El gato la miraba en silencio. Tras suspirar y armarse de valor, Anita se inclinó hacia él, con la esperanza de que las mangas de su cazadora de cuero protegieran sus manos de las garras del esponjoso polizón… Terminaba el turno, y Ana fue hacia el fondo del autobús, inspeccionando meticulosamente bajo cada asiento. Para ella, el autobús era como su propio hogar, y en casa de Ana siempre reinaba la limpieza. Quizá porque no había nadie que la ensuciara. – Ana, hija, ya va siendo hora de que te busques un novio –le decían las tías supervisoras–. Vas camino de los treinta y sigues sola. Y además, ¡menudo oficio llevas! Este trabajo ni los hombres lo aguantan… ¡menuda gente viaja en bus a veces! – A mí me toca gente maja, –replicaba Ana–. Y a mí mi trabajo me encanta. Un hombre… no es un gato ni un perro, ¡no se trae a casa porque sí! Las tías se miraban entre sí. Sabían que con un hombre había más jaleo que con cualquier mascota con rabo. – Entonces busca un gato, –aconsejaban–. ¡Por lo menos así no estás tan sola! Ana suspiraba: – De momento, no me viene ningún gato, –contestaba benévola, y se marchaba a casa, ponía música, preparaba la cena y luego leía antes de acostarse… Los días se parecían como dos gotas de agua. No le gustaban los fines de semana: le sobraba tiempo libre. Entonces se montaba en el autobús, pero sentada como pasajera. Le gustaba la sensación de que alguien la llevaba a una vida feliz y bonita… Aquel día no era distinto de cualquier otro. Al terminar su turno, fue a repasar el autobús y a dejarlo limpio. Cuando miró bajo el último asiento, al principio hasta retrocedió del susto. ¡Dos ojazos brillantes la miraban! – Oye, ¿quién eres tú? ¡Mishi-mishi! ¿Cómo has acabado ahí? –Anita se agachó–. ¿Te has perdido, pequeño? El gato la miró en silencio. Con un suspiro y algo de ánimo, Anita se inclinó hacia él, esperando que las mangas de cuero salvaran sus manos de las uñas del peludo intruso. El gato se dejó sacar de debajo del asiento y Ana pudo verlo mejor. Era maravilloso. No entendía mucho de razas, pero la forma de la cara y la melena delataban un persa. Llevaba un collar con medalla. – Merlín –leyó Anita, girando la medalla–. ¿Será posible? ¿El Gran Mago y Hechicero? El gato bostezó, sin negar tal posibilidad. – ¿Y qué hago contigo, Su Majestad Mágica? –decidió tratarlo con respeto–. ¿Dónde buscamos a tus dueños? El gato la miró y volvió a bostezar, como diciendo: “¿Y yo qué sé? Por cierto, no me vendría mal cenar y algo de sueño…” Ana entendió que solo tenía una opción. Bueno, dos, pero ¿qué tipo de persona abandona a un polizón peludo en la calle? – Así que vas a pasar la noche conmigo, y mañana imprimo carteles con tu foto. Seguro que alguien te busca, ¿vale? El gato no protestó. Pero cuando Ana se fue hacia la puerta, él se le escurrió y volvió debajo del asiento trasero. Salió de nuevo, trayendo algo en los dientes. – ¿Qué tienes ahí? –preguntó Ana, inclinándose. El gato soltó un billete de lotería en su mano. – ¡Menuda cosa! –Ana examinó el hallazgo–. ¿Tu dueño perdió el billete y a ti de golpe? El gato la miró y bostezó de nuevo. Como diciendo: “¿No vamos a casa ya?” Ana se apresuró, dándole vueltas a si debía o no poner lo del billete en el anuncio. ¿Y si alguien quería timarla diciendo ser el dueño solo por el billete? ¡Había que ser más astuta! Pero mientras, mejor comprar algo extra para su invitado. – ¿Qué te apetece? –preguntó en la tienda, mirando confundida las estanterías de comida de gato. Merlín inspeccionó los sobres y se inclinó hacia uno, haciendo que Ana se acercara. – ¿Seguro que es ese? –confirmó. Merlín atrapó el sobre con los dientes, disipando toda duda. – ¡Eres listísimo! –lo elogió Ana. Merlín emitió un maullido que parecía decir: “¡Eso ya lo sé!” Compró algo para ella también y regresó a casa… – ¡Ponte cómodo! –dijo, dejando al gato en el suelo. Merlín inspeccionó el piso. Ana fue a la cocina. Sin cuencos de gato tuvo que improvisar un par de platillos. Cuando Merlín terminó, Ana lo fotografió y preparó un anuncio. En él no mencionó ni el nombre ni el billete. Imprimiendo el cartel, se lo enseñó a Merlín. – ¡Mira qué guapo sales! –lo alabó–. Mañana lo cuelgo en el bus. ¡A ver si aparece tu dueño! ¡Ay! Se quedó paralizada recordando que al día siguiente trabajaba y no tenía dónde dejar al gato… ¿Llevarlo? Mala idea: perdería de vista la carretera y distraída, sería un peligro para los pasajeros. ¿Dejarlo solo? ¡El gato ya había tenido suficiente estrés! Entonces pensó en Carles, su vecino del rellano. Él trabajaba desde casa; no necesitaba oficina ni volante. Solo su portátil e Internet. A veces coincidían en la escalera. Era alto, algo desgarbado y con gafas. Se saludaban y seguían sus caminos. Pero Carles era perfecto para cuidar del gato. Armándose de valor, Ana llamó a su puerta. Carles apareció, despeinado, en zapatillas y con pantalones de estar por casa. La miró sorprendido. Le explicó la situación y, aunque intentó sonar persuasiva, a él no le hizo falta mucho. Asintió en silencio y recogió la llave. Durante un instante, a Ana le molestó que apenas le hubiera prestado atención. Suspiró, volvió a su piso y llamó: – ¡Mishi, Merlín! ¿Dónde andas? El gato estaba junto al balcón, exigiendo salir. Tras dudar un segundo, y confiando en