Viernes, 19 de mayo
No sé bien por qué, pero esta conversación con mi padre sigue retumbando en mi cabeza, como las campanas de la iglesia los domingos de fiesta. Ni siquiera sé cómo acabé dejando que entrara sin avisar. Hacía años que nuestro contacto había quedado reducido a llamadas de cortesía en días señalados y algún que otro mensaje. Él tenía otra familia hace tiempo, otras prioridades, y yo, bueno aprendí a sobrevivir.
Lucía, tienes que entenderlo, esto es un apuro serio me dijo mi padre, Joaquín Serrano, llevándose los dedos al puente de la nariz con ese aire agotado tan suyo. Mercedes lleva dos meses dándome la lata, que si la educación de Fabián, que si ahora en Málaga hay un colegio británico estupendo que le vendría de maravilla.
El hijo, claro, mi hermanastro al que apenas conozco. ¡Pero el dinero, Lucía! ¿De dónde sale el dinero? Sabes de sobra que ahora ando sin trabajo.
Le miré, tratando de reconocer aún al hombre que una vez fue mi referencia.
¿Y se te ha ocurrido que lo mejor es vender la casa de la playa? le pregunté conteniendo la rabia.
¿Qué alternativa hay? se animó, con esa esperanza de siempre, echándose hacia delante. La casa lleva años inutilizada. Mercedes ni pisa allí, le aburre, los mosquitos Yo apenas voy. Ella ni sabe que ya no es mía por papeles. Cree que podríamos venderla y empezar de cero.
Me miró como el padre que finge sabiduría cuando lo ha perdido todo.
Lucía, eres lista. Vamos a hacer las cosas como Dios manda: tú la vendes oficialmente, recuperas íntegro el dinero que me prestaste, hasta el céntimo, hace diez años. Y lo que sobre, que será un buen pico con lo que ha subido el mercado, me lo das a mí. Es justo, ¿no? Tú recuperas lo tuyo y ayudas a tu padre.
Qué bien suena en la boca de quien nunca pierde. Él vino buscando amparo. Yo sabía a lo que venía, hacía tiempo que las visitas de mi padre solo anticipaban tratos o súplicas.
Papá, ¿te acuerdas de lo que pasó hace diez años? le respondí tras escucharle en silencio. Viniste a pedirme dinero para una operación imprescindible, para curarte y poderte rehabilitar.
Se removió incómodo.
Lucía, ¿para qué remover ahora lo pasado? Estoy bien, ¿no? Eso es lo importante.
¿Lo pasado? respondí casi con una risa amarga. Todo el dinero que tenía ahorrado para la entrada de un piso, ahorros de cinco años quitándome de todo, trabajando en dos sitios, ni vacaciones Y tú llegaste, sin trabajo, sin ahorros, pidiendo todo. Porque tú tenías a Mercedes, a Fabián Y lo cogiste todo.
Estaba desesperado, Lucía ¿Qué otra cosa podía hacer?
Te ofrecí ayuda, sí dije ignorando su lamentación. Pero te advertí: tenía miedo de quedarme sin nada y sin casa si te pasaba algo. Tenías otra herencia, otra mujer Mercedes jamás me habría dejado ni pisar la casa.
Negociaste y regateaste, ¿te acuerdas? No querías firmar nada, te dolía en el alma. ¿Cómo puedes dudar de tu padre, una hija de ley? me gritabas.
Aseguraste tus garantías al final, ¿no? intervino nervioso. Firmamos la venta, la casa pasó a tu nombre por esa cantidad, una miseria para lo que vale ahora. Pero acordamos que yo la usaría, y si llegaba a buen puerto, la recompraba.
Han pasado diez años, papá. Diez. Jamás volviste a mencionar la recomprar. Ni un solo euro. Has seguido veraneando allí, plantando tus tomates, quemando mi leña, pagando yo los impuestos, las reparaciones, el tejado cuando amenazaba ruina Mientras tanto yo tiraba con la hipoteca. Tú vivías como el rey.
Vi cómo se secaba el sudor con un pañuelo, incómodo por la verdad desnuda.
No he tenido trabajo desde entonces, te lo conté. Tras aquello tardé mucho en recuperarme. Ya nadie quiere contratar a alguien como yo; Mercedes tampoco Es sensiblona, lo pasa fatal. Tiramos como podemos con lo poco que saca vendiendo cosas por internet.
¿Sensiblona? empecé a recorrer la cocina de punta a punta. ¿Y yo qué, insensible? ¿Trabajar dos jornadas para pagar mi hipoteca y tu retiro en la playa? ¿Ahora Mercedes decide vender mi casa para enviar a Fabián a un internado en Málaga? ¡MI casa, papá, por Dios!
Formalmente, sí, es tuya Pero era provisional. ¡Era tu padre! Si ahora tu hermano necesita ese empujón
A Fabián lo he visto dos veces, papá. Nunca se ha dignado a felicitarme siquiera. ¿Y Mercedes? ¿Ha preguntado cómo he tirado todos estos años? Ella cree que eres dueño de medio Madrid, solo temporalmente retirado. Diez años mintiéndole.
Bajó los ojos, incapaz de sostener la mirada.
No quería decepcionarla Ella se habría puesto hecha una furia enterarse de que he reubicado el patrimonio familiar.
