– ¡Ya hemos comprado los billetes para ir a visitaros durante un par de meses! – sorprendió la suegra a la nuera.

¿Qué? Catalina se queda inmóvil al apretar el móvil. La voz de Valentina Pérez, madre de su marido, suena animada, casi triunfal, como si anunciara la lotería.

Claro prosigue la suegra sin pausa. Mi padre y yo hemos decidido que es hora de ir a veros a ti y a Román. Hace siglos que no nos veíamos, nos morimos de ganas de ver a la nieta. Los billetes son para el viernes que viene, así que preparaos.

Catalina se sienta despacio en la silla de su cómoda cocina.

Valentina, empieza con cautela, intentando que no se note su irritación, ¿pero ustedes dos han hablado de esto?

¿Para qué? responde la suegra con indiferencia. Román siempre nos recibe con gusto. Y Begoña crecerá este verano; hay que pasar tiempo con ella. Ya lo hemos decidido: dos meses con vosotros y, si queremos, nos quedamos una semana más.

Dos meses. Catalina repite la frase en su cabeza, sintiendo cómo algo caliente y punzante se forma en el pecho. ¿Dos meses con Valentina y con Nicolás, su padre, en su pequeño piso de tres habitaciones? ¿Con su costumbre de entrometerse en todo? ¿Con sus interminables consejos sobre cómo criar a Begoña, preparar cocido o lavar la ropa?

¿Y cuándo llegáis? pregunta, tratando de ganar tiempo.

El viernes que viene, a las cinco de la tarde responde la suegra, alegre. Román nos recibirá en el Aeropuerto, ya le he escrito. ¡Ay, Catalu, estamos tan emocionados! Tengo ya preparado un juego de punto con conejitos para Begoña y, de paso, he leído un artículo sobre jardinería que podríamos aplicar en vuestro patio

Catalina apenas escucha. Sus pensamientos corren como pájaros enjaulados. El viernes siguiente está a una semana del plazo de su proyecto laboral. Ese proyecto sostiene su carrera. Lleva tres meses preparando una presentación para convencer al consejo de directores de financiar su idea: una plataforma educativa online para niños. Es su oportunidad de demostrar que no es solo la esposa de Román o la madre de Begoña, sino una profesional capaz de más. Y ahora, dos meses con los parientes que, por experiencias pasadas, convertirían su vida en un caos.

Valentina, interrumpe, intentando sonar serena, es genial que queráis venir, pero ahora estamos en un período bastante crítico. ¿Podemos hablar de fechas?

Hay un silencio. Catalina ve a Valentina apretarse los labios, arreglando su peinado perfectamente ordenado.

¿Crítico? la voz de Valentina se vuelve más fría. Catalina, somos familia. ¿Acaso no es eso más importante que tus asuntos?

Por supuesto, la familia es importante dice Catalina, apretando la nariz, sintiendo cómo le late una migraña. Es que tengo un proyecto muy responsable en el trabajo y me gustaría

¡Ay, Catalu, no importa el proyecto! ríe la suegra, aunque su risa lleva un tono condescendiente. Tú estás en casa con Begoña. Y si trabajas, no es trabajo de hombres, ¿verdad? Nosotros llegaremos, os ayudaremos, aligeraremos la carga.

Catalina aprieta los dientes. Estás en casa. Esa frase le corta como un cuchillo. No está en casa; trabaja desde su portátil, combinando carrera y cuidado de su hija de cuatro años, y eso es mucho más duro que cualquier trabajo de hombres. Pero Valentina nunca la toma en serio. Para ella, Catalina es una buena esposa que debe cocinar y crear ambiente, no una profesional que trabaja hasta medianoche preparando presentaciones.

Hablaré con Román fuerza decir, y cuelga. Les devolvemos la llamada.

Pues devuélvanla cuando quieran responde Valentina, claramente molesta. Ya están los billetes, así que preparaos.

Catalina deja el móvil y mira su cuaderno de notas del proyecto. Apuntes ordenados, stickers de colores, gráficos ahora parecen lejanos. Imagina a la suegra comentando su comida, al suegro arreglando el grifo incorrecto y a Begoña pidiendo atención en exceso. Todo eso, justo cuando ella necesita concentrarse.

