Alma Paredes yacía en una habitación de hospital en la periferia de Madrid, envuelta en sábanas blancas como nubes de un sueño. Primero le operaron la apendicitis, luego una leve inflamación surgió como una sombra que no quiere disiparse, y las complicaciones la mantuvieron encadenada al cuarto, sin permitirle el alta.
¿A dónde iría con tanta prisa? Estaba de baja, así que el trabajo podía esperar. En la pensión del taller textil donde vivía, su compañera de cuarto, Celia, se regocijaba por la soledad temporal y por poder recibir a su fiel gato, Pepe, que rondaba la habitación hasta el amanecer sin ser interrumpido.
Alma no tenía pretendiente. No brillaba con la rubia chispa de Celia; era callada, recatada, quizá demasiado para sus veintiséis años, y la vida le había tejido una trama de sombras. Celia se casaba pronto y a Alma le tocaría recibir a otro inquilino. En el taller no se construían hogares, solo se necesitaban manos laboriosas.
Mientras miraba el cielo azul que se colaba por la ventana, Alma escuchaba el murmullo cansado de Doña Felicia Téllez, la anciana que compartía su sala. Felicia dormía cada vez más profundamente, pero al despertar entablaban conversaciones lentas, como si el tiempo se deslizara entre sus palabras.
Alma confesó su soledad: sus padres habían fallecido, y su hermano mayor había destrozado la herencia familiar, terminando en la cárcel por robo.
Estoy sola, tía Felicia sollozó Alma.
¿Y no tienes marido? indagó la anciana, observándola con ojos curiosos.
No, nunca lo he tenido. Mi única amiga pronto se casará. ¿Y usted, tiene familia? preguntó Alma.
¡Claro! exclamó Felicia con orgullo. No tengo hijos, pero mis sobrinos siempre están a mi lado. Si algo se rompe, lo arreglan; si se pinta, lo vuelven a pintar; si se ennegrece, lo blanquean.
Felicia relató una historia que dejó a Alma perpleja. Vivía en una casa antigua en las afueras de la ciudad, la herencia de sus padres. Su esposo había muerto hacía tiempo y la vida no le había regalado hijos. Por compasión, y porque sentía una pasión por los niños, empezó a acoger a los chicos del barrio.
A veces preparo tortitas o empanadillas de patata y los llamo. Corren como locos, se sientan alrededor de la mesadecía. Cinco o seis de ellos se llenan de mis manjares. Sus padres trabajan todo el día en la fábrica cercana; ellos quedan solos, a su suerte.
¿Y su marido qué opinaba de tanta hospitalidad? preguntó Alma.
Se quejaba, por supuesto. Pero los chicos traían agua para llenar el pozo del patio y leña para la chimenea. Así él aceptaba que no tuviera que trabajar en los quehaceres más duros.
¿Dónde están ahora esos chicos? ¿Han crecido? indagó Alma.
Ayudan, claro que sícontestó Felicia. Traen a sus hijos, y los mayores vienen solos. Yo siempre tengo tortitas listas. Los visito cuando estoy en el hospital.
Alma recordó que, en visitas breves, habían entrado niños a su habitación, pero ella nunca los había observado bien.
Me queda poco tiempo, hijadijo de pronto. Tengo dos niños sin techo, Miguelito y Vasco. Uno vive con su madre, el otro con su padre; ambos trabajan tres turnos en la fábrica y se quedan solos.
¿Los alimenta?se asombró Alma.
No solo les doy de comer. Les enseño la lección y les echo una mano. Si no fuera por mí, la calle los engulliría.
Dos días después, una enfermera anunció que llegaban visitantes. Entraron dos niños de diez años, Míkel y Vicente, seguidos de sus padres: un hombre corpulento que cojía ligeramente y una mujer de rostro cansado por la falta de sueño. Alma, ya en pie, salió discretamente para dejarles espacio. Cuando regresó, Felicia dormía, y sobre la mesita había frutas, una caja de galletas y una botella de yogur bebible.
Alma contempló a la anciana dormida, sin comprender de dónde sacaba la fuerza para alimentar a tantos niños. Entonces recordó a Damián el revoltoso, cuyo padre lo había abandonado y que a veces dormía en la calle. Felicia lo había acogido.
El padre de Damián venía a buscarlo y gritaba a Felicia que sus indulgencias estaban arruinando al chico.