que un gato inteligente no saltaría desde un octavo piso, Ana abrió y salieron juntos. Merlín se subió ágilmente a la barandilla. Ana corrió a sujetarlo. El gato la miró con altivez, luego giró la cabeza hacia lo alto. Ana, acariciándolo, también miró arriba… y vio las estrellas. El cielo las observaba con mil ojos brillantes. Una estrella fugaz surcó el firmamento como una lágrima. El gato se rozó contra su mano, como diciendo: “¡Corre, pide un deseo!” Ana lo pidió… Se durmió nada más tumbarse, sin película ni libro. Quizá porque al lado le arrullaba un gato llamado Merlín… Por la mañana, tras dar las instrucciones a Carles, Ana fue a trabajar. Todo el día fue leyendo la ciudad con el anuncio en el autobús, pero nadie preguntó por el felino encontrado. Le daba cierta vergüenza… y también alegría. Voló a casa, donde la aguardaban… El piso olía a café. Del bueno. Ella solo tomaba soluble, así que la diferencia saltaba enseguida, o más bien, a la nariz. – He hecho algo de orden aquí –confesó Carles–. Sin ofender, pero tu café es horrible. He traído y preparado del mío. ¿Quieres? – ¡Claro! –aceptó Ana–. ¿Y Merlín? El gato apareció en el pasillo, radiante. Considerando, se rozó por la pierna de Ana en señal de máxima simpatía. – Tu Merlín está en forma, –Carles se agachó para acariciarlo–. ¿Sabes? Hacía tiempo que no desconectaba así. Pensaba trabajar, pero puse el portátil y no me apetecía… Recordé que antes escribía cuentos. Y de repente, los dedos empezaron a teclear solos, —encogió los hombros—. He escrito un cuento de gatos. — ¿Me lo enseñas? —se interesó Ana. – ¡Bah, tonterías! –protestó Carles, aunque deseaba enseñarla—. ¿De verdad te hace ilusión? — ¡Por supuesto! Me chiflan los cuentos. Bueno, fantasía, que es casi igual –recalcó Ana. Carles cedió, naturalmente. Después tomaron café y leyeron el cuento, mientras Merlín los miraba con aires de abuelo paciente, como a dos gatos traviesos. El cuento le encantó a Ana. Cuando Carles se fue, se sintió un poco sola. Solo un poco, pues tenía al gato. Y entonces sonó el timbre. Merlín se irguió y caminó con gracia hacia la puerta. Ana preguntó: – ¿Quién es? – Vengo por el anuncio –respondieron del otro lado, y Ana se quedó helada. Su primera idea fue no abrir, pero no era justo; abrió. Ante ella estaba un anciano alto y delgado, con capa negra. Sonreía: – Tranquila, muchacha. De verdad, vengo por el gato. Y para que lo sepas, se llama Merlín. Aquí le tienes. El gato saltó directo a sus brazos, despejando toda duda. – Pase, por favor, –dijo Ana flojito. Sentía como ganas de llorar. ¡Cómo puede una encariñarse tanto con un gato en solo un día! El anciano entró, olió y sonrió. Ana juraría que intercambió una mirada con el gato. – ¿Tiene café? –le pidió. Preparó uno gracias a la reserva que Carles dejó en su frasco bonito. Todo el tiempo, el anciano y el gato se miraban, como en un coloquio mudo. – Ah, por cierto –rompió el silencio el anciano–. ¿No ha encontrado algo más? Ana se sonrojó y le entregó el billete de lotería. Pero él apartó su mano: — Eso es para usted, –sonrió él. — Pero, ¡ese billete es suyo! –protestó Ana. — Pero lo ha encontrado usted, y Merlín no se queja, –el anciano seguía sonriendo. — Y si es premiado… –balbuceó Ana. – ¿Se va usted a negar a la posibilidad de volverse un pelín más feliz? –replicó el anciano. Ana bajó los ojos. ¡Justo eso había pedido al ver la estrella fugaz! – Dése usted esa oportunidad, señorita, –la animó el anciano–. No esté triste. Seguro que nos volveremos a ver. Cuando usted regrese… ¿Regresar de dónde?, quiso preguntar Ana, pero el anciano ya se marchaba, cerrando la puerta con esmero. La llave giró sola en la cerradura, y Ana se sintió caer rendida… soñó con el cuento que inventó Carles. Sobre un poderoso mago que toda su vida solo pensó en sí. Sus hechizos no hicieron feliz a nadie y como castigo lo transformaron en gato. Y vagar por el mundo así le tocaría… hasta que la magia se disolviera… Por la mañana volvió a trabajar, pero todo brillaba: el sol, los pasajeros, el autobús. Comprobó el billete de lotería y no se sorprendió cuando ganó un viaje al mar. Más le asombró que su jefe le diera días libres: – Tómatelo con calma, Ana. Ya tocaba. Los chicos te cubren, no te preocupes. Y llegó el mar, las estrellas y una sensación de completa renovación. Al volver a casa, traía conchas y el mar dentro de sí. Al abrir la puerta, Carles salió al rellano. Alto, algo desgarbado, despeinado. – Vinieron a verte ayer —comentó—. Me dejaron un recado… —se quedó mirándola—. Estás diferente. Y muy guapa. — Gracias –sonrió Ana–. ¿Y qué recado era? Carles se dio una palmada en la frente y entró. Volvió con un gatito persa gris, de expresión reconocible. Bueno, todos los persas tienen ese deje altivo. — Es el hijo de tu gato… Bueno, del gato que encontraste en el autobús. Se llama Arturo. El anciano dijo que él y Merlín solo podían confiarte su educación a ti, —aquí se trabó—. Bueno, en realidad… a los dos. — ¿Cómo? —Ana notó su corazón desbocado. – Dijo que solo pueden confiar en nosotros para cuidar de Arturo –confesó Carles. – ¡Miau! –corroboró el pequeño Arturo, abalanzándose a su dueña. Ella tendió la mano y encontró otra: la de Carles. Y en el mundo hubo un poquito más de bondad, calidez y simple felicidad…

