Cuando Lía tenía dieciséis años, una anciana gitana en el mercado tomó su mano, miró las líneas de su destino y dijo:

Cuando Crisanta tiene dieciséis años, una anciana gitana del mercado de la Puerta del Sol le aprieta la mano, mira su palma y le dice:
No te casarás nunca.
Crisanta solo se ríe. Pasan los años y, cuando Valentín le aparece con un anillo, ella recuerda esas palabras y responde con una sonrisa:
Pues al menos seré la novia, bromea, aceptando.
Se casan.

Los hijos tardan en llegar. Los médicos les diagnostican infertilidad total, sin opciones.
Entonces seré tu esposa, suspira Crisanta, intentando no llorar.

Pero ocurre un milagro: queda embarazada.
Es peligroso, podríais no sobrevivir, le advierten los médicos.
Crisanta solo sonríe:
Pues al menos seré embarazada.
Da a luz a un niño sano y fuerte.

Los años pasan. Con Valentín atraviesan todo: alegrías y pérdidas, risas y lágrimas, subidas y caídas. Cuarenta años vuelan como un solo día.

Luego llega otro diagnóstico.
Sólo les quedan seis meses de vida, anuncian los médicos.
Crisanta los mira a los ojos y contesta:
Entonces me lanzaré en paracaídas. Siempre lo he soñado.
Y se lanza.
Una, dos, tres veces más.

Meses después, al repetir los análisis, la enfermedad ha desaparecido. Porque mientras la gente vive de verdad, el destino solo se encoge de hombros y vuelve a escribir su historia.

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Cuando Lía tenía dieciséis años, una anciana gitana en el mercado tomó su mano, miró las líneas de su destino y dijo:
Mi hija me mandó a una residencia de ancianos sin saber que yo era la dueña del edificio. Entonces decidí darle una lección que nunca olvidará.