¿Patrimonio? le corté. ¡La herencia de tu padre, del abuelo! ¿Y pretendes liquidarla para financiar cursos extranjeros de un chaval que ni estudia ni trabaja?
Lucía, ¡piénsatelo! saltó, rojo como un tomate. ¡La casa vale cinco veces más ahora! Recuperas tus ciento ochenta mil euros de entonces y el resto, cerca de cuatrocientos veinte mil, para nosotros. Es de justicia. A ti te sobra: tienes piso en Madrid, la vida resuelta. Ayuda a tu familia, hija.
No reconocía al hombre que me contaba cuentos en las noches de tormenta.
No le respondí firme, clavándole la vista. No pienso vender la casa. Ni darte un céntimo de diferencia. Es mía por derecho y por decencia.
Diez años has vivido gratis en mi casa, recuperaste la salud, disfrutaste el mar. Considéralo mi pensión alimenticia. Pero se acabó.
Me miró y la ira le dominó.
¡¿De verdad quieres dejar a tu padre en la calle?! Si no fuera por mí, ni existiría esa casa, ¡la construyó mi padre!
Justo, papá, tu padre. Y lo ves, seguro que abuelo se revolvería en la tumba si supiera que quieres deshacerte de la casa familiar para pagarle caprichos a Fabián.
¡Te lo advierto! Si no colaboras, les contaré a todos lo egoísta que eres. ¡Mercedes vendrá y montará un escándalo! ¡Iremos a juicio, exigiré que el trato fue ilegítimo porque me engañaste mientras estaba enfermo!
Me acerqué, ya agotada de tanta impostura.
Prueba, papá. Tengo todos los recibos de la clínica, los justificantes de las transferencias, el contrato firmado por un notario contigo ya recuperado. ¿Quieres que Mercedes se entere de cuándo vendiste la casa? Antes incluso de que Fabián fuera al colegio. Cuéntale de tus herencias.
Lucía, por favor musitó de pronto, como apenado. Mercedes está delicada, si lo descubre me echa. Es mucho más joven; solo aguanta a mi lado porque cree en la seguridad. Si le falla eso, estaré perdido. ¿Eso quieres?
¿Y no lo pensaste antes? me hervía la sangre. ¿Cuando no buscabas empleo ni tenías más plan que vivir a costa de otros? ¿Cuando prometías futuros dorados con mis ahorros?
Se rehízo y se puso digno.
Así que no me ayudas. Vaya hija que me he echado
Vete a casa, papá. Cuéntale la verdad a Mercedes. Lo único digno que te queda.
¡Pues quédate con tu puñetera casa! me soltó pasando de largo. ¡Pero que sepas que ya no tienes padre, Lucía! ¡Olvida que existo!
Cerró de golpe y yo me reí sin alegría: como si alguna vez lo hubiese tenido.
Nunca estuvo cuando lo necesité; se fue cuando tenía siete años.
***
Sábado por la mañana, el móvil pide atención. Número desconocido.
¿Sí?
¿Lucía? Reconocí en el acto la voz de Mercedes. ¡¿Pero quién te crees que eres, muchacha?! ¿Crees que no sabemos cómo engañaste a Joaquín? ¡Me lo ha contado todo! ¡Le hiciste firmar papeles recién operado!
Inspiré hondo.
Buenos días, Mercedes. Si quiere hablar, hágalo sin gritar.
¿Buenos días? ¡Tenemos preparada la demanda! Nuestro abogado dice que ese trato se anula en cuanto lo vean: te aprovechaste de su enfermedad, le robaste la casa de la familia. ¡Te vas a enterar!
Mercedes, escúcheme. Entiendo que Joaquín le ha contado su versión. Yo tengo todos los justificantes del dinero que se usó para su tratamiento. Además, conservo todos los mensajes suyos de estos diez años, dándome las gracias por mantener la casa y dejarle quedarse allí. Tengo frases como: Gracias, hija, por no abandonarme y por cuidar de la casa familiar.
¿Qué cree que dirá el juez?
Se hizo el silencio. No esperaba respuesta tajante.
Eres una desalmada. ¿No te basta con tu piso? ¿Tienes que dejar a tu hermano sin futuro? ¡Fabián lo necesita!
Fabián necesita trabajar, igual que hice yo a su edad. Y usted debería saber la verdad sobre las acciones que dice tener Joaquín; solo eran míos los pagos que yo le hacía, haciéndole pasar por dividendos. Revise sus cuentas. Ha vivido toda esta década del cuento. Me endeudé por salvarle. Y lo sé todo, Mercedes.
Colgó sin despedirse. Esa noche, un mensaje de mi padre. Solo tres palabras: Lo has arruinado.
***
No contesté. Días después, los vecinos de la casa de la playa me contaron la escena: Mercedes, fuera de sí, arrojando las pertenencias de Joaquín por la ventana, la policía acudiendo a poner paz.
Mercedes, segura de la inminente venta, había pedido un préstamo enorme para el internado de Fabián. Cuando la verdad salió a la luz y la casa no era de Joaquín, todo saltó por los aires. Se divorciaron. Fabián, acostumbrado a la buena vida, tampoco apoyó a su padre. Se fue con su novia y le echó en cara todo.
No sé dónde está Joaquín ahora. Ni planeo averiguarlo.







