A veces, lo malo trae consigo un bien inesperado

Tuvo que haber un mal para un bien
No habría felicidad
¡Qué desgracia, idiota! ¿Quién te querrá ahora con un bebé? ¿Cómo piensas criarlo? No contaré con tu ayuda, entiende bien. ¡Ya te crié y ahora me cargas con ese peso extra! No te necesito, haz tus maletas y no vuelvas a cruzar mi puerta.
María escuchaba los gritos con la cabeza agachada. Su último intento de que la tía le permitiera quedarse, al menos hasta encontrar trabajo, se desvanecía ante sus ojos.
Si mi madre estuviera viva
María nunca conoció a su padre; su madre murió atropellada por un conductor ebrio en un paso de peatones hacía quince años. La iban a enviar a un albergue cuando, de pronto, apareció una prima lejana de su madre. La acogió en su casa y, gracias a su vivienda y a su sueldo, consiguió la tutela sin mayores trabas.
La tía vivía en las afueras de una ciudad fronteriza del sur de Francia, verde y cálida en verano, lluviosa en invierno. La joven no le faltaba nada, siempre bien vestida y habituada a las tareas domésticas. Puede que le faltara el cariño materno, pero a quién le importaba.
María era una estudiante aplicada. Tras el bachillerato ingresó en una escuela de formación docente. Los años de estudio pasaron rápido, al igual que los días despreocupados, hasta que volvió a la ciudad que se había convertido en su hogar. Pero esta vez no sintió alegría al regresar.
Después de agotarse, la tía se calmó un poco:
¡Lárgate de aquí, no quiero volver a verte!
Tía Françoise, al menos
¡Ya basta, lo dije!
Catherine tomó su maleta en silencio y salió. No esperaba que la despedida fuera así: humillada, rechazada y embarazada. Sin embargo, había decidido confesarlo todo.
Necesitaba un techo. María caminaba, sumida en sus pensamientos, ajena al entorno. El verano estaba en pleno apogeo. Manzanas y peras maduraban en los huertos, los albaricoques se doraban bajo el sol. Las vides se doblaban bajo el peso de las uvas, los ciruelos se ocultaban tras sus hojas verdes. Los patios desprendían aromas dulces de mermeladas, carne asada y panes recién horneados. Su garganta estaba reseca. Se acercó a una puerta y llamó a una mujer que estaba en la cocina de verano:
Señora, ¿podría darme algo de beber?
Louise, una mujer robusta de unos cincuenta años, se volvió.
Entra, si vienes con buenas intenciones.
Sacó una taza de agua de un balde y se la entregó a la joven. María se sentó en un banco y bebió con avidez.
¿Puedo quedarme aquí un rato? Hace tanto calor.
Descansa, niña. ¿De dónde vienes con esa maleta?
Acabo de terminar mis estudios y quiero dedicarme a la enseñanza, pero no tengo donde vivir. ¿Conoces a alguien que alquile una habitación?
Louise la observó detenidamente. Era limpia, aunque algo cansada y con el semblante preocupado.
Podrías vivir conmigo. No te cobraré mucho, pero deberás pagar a tiempo. Si te parece bien, ven a ver la habitación.
Louise se alegró de conseguir una inquilina. Unos pocos euros de más nunca habían sido un problema, y en su pequeña ciudad alejada del centro las oportunidades escaseaban. Su hijo vivía lejos y rara vez la visitaba, así que tendría compañía para las largas noches de invierno.
Incrédula ante tan inesperada oportunidad, María siguió a Louise. La habitación era pequeña pero acogedora, con vista al jardín, una mesa, dos sillas, una cama y un armario viejo. Bastaba. Acordaron pronto el alquiler y la joven, ya transformada, se dirigió a la oficina de educación.
Los días pasaron velozmente. Trabajo, casa, trabajo. María no tenía tiempo de notar cómo transcurrían los días. Se llevaba bien con Louise, una mujer amable y compasiva. Se fueron creando un vínculo. En la medida de lo posible, María le ayudaba con las tareas domésticas. A menudo, por la noche, tomaban el té juntas en el jardín, disfrutando de la suavidad otoñal.
