Aquel noviembre madrileño, el viento cortaba la piel como si fueran cuchillas, trayendo consigo un frío húmedo y calador desde el cercano río Manzanares. En un patio entre viejos garajes de hormigón resquebrajado jugaba un niño de unos cinco años, mientras su madre se alejaba unos metros, con el teléfono pegado a la oreja y riendo a carcajadas por alguna broma de su amiga.
Poco a poco, el chiquillo se fue acercando peligrosamente a la orilla del río. El agua, turbia y embravecida por las lluvias recientes, corría fuerte y traicionera. Bastó un paso en falso: el niño cayó al agua con un grito ahogado, y su abrigo pesado enseguida lo arrastró hacia abajo.
La madre, ajena a todo, continuaba charlando, mirando alrededor con desgana de vez en cuando.
El niño, desesperado, pataleaba contra la corriente, tosiendo y tratando de tomar aire helado entre estertores.
En la otra orilla apareció entonces un hombre. Se le conocía en el barrio con desprecio como Don Lorenzo, un desaliñado y delgado vagabundo que se refugiaba en una vieja casa abandonada cercana.
Lorenzo escuchó el grito del pequeño y, sin dudarlo, se arrojó al gélido Manzanares vestido con sus ropas sucias. La corriente golpeaba con fuerza sus piernas, pero siguió nadando hasta alcanzar al niño, a quien sujetó rápidamente por el cuello del abrigo para sacarlo a tierra.
El niño lloraba desconsolado, pálido y tembloroso. Lorenzo lo envolvió en su ajada chaqueta y lo tomó en brazos.
Cuando lo devolvió al edificio, la madre por fin reparó en ellos y, en vez de agradecerle, gritó ofendida:
¿¡Pero tú quién te crees para tocar a mi hijo, desgraciado!?
Se estaba ahogando balbuceó Lorenzo.
¡Mejor sería que se hubiera ahogado antes de que tú pongas tus manos inmundas encima!
Lorenzo la miró, incapaz de entender tanta crueldad, y sintió una tristeza honda por el pequeño. Ver a aquella mujer gritándole, sin preocuparse por el estado de su hijo, le resultaba incomprensible.
Entonces Lorenzo hizo algo que nadie hubiera imaginado, pero que fue, en su interior, profundamente justo
Se volvió a apretar al niño contra el pecho, y de pronto dio media vuelta.
¡Devuélveme a mi hijo! vociferó la mujer, aunque no se atrevía a acercarse más.
Con paso sereno, Lorenzo fue hasta la casa donde vivía Doña Remedios, una anciana vecina conocida por su bondad, y llamó a la puerta.
Ayude al niño le pidió jadeando. Llame a la Guardia Civil. Su madre casi lo mata. Usted lo ha visto todo.
La anciana avisó enseguida a los agentes, que llegaron poco después para llevarse a la madre, todavía despotricando e insultando. Lorenzo relató los hechos exactamente como sucedieron, sin callarse nada.
Tras la investigación, la mujer perdió la custodia de su hijo. El pequeño quedó primero al cuidado de Doña Remedios, y después lo acogió una familia de acogida.
De Lorenzo no volvieron a saber nada en el barrio; desapareció como si se lo hubiera tragado la tierra. Solo meses después, alguien lo recordó: el hombre que, sin pedir nada a cambio, salvó la vida de un niño. Un niño que, seguramente, habría sufrido un destino mucho peor de haberse quedado con aquella madre.






