El Secuestro del Siglo — ¡Quiero que los hombres corran detrás de mí y lloren porque no pueden alcanzarme! — leyó Marina en voz alta su deseo de la papeleta y prendió fuego al papel con el mechero. Sacudió la ceniza en su copa y, entre las risas de sus amigas, terminó su cava de un trago. Las luces del árbol de Navidad parpadearon, como meditando, y después brillaron aún más. La música subió de volumen, las copas tintinearon, y los rostros giraron y se mezclaron en un estallido de celebración. De las ramas cayó polvo dorado — ¿o así lo recuerda? — Ma…má… ¡Despierta, mamá! A Marina le costó abrir un ojo. Delante de ella casi había un equipo de fútbol. — ¿Y vosotros quiénes sois? ¿Os conozco, niños? Ellos, jugando, se presentaban inclinando la cabeza: — Mamá, piensa, Matías — 9 años, Álex — 7, Santi — 5, David — 3. Completos, sin sustituciones, todos con sonrisas traviesas y decididos. No eran estos ‘hombres’ por los que ella había pedido que corrieran tras ella en Nochevieja… — ¿Y dónde está vuestro entrenador?… Vaya, quiero decir, ¿dónde está vuestro padre? — preguntó con voz ronca. — Traedme un poco de agua… Solo cerró los ojos un instante y de nuevo: — ¡Ma-má! De inmediato, dos vasos de agua, una mandarina y un vaso de gazpacho. El mayor ya sabe cómo reanimar a su madre tras las fiestas. Estos chicos aprenden rápido. — Mamá, despierta, lo prometiste… — suplicaban los pequeños. Marina intentó recordar cómo había llegado allí y qué era eso que había prometido. — ¿Una película? — ¡Nooo! — ¿McDonald’s? — ¡No! — ¿Una tienda de juguetes? — ¡Ay, mamá! ¡No te hagas la remolona! Ya casi estamos listos y tú sin levantarte… — ¿Y a dónde vais a ir, podríais informar a esta madre? — cedió. — Cariño, despierta — sonó una voz masculina. Un hombre alto y moreno entró en la habitación. En sus ojos color avellana brillaban destellos dorados. ¡Menudo galán! — Ya estamos todos, he cargado el coche; primero al súper y después salimos — anunció con eficacia. Marina intentó sinceramente recordar qué hacía ese hombre ahí y por qué esos niños la llamaban mamá. Ni una pista. Nada. — Mamá, ¡no olvides nuestros bañadores y el tuyo! — gritó alguien desde otra habitación. “Así que… ¿también hay piscina? — pensó. — ¿Qué clase de vida es esta, y por qué no la recuerdo?” Abrió los ojos y pudo ver la habitación con mayor nitidez. Le resultaba totalmente desconocida: ni un objeto, ni una foto, ni el estampado de las cortinas. Solo reconoció una planta de Navidad, una roja poinsettia en una maceta blanca adornada con diminutas perlas, que sí le sonaba. Se obligó a rebobinar la memoria del día anterior. Habían ido con las amigas a celebrar Nochevieja a un restaurante, a jugar al Amigo Invisible, como en los tiempos de la facultad, solo que ahora con bolsos caros, peinados complicados y escasez de tiempo. Las amigas elegantes, alegres, radiantes, disfrutando de esa libertad que escapa del marido, los niños, el colegio, la guardería, la cocina… Todas desbordaban esa alegría adolescente de quien se escaquea del último examen. Solo Marina se mantenía tranquila y perfecta, como siempre. Soltera, independiente, su dueña y señora. Sin nadie a quien avisar, esperar o dar explicaciones. “La última novia”, bromeaban las amigas, alzando la copa con cava. Regaló un set de cosmética “con caviar negro y hilos de oro”, bromearon que valdría hasta para untar en una tostada y servirlo con cava en el desayuno. Se rieron mucho, fotografiando el regalo como si fuera una obra de arte. Ella recibió una poinsettia navideña y una botella de cava francés traída de un castillo antiguo; esa que se abre solo en ocasiones especiales. Leyó lo de la nota, ¿brindis, deseo? y… ¡fin! No recuerda nada más. Como suele decirse: “Salí, caí, desperté… y escayola”. Se miró en el espejo; seguía siendo la misma joven de la Nochevieja, con el mismo maquillaje. Pero ¿de dónde los niños, el marido? No recuerda haberlos tenido, ni la boda, ni nada. Sabe los nombres de los niños, pero ni el del hombre. No cuadra nada… En el pasillo, maletas. Dos enormes, de adulto, una negra y otra