No deshagas la maleta, que te vas.
¿Qué pasa? preguntó Irene con tono autoritario al entrar en el salón, donde León seguía tumbado en el sofá sin inmutarse.
Pues pasa que te vas, monina. Así que ni te molestes en deshacer la maleta: nos separamos y hoy mismo te mudas respondió él con fría firmeza.
Irene pensó que había oído mal. ¿Monina?
¿Tú me has visto? ¡Qué mona voy a ser yo, con mis casi dos metros de altura! respondió León cuando Begoña le sugirió que hiciera de mona en una función.
Pues serás una mona crecida: lo pisas todo y sales corriendo sugirió con ingenio su amiga.
¿El disfraz de mona de qué talla es? preguntó León, medio en serio medio en broma.
Anda, si es verdad exclamó la chica, cayendo en la cuenta. La mona es pequeña, ¿cómo no caí antes?
Tras meditarlo unos segundos, propuso:
¿Sabes qué vamos a hacer? Tú harás de Rey Mago, y Víctor de conejito: él mide la mitad que tú.
¿Y la ropa me valdrá? ¿Qué llevan los Reyes Magos, capa o túnica?
Un poco grande le viene a él, así que perfecto: siempre tenemos que andar subiéndole las mangas.
¿Y el guion? ¡Si yo no sé qué decir!
Mira, no seas exagerado: todo improvisado, que para eso eres el cerebrito de oro de clase. Y yo te echo una mano tranquilizó Begoña.
Begoña, amiga de León desde el colegio, trabajaba en una agencia de eventos de Madrid. Justo para las fiestas navideñas, el chico que hacía de conejito se había puesto malo de una neumonía.
Así que la cuadrilla habitual de las felicitaciones se había quedado coja.
Vaya tela dirán algunos, y con razón ¿Qué hace un conejo en Navidad? Que alguien ponga un poco de sentido común.
Toda la vida han ido los Reyes Magos o Papá Noel con pajes, ¡y punto! ¿Para qué complicarse? Pero el nuevo jefe de la agencia era una de esas mentes modernas que buscan innovar. Y ya se sabe: quien paga, manda.
Quizá es que de niño nunca le tocó disfrazarse de conejito y arrastraba un trauma infantil. Llegó y lo cambió todo
Así surgió el conejito de peluche: disfraz de felpa blanca, orejitas y, para rematar, una mochila detrás de la que asomaba una zanahoria gigante.
¡Innovamos, equipo! dijo el nuevo jefe con entusiasmo ¡Hay que darle chispa a la rutina!
A su lado, cualquier jefe antiguo parecía un abuelito simpático.
Desde entonces, las visitas navideñas se hacían en trío: Víctor el Rey Mago, Begoña de paje y el conejo. Pero justo en los peores días, 30 y 31 de diciembre, el conejito se cayó de la alineación.
Me da igual, buscad un conejo como sea ordenó el jefe.
Como en el villancico: me siento muy triste hoy, el conejito está enfermo… y así seguían los días.
León estaba de un humor de perros. Se le avecinaban unas Navidades desangeladas. Irene, su mujer, acababa de coger las maletas para irse a casa de su madre la suegra estaba peor, y él se quedaba solo.
La pobre señora llevaba una racha de achaques de lo más variado. El enésimo brote de otra enfermedad la dejaba otra vez postrada.
Entiéndeme, amor, no puedo dejar sola a mamá así dijo Irene con carita angelical mientras hacía la maleta. Era la tercera visita en dos meses.
¿Voy contigo entonces? propuso León , No quiero que pases Nochevieja sola
Pero, cariño, ¿para qué? No estropees tus fiestas, suficiente con que las mías están arruinadas.
¿Y aquello de «en la salud y en la enfermedad»? ¡Si lo prometimos!
Llámame, apóyame, con eso me basta. Sal con los amigos, pásatelo bien.
Total, podía ir a la casa de alguien, aunque todos tenían ya sus planes. Pero el cuerpo no le pedía fiesta, y la perspectiva era tan deprimente como un domingo lluvioso en la Gran Vía.
Y entonces llamó Begoña. Siempre había sido la amiga de los imposibles; sí, Begoña Solís, como en la canción: auténtica.