El embarazo transcurría sin problemas. Catherine no sufría náuseas, su rostro permanecía radiante, aunque había ganado peso. Había contado su historia a Louise, una historia tan frecuente en la vida.
En segundo año, María se enamoró. No de cualquiera, sino de Paul, hijo único de una familia acomodada, docentes en la misma universidad. No habían querido enviarlo a París. Su futuro estaba trazado: estudios, doctorado, docencia o investigación, al lado de sus padres.
Inteligente, cortés, sociable, atraía a todas las chicas. Muchas hubieran deseado estar con él, pero él eligió a María. ¿Se dejó seducir por su tímida sonrisa, sus ojos avellana, su figura esbelta? ¿Percibió en ella una fuerza interior, esa resiliencia rara? Es difícil de saber. Lo que es cierto es que casi no se separaron hasta el final de los estudios. María veía el futuro rosado junto a Paul.
Recordaba ese día con detalle. Por la mañana se dio cuenta de que ya no podía tolerar la comida; ciertos olores la repugnaban y llevaba varios días con náuseas. Y, lo peor, había llegado su periodo. ¡Cómo había podido olvidar! María compró una prueba, volvió al dormitorio, tomó un vaso de agua y esperó. Resultó positivo. Dos líneas. El diagnóstico estaba claro. ¿Cómo reaccionaría Paul? Los niños no estaban en sus planes.
Una oleada de ternura por aquel ser que llevaba dentro la invadió de repente.
Pequeñín murmuró María acariciando su vientre.
Informado, Paul propuso presentar a María a sus padres esa misma noche. Al recordar ese encuentro, María se puso a llorar. Los padres de Paul le sugirieron abortar y abandonar la ciudad tras los exámenes, sola. Paul debía concentrarse en su carrera, y ella no estaba a su altura.
Su conversación solo la imaginaba. Al día siguiente, Paul entró en silencio, dejó un sobre sobre la mesa y se marchó.
María no pensaba abortar. Ya amaba al frágil ser dentro de ella: su hijo. Pero su vida sería dura, sin quien los ayudara. Tras meditarlo, decidió quedarse con el dinero que Paul había dejado, consciente de que lo necesitaría.
Después de contarle todo, Louise la consoló:
Sucede, no es lo peor. Hiciste bien en guardar al bebé. No tiene culpa y será un consuelo. Con el tiempo, quizá las cosas mejoren.
María ya no quería volver a oír hablar de Paul. El recuerdo del rechazo era demasiado fresco. No podía perdonar la humillación y una reconciliación le parecía insoportable.
El tiempo pasó. María, obligada a dejar de trabajar, se desplazaba como una caña, pero contaba los días hasta el nacimiento. En la ecografía no se pudo determinar si sería niño o niña, pero poco importaba, siempre que estuviera sano.
A finales de febrero, un sábado, empezaron las contracciones. Louise la llevó al hospital. Dio a luz tranquilamente a un niño robusto y sano.
Pierre, mi pequeño Pierre susurró, acariciando la mejilla redonda de su bebé.
María entabló amistad con las mujeres del pabellón. Le contaron que la esposa de un capitán de la aduana había dado a luz dos días antes, pero había abandonado al bebé, sin sentirse preparada.
¿Te imaginas? Lo cubrió de flores, regaló cosas al personal sanitario, asistía todos los días. Pero ella no quería hijos y dejó una carta de abandono. ¡Qué locura!
¿Y el bebé?
Lo alimentan con biberón. Una enfermera sugirió que sería mejor amamantar, pero ¿quién lo haría? Cada una tiene su propio hijo que alimentar.
Durante la comida trajeron a la pequeña.
¿Alguien para lactarla? Está muy delicada preguntó la enfermera a las madres jóvenes.
¡Dénla a mí! No dejaremos que un bebé sufra dijo María, tomando delicadamente a la niña en sus brazos.
¡Mira qué blanca! ¡Qué pequeña! Se llamará Manon.
Comparada con Pierre, parecía diminuta. La puso al pecho y la pequeña empezó a succionar con fervor.
Tan débil comentó la enfermera.
Así, María alimentó a dos bebés.
