¡Me divorcio! Decidió Ana Belén en sus “sesenta y tantos”.
Ana Belén, con una elegante pamela que le daba un aire de distinción, se sentó con calma en una silla frente a un pesado y algo hortera escritorio del Registro Civil. Al otro lado, una joven funcionaria que ya a esas horas de la mañana parecía más quemada que un café recalentado.
Ana Belén dejó un papel con firmeza sobre la mesa y pronunció con toda claridad:
Solicitud de divorcio.
La funcionaria, que hasta ese instante estaba enfrascada en el zumbido de las cifras en el ordenador, levantó la mirada, primero hacia el papel, luego hacia la mujer frente a ella.
¿Divorciarse a esa edad? Su cerebro, escaso de paciencia a esas alturas del día, no procesaba. Ella estaba acostumbrada a ver, como mucho, parejas jóvenes que tras un par de años o meses se rendían, algún marido hecho un mar de lágrimas o mujeres agotadas de discutir por la repartición de muebles IKEA. Pero esta mujer, Ana Belén, irradiaba dignidad, como si acabara de abrir un museo en su honor.
¿Está usted segura, señora? preguntó con un tono que apenas disimulaba incredulidad. Perdone, pero a su edad ¿Cuántos años lleva casada?
Cuarenta. En septiembre cumplimos aniversario. Bueno, cumplíamos respondió ella con la serenidad de quien decide qué flores plantar en primavera.
¿Cuarenta? ¿Y ahora se quiere divorciar?
Señorita comenzó Ana Belén, ya visiblemente aburrida de la interrogación.
Disculpe, pero ¿lo ha pensado bien?
Ana soltó una pequeña sonrisa condescendiente. Era como si la joven estuviera entrevistando a un personaje histórico y no a una vecina de barrio.
Mire, yo no tomo decisiones importantes sin pensarlas bien, ¿vale? Cuarenta años juntos. Suena a logro, ¿verdad? Hasta tenemos aniversario “redondo” Pues hemos decidido “celebrarlo” a nuestra manera, cada uno por su lado.
La funcionaria no pudo evitar saltarse el protocolo:
¿Y lo cuenta así, tan tranquila?
Ya me despedí de él respondió Ana Belén. Ahora me siento ligera.
La funcionaria se quedó boquiabierta. Cuarenta años y ahí estaba esa mujer con una sonrisa que parecía más de Victoria que de adiós. Al final, movida por la profesionalidad, tomó el bolígrafo:
Bueno No tienen bienes en común ni hijos menores, ¿verdad?
Ni lo uno ni lo otro.
Tras unos segundos más de papeleo y murmuraciones del bolígrafo sobre los formularios, pidió a Ana Belén que firmara. Ésta, con una caligrafía impecable, puso su firma en cada línea con la destreza de quien lleva años escribiendo en cartas y notas de cumpleaños. Nada de correos electrónicos, ¡por Dios!
Todo en orden. indicó finalmente la funcionaria.
Ana Belén se levantó, ajustándose la pamela.
Que pase un buen día, señorita.
Cuando salió, su paso era ligero y, vaya, su sonrisa más ancha aún. Había quedado atrás. En una mano llevaba una pequeña tarta que había comprado como un premio personal.
Por mí. Por mi paciencia. murmuró al aire, para quien quisiera escucharlo, aunque sólo fuera la brisa de la calle.
Por supuesto, la historia de cómo echó a su ahora “ex-futuro esposo” sería otra divertida crónica para la sobremesa. Pero de momento, tenía algo que celebrar. En lugar de regresar directamente a casa, subió a la de su mejor amiga, María Luisa. Al llegar, dejó la tarta sobre la encimera de la cocina, sacó una botella de vino blanco de la nevera y dos copas elegantes del mueble que ya tenían lista para las ocasiones especiales.
Luisi, ¿qué te parece si brindamos? propuso Ana Belén con una gran sonrisa.
María Luisa, tan chispeante como siempre, respondió sin pensarlo:
Por supuesto. Brindar sin mí es como salir sin paraguas en abril. Pero, ¿qué celebramos? Aunque a estas alturas, cualquier día es motivo, claro.
Ana Belén, directa como siempre, respondió sin tapujos:
Por mi divorcio.
Bueno, eso casi hizo que María Luisa se atragantara antes de poder siquiera brindar.
¿Qué? ¡No me lo creo, Ana! ¿De verdad? ¿Después de cuarenta años te da por divorciarte?
Después de cuarenta años suspiró Ana Belén, la paciencia caduca, Luisi. Y la mía expiró.
Pero ¿qué te hizo para llegar a esto?
Hija Ana Belén se encogió de hombros , pues resulta que tiene un hijo. De esos “extras”, ya sabes. Veinticinco añitos, nada más y nada menos.
No puede ser
Créetelo. Una mentira que ha durado un cuarto de siglo.
María Luisa, intuyendo el dolor escondido tras esa confesión, decidió no añadir sal a la herida.
Pues brindemos, entonces. ¡Por una nueva etapa! dijo levantando su copa.
Por una nueva etapa repitió Ana Belén con firmeza.
No mucho más tarde, mientras los recuerdos y el vino fluían en la charla, María Luisa se atrevió:
¿Y cómo lo ha tomado él?
Ana Belén, mirando la tarta frente a ellas, musitó:
¿Cómo lo iba a tomar? Montó en cólera. Pero no le di opción. Fui, firmé y listo.
Entonces, ¿cómo piensas vivir ahora?
Sin él contestó Ana Belén con una sonrisa triunfante.
Y así fue, entre bromas, recuerdos y llamadas ignoradas de su hijo mayor, Víctor, que insistía en arreglar lo imposible. Porque, como Ana Belén le dijo después: “El tren ya ha pasado”. Punto y final.
Y aunque llovieran intentos de conciliación, ninguno cambiaría su decisión. Porque allí, bajo su pamela y con una nueva libertad, Ana veía el futuro como un horizonte cargado de posibilidades. Sin más mentiras. Y con todo el vino y las tartas que quisiera.