beige claro, con marcas caras. Tres mochilas deportivas infantiles. No era una excursión a la sierra. ¿Un viaje? Entra el “marido”, se hace cargo de las maletas, la guía con cariño pero firmeza hacia la puerta. — Vamos a llegar tarde — dice con calma. Marina mira su anillo… ¡No hay alianza! Ni en su mano ni en la de él. Raro. O…¿? Los niños llenan el coche —un espacioso monovolumen— en fila. Todo muy ensayado. El marido al volante. Ella se sienta adelante. Él le pasa un café con leche, que ella odia… Le duele más que todo lo anterior. — ¡Vámonos! — dice él, guiñando a los niños. Con cada kilómetro, Marina nota más inquietud. Atrás, los críos cuchichean entre risas, el marido conduce seguro, mirándola a veces como si ocultara un secreto que ella debería recordar. Marina ve la carretera y se siente como un erizo en la niebla. Todo parece normal: familia, coche, destino. Pero no entiende nada. Salen a la autovía, dejando la ciudad atrás. Pero Marina sabe, en el fondo… ¡Esa no es su familia! ¡Ese hombre es un desconocido! ¡Él la ha secuestrado! No, ¡la han secuestrado a ella! Pero… ¿y los nombres de los niños? Confusa, llega a la conclusión: ese hombre la secuestró. ¡Tiene que hacer algo! Endereza la espalda, aprieta el vaso… El modo “superviviente” se activa. Media hora después, los niños arman revuelo: — ¡Papá, quiero ir al baño! — ¡Tengo sed! — ¿Podemos picar algo? Paran en una gasolinera; todos bajan. ¡Momento de escapar! El corazón de Marina retumba. Mientras todos se distraen, se va corriendo hacia el coche, intentando arrancarlo… ¡No están las llaves! — Pero bueno, aquí estabas — dice él, tranquilo, por la ventanilla abierta. — Venga, seguimos — sugiere, dulce. — Conduce tú si quieres, o descansa. Sigue el viaje. Un rato después, asoma el aeropuerto. Cristal, coches, gente. Aparcan. Marina está tensa, no va a dejar que la lleven a ningún lado. ¡No será una víctima! Se retrasa hábilmente, respirando hondo, y… de pronto, sale corriendo: — ¡Esto es un secuestro! ¡Ayuda! — grita al vigilante. El guardia reacciona enseguida. En segundos, la reduce y esposa por detrás. Aparecen agentes armados, todos serios. — ¡Esperen! ¡Es una broma, un juego de Nochevieja! ¡No es secuestro! — grita el supuesto “secuestrador”. Marina oye su voz, lejana. Y de repente, como en una película, ve a sus amigas detrás de un panel publicitario. Sonrientes, nerviosas, felices. — ¡Mamá! — gritan los “niños”, corriendo hacia una de las mujeres junto a las amigas. Los demás niños son sobrinos, encantados con la broma del querido tío. Las amigas explican a carcajadas. Todo era un plan: querían presentarle a “ese chico tan bueno”, el de siempre, que suspiraba por ella pero no se atrevía. Sabían que, si le decían algo, Marina diría “Estoy bien sola, gracias”. Así que diseñaron este experimento: vivir una mañana familiar, directamente, sin preguntas. El “marido” era ese pretendiente, los “hijos”, sus sobrinos. — Queríamos que no pensaras — dijeron las amigas —, sino que sintieras. Marina ya no podía enfadarse. A veces, la vida no da explicaciones, solo resultados. Sí, el modo era dudoso. Hubo susto. Pero el experimento, puro. A veces descubrir si quieres algo, o a alguien, basta una mañana, tres niños y un café servido por tu “secuestrador”. Al verle a él, con su sonrisa de pícaro y ojos avellana, comprendió: todo podía empezar de nuevo. Las amigas: — ¡Vais a perder el avión! — gritaron de repente. — ¿Otra vez secuestro? — pensó Marina. ¿A dónde la llevará? ¿Al mar Mediterráneo? ¿A bucear y comer mangos? Él le tiende la mano. — Encantado, soy Blas. ¿Te permites que te rapte? — sonríe dulce. Ella mira a sus amigas, mira las maletas, y luego sus ojos dorados. Y se pregunta: — ¿qué me lo impide? — ¡Vámonos! — suspira Marina, sonriendo, sabiendo que este “secuestro” es el mejor de los comienzos posibles. Y, bajito: — Pero solo si los niños se quedan en casa… Risas, brillo, y el aeropuerto se convirtió en el principio de algo nuevo y cálido. A veces la vida no te secuestra. Solo te lleva bruscamente allí donde debías estar desde hace mucho.