El gato la miraba en silencio. Suspirando y armándose de valor, Lucía se estiró hacia él, esperando que las mangas de su cazadora de cuero protegieran sus brazos de las zarpas del peludo polizón…

Su turno había terminado, y Lucía fue hasta el final del autobús, inspeccionando cuidadosamente bajo cada asiento.

Para ella, el autobús era casi como su casa, y en su casa la limpieza era sagrada. Quizá porque, siendo ella sola, ¿quién iba a ensuciar nada?

Lucía, hija, ya va siendo hora de que te busques un novio le decían las señoras de la centralita, esas que siempre estaban al tanto de todo. Que ya rozas los treinta y sigues sola. Y anda que tu trabajo… Que ni los hombres aguantan a veces a algunos pasajeros, ¡vaya carácter que tienen!

A mí me toca buena gente respondía ella con una sonrisa calmada. Y además, me gusta mi trabajo. Un hombre… no es como un gato o un perro, ¿verdad? Eso no se busca, eso llega.

Las señoras se miraban entre sí, sabiendo de sobra que a veces implica menos lío un animal que un señor.

Pues adóptate un gato, mujer. Así no estarás tan sola.

Lucía suspiraba.

No cuaja el plan, el gato aún no aparece les decía y se marchaba a casa, ponía algo de música, preparaba la cena, leía un rato y caía rendida en la cama…

Los días se parecían todos: iguales como gotas de agua. Odiaba los fines de semana; le sobraba el tiempo y no sabía en qué emplearlo. Así, esos días se subía al autobús como una pasajera más, dejándose llevar a un destino feliz e imaginario…

Aquel día no era distinto. Al acabar el turno, Lucía fue a repasar el bus, como siempre.

Al mirar debajo del último asiento, un respingo: dos ojos brillaban en la oscuridad.

¡Eh, tú! ¡Mishi, mishi! ¿Cómo has llegado ahí? Lucía se agachó, hablando dulcemente. ¿Te has perdido?

El gato la observaba, mudo, con serenidad.

Resignada, Lucía alargó la mano, confiando en que el cuero de su chaqueta amortiguase cualquier arañazo del espabilado peludín.

El gato se dejó coger y, ya a la luz, Lucía pudo contemplarlo con detalle.

Era precioso.

No era entendida en razas, pero por la cara achatada y el pelo tan esponjoso, seguro que era un persa. Llevaba un collar con placa.

Merlín leyó, dándole vueltas entre las manos. ¿Así que el gran mago y hechicero?

El gato bostezó, dándole a entender que sí, podría ser él perfectamente.

¿Y ahora, qué hago contigo, Su Majestad? decidió tratarlo con deferencia, por el nombre. ¿Buscamos a tus dueños?

Merlín la miró y volvió a bostezar con descaro. Como diciendo: ¿Y yo qué sé? Pero no me vendría mal un buen plato y una siesta, que ya va tocando.

No le quedaba otra salida. Bueno, la había, pero ¿quién iba a dejar al polizón peludo tirado en la calle?