Se conocían desde el colegio y seguían en contacto, aunque Irene no creyó nunca que pudiera haber amistad sincera entre un hombre y una mujer. De hecho, prohibió a Begoña asistir a su boda. Aunque ella estaba casada y habría ido con su marido.
León no quiso enfadar a su mujer: que fuera como ella quisiera, la sensata Begoña no se enfadaría. Y así fue: siguieron llamándose, pero con discreción, normalmente desde el trabajo.
Ahora, un fin de año solitario y Begoña ofreciéndole colaborar en unos bolos navideños por Madrid: y además, pagaban bien por cada visita.
No es que necesitara el dinero. Tenía un buen puesto como analista, y con su sueldo Irene podía permitirse estar sin trabajar. Pero aceptó, solo para distraerse.
La capa del Rey Mago le quedaba perfecta. Los botines de fieltro, también. Le pegaron bigotazo y barba ¡al ataque!
Y la cosa salió de maravilla. Los niños recitaban poemas, el conejito, agitando la zanahoria, brincaba alrededor del belén. Después, palmas, canciones Todo de maravilla.
Solo quedaba la última visita: a las diez de la noche el 31 de diciembre. Y después: libertad y a casa.
La buena de Begoña, al enterarse de su soledad involuntaria, lo invitó a cenar con su marido y su madre, que conocía a León del colegio. Begoña, ya con 25, no tenía hijos.
Fueron a la última casa de buen humor. Víctor se permitió un vaso de anís antes de salir: durante años, haciendo de Rey Mago, jamás lo habría hecho.
A las 21:45, ya en el coche, León llamó a Irene:
¿Cómo estás, cariño?
Pues aquí ando, tirando, mi vida
¡Feliz Año! Dame con tu madre, que la felicito también.
Justo se acaba de dormir, no quiero molestarla, yo estoy viendo la tele con cascos y pensando en ti.
¡Te quiero! Te llamo a las doce.
¡Y yo a ti! Cuídate, monino respondió su mujer.
La puerta de la última casa se abrió y León se quedó de piedra: ¡en la puerta, con su vestido de fiesta y tacones, estaba Irene! La misma Irene que anteayer había acompañado al AVE hasta la estación de Atocha para irse a Ávila. Con la que había hablado hacía quince minutos por teléfono
Cuando le propuso llevársela en coche, ella fue tajante: No, que me arreglo yo sola, tú descansa.
¿Cuándo metió ese vestido en la maleta? Si yo la vi hacerla pensó León, perplejo. Vaya artista. Ni Tamariz lo haría mejor.
¿Sería otra persona? ¿Una hermana gemela? No, era Irene, con su lunar junto a la ceja izquierda.
¿O una alucinación? Podía ser, con cómo estaba el mundo ¡A saber! Pero la veía todo el mundo.
¡Mona! gritó la fantasma hacia dentro de la casa.
¿Mona? ¡Pero si la mona soy yo, León! Y eso me lo acaba de decir por teléfono
No salía del aturdimiento. Sentía que era un espectador en su propia vida.
¡Voy, monina! contestó desde dentro un hombre calvo, con barriga cervecera, disfrazado de conejo
¿Y el niño? ¿Dónde está el pequeño Javier? preguntó Begoña, caracterizada de paje.
¡El niño soy yo!, soltó aquel tipo, dándose golpecitos en la barriga . ¡Hoy toca fiesta!
León miraba atónito esa escena. Era ridículo y humillante. Todo por esa mentira de Irene.
Pensó en montar una escenita ahí mismo, pero se contuvo por Begoña. ¡Qué vergüenza!
Así que, cambiando la voz, mandó al gordinflón contar su verso. Nadie le reconoció: Irene y el otro estaban cuajados. Es Nochevieja, después de todo
¿Pero cómo esa Irene suya, tan refinada, acabó con ese patán?
Irene se abrazaba al barrigudo y reía atolondrada.
Y a León se le cayó el alma a los pies: así que los regalos de la mama pensionista de Ávila no eran más que tapadera para los detalles de ese sinvergüenza.
¡Venga, todos en corro! gritó el tipo, harto ya del verso. Y se pusieron a bailar.
Monina, ¡pon nuestra canción! balbuceaba el conejo. Y allá que la puso Irene. Y todos a menearse.
