Almudena, hija mía, ¿no sientes nada por él? sollozaba mi madre, Dolores Pérez. Si tú no lo ayudas, él se pierde, ¿entiendes? Se queda sin rumbo.
No respondí. Desde la ventana se escuchaba el rebote de un balón en la calle del barrio. Un grupo de chicos corría tras él mientras una niña con chaqueta rosa intentaba arrebatárselo. Los niños se reían, la empujaban y ella volvía a lanzarse, quizá era su balón y los chicos lo habían tomado para jugar.
Esa escena me llenó de melancolía: la terquedad de los niños me recordó cómo, cuando era más joven, me metía entre Sergio y él se reía de mí, a veces se enfadaba y, con frecuencia, mentía. Él mismo, con sus actos, me alejaba. Yo, ciega, creía que podía salvarlo, remediarlo, rescatarlo. Tres años entregué mi vida a esa causa, sin importarme a mí misma. Sólo pensaba en lo que nos esperaba esa noche, en dónde estaría él y qué sería de él.
¿Me oyes, Almudena? interrumpió la voz de mi madre, arrancándome del ensimismamiento. Te lo ruego, habla con él una última vez. Siempre te escuchó. Tenías influencia sobre él.
Me giré; mi madre estaba sentada en el borde del sofá, con el bolso cubriendo sus piernas.
Dolores exhalé. He vivido tres años con él. Tres años lo cuidé, lo curé, lo persuadí y lloré. Prometía y volvía a empezar. Usted lo sabe todo.
Lo sé, nena, lo sé repuso ella, encogiéndose de hombros. Pero ahora está en el fondo del pozo, ¿sabes? Lo echó del trabajo hace dos semanas. Ni reconozco su piso. No lava los platos, no cambia la ropa de cama. Yo voy una vez a la semana, limpio, le preparo algo. Él sólo piensa en la botella y en sus colegas. Lo único que me pide es: «Mamá, dame pasta».
Asentí comprensivamente. Mi madre secó sus ojos rojizos y humedecidos.
Desde la ventana la niña de rosa, al fin, se llevó el balón y corría abrazándolo contra el pecho, con una sonrisa triunfante. Había recuperado lo que era suyo.
Si vuelves, él cambiará prometió Dolores, aunque su voz tembló. Lo sé. Por ti haría cualquier cosa. Sabes cuánto te quiere.
Le quería rectifiqué. Cuando estaba sobrio, lo amaba mucho. Cuando bebía, me insultaba y lanzaba platos. ¿Recuerda la noche que corrí hacia su casa en camisón y descalzo porque había escondido las llaves y me dejó tirada en el portal por haberle gritado? No soy de acero; me quebré, ¿entiende? Cuando tus sentimientos son pisoteados día a día, desaparecen sin dejar rastro.
Dolores apartó la mirada y exhaló hondo. Permanecimos en silencio. Sus dedos nerviosos jugueteaban con la correa rota del bolso.
Él no quería. No entendía lo que hacía dijo al fin.
Yo entendía. Era una madre que pierde a su hijo y no puede hacer nada para evitarlo.
No entendía asentí. Lo comprendía. No podía seguir viviendo así, cuando aparecía a las tres de la madrugada y armaba broncas. Cuando encontraba sus “escondites” en la taza del inodoro, en el armario, detrás del radiador. Cuando tomaba dinero de mi cartera sin preguntar. Cuando sus colegas borrachos llamaban para llevar a Sergio a casa. Lo comprendía todo y por eso me fui.
¡Pero él es tu familia! exclamó mi madre. ¡Tu marido! ¡Juraste amarlo en la gloria y en la penuria!
Con esas palabras se levantó de golpe; el bolso cayó al suelo y se abrió. De él salió un puñado de billetes arrugados, un pañuelo de encaje y un frasquito con pastillas. Juntos recogimos esos restos lamentables.
Juré dije. Pero la tristeza fue demasiado grande, Dolores. La alegría ya no existía, ni una gota.
Me agarró la mano con dedos fríos y firmes.
Almudena, él no sobrevivirá sin ti. Lo sabes, ¿no? Los médicos dicen que el hígado ya falla. Un año más y se irá. ¿De verdad quieres eso?
Dolores respondí con cortesía. No lo quiero. Lo juro. Pero tampoco pienso acabar con mi vida. Si vuelvo, morirá antes que él, o me convertiré en una cuidadora eterna, vigilando, revisando, olfateando, atrapando, salvando hasta el último día. ¿Y si tuviéramos hijos? ¿Cómo vivirían en esas condiciones? Yo quiero hijos, sanos, normales.
También lo amabas susurró mi madre, sollozando. Lo amabas.
Lo amé concordé. En otra vida. Esa vida acabó cuando comprendí que el amor no es un sacrificio ni una hazaña. El amor es que a los dos les vaya bien. Y a nosotros nunca les fue bien, Dolores. No me fue bien a mí.
Secó su cara con el pañuelo, exhaló ruidosamente y lo guardó en el bolso.
Entonces no ayudarás dijo, entre duda y certeza.
No ayudaré repetí. No puedo, ¿entiende? Me faltan fuerzas físicas.
Se levantó, se abotonó la chaqueta torpemente y se dirigió a la puerta. Una botón quedó fuera del ojal, sin que ella lo notara. Frente a la puerta se detuvo y murmuró:
Ayer, cuando estaba sobrio, me preguntó por ti. No pasa mucho de eso últimamente. Me dijo: «¿Cómo está Almudena?» Yo contesté: «Bien, hijo, todo bien». Él asintió y dijo: «Gracias a Dios. Que viva bien, se lo ha ganado».
Una tristeza profunda me invadió. Sentí nostalgia por Sergio, aquel chico alegre, tierno y cariñoso, hasta que la botella se interpuso entre nosotros.
Díganle que le deseo una pronta recuperación pedí. De verdad lo deseo, pero sin mí. Que se cure solo, que se salve a sí mismo. Ya no puedo vivir por él.
Dolores asintió y salió. Oí sus pasos desvanecerse en el portal y el golpeteo de la puerta al cerrarse. Me acerqué a la ventana; ella caminaba despacio, encorvada, pequeña y desamparada. Me dio pena hasta el corazón.
Entonces recordé la última noche que compartimos, cuando él gritó que yo le había destrozado la vida, que fue por mi culpa que empezó a beber, que lo había juzgado como egoísta. Recordé que me fui con una sola maleta pensando: «Menos mal que no tenemos hijos».
Hoy vivo solo en un piso de alquiler en Madrid, trabajo, por la noche leo, veo series o voy al gimnasio. Los fines de semana me reúno con amigas. Llevo una vida tranquila, sin sobresaltos, y no quiero volver al infierno de aquel apartamento ni imaginarme noches en que Sergio vuelva a derrumbarse, tirado sin recuerdos.
No volveré.
Porque elegí yo mismo, mi vida. Elegí mi derecho a ser feliz, o al menos a estar en paz. No es egoísmo, es cordura.
Sergio, por su parte, eligió la botella hace años, mucho antes de que yo apareciera. Yo no lo sabía, no percibía las señales de alarma porque lo amaba. Esa fue su decisión, su responsabilidad, su vida. Pero no la mía.