Mira, así vamos a hacer anunció: hoy te vienes a dormir a mi casa, y mañana imprimo carteles con tu foto. Seguro que tus dueños lo están pasando fatal.

A Merlín le pareció bien, pero cuando Lucía se dirigió a la puerta, el gato empezó a retorcerse y a escaparse de sus brazos.

¿Qué pasa ahora? ella, sin entender el idioma felino, lo dejó en el suelo, y él regresó bajo el asiento, volviendo con algo entre los dientes.

¿Qué has encontrado? se agachó curiosa.

El gato dejó caer en su mano un boleto de lotería.

¡Anda ya! Lucía lo miró sorprendida. ¿Así que tu dueño perdió el billete… y también te perdió a ti?

El felino la miró, bostezó de nuevo, como diciéndole: Bueno, ¿nos vamos o quieres que se haga de madrugada?

Lucía caminó hacia casa, pensando si debía mencionar el billete en el cartel. ¿Y si alguien intentaba colársela, fingiendo ser el dueño solo por el billete?

Habrá que andarse con ojo. Y, de paso, comprar mimos para el huésped.

¿Qué te gustaría? le preguntó de camino al súper, inspeccionando los estantes de comida para gatos.

Merlín olfateó los sobres y tocó uno con la pata, así que Lucía se acercó más.

¿Seguro que quieres este?

El gato agarró el sobre con los dientes. Dudas, cero.

Desde luego, eres listo se rió ella.

Merlín maulló como diciendo: ¡Eso está clarísimo! Compró algunas cosas para ella, y se fueron para casa.

Hazte a tu aire le ofreció, dejándolo en el suelo.

Merlín exploró el piso mientras Lucía preparaba algo de cenar. Como no tenía cuencos de gato, improvisó con dos platitos.

Después de cenar, le sacó unas fotos y preparó el cartel. Ni rastro del nombre ni del billete.

Impreso el cartel, se lo enseñó a Merlín.

¡Mira, qué guapo sales! Mañana lo pondré en el bus, a ver si hay suerte. Ay…

Se le cayó el alma a los pies al recordar que justamente mañana tenía turno y no sabía qué hacer con el gato.

¿Llevarlo? Ni de broma: no se concentraría, y un despiste al volante es un peligro. ¿Dejarlo solo? ¡El pobre ya tenía suficiente estrés!

Entonces recordó a Pablo, el vecino de puerta. Siempre trabajando desde casa, solo con el portátil. No requería oficina ni nada. Solían cruzarse apenas: él, alto, desgarbado y con gafas.

Siempre se saludaban rápido, pero seguro que Pablo podría cuidar de Merlín.

Con valor, Lucía llamó a su puerta. Le salió Pablo en bata y zapatillas, el pelo revuelto y cara de sueño. La miró sorprendido.

Le explicó la situación, intentando sonar convincente. Pero Pablo solo asintió, cogió las llaves de repuesto y ya.

Durante un instante hasta le supo mal que el vecino casi ni la mirara. Suspiró y volvió a su piso.

¡Mishi, mishi! ¡Merlín, dónde te metes?

El gato estaba pegado a la puerta del balcón con una expresión que dejaba muy claro a dónde quería ir.

Lucía dudó, pero pensó que un gato tan listo no iba a tirarse de un octavo. Abrió la puerta y salieron al balcón.

Merlín brincó ágilmente a la barandilla. Lucía, asustada, lo sujetó.

El gato la miró con orgullo y, girando la cabeza hacia el cielo, la invitó a mirar también. Ella, acariciando el pelaje sedoso, alzó la vista… y allí estaban las estrellas.

El cielo les guiñaba miles de ojos. Vio una estrella fugaz y, como si Merlín la invitase, pidió un deseo.

Se quedó dormida en cuanto tocó la almohada, sin necesitar películas ni libros. Quizá porque aquel ronroneo peludo le era el mejor arrullo del mundo.

Al día siguiente, después de dar instrucciones medio dormida a Pablo, fue a trabajar.

Pasó todo el día recorriendo Madrid con el cartel en el autobús, pero a nadie pareció interesarle la suerte de su peludo compañero.

Le daba pena admitirlo, pero por dentro respiraba tranquila. Volvió a casa casi volando, porque sabía que allí la esperaban.

El piso olía a café recién hecho. Lucía solía tirar de soluble, pero este aroma era inconfundible.

He hecho algunas mejoras admitió Pablo, preparando dos tazas. El café que tenías era un crimen, así que lo cambié. ¿Quieres?

¡Por supuesto! respondió encantada. ¿Y Merlín?

Enseguida apareció el gato, satisfecho, frotándose como si hubiera vuelto su reina de una conquista.

Tu Merlín está como un rey Pablo se agachó a acariciarlo. Fíjate, hacía siglos que no desconectaba. Pensaba ponerme con la web, pero abrí el portátil y… me dio por escribir historias. Al final salió un cuento de gatos.

¿Me lo enseñas? se interesó Lucía.

Bah, es una tontería… vaciló Pablo, pero se le notaba que le hacía ilusión.

¡Me encantaría! Me chiflan los cuentos y la fantasía. ¡Venga, que sí!