El Secuestro del Siglo

¡Quiero que los hombres corran tras de mí y lloren porque no logran alcanzarme! exclamó Rosalía en voz alta tras leer su deseo escrito en un papelito, y lo encendió con el mechero. Sacudió la ceniza en su copa y apuró el cava entre las carcajadas soñolientas de sus amigas.

El árbol de Navidad parpadeó con luces, como pensativo, y enseguida resplandeció aún más. La música subió de volumen, las copas tintinearon, los rostros giraron y se fundieron en una explosión festiva. De las ramas empezó a desprenderse polvo dorado o así lo recuerda ella, entre brillos húmedos.

Ma…má Ma-má, despierta!

A Rosalía le costó abrir un ojo. Encima de ella se alzaba casi medio equipo del Real Madrid infantil.

¿Quiénes sois? ¿Os conozco, niños?

Los chiquillos, jugando, se presentaron uno a uno, inclinando la cabeza:

¡Mamá, venga, que es fácil! Lucas 9 años, Pablo 7, Martín 5, Jaime 3!

El equipo al completo, sin cambios, todos con caras de pillos y de una determinación alarmante. No eran esos los hombres que ella soñó, persiguiéndola por la Nochevieja

¿Y vuestro entrenador…? ¡Vaya! ¿Dónde está vuestro padre? rezongó Rosalía con voz áspera. Id a por agua para mamá…

En cuanto cerró los ojos un instante, ¡Ma-má!

Dudosas manos infantiles presentaron dos vasos de agua, una mandarina y una taza de caldo de pepinillos. Vaya El mayor ya sabía cómo reanimar a su madre tras las fiestas españolas. Lo que son los años…

Mamá, porfi, despiértate, ¡lo prometiste! insistentemente chillaban los pequeños.

Rosalía intentó recordar cómo había llegado hasta allí y qué promesa había hecho.

¿Cine?

¡Nooo!

¿Al McDonalds?

¡No!

¿La tienda de juguetes?

¡Ay mamá, no hagas teatro! ¡Estamos listos, y tú sigues sobando!

¿Y a dónde ibais, si es que puedo saberlo…? cedió al fin.

Rosalía, cariño, levanta se oyó de repente la voz profunda de un hombre entrando en la estancia. Era alto, cabello moreno, y en sus ojos de avellana chisporroteaban destellos dorados. ¡Vaya galán!

Ya estamos a punto, el coche lo tengo cargado. Paramos en el supermercado y listos para la ruta.

Rosalía trató de recordar quién era aquel hombre y por qué esos niños la llamaban mamá. Su mente era un páramo ni una pista.

¡Mamá, no olvides los bañadores! ¡Trae el tuyo también! gritó una voz del pasillo.

«¿Bañadores? ¿Tenemos piscina también…? ¿Qué vida mágica es esta y por qué no recuerdo nada…?»

Con ojos abiertos y atentos, Rosalía repasó despacio la habitación. Nada le resultaba familiar. Ni fotos, ni muebles, ni las cortinas recias con dibujos exóticos.

Todo era ajeno. Sólo un detalle le resultaba reconocible: la poinsettia roja, con hojas de terciopelo, en una maceta blanca salpicada de diminutas perlas. Aquello sí le evocaba algo.

Cerró los ojos y tiró del hilo de la memoria hacia la víspera. La última imagen: ella con sus amigas en un local madrileño, celebrando la Nochevieja y jugando al Amigo Invisible. Como en la universidad, pero ahora con bolsos de piel y prisas adultas.

Brillaban todos de esa libertad fugaz de la vida; las amigas, radiantes y risueñas. Rosalía, como siempre, serena y en su salsa: sin marido, ni hijos, sin tener que avisar a nadie, esperando nada.

La eterna soltera bromeaban y le rellenaban la copa de cava.

Ella regaló a una amiga un set de cosmética con caviar negro y hilos de oro. Se rieron juntas, comentando que el crema bien valía para untar una tostada y servirlo al desayuno junto al cava. Fotos, chascarrillos; la caja era ya obra de arte contemporáneo.

Ella recibió, a cambio, la flor de Navidad ese mismo floripondio y una botella de extraño espumoso que una amiga le trajo de un castillo francés. De esos vinos que se abren sólo en ocasiones legendarias.

Leyó una nota; ¿un brindis, un deseo? y después nada más. Como si alguien hubiese desenchufado la tele. Salí me caí desperté escayola.

Rosalía se miró en el espejo. Seguía siendo la muchacha de siempre, con los ojos pintados aún como en la noche más larga del año. Pero de pronto había niños, un hombre… y no recuerda ni dar a luz, ni cuidar, ni casarse, ni siquiera el nombre del apuesto supuesto marido. Pero los nombres de los niños los conoce. Algo no cuadra…

Salió del cuarto. En el recibidor, maletas de ruedas: dos grandes, negras, de marca reconocida. Tres mochilas deportivas de niños.