La puerta se abre de golpe y entra Rom Román, como siempre, con una sonrisa y una bolsa de la compra. Su pelo oscuro está ligeramente despeinado y sus ojos brillan con entusiasmo.

¡Hola, mi amor! le da un beso en la mejilla y deja la bolsa sobre la mesa. ¿Begoña sigue en el jardín? He comprado sus yogures de unicornios.

Román dice Catalina, intentando no perder la calma tu madre ha llamado.

Su sonrisa se desvanece un instante.

Ah, sí, ha dicho que los billetes ya están comprados. Qué bien, ¿no? Begoña no los ha visto en mucho tiempo.

¿Qué bien? levanta una ceja. Vienen dos meses. ¡Dos, Román! ¡Y ni siquiera nos han preguntado!

Román se rasca la nuca.

Pues son tus padres quieren pasar tiempo con nosotros.

¿Y no pensaste en mi proyecto? su voz tiembla. Llevo tres meses preparándolo, Román. Es mi oportunidad. ¿Y tus padres ni siquiera se han preguntado si nos viene bien?

Román suspira y se sienta frente a ella.

Catalina, entiendo que estés nerviosa. Pero esto es temporal. Vienen, se quedan, se van.

¿Temporal? sacude la cabeza. ¿Recuerdas su última visita? Tu madre cambió toda la decoración porque así queda mejor. Y tu padre estuvo tres días reparando el televisor que ya funcionaba.

Román esboza una sonrisa, pero se vuelve serio al ver la mirada de Catalina.

Hablaré con ellos dice conciliador. Quizá reduzcan la visita.

Háblales responde Catalina, sintiendo que el cansancio la invade. Porque no sé cómo voy a compaginar trabajo, Begoña y tus padres a la vez.

Se dirige a su habitación para recobrar la compostura. Afuera empieza a llover, las gotas golpean la ventana como marcando el tiempo hasta la llegada de los invitados no deseados. Catalina sabe que Román quiere complacer a sus padres, pero también que su paciencia no es infinita.

Pasó una semana y la tensión en casa se vuelve como una tormenta acumulada. Catalina intenta concentrarse en su trabajo, pero su mente vuelve al inminente arribo. Imagina a Valentina enseñándole a cocinar el paella perfecta, y a Nicolás revisando el coche porque la nieta tiene que ir segura.

Esa noche, durante la cena, Begoña cuenta alegremente cómo ha dibujado un arcoíris en el patio. Catalina sonríe, pero por dentro todo hierve. Román, al notar su estado, saca el tema.

Hablé con mi madre dice cuando Begoña se escapa a jugar. No pueden devolver los billetes, pero le he explicado que tienes un proyecto.

¿Y qué? pregunta Catalina, esperanzada.

Me ha dicho que intentará no interferir responde Román, encogiendo los hombros. Cree que puede ayudar con Begoña mientras tú trabajas.

Catalina frunce el ceño.

¿Ayudar? Tu madre piensa que no controlo a nuestra hija. La última vez dijo que la consiento demasiado porque le permito ver dibujos antes de dormir.

Sólo quiere ser útil dice Román suavemente. No lo hace con mala intención.

No con buena intención repite Catalina, sintiendo que la irritación se vuelve ofensa. ¿Y tú has preguntado lo que yo quiero? ¿O prefieres que tus padres estén contentos?

Román se queda mirando su plato.

No quiero discutir dice al fin. Lo intentaremos. Si se complica, encontraré solución.

Catalina asiente, pero en el fondo sabe que encontrar una solución no va a ser suficiente. Ya siente cómo sus límites se desdibujan bajo la presión de expectativas ajenas.

El viernes llega demasiado pronto. Catalina arregla la casa nerviosa, aunque sabe que Valentina encontrará algo a criticar. Begoña, por su parte, está entusiasmada por la visita de la abuela y el abuelo. Ha preparado una tarjeta con flores y salta junto a la puerta, esperando su llegada.

Cuando suena el timbre, Catalina respira hondo y abre. Valentina, con un vestido azul brillante y una maleta enorme, la abraza y la envuelve en una nube de perfume dulce.

