿Por qué a ella?

Paseó sin rumbo, sopesando opciones. Decidió no alarmar a sus padres. Diría que necesitaba descanso, tomaría vacaciones y viajaría a Madrid.

Llegó a casa exhausta. Daniel, como siempre, estaba frente al ordenador.

Daniel lo llamó. ¡Daniel!

¿Eh? respondió sin mirar.

¿Tienes hambre?

No molestes. Los datos no cuadran replicó irritado.

Siempre igual. Absorto en sus tablas, ajeno a ella.

Daniel, debo irme un tiempo. Dos semanas, quizá más. ¿Me oyes?

Ajá murmuró, tecleando.

Mejor así. No preguntaría adónde ni por qué. Le preparó café, calentó unas croquetas y las dejó en la mesa. Él las devoró sin apartar los ojos de la pantalla. Lola suspiró y se retiró al dormitorio.

Por la noche, dio vueltas en la cama. Lo oyó acostarse. A la mañana siguiente, Lola guardó ropa en una maleta, dejó una nota breve sobre la mesa y salió de casa antes de que Daniel despertara. En la estación, compró un billete de ida a Madrid. El tren avanzaba entre campos dorados y sombras largas. Sacó el papel con el número de Felipe, lo miró un instante y lo volvió a guardar. No llamó. Tampoco lo buscó. Solo caminó hacia el hospital con paso firme, con los ojos secos y la mirada al frente, como si regresara a algo que nunca debió abandonar.

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