No íbamos de picnic, sino de viaje de verdad, pensó.

En ese instante, el marido volvió a entrar y tomó las maletas con la destreza del que lo hace por costumbre; luego, cariñoso y resuelto, la guió hacia la puerta.

Vamos tarde dijo con tranquilidad.

Rosalía miró su mano Congelada. No había alianza, ni en la suya ni en la de él. Otra rareza.

Los niños subieron al monovolumen con la precisión de un reloj suizo. Mochilas acomodadas, cinturones abrochados. El hombre al volante, seguro. Rosalía, tras otro hondo suspiro, se sentó delante.

Le ofreció enseguida un café en vaso de cartón, templado, con leche. Ella lo odiaba así. Eso le dolió más que nada.

Vamos allá anunció él, guiñando a los niños. Al alejarse por la autopista madrileña, la inquietud le palpitó más fuerte.

Los críos balbuceaban, reían y cuchicheaban, el marido conducía relajado pero atento, echándole miradas cómplices, como si compartieran un secreto. Parecía saber algo que ella ignoraba.

Rosalía sintió el mundo como una neblina: familia, coche, viaje; todo lógico, pero nada real.

Por la autopista iban dejando la ciudad atrás. Rosalía sabía, con certeza de médium, que esa no era su familia. ¿Quién era ese hombre, esos niños? ¿Acaso la habían secuestrado?

O, espera ¡¿y si quien estaba secuestrada era él?!

¿Por qué, si no, sabía ella los nombres de los niños? Bastante turbio. Decidida, se tensó en el asiento, apretó el vaso de café y fingió mirar la carretera, aunque por dentro se preparaba para sobrevivir.

Al poco, los niños protestaron al unísono.

¡Papi, tengo pis!

¡Tengo sed!

¿Hay algo para picar?

El coche se desvió hacia una gasolinera. Todos salieron pitando y avanzaron hacia la cafetería.

Ése era el momento de huir. El corazón de Rosalía retumbaba como los tambores de una falla valenciana. Se deslizó por fuera, se agachó, corrió furtiva hasta el coche y

No había llaves en el contacto.

Vaya, aquí estás, te buscábamos sonó la voz tranquila del hombre desde la ventanilla abierta.

Bueno, ahora que estamos todos, seguimos añadió con amable seguridad. Cariño, deja que conduzca yo.

Y siguieron la ruta.

Una hora después apareció ante ellos el aeropuerto: vidrio, hormigón, un enjambre de gente y coches. Aparcaron y entraron juntos.

Rosalía, crispada, no iba a dejar que la llevasen a ninguna parte. ¡Ella no sería la secuestrada sumisa! Se fue quedando atrás, paso a paso y, de repente, echó a correr.

¡Me están secuestrando! ¡Socorro! gritó arrojándose sobre un guardia de seguridad.

Éste reaccionó en un instante; Rosalía se vio en el suelo, esposada, rodeada de hombres con pistolas y walkie-talkies.

¡Esperen! ¡Un momento! ¡Lo puedo explicar! clamó el supuesto secuestrador.

¡Es una broma de Nochevieja! ¡Un juego! ¡Estamos desarmados! ¡No es un secuestro!

Las voces llegaban a Rosalía como desde el fondo del mar. De pronto las vio, allí, tras los paneles publicitarios: sus amigas. Sonriendo, sorprendidas, asustadas y felices al tiempo.

¡Mamá! chillaron los niños lanzándose a los brazos de una de las mujeres que estaba, curiosamente, entre sus amigas. Las otras corrían ya hacia los guardias, hablando y riendo, disculpándose y pidiendo que liberasen a la secuestradora.

Rosalía se puso de pie al fin, sin las esposas. El mundo dejó de girar. Allí parada, despeinada y con el pulso enloquecido, comprendió: no la habían secuestrado.

¿La habían… gastado una broma?

Cuando la adrenalina cedió, las palabras tomaron sentido. Todo había sido una broma. Orquestada y descomunal. Cara, colectiva, casi como una peli de suspense.

Las amigas, hablando a la vez, lo contaban entre risas: hacía tiempo que buscaban presentarle a Rosalía a un buen chico, que llevaba enamorado de ella siglos y nunca se lanzaba sabía demasiado bien de su carácter.

Rosalía siempre cortaba en seco: Gracias, no. Estoy bien así.

Por eso urdieron el plan: nada de citas. Mejor meterla directamente en una atmósfera de familia. Un café, niños organizados, un hombre atento y tranquilo que además sonríe bonito. Ojos de avellana, nada menos.

