Él ha regresado

Regresó.

Inés ajustaba nerviosa la jarrón sobre la mesa de centro. El piso de la abuela, Doña Belén Fernández, olía a pastel recién horneado y a un leve perfume de lavanda que siempre flotaba en el aire. La anciana, una mujer de elegancia austera aun teniendo setenta y cinco años, ponía los últimos retoques antes de la llegada del invitado.

Abuela, por favor, no lo interrogues con tanta pasión suplicó Inés. Víctor es muy discreto, y tú lo podrías quemar con la mirada.

Doña Belén sonrió, acomodándose la chala de encaje sobre los hombros.

Si tu Víctor te merece, mis ojos no le harán daño. Y si no aún mejor. Tranquila, nieta. He vivido bastante para no asustar a los jóvenes.

Sonó el timbre. Inés corrió a abrir. En el umbral estaba Víctor, con un bonito ramo y una sonrisa ligeramente avergonzada. Era alto, de complexión atlética, con la mirada abierta y modales tranquilos.

Entra, presentaos, esta es mi abuela, Doña Belén anunció Inés, conteniendo la respiración.

Víctor cruzó el salón, entregó las flores y inclinó respetuosamente la cabeza.

Mucho gusto, Doña Belén. Inés ha hablado mucho de usted.

La abuela, paralizada en medio de la estancia, no respondió al saludo. Su mirada, suele ser aguda y evaluadora, se volvió difusa y profunda, como si mirara más allá de Víctor, hacia un pasado lejano. Una leve sonrisa se congeló en sus labios, transformándose en una expresión de auténtico asombro.

¿Abuela? exclamó Inés, algo alarmada.

Doña Belén tembló y, como en un sueño, alargó la mano hacia el ramo.

Disculpa, querido Me has sorprendido. Gracias por las flores. Muy amable.

Víctor, sintiendo una ligera incomodidad, cruzó miradas con Inés, que solo encogió de hombros. La velada inició de forma extraña. La abuela se mantuvo extrañamente callada mientras tomaba su té. No lanzó sus habituales preguntas picantes, sino que observó atentamente a Vídeo: cómo sujetaba la taza, cuándo reía, cómo acomodaba una hebra de pelo. Inés empezó a temblar por dentro ¡no le gustó la abuela!, pero Víctor, con dignidad, mantuvo la compostura. Contó sobre su trabajo, recordó con humor cómo él e Inés se habían conocido en una exposición canina. Poco a poco el ambiente se relajó.

¿Y usted, Doña Belén, no caminaba a pie a los galanes en su juventud? bromeó Víctor, tomando una galleta.

La anciana se animó al instante.

¿Por qué no? Sí que lo hacía. Incluso una vez se trabó y volvió a mirar a Víctor con esa mirada penetrante. Perdón por la indiscreción, Víctor, pero ¿en su familia hubo aviadores? ¿Alguno del Escuadrón de Pilotos de Talavera?

Víctor arqueó una ceja, sorprendido.

No, nada de eso. En mi familia hay ingenieros y médicos. ¿Por qué lo pregunta?

Doña Belén bajó la vista, ocultando una sonrisa.

Me pareció Su aspecto me recuerda a alguien. A un joven de mi pasado llamado Alejandro. Era cadete cuando yo estudiaba enfermería. Tenía la misma estatura, la misma mirada y una hoyita en la mejilla cuando sonreía.

Inés alternaba la vista entre la abuela y Víctor, asombrada. Notaba que Víctor era fotogénico y bien plantado, pero ¿parecerse a alguien?

¿Qué fue de Alejandro? preguntó Víctor suavemente.

El destino los separó suspiró la anciana. Lo enviaron al Lejano Oriente y yo me quedé aquí. Al principio las cartas llegaban, luego todo se fue apagando. El primer amor rara vez dura, pero deja huella para siempre.

Se levantó y salió un momento, regresando con una foto amarillenta por el tiempo. En ella aparecían una joven esbelta de vestido elegante y un hombre en uniforme de piloto, abrazándose y riendo despreocupados.

Inés y Víctor se inclinaron sobre la foto.

¡Abuela, parece el doble de Víctor! exclamó Inés. ¡Exactamente igual!

Víctor la examinó con detalle y una leve expresión de respeto se dibujó en su rostro.

Hay un fuerte parecido asintió. Parece que tengo el honor de ser semejante a una persona muy digna.

Doña Belén observó a Víctor; sus ojos ya no mostraban asombro, sino una ternura cálida, casi materna.

¿Sabes, Inesita? dijo sin apartar la mirada. Tu Víctor me agrada mucho. Tiene ojos honestos, como los de Alejandro.

La noche se alargó hasta pasada la medianoche. La abuela dejó de interrogar a Víctor como quien examina a un alumno y empezó a conversar como quien comparte recuerdos, ofreciéndole consejos sobre la vida. Al despedirse, lo abrazó y le susurró al oído:

Cuídala. Y sean felices.

En la calle, Inés se aferró a Víctor.

¡Vaya, estaba tan nerviosa! Y ella casi te trata como a su propio hijo.

Víctor sonrió pensativo.

Es una responsabilidad Siento que debo estar a la altura de la confianza que depositas tú y el chico de la foto. Es una sensación extraña.

Me gusta replicó Inés. Ahora tenemos nuestra propia leyenda familiar: la primera gran pasión de la abuela vuelve a nosotros a través de los años, encarnada en ti.

Caminaban por la Madrid nocturna, tomados de la mano, mientras en la ventana del quinto piso seguía la silueta de una anciana que, con una sonrisa, los observaba y despedía su sombra al futuro.