Y nadie pudo evitarlo.

Se pasaron la tarde leyendo y tomando café, con Merlín entre ellos, observando con ese aire condescendiente de los gatos.

A Lucía el cuento le encantó. Cuando Pablo se marchó, le quedó cierta nostalgia. Un poco, nada más; al menos le quedaba su gato.

De repente, sonó el timbre. Merlín, con toda la dignidad del mundo, fue a la puerta. Lucía preguntó:

¿Quién es?

Por el cartel respondieron. Se le heló el corazón.

Pensó en no abrir, pero eso sería injusto. Así que, tras respirar, abrió. En el umbral, un señor mayor, alto, con capa negra y ojos vivos. Sonreía.

Tranquila, niña. Vengo por el gato y, para que veas, te diré que se llama Merlín. Mira, ya viene.

El gato saltó de sus brazos directos a los del hombre, sin dejar lugar a dudas.

Pase dijo Lucía con voz baja.

En el fondo, tenía ganas de llorar. ¿Cómo se puede encariñar una tanto en un solo día? El hombre entró, olió el aire y sonrió. Lucía creyó que compartía alguna broma secreta con el felino.

¿Me invitas a un café? pidió.

Preparó una taza con el café que Pablo había dejado, en la bonita lata nueva. Mientras, el abuelo y el gato se miraban, en un diálogo mudo.

Por cierto rompió el silencio el hombre. ¿No has encontrado nada más?

Lucía se puso colorada. Entregó el boleto de lotería, pero el hombre apartó su mano.

Es para ti dijo sonriendo.

Pero si es suyo protestó Lucía.

Tú lo encontraste; además, Merlín está de acuerdo.

¿Y si está premiado? titubeó ella.

¿Vas a despreciar la posibilidad de ser un poco más feliz? le preguntó el hombre.

Bajó la mirada. Justo ese fue su deseo en la estrella fugaz…

Déjate sorprender, hermosa la animó el hombre. Y no te preocupes, seguro que nos volvemos a ver. Cuando regreses…

¿Regresar de dónde? quiso preguntar, pero ya se había ido cerrando la puerta con cuidado.

La llave giró sola en la cerradura, y Lucía notó que el sueño la vencía. Apenas llegó a la cama… Y soñó con el cuento de Pablo.

Sobre un mago poderoso, egoísta, cuya magia nunca hizo feliz a nadie. Por ello, fue transformado en gato, y así debía deambular por el mundo hasta que aprendiera a romper el hechizo…

Al día siguiente volvió al trabajo y, de repente, el sol le brillaba más, los pasajeros sonreían y el autobús parecía más alegre que nunca.

Y sí, comprobó el billete y no se sorprendió al ver que había ganado un viaje al mar. Pero lo que de verdad la dejó boquiabierta fue que el jefe le dijera:

Lucía, tómate unas buenas vacaciones, que ya es hora. No te preocupes, los chicos pueden cubrirlo.

Y después vinieron la playa, las estrellas, una sensación de renacer.

Regresó feliz, con conchas y el mar todavía dentro de su pecho.

Al entrar en el portal, Pablo apareció, igual de alto, desaliñado, con esa torpeza entrañable.

Ayer vinieron a verte le dijo. Me dejaron algo para ti. Se quedó mirándola y añadió: Te veo distinta. Y preciosa.

Gracias le sonrió ella. ¿Y qué me dejaron?

Pablo se palmoteó la frente, desapareció y volvió con un pequeño gato gris en brazos. La misma cara altiva y tierna que ella ya conocía.

Es el hijo de tu Merlín. Bueno, del que encontraste en el bus. Se llama Arturo.

El hombre mayor dijo que solo tú bueno, más bien los dos podéis encargarte de criarlo y se puso rojo.

¿Ah, sí? ¿Y eso?

Pablo la miró a los ojos y confesó: Dijo que solo nosotros podemos hacerlo.

¡Miau! confirmó el pequeño Arturo, estirándose hacia su nueva humana.

Lucía alargó la mano y, en el gesto, se encontró también con la de Pablo. Y de repente, el mundo se llenó un poco más de ternura, calor y esa felicidad sencilla de la vida.