Queríamos que dejaras de pensar le confesaron. Y que sintieras, simplemente, la calidez.

Rosalía ya no podía enfadarse. Esa lógica femenina que huye de lo tosco, pero acepta el resultado si acierta.

Sí, el método era discutible. Sí, casi palpitaciones mortales. Pero, al fin, pura ciencia. A veces sólo hacen falta una mañana, tres niños y un café de un secuestrador para saber si necesitas a ese hombre.

En ese momento le vio: el galán sonreía, con esa media sonrisa del Gato con Botas, y en los ojos danzaban duendecillos dorados. Los niños eran en verdad sobrinos, cómplices del tío favorito.

¡Vais a perder el vuelo! anunciaron las amigas con prisa teatral. ¡Corred a la puerta de embarque!

¿Otro secuestro? le pasó por la mente. ¿A dónde querían llevarla? ¿Al mar? ¿Al Mediterráneo, a zambullirse y comer mangos?

Él le tendió la mano.

Empieza la presentación: Soy Álvaro. ¿Me dejas secuestrarte? susurró con ternura.

Rosalía miró a sus amigas. Esperaban en silencio, ilusionadas. Luego a las maletas. Y por último volvió a esos ojos de avellana.

¿Y si decía que sí?

¡Vamos! exclamó al fin, sonriéndose, sabiendo que este secuestro era el más dulce de sus sueños posibles.

Y en voz baja añadió: Pero solo si los niños se quedan en casa…

Las amigas rompieron a reír. Él sonrió todavía más. El aeropuerto y todo el bullicio se disolvieron en el inicio de algo nuevo: cálido, absurdo y entrañable.

A veces la vida no nos secuestra.
Simplemente nos lleva, de golpe, donde teníamos que estar hace mucho tiempo.