Dos días después, una enfermera anunció la visita del capitán, padre de la pequeña, que quería conocer a quien estaba amamantando a su hija. María conoció entonces al capitán Dubois, un hombre de estatura media con penetrantes ojos azules.
Los sucesos que siguieron dieron de qué hablar en todo el hospital y, por sus relatos, en la ciudad entera, pues su desenlace merecía quedar grabado en la memoria.
El día de su alta, todos médicos, enfermeras y auxiliares se reunieron frente al hospital donde una furgoneta decorada con globos rosados y azules esperaba. El joven oficial, con sus hombreras de capitán, ayudó a María a subir; Louise ya estaba allí y le entregó primero un paquete azul y luego uno rosa.
Al sonar el claxon, la furgoneta arrancó y desapareció en la esquina de la calle.
Así es la vida: impredecible y llena de sorpresas inimaginables.

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A veces, lo malo trae consigo un bien inesperado
¡Fuera de mi casa! – Gritó Borja. – ¿Pero qué haces, hijo…? – La suegra empezó a levantarse, agarrándose al borde de la mesa. – ¡No soy tu hijo! – Borja agarró su bolso y lo lanzó al pasillo. – ¡Quiero que no quede ni rastro de ti aquí! María se estremeció. En seis años, nunca le había escuchado gritar así. – ¿Pero qué, hijo…? – la suegra intentó reincorporarse, aferrándose a la mesa. – ¡Que yo no soy tu hijo! – Borja cogió el bolso y lo tiró al pasillo. – ¡Que no se te vuelva a ocurrir aparecer por aquí! … Anita dormía con los bracitos extendidos como una pequeña estrella de mar. María le acomodó la manta. Le encantaba contemplar así a su hija; cuántos años soñando con ella, cuánto sacrificio para llegar a ser madre. Su marido volvió del turno de noche; lo supo por el ruido en el recibidor. María salió del cuarto de la niña cerrando la puerta. Borja se descalzaba. Se le veía cansado, más delgado. Trabajaba como un burro para saldar los créditos del tratamiento de fertilidad. – ¿Duerme? – susurró. – Está dormida. Cenó y cayó redonda. Borja atrajo a María y apoyó la cara en su cuello. Hablaba poco de amor, pero ella sabía que le estaba profundamente agradecido; que no le había dejado, que no le había cambiado por alguien sano, que le había dado la felicidad. A los dieciséis, Borja pasó las paperas «a pie», por vergüenza de decírselo a su madre. Cuando lo confesó, ya era tarde; la complicación les dejó casi estériles. – Ha llamado mi madre – murmuró Borja sin soltarla. María se tensó. – ¿Y qué quiere doña Asunción? – Que viene. A mediodía. Que ha hecho empanadas y que nos extraña. María suspiró, soltándose de su abrazo. – Borja, ¿de verdad es necesario? La última vez acabé atacada con sus recetas de bicarbonato. – Maja, es mi madre. Quiere ver a la nieta; ha pasado un año y sólo ha visto a Anita en fotos. Al fin y al cabo, abuela es. ­– Abuela – sonrió María, amarga. – Que llama a nuestra hija «el brote». Adoptaron a Ana hace un año. Las listas para recién nacidos sanos en su provincia podían durar décadas. Les ayudaron unos contactos, un sobre generoso «para necesidades del hospital» y la sensatez de una amiga matrona. La niña nació de una escolar asustada de dieciséis, a la que un bebé le habría arruinado la vida. María recordaba el día: aquel paquetito de tres kilos, y unos ojos azules profundos. – Bueno, que venga – cedió María. – Lo sobrellevaremos. Pero si vuelve a empezar… – No va a empezar – prometió Borja. – De verdad. La suegra apareció a la hora de comer. Asunción entró en la casa llenándolo todo con su presencia. Era una mujer grande y ruidosa, con ese ímpetu rural capaz de parar a un caballo, sofocar una casa y removerle las ideas