Nieves tenía cuarenta y seis años cuando su marido, Antonio, se marchó a la casa de una mujer diez años más joven. Cuatro años transcurrieron como una noche sin luna, una depresión tan negra que parecía devorar los relojes que colgaban del techo. Con el tiempo la herida dejó de sangrar; su hijo Juan tuvo una hija, Lucas, y Nieves compró una casa de campo en la sierra de Toledo por doscientos euros al mes, para que el pequeño pudiera respirar el aire de los almendros. Allí sembró tomates y pimientos bajo una lluvia que caía al revés y adoptó un bichón que ladraba en sueños. No perdonó a Antonio, pero el recuerdo se perdió entre las nubes que giraban sobre el huerto.
Al cumplirse los cincuenta, la idea de conocer a alguien nuevo empezó a rondar su mente, aunque no sabía dónde buscar. Trabajaba de enfermera en el policlínico infantil de la calle Gran Vía, un sitio donde los pretendientes aparecen tan raramente como los caballos en la Gran Vía. Las amigas le sugirieron mirar entre los vecinos de la finca, pero Nieves descartó la opción: todos estaban casados, y ningún hombre solo se desplazaría a la casa de campo sin una esposa que le esperara al otro lado del portón.
Cuando cumplió cincuenta y dos, Antonio murió de un infarto, como una vela que se apaga de golpe. Nieves sintió sólo una ligera lástima por Juan, para quien era un golpe inesperado. Asistió al funeral por obligación, arrastrando su cuerpo como quien lleva una sombra sobre los hombros.
Sentada frente al ataúd, atrapó la mirada de un hombre que la observaba desde la esquina de la habitación. «Qué guapo», pensó, y luego se reprendió: «Estás en el funeral de tu ex». Evitó mirarlo directamente, pero una voz, suave como el susurro de las hojas, la interrumpió: ¿Perdón? y el hombre se acercó, movió la silla y se sentó junto a ella. Disculpe mi atrevimiento sonrió, pero nunca había visto ojos tan amables. Me llamo Miguel. Nieveslogró decir ella, como quien pronuncia una canción que se desvanece.
Miguel resultó ser un conversador agradable y, lo más importante, no llevaba anillo. Nieves se escarbó el pensamiento: «¿Qué he hecho, una anciana loca?», pero no pudo evitar sentir una cálida atracción. Al terminar la charla, él preguntó: ¿Qué relación tiene con el difunto? Esposa respondió ella sin titubeos. Miguel la miró desconcertado y señaló a una joven viuda de rostro pálido y ojos inundados de lágrimas. Yo pensaba que la esposa era ella. Eso es la segunda, la primera fui yo aclaró Nieves. Miguel soltó una carcajada y dijo: Esto será una historia muy curiosa…
Así fue. Miguel contaba a todos que había asistido al funeral de un compañero y se había llevado a la primera esposa. Nieves, roja como una manzana en el sueño, se avergonzaba y explicaba que el marido ya no era su esposo, aunque sí lo había sido. Pero lo esencial no era el rumor, sino que, en aquel jardín de relojes derretidos y nubes invertidas, Nieves se había enamorado de verdad y, sin saber cómo, agradecía a su primer marido por haberle abierto la puerta a aquel encuentro imposible.