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two × two =

El Secuestro del Siglo — ¡Quiero que los hombres corran detrás de mí y lloren porque no pueden alcanzarme! — leyó Marina en voz alta su deseo de la papeleta y prendió fuego al papel con el mechero. Sacudió la ceniza en su copa y, entre las risas de sus amigas, terminó su cava de un trago. Las luces del árbol de Navidad parpadearon, como meditando, y después brillaron aún más. La música subió de volumen, las copas tintinearon, y los rostros giraron y se mezclaron en un estallido de celebración. De las ramas cayó polvo dorado — ¿o así lo recuerda? — Ma…má… ¡Despierta, mamá! A Marina le costó abrir un ojo. Delante de ella casi había un equipo de fútbol. — ¿Y vosotros quiénes sois? ¿Os conozco, niños? Ellos, jugando, se presentaban inclinando la cabeza: — Mamá, piensa, Matías — 9 años, Álex — 7, Santi — 5, David — 3. Completos, sin sustituciones, todos con sonrisas traviesas y decididos. No eran estos ‘hombres’ por los que ella había pedido que corrieran tras ella en Nochevieja… — ¿Y dónde está vuestro entrenador?… Vaya, quiero decir, ¿dónde está vuestro padre? — preguntó con voz ronca. — Traedme un poco de agua… Solo cerró los ojos un instante y de nuevo: — ¡Ma-má! De inmediato, dos vasos de agua, una mandarina y un vaso de gazpacho. El mayor ya sabe cómo reanimar a su madre tras las fiestas. Estos chicos aprenden rápido. — Mamá, despierta, lo prometiste… — suplicaban los pequeños. Marina intentó recordar cómo había llegado allí y qué era eso que había prometido. — ¿Una película? — ¡Nooo! — ¿McDonald’s? — ¡No! — ¿Una tienda de juguetes? — ¡Ay, mamá! ¡No te hagas la remolona! Ya casi estamos listos y tú sin levantarte… — ¿Y a dónde vais a ir, podríais informar a esta madre? — cedió. — Cariño, despierta — sonó una voz masculina. Un hombre alto y moreno entró en la habitación. En sus ojos color avellana brillaban destellos dorados. ¡Menudo galán! — Ya estamos todos, he cargado el coche; primero al súper y después salimos — anunció con eficacia. Marina intentó sinceramente recordar qué hacía ese hombre ahí y por qué esos niños la llamaban mamá. Ni una pista. Nada. — Mamá, ¡no olvides nuestros bañadores y el tuyo! — gritó alguien desde otra habitación. “Así que… ¿también hay piscina? — pensó. — ¿Qué clase de vida es esta, y por qué no la recuerdo?” Abrió los ojos y pudo ver la habitación con mayor nitidez. Le resultaba totalmente desconocida: ni un objeto, ni una foto, ni el estampado de las cortinas. Solo reconoció una planta de Navidad, una roja poinsettia en una maceta blanca adornada con diminutas perlas, que sí le sonaba. Se obligó a rebobinar la memoria del día anterior. Habían ido con las amigas a celebrar Nochevieja a un restaurante, a jugar al Amigo Invisible, como en los tiempos de la facultad, solo que ahora con bolsos caros, peinados complicados y escasez de tiempo. Las amigas elegantes, alegres, radiantes, disfrutando de esa libertad que escapa del marido, los niños, el colegio, la guardería, la cocina… Todas desbordaban esa alegría adolescente de quien se escaquea del último examen. Solo Marina se mantenía tranquila y perfecta, como siempre. Soltera, independiente, su dueña y señora. Sin nadie a quien avisar, esperar o dar explicaciones. “La última novia”, bromeaban las amigas, alzando la copa con cava. Regaló un set de cosmética “con caviar negro y hilos de oro”, bromearon que valdría hasta para untar en una tostada y servirlo con cava en el desayuno. Se rieron mucho, fotografiando el regalo como si fuera una obra de arte. Ella recibió una poinsettia navideña y una botella de cava francés traída de un castillo antiguo; esa que se abre solo en ocasiones especiales. Leyó lo de la nota, ¿brindis, deseo? y… ¡fin! No recuerda nada más. Como suele decirse: “Salí, caí, desperté… y escayola”. Se miró en el espejo; seguía siendo la misma joven de la Nochevieja, con el mismo maquillaje. Pero ¿de dónde los niños, el marido? No recuerda haberlos tenido, ni la boda, ni nada. Sabe los nombres de los niños, pero ni el del hombre. No cuadra nada… En el pasillo, maletas. Dos enormes, de adulto, una negra y otra beige claro, con marcas caras. Tres mochilas deportivas infantiles. No era una excursión a la sierra. ¿Un viaje? Entra el “marido”, se hace cargo de las maletas, la guía con cariño pero firmeza hacia la puerta. — Vamos a llegar tarde — dice con calma. Marina mira su anillo… ¡No hay alianza! Ni en su mano ni en la de él. Raro. O…¿? Los niños llenan el coche —un espacioso monovolumen— en fila. Todo muy ensayado. El marido al volante. Ella se sienta adelante. Él le pasa un café con leche, que ella odia… Le duele más que todo lo anterior. — ¡Vámonos! — dice él, guiñando a los niños. Con cada kilómetro, Marina nota más inquietud. Atrás, los críos cuchichean entre risas, el marido conduce seguro, mirándola a veces como si ocultara un secreto que ella debería recordar. Marina ve la carretera y se siente como