Desde Hace Tiempo Debía Habérmelo Pensado

Almudena yacía en el agua tibia que ya había dejado de calentarla, sin fuerzas para salir del baño. «Hace años que debería irme», se repetía una y otra vez, como quien busca excusa o se convence a sí misma. Sabía que el móvil había recibido varios mensajes, pero no los quería abrir; temía lo que encontraría.

Su relación con Gonzalo siempre había sido una montaña rusa. Se conocieron en el Primavera Sound de Barcelona y, después de la fiesta, ella lo invitó a pasar la noche sin imaginar volver a cruzarse. Al día siguiente, al verlo en la entrada del recinto con un ramo de margaritas, comprendió que ya no podía escapar.

Almudena se marchó a Berlín para una pasantía de un año; Gonzalo se quedó esperándola, enviándole largas cartas. Cuando el vuelo de regreso se retrasó cinco horas, él la recibió en el Aeropuerto de Barajas nervioso y agotado, sin saber qué había ocurrido, temiendo por ella. Llevaba de nuevo un ramo de margaritas y ella, al verlas, sintió que quería una familia con él.

Almudena volvió al trabajo medio año después del parto, mientras Gonzalo cuidaba a la pequeña porque no encontraba empleo. Cada media hora le llamaba, preguntando dónde estaba todo, si ya había llegado. En la oficina la miraban extrañados: «¿Cómo puede un hombre estar con su hija?» Almudena no tenía tiempo para miradasdespués del trabajo, con la niña en brazos, preparaba la cena, lavaba, ordenaba y, de noche, seguía trabajando.

Se endeudó para comprar a su hija una bicicleta, reparar el techo de la casa de campo que les habían regalado en la boda, pagar el préstamo del coche que compraron para que Gonzalo pudiera trabajar como taxista mientras conseguía un empleo estable Almudena, investigadora junior, ganaba poco y no lograba avanzar; tal vez le faltaban habilidades o, simplemente, tiempo.

Pasaron los años, tuvo un segundo hijo y, medio año después del parto, volvió a trabajar, dejando al niño al cuidado de su madre. Gonzalo, ya con algún trabajo esporádico, llevaba a los niños al cole, pedía dinero para un abrigo de invierno para su hijo, pagaba la piscina de su hija, hacía sopas y cambiaba el agua de los floreros con margaritas

A veces trabajaba, a veces veía la tele, pero mayormente bebía. En el noveno año de convivencia lo ingresaron por una apendicitis; la médica le sugirió con delicadeza que lo trasladaran a una clínica para recuperarse. Evidentemente, el alcohol había tomado más protagonismo que los glóbulos rojos en su sangre.

Almudena ensayó cien veces el discurso «necesitamos vivir separados» y «dividámonos» mientras volvía a casa. Le resultaba repulsivo su aspecto, su olor, sus caricias. El techo de la casa de campo se había podrido de nuevo, pero ya no quería repararlo. Dejan de ir al campo; las margaritas se marchitaban rápido porque ella olvidaba cambiar el agua.

Se enamoró de otro y le fue infiel. No tenía nada que reprochar a Gonzaloél le miraba con los mismos ojos que aquel día en el aeropuerto, como temiendo que ella nunca regresara. Pero ella quería ver otra mirada. Se repetía a sí misma que no significaba nada, pero en realidad era una señal: hacía tiempo que necesitaba irse. No era por el amanteél también estaba casado.

Una tarde, Almudena se sorprendió pensando cuántos años le tocaría en prisión si cometiera un asesinato. Esa gota fue la última; empacó a los niños, las maletas y se mudó a casa de su madre. Gonzalo lloraba sin cesar, suplicándole «no te vayas». Almudena permanecía en silencio, también lloraba, pero nunca se había sentido tan liviana.

Al fin, al levantarse del agua fría, se calzó una bata de algodón, sacó el móvil del bolsillo y, sabiendo que tarde o temprano tendría que leerlos, abrió los mensajes. Tras una decena de «te quiero», «vuelve», «llámame» y «no te vayas», Gonzalo escribió: «Entonces me voy yo». Ese fue el último mensaje.

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