¡Catalina, cómo has crecido! exclama, pero su tono lleva la familiar condescendencia. ¿Dónde está mi Begoña?

¡Abuela! grita Begoña, lanzándose a los brazos de Valentina, quien la cubre de besos.

Nicolás, siempre callado pero con una sonrisa amable, estrecha la mano de Catalina y empieza a inspeccionar el recibidor.

Buenas reformas, comenta. Sólo falta apretar esa toma que está suelta. Mañana la reviso.

Catalina fuerza una sonrisa.

Gracias, Nicolás. Todo funciona.

Román lleva las maletas, radiante.

Pues instaláos dice. Catalina ha hecho un pastel, ahora tomamos el té.

En el té Valentina toma la iniciativa.

Catalina, el pastel está muy bien, pero yo le pondría más azúcar y canela. En mi casa siempre lo horneo con canela; a Begoña le encanta.

Catalina aprieta la taza.

Begoña no le gusta la canela, dice en voz baja. Prefiere la vainilla.

¡Ay, no! dice la suegra, moviendo la mano. A los niños les gusta todo si lo preparas bien.

Catalina siente cómo el viejo enfado vuelve a hervir. Mira a Román esperando que intervenga, pero él sigue hablando animadamente con su padre sobre su coche nuevo.

La noche se alarga. Valentina ha comentado las cortinas demasiado oscuras, la limpieza debe hacerse bajo los muebles y el horario de Begoña a los cuatro años ya debería aprender a escribir. Catalina guarda silencio, pero por dentro grita: ¡Este es mi hogar!.

Cuando los visitantes se retiran a la habitación de invitados, Catalina y Román se quedan en la cocina.

¿Qué tal? pregunta él, ayudando a lavar los platos. No es tan terrible, ¿verdad?

Catalina lo mira largo.

Román, esto es solo el primer día dice en voz baja. Mañana tengo una videoconferencia importante. ¿Cómo voy a trabajar si tu madre ya está enseñándome a criar a Begoña?

Él suspira.

Démosles unos días propone. Se acostumbrarán, entrarán en nuestro ritmo.

Catalina sacude la cabeza.

¿Y si no? pregunta. ¿Qué entonces?

Román no responde, y en ese silencio Catalina entiende que le espera algo más grande que simples molestias: tendrá que decidir si se somete o se rebela. Y ni siquiera sospecha cuán pronto ocurrirá.

Dos semanas pasan como una niebla. Catalina se siente como una ardilla en una rueda que acelera sin poder detenerse. Su proyecto pende de un hilo; los colegas exigen ajustes, los plazos se acercan, y en casa reina el caos que Valentina llama ayuda.

Catalu, he preparado el horario de Begoña anuncia la suegra una mañana de lunes, agitando una hoja con letra perfecta. Se está acostando tarde, eso no es bueno.

Catalina, ya retrasada para la videollamada, asiente mientras aprieta su taza de café frío.

Gracias, Valentina murmura, aunque su interior arde. ¿Horario? Begoña duerme bien, pero yo llevo una semana sin dormir porque tú levantas el desayuno a las seis para preparar un buen desayuno para todos.

Además he visto que come poca avena continúa Valentina sin notar su molestia. Hoy haré avena, es saludable.

Begoña no come avena responde Catalina, cansada. Prefiere yogur con fruta.

¡Ay, la has engordado con dulces! dice la suegra, agitando la mano. No importa, la volveré a entrenar.

Catalina aprieta los dientes y se dirige a su habitación, donde su improvisado despacho alberga portátil y una silla que cruje por el uso constante. Cierra la puerta, se pone los auriculares e intenta concentrarse en la presentación. Pero a través de la puerta se escuchan voces: Valentina explica a Begoña cómo lavar bien los dientes, y Nicolás vuelve a desarmar la aspiradora porque no succiona bien.

La videollamada se vuelve un desastre. Catalina trata de exponer su idea, pero a mitad de su discurso Begoña irrumpe gritando:

¡Mamá, la abuela dice que tengo que llevar medias y no quiero!

Catalina silencia el micrófono, sintiendo el calor del rubor.