un erizo en la niebla. Todo parece normal: familia, coche, destino. Pero no entiende nada. Salen a la autovía, dejando la ciudad atrás. Pero Marina sabe, en el fondo… ¡Esa no es su familia! ¡Ese hombre es un desconocido! ¡Él la ha secuestrado! No, ¡la han secuestrado a ella! Pero… ¿y los nombres de los niños? Confusa, llega a la conclusión: ese hombre la secuestró. ¡Tiene que hacer algo! Endereza la espalda, aprieta el vaso… El modo “superviviente” se activa. Media hora después, los niños arman revuelo: — ¡Papá, quiero ir al baño! — ¡Tengo sed! — ¿Podemos picar algo? Paran en una gasolinera; todos bajan. ¡Momento de escapar! El corazón de Marina retumba. Mientras todos se distraen, se va corriendo hacia el coche, intentando arrancarlo… ¡No están las llaves! — Pero bueno, aquí estabas — dice él, tranquilo, por la ventanilla abierta. — Venga, seguimos — sugiere, dulce. — Conduce tú si quieres, o descansa. Sigue el viaje. Un rato después, asoma el aeropuerto. Cristal, coches, gente. Aparcan. Marina está tensa, no va a dejar que la lleven a ningún lado. ¡No será una víctima! Se retrasa hábilmente, respirando hondo, y… de pronto, sale corriendo: — ¡Esto es un secuestro! ¡Ayuda! — grita al vigilante. El guardia reacciona enseguida. En segundos, la reduce y esposa por detrás. Aparecen agentes armados, todos serios. — ¡Esperen! ¡Es una broma, un juego de Nochevieja! ¡No es secuestro! — grita el supuesto “secuestrador”. Marina oye su voz, lejana. Y de repente, como en una película, ve a sus amigas detrás de un panel publicitario. Sonrientes, nerviosas, felices. — ¡Mamá! — gritan los “niños”, corriendo hacia una de las mujeres junto a las amigas. Los demás niños son sobrinos, encantados con la broma del querido tío. Las amigas explican a carcajadas. Todo era un plan: querían presentarle a “ese chico tan bueno”, el de siempre, que suspiraba por ella pero no se atrevía. Sabían que, si le decían algo, Marina diría “Estoy bien sola, gracias”. Así que diseñaron este experimento: vivir una mañana familiar, directamente, sin preguntas. El “marido” era ese pretendiente, los “hijos”, sus sobrinos. — Queríamos que no pensaras — dijeron las amigas —, sino que sintieras. Marina ya no podía enfadarse. A veces, la vida no da explicaciones, solo resultados. Sí, el modo era dudoso. Hubo susto. Pero el experimento, puro. A veces descubrir si quieres algo, o a alguien, basta una mañana, tres niños y un café servido por tu “secuestrador”. Al verle a él, con su sonrisa de pícaro y ojos avellana, comprendió: todo podía empezar de nuevo. Las amigas: — ¡Vais a perder el avión! — gritaron de repente. — ¿Otra vez secuestro? — pensó Marina. ¿A dónde la llevará? ¿Al mar Mediterráneo? ¿A bucear y comer mangos? Él le tiende la mano. — Encantado, soy Blas. ¿Te permites que te rapte? — sonríe dulce. Ella mira a sus amigas, mira las maletas, y luego sus ojos dorados. Y se pregunta: — ¿qué me lo impide? — ¡Vámonos! — suspira Marina, sonriendo, sabiendo que este “secuestro” es el mejor de los comienzos posibles. Y, bajito: — Pero solo si los niños se quedan en casa… Risas, brillo, y el aeropuerto se convirtió en el principio de algo nuevo y cálido. A veces la vida no te secuestra. Solo te lleva bruscamente allí donde debías estar desde hace mucho.
SIN ALMA… Claudia Basilisa regresó a casa. Había ido a la peluquería; a pesar de su venerable edad, acaba de cumplir 68 años y sigue mimándose con visitas regulares a su estilista de confianza. Claudia Basilisa se arreglaba el cabello, las uñas, y esas sencillas rutinas la animaban, dándole energía y levantándole el ánimo. —Claudita, ha venido a verte una pariente. Le he dicho que llegarías más tarde. Ha prometido volver —le informó su marido, Jorge. —¿Qué pariente ni qué historias? Ya no me queda familia… Será una prima lejana de esas que aparecen para pedir algo. Tendrías que haberle dicho que estoy en el quinto pino —respondió, fastidiada, Claudia. —Pero, mujer, ¿para qué mentir? Me parece de tu familia, así alta y elegante, se parece a tu suegra, que en paz descanse. No creo que viniera a pedir nada, parecía una mujer muy educada, bien vestida —intentó tranquilizarla Jorge. Cuarenta minutos después, la pariente llamó a la puerta. Claudia la dejó pasar. Realmente se parecía mucho a su difunta madre, y vestía caro: un abrigo de calidad, botas, guantes y unos pendientes con pequeños diamantes. Esos detalles Claudia los conocía bien. La invitó a sentarse en la mesa ya puesta. —Bueno, vamos a presentarnos, ya que somos familia. Yo soy Claudia, sin formalidades, que veo que somos casi de la misma edad. Él es mi marido Jorge. ¿Por qué lado eres parienta mía? —preguntó la anfitriona. La mujer titubeó, hasta se sonrojó—. Soy Galina… Galina Valdemara. En realidad, no hay mucha diferencia de edad entre nosotras. El 12 de junio cumplí 50 años. ¿No te dice nada esa fecha? Claudia palideció. —Veo que lo has recordado. Sí, soy tu hija. Pero no te preocupes, no quiero nada