30 de agosto
Hoy el edificio de la calle Gran Vía ha recibido a una nueva portera. Hace buen trabajo, barre los pasillos con ritmo, lava la escalera cada día a la hora acordada y nunca se le escapa nada. En teoría, no tengo que quejarme de nada; sin embargo, recuerdo cómo era antes
Hasta hace poco, la encargada era la señora Begoña García, una mujer que había convertido nuestro vestíbulo de nueve plantas en algo parecido al salón de una mansión. Cada mañana, al entrar por la puerta principal del antiguo portal, extendía una alfombra de colores vivos sobre el hormigón. La escena resultaba cómica y, a la vez, un tanto fuera de lugar. La alfombra se desgastaba a manos de los niños del vecindario, pero Begoña la sustituyó sin titubear, cubriendo de nuevo el suelo y los tubos de acero expuestos, evitando que los residentes se torcieran los tobillos con los bordes afilados.
En cada una de las nueve ventanas que dan al pasillo había macetas con flores, pequeñas estatuillas de cerámica y curiosas tortugas de juguete. Nunca se veía polvo sobre los alféizares.
Una noche, los inquilinos del sexto piso volvieron a casa después de una faena de copas, cigarros y, según cuentan, alguna que otra cosa más fuerte. Transformaron las macetas en ceniceros improvisados, apilaron botellas de cerveza barata de marcas locales y rompieron las figuritas de concha bajo sus botas, dejándolas en polvo. El bullicio nos obligó a evitarles la mirada por miedo a sus respuestas agresivas. Sorprendentemente, Begoña logró ganarse su confianza, no solo salvó sus macetas, sino que, de alguna manera, los convenció de trasladar sus juerga a otro edificio. Desde entonces, los ruidos nocturnos cesaron y, en su lugar, apareció un bonito cenicero que ella limpia y pule a diario.
Lo que más me impresionó de Begoña no fue su labor incansable, sino su puntualidad. Aparecía al amanecer, cepillaba el pasillo mientras tarareaba una melodía popular, y frotaba el ascensor y los pasamanos con una solución alcohólica, mucho antes de que eso se convirtiera en una norma sanitaria. Además, siempre trató a los vecinos con una amabilidad desarmante. Cuando el patio trasero se llenaba de colillas, ella charlaba con los fumadores de los balcones sin reprocharles nada. Hablaba de la cotidianidad, mientras recogía los residuos sin perder la sonrisa. Con el tiempo, esas colillas dejaron de tapizar el suelo y, como por arte de magia, bajo los balcones brotaron tulipanes, pensamientos y crisantemos en flor.
La imagen que más quedará en mi memoria es la de Begoña sin su uniforme naranja. Llevaba un maquillaje impecable, un peinado elegante, tacones altos a cualquier clima y ropa en tonos pastel que le daban un aire de aristócrata. Tras terminar de embellecer el vestíbulo, parecía que se dirigía al palacio de la reina de Inglaterra, sólo que le faltaba el sombrero.
Su esposo siempre la recogía del trabajo. Salía del coche, le entregaba una pequeña flor y la besaba en la frente. Ese gesto se repetía a diario, como una ceremonia silenciosa.
A finales de agosto, escuché a las ancianas del portal comentar en el banco del parque: «Mañana es el último día de Begoña, se jubila. ¿Quién cuidará del vestíbulo ahora?».
Al día siguiente, compré un ramo de rosas para ella. Quería darle algo bonito, aunque fuera un pequeño detalle. Me quedé asombrado al ver que, frente a su pequeño trastero donde guardaba escobas y fregonas, se había reunido la comunidad. Algunos llevaban flores, otros una botella de cava y brandy, y las abuelas cantaban mientras entregaban pasteles y conservas. Entonces, los chicos del sexto piso aparecieron de nuevo, pero esta vez con teléfonos en la mano. Le mostraron a la jubilada de 65 años cómo tomarse selfies y le enseñaron aplicaciones de Instagram y TikTok. Creo que la inscribieron en esas redes para que siguiera siendo parte del edificio, aunque fuera virtualmente.
Su marido, un poco confundido, fue quien cargó en el maletero del coche las flores, el brandy y los alimentos que las vecinas habían preparado.
Begoña, ataviada con un vestido almendrado con una cadena de perlas y un maquillaje más vivo de lo habitual, escuchaba sin comprender del todo, tratando de contener las lágrimas. Quizá se dio cuenta de que nadie la había despedido como a los demás empleados. Nunca, ni en ninguna parte.
Tal vez comprendió que, sin buscar reconocimiento ni metas, su trabajo humilde había hecho que los residentes de nuestra modesta torre de nueve plantas fueran un poquito más amables y solidarios.
Lección personal: a veces el mayor impacto proviene de los gestos más simples y desinteresados; basta con una sonrisa y un poco de dedicación para convertir un edificio cualquiera en un verdadero hogar.