Begoña, ve con la abuela, estoy trabajando susurra, intentando no perder la compostura.

¡Pero ella me obliga a ponerme esas medias! prosigue la niña, pateando. ¡Pican!

Valentina entra como una general en el campo de batalla.

¿Qué travesura es esta? dice con dureza. ¡El niño debe ir vestido según el tiempo! No es primavera, es abril.

Lo resolveré responde Catalina, sintiendo latir el pulso. Por favor, déjame terminar la llamada.

Valentina aprieta los labios, pero se retira con Begoña. Catalina vuelve a activar el micrófono, se disculpa con los compañeros, pero la directora, Elena García, observa fríamente:

Catalina, entendemos que tienes familia, pero el proyecto no puede esperar. Si no lo entregas el viernes, lo asignaremos a otro responsable.

Catalina balbucea un todo bajo control y cuelga. Se queda mirando la pantalla, donde la presentación sigue parpadeando. Un nudo se forma en la garganta. Su proyecto, su sueño, su oportunidad, se desmoronan porque no logra equilibrar trabajo y visitas no invitadas.

Al caer la noche, cuando Begoña se ha dormido y los padres de Román se han instalado en la habitación de invitados viendo la tele, Catalina finalmente habla con su marido. Se sientan en la cocina, todavía impregnada del olor a avena que Valentina ha preparado para todos.

Román empieza, jugueteando con la servilleta, no lo consigo.

Él la mira, frunciendo el ceño.

¿Qué ocurre? ¿Mi madre no ayuda, no?

¿Ayuda? responde ella con amargura. ¡Te dice cómo criar a nuestra hija, qué cocinar, cómo vivir! Hoy casi arruina mi videollamada. Y tu padre lleva tres días desmontando la aspiradora, aunque le pedí que no la toque.

Román suspira, frotándose las sienes.

Ellos solo quieren ser útiles. No están acostumbrados a estar ociosos.

¡Yo no estoy acostumbrada a vivir en una casa donde soy una invitada! su voz tiembla. Tengo un plazo el viernes, Román. Si pierdo este proyecto, me suspenden. ¿Lo entiendes?

Él guarda silencio, mirando la mesa.

Hablaré con ellos dice al fin. Lo prometo.

Ya lo has dicho replica Catalina, moviendo la cabeza. Y nada cambia. Tu madre hoy dice que crío mal a Begoña porque le dejo ver dibujos antes de dormir. Y tu padre quiere mover el sofá porque así es más cómodo. ¡Este es nuestro hogar, Román! ¡Nuestro!

Román le toma la mano.

Lo sé murmura. Tengo la culpa de no haber hablado de su visita. Pero son mis padres, no puedo echarlos.

¿Y a mí puedes ignorar? ella saca la mano, señalando sus sentimientos, su trabajo, sus límites.

Él abre la boca, pero antes de que pueda contestar entra Valentina con una bandeja de avena humeante.

¿No han dormido todavía? dice alegremente. Les he dejado un tentempié, que están flacos, Catalina, sobre todo tú. Hay que comer bien, no esos yogures

Catalina se levanta, sin mirarla.

Gracias, pero no tengo hambre responde y se dirige a su habitación, cerrando la puerta con fuerza.

La culminación llega el jueves, un día antes del plazo. Catalina trabaja hasta tarde, puliendo la presentación. De repente, suena el timbre.

Catalu, ¿puedo entrar? la voz de Valentina suena inusualmente suave.

Catalina suspira y contesta:

Adelante.

Valentina entra con una taza de té.

Pensé que necesitabas descansar dice, colocando la taza en la mesita. Pasas tanto tiempo frente al ordenador que se te van a arruinar los ojos.

Gracias responde Catalina, forzando una sonrisa. Pero tengo que terminar, es mi día importante.

Valentina se sienta al borde de la cama, sin intención de marcharse.

Valentina, al ver la determinación de Catalina, finalmente comprendió que su ayuda debía ser ofrecida solo cuando fuera solicitada y, con una leve sonrisa, se marchó, dejando a la pareja respirar aliviada mientras el reloj marcaba la hora de la presentación.

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