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two × one =

El gato la miraba en silencio. Tras suspirar y armarse de valor, Anita se inclinó hacia él, con la esperanza de que las mangas de su cazadora de cuero protegieran sus manos de las garras del esponjoso polizón… Terminaba el turno, y Ana fue hacia el fondo del autobús, inspeccionando meticulosamente bajo cada asiento. Para ella, el autobús era como su propio hogar, y en casa de Ana siempre reinaba la limpieza. Quizá porque no había nadie que la ensuciara. – Ana, hija, ya va siendo hora de que te busques un novio –le decían las tías supervisoras–. Vas camino de los treinta y sigues sola. Y además, ¡menudo oficio llevas! Este trabajo ni los hombres lo aguantan… ¡menuda gente viaja en bus a veces! – A mí me toca gente maja, –replicaba Ana–. Y a mí mi trabajo me encanta. Un hombre… no es un gato ni un perro, ¡no se trae a casa porque sí! Las tías se miraban entre sí. Sabían que con un hombre había más jaleo que con cualquier mascota con rabo. – Entonces busca un gato, –aconsejaban–. ¡Por lo menos así no estás tan sola! Ana suspiraba: – De momento, no me viene ningún gato, –contestaba benévola, y se marchaba a casa, ponía música, preparaba la cena y luego leía antes de acostarse… Los días se parecían como dos gotas de agua. No le gustaban los fines de semana: le sobraba tiempo libre. Entonces se montaba en el autobús, pero sentada como pasajera. Le gustaba la sensación de que alguien la llevaba a una vida feliz y bonita… Aquel día no era distinto de cualquier otro. Al terminar su turno, fue a repasar el autobús y a dejarlo limpio. Cuando miró bajo el último asiento, al principio hasta retrocedió del susto. ¡Dos ojazos brillantes la miraban! – Oye, ¿quién eres tú? ¡Mishi-mishi! ¿Cómo has acabado ahí? –Anita se agachó–. ¿Te has perdido, pequeño? El gato la miró en silencio. Con un suspiro y algo de ánimo, Anita se inclinó hacia él, esperando que las mangas de cuero salvaran sus manos de las uñas del peludo intruso. El gato se dejó sacar de debajo del asiento y Ana pudo verlo mejor. Era maravilloso. No entendía mucho de razas, pero la forma de la cara y la melena delataban un persa. Llevaba un collar con medalla. – Merlín –leyó Anita, girando la medalla–. ¿Será posible? ¿El Gran Mago y Hechicero? El gato bostezó, sin negar tal posibilidad. – ¿Y qué hago contigo, Su Majestad Mágica? –decidió tratarlo con respeto–. ¿Dónde buscamos a tus dueños? El gato la miró y volvió a bostezar, como diciendo: “¿Y yo qué sé? Por cierto, no me vendría mal cenar y algo de sueño…” Ana entendió que solo tenía una opción. Bueno, dos, pero ¿qué tipo de persona abandona a un polizón peludo en la calle? – Así que vas a pasar la noche conmigo, y mañana imprimo carteles con tu foto. Seguro que alguien te busca, ¿vale? El gato no protestó. Pero cuando Ana se fue hacia la puerta, él se le escurrió y volvió debajo del asiento trasero. Salió de nuevo, trayendo algo en los dientes. – ¿Qué tienes ahí? –preguntó Ana, inclinándose. El gato soltó un billete de lotería en su mano. – ¡Menuda cosa! –Ana examinó el hallazgo–. ¿Tu dueño perdió el billete y a ti de golpe? El gato la miró y bostezó de nuevo. Como diciendo: “¿No vamos a casa ya?” Ana se apresuró, dándole vueltas a si debía o no poner lo del billete en el anuncio. ¿Y si alguien quería timarla diciendo ser el dueño solo por el billete? ¡Había que ser más astuta! Pero mientras, mejor comprar algo extra para su invitado. – ¿Qué te apetece? –preguntó en la tienda, mirando confundida las estanterías de comida de gato. Merlín inspeccionó los sobres y se inclinó hacia uno, haciendo que Ana se acercara. – ¿Seguro que es ese? –confirmó. Merlín atrapó el sobre con los dientes, disipando toda duda. – ¡Eres listísimo! –lo elogió Ana. Merlín emitió un maullido que parecía decir: “¡Eso ya lo sé!” Compró algo para ella también y regresó a casa… – ¡Ponte cómodo! –dijo, dejando al gato en el suelo. Merlín inspeccionó el piso. Ana fue a la cocina. Sin cuencos de gato tuvo que improvisar un par de platillos. Cuando Merlín terminó, Ana lo fotografió y preparó un anuncio. En él no mencionó ni el nombre ni el billete. Imprimiendo el cartel, se lo enseñó a Merlín. – ¡Mira qué guapo sales! –lo alabó–. Mañana lo cuelgo en el bus. ¡A ver si aparece tu dueño! ¡Ay! Se quedó paralizada recordando que al día siguiente trabajaba y no tenía dónde dejar al gato… ¿Llevarlo? Mala idea: perdería de vista la carretera y distraída, sería un peligro para los pasajeros. ¿Dejarlo solo? ¡El gato ya había tenido suficiente estrés! Entonces pensó en Carles, su vecino del rellano. Él trabajaba desde casa; no necesitaba oficina ni volante. Solo su portátil e Internet. A veces coincidían en la escalera. Era alto, algo