Bailaban el conejo Víctor, el tipo aquel, e Irene, mientras León lo grababa todo para tener pruebas del paripé de su mujer.
Al poco rato, el anfitrión se cansó y nos largó sin contemplaciones:
¡Hasta aquí, que quiero dormir! Gracias por animar Venga, monina, acompaña a estos.
De camino de vuelta, Begoña exclamó:
¡Qué rara es la vida! Menuda mujer, está estupenda ¿Qué le habrá visto a ese baboso? Desde luego, no es su marido.
¡Pero si su marido soy yo!, le dieron ganas de gritar a León, pero se mordió la lengua.
No fue a la fiesta con Begoña; sabía que no podría mantener el tipo y no quería confesar la humillación.
Dijo que empezaba a encontrarse mal, fiebre y tal, y se fue a casa. Ni felicitó a Irene a las doce ni después: que disfrute con su conejo.
León pasó el año solo, con tiempo para pensar.
A su mujer la quería, sí. Aunque, después de todo, quizá ya no tanto. Pero perdonar aquello, ni en sueños. El piso era suyo.
Irene, al ver que León no llamaba, empezó a recelar. Siempre le llamaba mil veces al día, y ahora ni una, casi dos días seguidos.
Desconfiada, volvió de casa de su madre el día 2, aunque pensaba volver el 4. Nadie la recogió en la estación, aunque había mandado un mensaje con la hora. Cogió un taxi.
¿Qué pasa? preguntó Irene al entrar. León seguía tumbado en el sofá, sin moverse.
Lo que pasa es que te vas, monina. Así que ni deshagas la maleta: nos divorciamos y hoy te largas replicó él.
Irene pensó que no había entendido bien. ¿Monina? ¿Pero cómo lo había descubierto León? Solo conejo la llamaba así
¿Adónde se supone que me voy? respondió Irene, tirando de ataque.
No sé: con tu conejo, o con tu madre a Ávila. Por cierto, ¿ya está mejor? replicó León, con voz neutral.
Lo has malinterpretado todo empezó Irene en voz baja. ¡Maldita sea, lo sabe! ¿Dónde cometió el error? Había avisado a su madre de no contestar al teléfono antes del 4. Y ese tipo no iba a chivarse
¿Sería que alguien les vio? ¿Quién?
Bueno, cuéntame tu versión pidió León, ya por curiosidad. ¿El calvo ese era el médico, y hablabais de lo de tu madre?
¿O quizás un alquimista, vendiéndote la panacea de la salud? ¿O un enfermero contratado, pagado como siempre por mí, para cuidar a mi suegra amada?
¿O, Dios no lo quiera, un agente funerario, para ir preparando todo, como buena hija previsora?
Anda, Irene, no te cortes: que bien que te desmelenaste bailando con el conejo. Con los dos: el tuyo y el nuestro.
León le puso el vídeo del show
Irene callaba, sin saber qué añadir. Sí, había tenido un amante. ¿Por qué? Solo por el subidón de adrenalina.
Pasar el día sola era aburridísimo. Además, conejo no era ningún tieso y le hacía regalos bonitos.
¿Trabajar para distraerse? ¡Menuda broma! Para eso no se pinta la rosa
Pero, aun así, qué fatalidad tan absurda.
A León quizá lo quería, o simplemente dependía de él. Por eso ocultaba todo, no quería perder la gallina de los huevos de oro.
Si se hubiera enamorado perdidamente y se fuera con el calvo, al menos habría sido franco. O si se hubiera arrepentido de una sola aventura: igual León la perdonaba, porque era un trozo de pan. ¿O lo era?
Pero aquí era traición más engaño, y encima tan pensado a largo plazo. Eso parecía casi un crimen premeditado.
Irene lloraba, suplicaba, juraba y apelaba al corazón. Pero León no cedió: se acabó; lo nuestro, finiquitado. Ya se sabe: los Reyes Magos, cuando se enfadan, se enfadan de verdad.
Acabó el divorcio, y León se sintió plenamente justificado, solo lamentando no haber montado el escándalo en plena Nochevieja. Quizá debió hacerlo, como para saborear el final y quedarse a gusto.
Pero bueno, no salió nada mal. ¿Verdad?