de ti. Solo quería ver a mi madre biológica. Toda mi vida he vivido sin saber. Nunca entendí por qué mi madre no me quería. Por cierto, ella falleció ya hace ocho años. ¿Por qué solo me quería papá? Él me lo contó todo antes de irse, hace apenas dos meses. En su último momento me pidió que, si podías, le perdonaras —decía Galina, visiblemente alterada. —¿Que no lo entiendes? ¿Tienes una hija? —preguntó sorprendido Jorge. —Parece que sí. Te lo explicaré luego —respondió Claudia. —Entonces eres mi hija. Perfecto. ¿Ya me has visto? Si esperas que me arrepienta o pida perdón, no lo haré. No tengo culpa alguna en esto—le contestó a Galina—. Espero que papá te lo haya contado todo. Si pretendes despertar en mí sentimientos maternales, tampoco, ni una pizca. Lo siento. —¿Podría venir a verte otra vez? Vivo aquí, en un chalé de las afueras. Podrían venir tú y Jorge a casa. Te he traído fotos de tu nieto y tu bisnieta, quizás te interese verlas —preguntó tímida Galina. —No. No quiero. No vuelvas. Olvídame. Adiós —contestó Claudia bruscamente. Jorge le pidió un taxi a Galina y la acompañó. Cuando volvió, Claudia ya había recogido la mesa y veía tranquilamente la tele. —¡Vaya temple el tuyo! ¡Tendrías que mandar un batallón! ¿Pero es que no tienes alma? Siempre sospeché que eras fría y despiadada, pero no até cabos hasta este extremo —le recriminó Jorge. —Nos conocimos cuando yo tenía 28, ¿verdad? Pues, querido, el alma me la arrancaron y pisotearon mucho antes. Yo, una muchacha de pueblo, toda la vida soñé con irme a la ciudad y por eso era la mejor estudiante, y la única que entró a la universidad. Con 17 conocí a Vladislao. Le amaba con locura. Él casi me doblaba la edad, pero eso no me importaba. Tras una infancia de carencias, la ciudad era como un sueño. La beca apenas me daba para nada, siempre estaba hambrienta, así que aceptaba feliz sus invitaciones a cenar o tomar un helado. Él nunca me prometió nada, pero yo confiaba en que esa pasión acabaría en boda. Un día me invitó a su casa de campo y fui sin dudarlo. Quería creer que, tras lo que pasó allí, ya le tenía atado para siempre. Aquellas visitas se volvieron habituales. Al poco supe que estaba embarazada y se lo conté. Se alegró muchísimo. Como pronto sería visible mi estado, me atreví a preguntarle por la boda; yo ya tenía dieciocho años y podía casarme. —¿Acaso te prometí casarme? —respondió él con otra pregunta. —No lo prometí y tampoco lo haré. Además, ya estoy casado… —dijo tranquilamente. —¿Y el hijo? ¿Y yo? —¿Y tú qué? Eres joven y fuerte; podrían esculpirte como la mujer con remo. Pide un año sabático en la universidad. Cuando nazca el bebé, mi mujer y yo nos lo quedamos. Nunca hemos podido tener hijos, quizá porque ella es mayor. Después podrías volver a estudiar, nosotros te pagamos. En aquel entonces nadie hablaba de madres de alquiler. Creo que fui la primera de verdad… ¿Qué otra opción tenía? ¿Volver al pueblo y deshonrar a la familia? Viví con ellos en la mansión hasta el parto, nunca vi a la esposa, y tuve la niña en casa, con comadrona y todo legal. No le di el pecho, la niña se la llevaron inmediatamente y nunca más la vi. A la semana, Vladislao me dio dinero y me fui. Regresé a la universidad, me gradué y trabajé en la fábrica, primero como técnica, luego como encargada de calidad. Tuve muchos amigos, pero nadie me pidió matrimonio hasta que apareciste tú. Ya tenía 28 años y si no era entonces, quizá nunca… Ya lo sabes. Hemos tenido buena vida; cambiamos de coche tres veces, la casa siempre completa, la finca perfecta, vacaciones cada año. La fábrica sobrevivió a los noventa porque nuestros instrumentos solo los hace una nave, nadie sabe del resto. La fábrica sigue vallada y con guardias. Nos jubilamos. No nos falta de nada. Sin hijos, y tampoco los echo de menos. Cuando veo el tipo de hijos que hay hoy día… —terminó Claudia su confesión. —No hemos tenido una buena vida. Te he querido, he intentado abrigar tu corazón, pero nunca lo logré. A falta de hijos, ni por un cachorro sentiste misericordia. Mi hermana te pidió acoger a mi sobrina y no la dejaste quedarse ni una semana. Y hoy, tu hija se ha presentado y ¿cómo la has recibido? ¡Tu propia hija! Si fuésemos más jóvenes, te pediría el divorcio. Ahora ya es tarde. A tu lado solo siento frío, solo frío —le reprochó Jorge con amargura. Claudia se asustó un poco, jamás le había hablado así. Toda su tranquila vida se la truncó aquella hija. Jorge se mudó a la finca y lleva años allí, rodeado de los tres perros rescatados que cuida y de una cantidad indeterminada de gatos. A casa vuelve rara vez. Claudia sabe que visita a su hija Galina y que se lleva muy bien con todos, y sobre todo, adora a la bisnieta. —Siempre fue un bonachón, bonachón se queda. Que viva como le dé la gana —piensa Claudia. Nunca le ha nacido el deseo de conocer a su hija, ni a su nieto, ni bisnieta. Ella va sola a la playa, descansa, recarga energías y se siente de maravilla.