desgarbado y con gafas. Se saludaban y seguían sus caminos. Pero Carles era perfecto para cuidar del gato. Armándose de valor, Ana llamó a su puerta. Carles apareció, despeinado, en zapatillas y con pantalones de estar por casa. La miró sorprendido. Le explicó la situación y, aunque intentó sonar persuasiva, a él no le hizo falta mucho. Asintió en silencio y recogió la llave. Durante un instante, a Ana le molestó que apenas le hubiera prestado atención. Suspiró, volvió a su piso y llamó: – ¡Mishi, Merlín! ¿Dónde andas? El gato estaba junto al balcón, exigiendo salir. Tras dudar un segundo, y confiando en que un gato inteligente no saltaría desde un octavo piso, Ana abrió y salieron juntos. Merlín se subió ágilmente a la barandilla. Ana corrió a sujetarlo. El gato la miró con altivez, luego giró la cabeza hacia lo alto. Ana, acariciándolo, también miró arriba… y vio las estrellas. El cielo las observaba con mil ojos brillantes. Una estrella fugaz surcó el firmamento como una lágrima. El gato se rozó contra su mano, como diciendo: “¡Corre, pide un deseo!” Ana lo pidió… Se durmió nada más tumbarse, sin película ni libro. Quizá porque al lado le arrullaba un gato llamado Merlín… Por la mañana, tras dar las instrucciones a Carles, Ana fue a trabajar. Todo el día fue leyendo la ciudad con el anuncio en el autobús, pero nadie preguntó por el felino encontrado. Le daba cierta vergüenza… y también alegría. Voló a casa, donde la aguardaban… El piso olía a café. Del bueno. Ella solo tomaba soluble, así que la diferencia saltaba enseguida, o más bien, a la nariz. – He hecho algo de orden aquí –confesó Carles–. Sin ofender, pero tu café es horrible. He traído y preparado del mío. ¿Quieres? – ¡Claro! –aceptó Ana–. ¿Y Merlín? El gato apareció en el pasillo, radiante. Considerando, se rozó por la pierna de Ana en señal de máxima simpatía. – Tu Merlín está en forma, –Carles se agachó para acariciarlo–. ¿Sabes? Hacía tiempo que no desconectaba así. Pensaba trabajar, pero puse el portátil y no me apetecía… Recordé que antes escribía cuentos. Y de repente, los dedos empezaron a teclear solos, —encogió los hombros—. He escrito un cuento de gatos. — ¿Me lo enseñas? —se interesó Ana. – ¡Bah, tonterías! –protestó Carles, aunque deseaba enseñarla—. ¿De verdad te hace ilusión? — ¡Por supuesto! Me chiflan los cuentos. Bueno, fantasía, que es casi igual –recalcó Ana. Carles cedió, naturalmente. Después tomaron café y leyeron el cuento, mientras Merlín los miraba con aires de abuelo paciente, como a dos gatos traviesos. El cuento le encantó a Ana. Cuando Carles se fue, se sintió un poco sola. Solo un poco, pues tenía al gato. Y entonces sonó el timbre. Merlín se irguió y caminó con gracia hacia la puerta. Ana preguntó: – ¿Quién es? – Vengo por el anuncio –respondieron del otro lado, y Ana se quedó helada. Su primera idea fue no abrir, pero no era justo; abrió. Ante ella estaba un anciano alto y delgado, con capa negra. Sonreía: – Tranquila, muchacha. De verdad, vengo por el gato. Y para que lo sepas, se llama Merlín. Aquí le tienes. El gato saltó directo a sus brazos, despejando toda duda. – Pase, por favor, –dijo Ana flojito. Sentía como ganas de llorar. ¡Cómo puede una encariñarse tanto con un gato en solo un día! El anciano entró, olió y sonrió. Ana juraría que intercambió una mirada con el gato. – ¿Tiene café? –le pidió. Preparó uno gracias a la reserva que Carles dejó en su frasco bonito. Todo el tiempo, el anciano y el gato se miraban, como en un coloquio mudo. – Ah, por cierto –rompió el silencio el anciano–. ¿No ha encontrado algo más? Ana se sonrojó y le entregó el billete de lotería. Pero él apartó su mano: — Eso es para usted, –sonrió él. — Pero, ¡ese billete es suyo! –protestó Ana. — Pero lo ha encontrado usted, y Merlín no se queja, –el anciano seguía sonriendo. — Y si es premiado… –balbuceó Ana. – ¿Se va usted a negar a la posibilidad de volverse un pelín más feliz? –replicó el anciano. Ana bajó los ojos. ¡Justo eso había pedido al ver la estrella fugaz! – Dése usted esa oportunidad, señorita, –la animó el anciano–. No esté triste. Seguro que nos volveremos a ver. Cuando usted regrese… ¿Regresar de dónde?, quiso preguntar Ana, pero el anciano ya se marchaba, cerrando la puerta con esmero. La llave giró sola en la cerradura, y Ana se sintió caer rendida… soñó con el cuento que inventó Carles. Sobre un poderoso mago que toda su vida solo pensó en sí. Sus hechizos no hicieron feliz a nadie y como castigo lo transformaron en gato. Y vagar por el mundo así le tocaría… hasta que la magia se disolviera… Por la mañana volvió a trabajar, pero todo brillaba: el sol, los pasajeros, el autobús. Comprobó el billete de lotería y no se sorprendió cuando ganó un viaje al mar. Más le