Pensamientos al oído.
Hoy Damián casi se queda dormido en el trabajo. No le apetecía abandonar su acogedor nido y arrancarse la manta tibia de encima. Se enrolló hasta la cabeza y, como un crío, esperó a que sonara el despertador. Tal vez, en secreto, soñaba con que su madre le estuviera friendo en la cocina unos churros con azúcar o unas tortitas de jamón, y que pronto lo llamara a desayunar.
Aunque este año Damián cumple treinta y cinco, la situación sigue igual. Todos nosotros queremos, de vez en cuando, despertar como el niño consentido de mamá, ¿no es así?
El despertador, sin embargo, no le hizo el favor de sonar a tiempo. La esposa, Tania, ya estaba levantada y preparaba al jardín de infancia al hijo, Santiago, y a la hija, Carmen.
¿Por qué no me despertaste? le preguntó Damián, con cierta amargura, en lugar del habitual beso de buenos días.
¿Y no tienes el despertador? replicó Tania. ¿No habrá sonado? Siempre te levantas con él. Pensé que habías cambiado el horario de las clases y traté de no molestarte, haciendo los quehaceres en silencio.
Damián se vistió a toda prisa. Rechazó el desayuno que le ofrecía la esposa «no tengo tiempo, voy tarde», murmuró y culpó a su mujer por todo.
Al pasar por la puerta, escuchó claramente sus pensamientos:
Siempre lo mismo: él se queda dormido y yo la culpa. Ni siquiera me dio un beso al despedirse. Hace meses que no hablamos de verdad. Nos hemos alejado. Hay que cambiar algo. Qué triste no era así cuando nos casamos. Antes era un tío amable y divertido, ¿qué habrá pasado?
¿Tania, has dicho algo? volteó Damián.
Nada, nada. Apúrate, que la directora Dolores no te perdonará. ¡Hasta luego, Damián! le lanzó un beso al aire mientras cerraba la puerta y le agitaba la mano con una sonrisa de media boca.
En la parada del autobús Damián esperó apenas unos minutos. Miraba nervioso el reloj y suspiraba pesadamente.
Tengo que llegar a clase o el director me dará una reprimenda, y la subdirectora Dolores avivará el fuego ¡no sé por qué me tiene en la mira! pensó, balanceándose de un pie al otro.
Afuera hacía frío y húmedo. La nieve caía solitaria, girando de forma triste, sin lograr sacudir las imágenes negras y blancas que rondaban la cabeza de Damián.
Su estómago rugía, pidiendo al menos un té helado y un sándwich recortado con un cuchillo sin gracia. Pero lo peor no era el hambre, sino que empezaba a oír los pensamientos ajenos. Llegaban a sus oídos, se colaban en su cabeza y se quedaban allí siempre que fijaba la vista en alguien.
Eran fragmentos: maldiciones, quejas, reproches, a veces hasta vulgaridades. Damián intentó mirar al suelo, al pavimento donde los copos de nieve terminaban su breve y, según algunos, inútil vida con unos cuantos giros. ¿Serían saltos de cuatro vueltas, saltos de Axel o de Lutz? ¿O quizá una pirueta al estilo de Corbút? Nadie sabe qué pasa por la cabeza de un copo de nieve.
Escuchar esas voces lo desanimó. Sentía su mente como una alcantarilla ruidosa. Le parecía estar enloqueciendo. Le surgió una hipótesis increíble:
¿Podrán todos leer los pensamientos? Nunca me había pasado. ¿Estaré enfermo? Ayer no bebí alcohol, ni anteayer. ¿Se trata de una enfermedad contagiosa? ¿Se irá si cierro los ojos? No, sigue igual. ¡Malditas ideas! ¿A dónde habré tropezado y qué he hecho para merecer esto?
El autobús número 1 apareció a la vuelta de la esquina. La gente se aglomeró, buscando su asiento. Una anciana de abrigo viejo y pañuelo verde, harapienta, le dio a Damián un empujón brusco. Al girarse, él escuchó sus pensamientos:
¡Qué indeseables, esos intelectuales incompletos! No sirven de nada. Deberían barrer las calles, no enseñar a nuestros hijos. ¡Míralo a él, a este tonto! Me dan ganas de abrazarlo, llorar y luego estrangularlo para que no lea libros inteligentes. ¡Ni una mano saben usar!