¿Qué puedo hacer?se defendía Felicia. Él viene a comer y a ayudar. Una vez, cuando arreglé una estantería, se cayó del muro. Barrí el suelo, pero mi espalda no aguantó. No pude alimentarlo bien aquel día, pero él dijo que no venía por la comida, sino por ayudar.
Felicia reflexionó y dijo:
Los niños son más sensibles que muchos adultos. No son codiciosos, no son duros. Simplemente están solos, sin quien los cuide.
Alma se preparaba para el alta, mientras su compañera de habitación, Celia, ya no se levantaba. Ambas temían por los niños sin su protección. Un día apareció un joven alto, de porte elegante y traje de diplomático, Víctor. Alma quiso marcharse, pero Felicia la detuvo.
Alma, este es mi nieto, Víctorpresentó. Conózcanse.
Alma saludó, murmuró su nombre y se retiró. Víctor, pálido y delgado tras la enfermedad, llevaba una bata gris que colgaba como una cortina. Se quedó junto a Felicia, luego se acercó a la cama de Alma y, sin decir mucho, la abrazó.
Ha sido un placerdijo. Recupérate; volveré.
Al día siguiente dejó un vaso de zumo en la mesilla de Alma. No logró conversar con Felicia, que aún dormía tras una inyección. Al salir, se secó una lágrima y prometió pasar el saludo y una galletita.
Al anochecer, la anciana despertó, rechazó la cena y tomó la mano de Alma.
Escucha, hijasusurró. Víctor es notario; al venir aquí firmé una escritura de herencia a tu nombre. Tomé tu pasaporte de la mesilla; perdónalo. Vive en mi casa, aunque sea modesta, no en una pensión, sino en tu propio hogar. Solo te pido que no abandones a los niños.
Alma sintió que el suelo se volvía piedra.
¿Qué?balbuceó. Solo quedan tres: Miguelito, Vasco y Damián. Necesitan un ojo vigilante, como el que tu hermano perdió. ¿Lo prometes?
Lloró sin poder contener el llanto.
No los abandonaré, Doña Felicia. Los cuidaré. Solo viva usted un poco más.
Felicia ya dormía, y una leve sonrisa iluminaba su rostro cansado.
Víctor la llevó fuera del hospital cuando Alma recibió el alta dos días después de despedirse de la buena mujer, llorando todo el día tras su fallecimiento. Él la esperaba en la entrada, con el semblante abatido. Ambos se sintieron incómodos, a pesar de la tan esperada salida.
Junto a los conocidos de Felicia, la enterraron. Luego siguió el trámite de la transferencia de la casa; Víctor ayudó. Alma se mudó a ese hogar, una herencia inesperada.
Los niños no aparecían, aunque Víctor los visitaba de vez en cuando. Alma le pidió que los presentara; una noche los reunió a todos. Desde entonces se convirtieron en visitantes habituales, aunque Alma trabajaba todo el día.
Las tardes se consumían juntos, sobre todo en los lluviosos otoños, cuando la calle estaba gris y fría. Alma les servía tortillas de la cantina de la fábrica, con queso o jamón. Comían con avidez, veían la tele, jugaban al Monopoly y luego corrían a casa, felices y emocionados. Vivían cerca, como una familia improvisada.
Víctor también la asistió para obtener una financiación a plazos para la cuota de la vivienda; la cantidad era reducida. Su gratitud se transformó en un cariño cálido y delicado, aunque él aún no le había respondido. Seguía siendo amigo y ayuda.
El padre de Damián apareció, y, sorprendentemente, no lo reprendió como lo había hecho con Felicia. Más bien le agradeció por cuidar a su hijo.
No lo malcríen demasiadodijo con severidad pero sin crueldad. No lo dejen sobrecogido.
Así, la nueva vida de Alma floreció: un hogar propio, un círculo distinto. Celia se casó con su novio Pablo, y a menudo visitaban, acompañados de su amigo Pedro. Pero Alma, con el corazón ya ocupado por Víctor, no reaccionó al paso de aquel desconocido. Su esperanza de felicidad no se apagó, aunque el amor fuera todavía no correspondido.
Y cada rincón de su casa recordaba a Doña Felicia Téllez. Alma deseaba ser un poco como ella, por lo que conservaba la luminosa memoria de aquella mujer sencilla y buena. Le había legado, además de la casa, una bondad que ahora ella deseaba compartir con quien la necesitara.