a cualquiera. – ¡Virgen santa! – berreó en el recibidor, dejando una bolsa de cuadros. – El viaje ha sido un infierno. En el tren, un horno; en el metro, una masa humana. ¿Y para qué vivís en un quinto? El ascensor parece que se va a caer. – Buenas tardes, madre – Borja la besó en la mejilla y le cogió la bolsa. – Pase, y lávese las manos. Estrenó el mundo con su vestido floreado moldeando la silueta poderosa y enseguida clavó la mirada en María; la examinó de arriba abajo, como una yegua en la feria. – Buenas, Asunción – sonrió María, educada. – Hola, hola – apretó los labios la suegra. – Te veo traslucida, maja, pareces un saco de huesos; ¿cómo va a agarrarse un hombre ahí? Mira que Borja se me está quedando en los huesos. ¿No le alimentas? ¡Si tú sólo comes hierba y él muerto de hambre! – Borja come perfectamente – cortó María, sonrojada. – Siéntese a la mesa, por favor. En la cocina, Asunción desmanteló la bolsa: tuppers de empanadas, pepinillos caseros, un trozo de tocino. – Comed esto. Que aquí en Madrid todo es química. Plástico a la boca. Se sentó, hundiendo los codos en la mesa. – Contad. ¿Cómo vivís? ¿Ya pagasteis los créditos de esos… experimentos? María apretó el tenedor. ¡Experimentos! Así llamaba a seis años de dolor, esperanza y desesperación. – Casi, madre – gruñó Borja, sirviéndose ensalada. – No hablemos de dinero. – ¿Y qué vamos a hablar? ¿Del tiempo? Mira tu primo Juan en el pueblo, le ha nacido la tercera; una niña preciosa, ¡cuatro kilos! Y tu hermana Teresa, embarazada de mellizos. Eso sí es raza. ¡Los nuestros son fértiles! – señaló a María. – Si no fuera por alterar los genes… María soltó el cubierto suavemente. – Asunción, lo hemos hablado mil veces. No es cuestión de mí. Lo confirman los informes médicos. – ¡Bah! – despreció la suegra. – Los papeles esos los médicos los hacen para robar dinero; ¿paperas? ¡Anda ya! En mi pueblo, todos los chavales han pasado las paperas y tienen seis hijos. – Eso te lo ha contado tu mujer para ocultar su problema. – ¡Madre! – Borja golpeó la mesa con la palma. – ¡Basta! Asunción se llevó las manos al pecho. – ¡No me levantes la voz! ¡He criado a cinco, sé lo que es la vida! La veo: es estrecha, caderas de niña. ¿De dónde va a sacar criatura? ¡Flor estéril! – Estamos felices, madre – dijo Borja, tranquilo. – Tenemos a Anita. – ¿Hija…? – bufó Asunción. – Enséñamela. Fueron al cuarto de la niña. Anita ya estaba despierta y jugaba con un peluche. Al ver a la desconocida, se puso seria, pero no lloró; tenía un carácter muy apacible. La suegra se acercó a la cuna. María se plantó al lado, lista por si pasaba algo. La mujer la miró mucho rato, bizqueando. Luego tocó su mejilla. Anita se apartó. – ¿Y a quién se parece? – masculló la suegra. – ¡Mira qué ojos tan oscuros! En nuestra familia todos los tenemos claros. – Son azules, Asunción. Oscuro azul. – ¿Y la nariz? Es de patata. Tú la tienes fina, Borja recta. Pero aquí… Se irguió, se sacudió las manos como si estuvieran sucias. – ¡Otra raza! ¡De verdad! Volvieron a la cocina. Borja, con las manos temblando, se sirvió agua. – Madre, escúchame – trató de razonar. – Queremos a Anita. Es nuestra, por papeles, por el corazón, por todo. – Todavía intentaremos tener otro. Los médicos dicen que hay alguna posibilidad. Pero si no, ya tenemos familia. Asunción apretó los labios y se hinchó de rabia. Madre de cinco hijos, abuela de doce, no soportaba ver a su sangre entregada a «lo ajeno». – Eres un inútil, Borja – suspiró finalmente. – ¡Con treinta y cinco años y ahí, jugando con una recogida del hospicio! – ¡No la llames así! – rugió María. – ¿Y cómo? ¿Princesa? – Callarías, maja: ni