asombró que su jefe le diera días libres: – Tómatelo con calma, Ana. Ya tocaba. Los chicos te cubren, no te preocupes. Y llegó el mar, las estrellas y una sensación de completa renovación. Al volver a casa, traía conchas y el mar dentro de sí. Al abrir la puerta, Carles salió al rellano. Alto, algo desgarbado, despeinado. – Vinieron a verte ayer —comentó—. Me dejaron un recado… —se quedó mirándola—. Estás diferente. Y muy guapa. — Gracias –sonrió Ana–. ¿Y qué recado era? Carles se dio una palmada en la frente y entró. Volvió con un gatito persa gris, de expresión reconocible. Bueno, todos los persas tienen ese deje altivo. — Es el hijo de tu gato… Bueno, del gato que encontraste en el autobús. Se llama Arturo. El anciano dijo que él y Merlín solo podían confiarte su educación a ti, —aquí se trabó—. Bueno, en realidad… a los dos. — ¿Cómo? —Ana notó su corazón desbocado. – Dijo que solo pueden confiar en nosotros para cuidar de Arturo –confesó Carles. – ¡Miau! –corroboró el pequeño Arturo, abalanzándose a su dueña. Ella tendió la mano y encontró otra: la de Carles. Y en el mundo hubo un poquito más de bondad, calidez y simple felicidad…
A veces pensamos que madurar significa cambiar de entorno, de ropa, de modales. Yo cambié a mi compañero de vida por una copa de cristal… y casi me corto con sus afilados pedazos cuando se rompió. Tengo 48 años y hace poco estuve a punto de cometer el mayor error de mi vida. Llevo 25 años casada; mi marido es mecánico, tiene manos grandes y ásperas que huelen siempre a aceite, por más que las lave. Es bueno, honesto, leal. Cuando nos casamos éramos dos chavales de barrio, con muchos sueños y poco dinero. Pero yo estudié, trabajé sin descanso, fui ascendiendo. Ahora soy directora regional, viajo, asisto a eventos y me rodeo de “gente culta” que habla de vinos caros, arte moderno y viajes por Europa. Y sin darme cuenta… mi marido empezó a parecerme poca cosa. Seguía viendo fútbol los domingos, riendo con chistes sencillos y vistiendo sus camisas de cuadros favoritas. Me avergonzaba invitarlo a cenas de empresa. “No va a entender de qué hablan… Se aburrirá… Me hará quedar mal”, me repetía. Fui sola. “Está trabajando”, mentí. La semana pasada fue el baile anual, la noche más importante del año. Todos estaban con su pareja. Mientras me arreglaba frente al espejo con mi vestido de seda azul y pendientes que valen media nómina, él me miró con ese gesto de siempre: “Estás preciosa. ¿A qué hora voy a recogerte?” Sentí culpa, pero mi vanidad pesó más. “No vengas. Es solo una cena aburrida, gente hablando de cifras.” Bajó la mirada, sabía que mentía. “Vale, pásatelo bien. Te espero.” El evento era puro lujo —champán, caviar, violines. Pensé: aquí es mi sitio. Hasta que escuché sus conversaciones: infidelidades contadas entre risas, hijos que solo buscan dinero, soledad disfrazada de diamantes, antidepresivos tras sonrisas perfectas. En la cena se me cayó el pendiente y al agacharme oí lo que decían de mí: “Pobre, siempre viene sola. Dicen que su marido es un sucio mecánico. Normal que lo esconda…” “Un mono con seda sigue siendo mono”, soltó alguien. Me quedé helada. Encontré el pendiente, pero perdí el deseo de estar allí. Me fui sin despedirme, conduje a casa llorando. No de vergüenza por él, sino por mí misma. No era “mono” por mi origen humilde; lo era por intentar impresionar a gente vacía mientras humillaba al único que me amaba de verdad. Ellos, con trajes de miles de euros, eran infelices. Yo… tenía a él. Al llegar, solo lucía la luz de la cocina. Dormía en la mesa, con las gafas puestas. Leía “Historia del arte para principiantes”. A su lado una nota: “Tengo que aprender estas cosas para asistir contigo al próximo evento y que no te avergüences de mí.” Se me rompió el corazón. Él siempre lo supo. Y en vez de quejarse… se esforzaba por mí. Le desperté llorando. “¿Has vuelto temprano? ¿Fue bien?” Le abracé fuerte. Cogí esas manos rudas —las que construyeron nuestro hogar, arreglaron mi coche y me apoyaron 25 años. “Perdóname. Eres demasiado para mí… no al revés.” Se rió. “El próximo evento vamos juntos”, le dije. “Y si no les gusta tu camisa de cuadros, nos vamos a comer unos pinchos.” “Perfecto plan”, sonrió. “Total, yo prefiero los pinchos al caviar.” Aquella noche aprendí algo: Él no tiene que entender de arte. Él es arte. El arte de la lealtad, de la bondad, del amor que no presume. Sigo siendo directora, sigo siendo exitosa. Pero cuando me preguntan por mi marido, ya no miento. Respondo con orgullo: “Es el mejor mecánico de la ciudad… y la única persona que realmente merece la pena.” No cambies un diamante auténtico por un trozo de cristal colorido solo porque brilla más. El brillo se apaga… el valor verdadero es eterno.