¿Qué me ha dicho? exclamó Damián.
Nada, joven, nada respondió la anciana, entrando sin más en el autobús.
Damián debía llegar a su primera clase de física. No tenía dinero para el autobús, así que se conformó con aquel transporte público donde, en hora punta, se cruzan guardias de barrio con sus abrigos de plumas y sus gestos de urgencia. Todos parecían apresurados por asuntos de vital importancia, como si el mundo fuera una serie de paradas que había que conquistar.
En la puerta del autobús estaba su alumna Ana, de la décima B.
¡Buenos días, profesor Damián! exclamó la niña, casi sin que él la notara al correr hacia el vehículo.
Buenos días, Ana respondió, intentando no escuchar sus pensamientos. ¿Crees que llegaremos a tiempo?
¡Eres genial, profe! Alto, guapo, con esos ojos azules que parecen leer el alma. Un día te enamoraría, aunque seas un poco mayor. Nadie se da cuenta de lo que Dolores siente por ti, ¡y ella siempre te cambia los ejercicios! pensó Ana, mientras susurraba.
Llegaremos a tiempo, lo prometo dijo Damián, desviando la mirada.
Al bajar del autobús, frente a la puerta de la escuela le esperaba una mujer. Era la madre de su alumno, Víctor. El chico había estado internado con una fractura compleja de tobillo.
Buenos días, Damián dijo la mujer, con los ojos brillantes. Necesitamos que le des clases particulares de física a Víctor, ya sea en casa o por Zoom. No será gratis, claro.
Damián, que ya había captado sus pensamientos, respondió:
No se preocupe, le enviaré el código de Zoom esta tarde. También repasaremos álgebra y geometría. Todo saldrá bien y pronto volverá a caminar solo.
¡Mil gracias! sollozó la madre, entregándole una bolsa de manzanas rojas del huerto familiar. Son para usted, no se quede con nada.
Al abrir la bolsa, Damián vio las manzanas sonreírle. El corazón se le llenó de calidez. Hacer el bien, pensé, te hace más feliz.
En el vestíbulo de la escuela saludó a la subdirectora Dolores. No quería saber lo que pensaba, pero de todos modos escuchó:
¡Qué descarado! Voy a darle una vida de sorpresas y cambios de horarios. ¡Que siga cobrando una miseria y que su esposa lo abandone! Así me divertirá.
Sonriendo, Damián entró a su despacho. Quincuenta minutos antes de la clase, sacó su móvil y encontró dentro un termo con café humeante y una caja de desayuno que su mujer le había dejado.
¡Qué milagro!
Durante el receso, entró en el aula la estudiante Sofía, de 8.º A, sin mirarlo a los ojos.
¿Qué quieres, Sofía? le preguntó Damián.
¿Por qué le das tanto juego a Dolores? Desaboto la blusa y me quedo cerca del profesor, y tú me prometes una buena nota pensó Sofía.
Al oírla, Damián salió disparado del aula, chocando con Dolores en la puerta.
¡Menudo espectáculo! Tendré que buscar otro curro pensó.
Después de la tercera clase, su amigo de la universidad le llamó y le ofreció un puesto en un instituto privado donde él era director. Damián aceptó pensar la propuesta y, esa misma tarde, invitó a Tania a un café. Al día siguiente, el salario cayó en su cuenta bancaria: 3.200 euros, suficiente para vivir sin preocupaciones. Sus verdaderos tesoros eran su esposa, sus hijos y su buen corazón.
Al cerrar la puerta de la escuela, una bola de nieve le cayó encima. Sin darle importancia, salió del edificio, todavía con la intención de reconciliarse con Tania.
Ojalá ya no escuchara más pensamientos ajenos, aunque hoy me han sido útiles reflexionó mientras compraba en la estación unas crisantemos blancos para su mujer. Pagó en efectivo y, por fin, dejó de leer su mente.
¡Qué feliz estoy! pensó, observando a Tania correr hacia él con una sonrisa radiante, una hebra de cabello rebelde cayendo sobre sus ojos. La tomó con delicadeza, la besó; olía a casa y a calor.
Los copos de nieve seguían girando, haciendo piruetas en el aire. Quizá fueron ellos los que, con un suave batir de alas blancas, reconciliaron a Damián y Tania.