puedes tener hijos, ni dejas a mi hijo vivir tranquilo. Pagasteis por ella… ¡Como el que compra un gato en el mercadillo! – ¡Es nuestra hija! – Hija es la que es suya. La que cuesta insomnio, vómitos, dolores de parto. – Y esa… – señaló al cuarto de la niña. – Es jugar a las madres. Cogisteis una hecha; de cualquiera, una cría perdida. – ¿Creéis que los genes se borran así? Os va a dar disgustos, como su madre. ¡Dádla en adopción, aún estáis a tiempo! María vio cómo Borja palidecía. Se levantó despacio. – Fuera – dijo, apenas audible. Asunción se extrañó. – ¿Qué? – ¡Lárguese ya! – gritó Borja. María se estremeció. Mira que nunca le había visto así. – ¿Qué dices, hijo…? – intentó levantarse la suegra. – ¡Que no soy tu hijo! – Borja cogió el bolso y lo tiró al recibidor. – ¡No quiero verte aquí nunca más! ¿Dar la niña? ¿Qué somos, comerciantes? ¡Es mi hija! ¡Mía! Y tú… tú… Se ahogaba de rabia. – Eres un monstruo, no una madre. Vete a tu pueblo, cuenta tus “raza pura”. ¡Y no te acerques jamás! De la habitación llegó el llanto de la niña. María corrió a la puerta, pero se detuvo viendo la expresión de Asunción: la cara pasó de rojo a ceniza. Abrió la boca, buscando aire. La mano del pecho se clavó en el vestido. – Borja… – susurró. – Me arde… me arde… Y cayó lateralmente, pesadamente, una bolsa de trigo al suelo. El golpe se mezcló con el sollozo de la niña. María llamó a urgencias. Borja se arrodilló junto a su madre, temblando, soltándole el cuello del vestido. – ¡Madre, qué te pasa! ¡Respira! Asunción jadeaba. Los médicos llegaron rápido. Desde la puerta gritó el camillero: – Infarto agudo. ¡Camilla! ¡Deprisa! Cuando la puerta se cerró, Borja se sentó en el recibidor, de espaldas a la pared. Miró el pañuelo que su madre había olvidado en la mesilla. – ¿He sido yo? – preguntó. María se sentó junto a él y le cogió la mano helada. – No. Ha sido ella. Por su odio. – Pero era mi madre. – Y ha pedido que tirásemos a nuestra hija como si fuera una mercancía estropeada. ¡Borja, reacciona! Has protegido a tu familia. El móvil vibró una hora después; era su hermana Teresa. Luego Juan. No contestó. Un mensaje de una tía: – Tu madre en la UCI. Dicen que poca esperanza. ¡Asesino! Que Dios te maldiga. ¡No aparezcas nunca más! – Se acabó. Ya no tengo familia. María le rodeó los hombros notando su temblor. – Sí la tienes – afirmó. – Tienes a Anita. Y a mí. ¡Somos tu familia de verdad! La que no te abandona. Se levantó y le tiró de la mano. – Ven. Hay que darle de cenar a Ana. Lo ha pasado fatal. Por la noche, sentados en la cocina, la niña jugaba con cubos a sus pies. Borja la miraba como si fuera la primera vez. – ¿Sabes? – dijo de repente – Mi madre tenía razón en una cosa. María se tensó. – ¿En qué? – En que los genes no se borran así. Pero los genes no son sólo color de ojos o nariz; es capacidad de amar. Mi madre tiene cinco hijos, y no tiene amor… sólo piedra. ¿Y si yo también fui adoptado? Porque sé querer. ¿A que sí, pequeñina? La alzó en brazos. Ana le agarró la nariz, riendo. – Papá – dijo de repente con claridad. Por primera vez. Antes sólo había balbuceos. Borja se quedó quieto. Las lágrimas, que había aguantado todo el día, le resbalaron sobre el pijamita rosa. – Papá – repitió. – Sí, mi amor. Soy tu papá. Y no dejaré que nadie te aparte de mí. La madre sobrevivió, pero Borja no volvió a hablar con ella. Para la familia, es el enemigo número uno. María lo reconoce en voz baja: es feliz sin esos lazos. Vivir sin reproches es más fácil. ¿Qué necesidad tienen de familia así? Mejor solos… ¿Qué opináis vosotros sobre el monólogo de la madre? ¡Contadlo en comentarios y dejad vuestro ‘me gusta’!