Doña Belén permaneció junto a la ventana hasta que sus figuras se fundieron en la oscuridad del patio. La casa quedó sumida en silencio, roto solo por el tictac de un viejo reloj de péndulo. Volvió a la mesa donde reposaba la fotografía, la tomó entre las manos y la acarició.

Alejandro musitó. Qué encuentro, no directo, pero sí como un reflejo.

Se sentó en su mecedora y los recuerdos inundaron su mente: veranos en los campos de la escuela de aviación, los almendros en flor, los ojos brillantes de Alejandro entregándole un pequeño ramillete de lirios. Luego, la despedida en la estación, su fuerte abrazo, el olor a tela de uniforme y la promesa de escribir cada día. Las cartas comenzaron siendo gruesas y escritas con una caligrafía elegante; después fueron escasas y, al final, dejaron de llegar. Un año después se casó con otro, tuvo una hija, vivió una larga y, en esencia, feliz existencia. Sin embargo, una pequeña cicatriz de aquel primer amor nunca se borró.

Y ahora, tras tantos años su sonrisa, su porte, esa hoyita como un fantasma que vuelve a comprobar cómo estoy pensó, y sonrió tristemente.

No era una anciana sentimental; la vida le había enseñado a ser práctica. Pero aquel encuentro despertó algo profundo, no lástima por sí misma, sino sorpresa ante los giros del destino.

A la mañana siguiente, el móvil de Inés sonó; era su madre, Lara, hija de Doña Belén.

¿Cómo estuvo ayer? ¿Te interrogó la abuela a tu Víctor? preguntó con una risita.

¡Mamá, no lo vas a creer! exclamó Inés. ¡Casi te bendice de la puerta! Resulta que Víctor es el espejo de su primer amor, un piloto llamado Alejandro. ¡La foto lo demuestra! ¡Se parece con una precisión asombrosa!

Hubo un silencio al otro lado de la línea.

¿Alejandro? ¿Piloto? la voz de Lara se tensó. ¿Ese del álbum de cuero viejo?

¿Lo conoces?

Sé algo respondió la madre con frialdad. Bien, me alegro por vosotros. Saluda a Víctor de mi parte.

Inés colgó, ligeramente perpleja; su madre había sido demasiado reservada.

Mientras tanto, Doña Belén, impulsada por un repentino impulso, abrió el cajón más profundo del aparador. Allí no solo estaba el álbum de cuero, sino también un pequeño fajo de cartas atadas con una cinta azul. Hace tiempo que no las leía; había decidido no revolver el pasado, pero ahora su mano las buscó sola.

Desató la cinta y sacó la última carta, fechada en el año en que ella se había casado. Provenía del amigo de Alejandro, también piloto, y anunciaba que Alejandro había fallecido en un accidente de avión experimental. La misiva llegó demasiado tarde, cuando su vida ya había tomado otro rumbo. El dolor, la rabia y la culpa que había sentido quedaron enterrados hace años.

Deslizó los dedos sobre el papel amarillento. Al fin nos vemos, Al, pensó. Tu risa, tu sonrisa ahora están junto a mi nieta. Tal vez sea tu continuación, después de tantos años.

Al sonar el timbre, Doña Belén se sobresaltó, escondió la carta y el álbum y fue a abrir. En el umbral estaba su hija, con semblante preocupado.

Mamá, vengo por un asunto. Inés acaba de llamarme, me lo contó todo.

Pasa, Lara le dio paso. ¿Qué has escuchado? ¿Sobre Víctor?

¡Sí! dijo Lara, sentándose. Madre, entiendo que tus recuerdos son emotivos, pero ¿no crees que los idealizas? Me has dicho que Alejandro te abandonó, que dejó de escribir.

Doña Belén la miró fijamente. Siempre había percibido en ella una leve envidia por aquel primer amor imposible. Lara había sido fruto de un matrimonio de conveniencia, estable pero sin pasiones.

Él no me abandonó, Lara dijo con voz clara. Alejandro murió. Recibí la carta de su amigo después de haberme casado con tu padre.

Lara quedó boquiabierta.

¿Murió? ¿Por qué nunca me lo dijiste?

¿Para qué? ¿Para que crecieras pensando que tu madre pudo haber tenido otra vida? Mi padre es el hombre que elegí. No me arrepiento de nada. La verdad la guardé para mí hasta ayer, sin sentido.

Lara asimiló la confesión; su resentimiento cedió, dejando paso a una extraña compasión y respeto.

Lo siento, mamá. No lo sabía

No importa, hija. Ahora escucha. Víctor es un buen muchacho. Lo veo a través de los ojos, sé que es como aquel hombre brillante de mi juventud. Quiero que a Inés le vaya mejor que a mí. ¿Entiendes?

Lara asintió y, por primera vez en mucho tiempo, abrazó a su madre con sinceridad.

Esa misma tarde, Inés y Víctor volvieron a casa de Doña Belén. La anciana los observaba mientras preparaban la cena, reían y susurraban entre sí. Captó la hoyita de Víctor y sonrió en silencio.

Mira, Alejandro pensó, dirigiéndose en su mente al joven piloto. Nuestros caminos siguen entrelazados, por rutas extrañas, pero al final, todo resulta bien.

Inés se acercó y le dio un abrazo en los hombros.

¿En qué piensas, abuela?

En la felicidad, nieta. En cómo a veces llega de donde no la esperas. Aprecien eso señaló hacia Víctor. Valoren cada instante.

Inés se aferró a los cabellos plateados de su abuela.

Lo haremos, abuela. Lo prometo.

Mientras tanto, Víctor sacaba del horno una tarta de manzana, y su sonrisa bajo la luz de la cocina era idéntica a la de la foto amarillenta.

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

12 − 10 =