Diario de Lucía, martes, 18 de mayo
Qué día el de hoy… No sé ni por dónde empezar, porque aún tiemblo por dentro. Esta tarde ha sido el colmo, la evidencia de que la paciencia, ese bien tan escaso y tan exigido a las nueras españolas, se me ha desgastado como una fregona vieja.
Esta vez, la protagonista del drama ha sido, cómo no, mi suegra, Doña Virtudes Hidalgo. La señora Hidalgo, voz estridente y energía de vieja banda de cofradía, ha irrumpido en el rellano gritando que ni la pregonera de las fiestas:
¡Pero bueno! ¿Qué clase de broma es esta? ¡Que no entra la llave! ¿Habéis cambiado la cerradura? ¡Lucía! ¡Alfonso! ¡Sé que hay alguien en casa, que el contador no engaña! ¡Abrid, que vengo cargadísima y ya no siento los brazos!
El eco de su voz se ha filtrado por todo el portal, haciendo vibrar la pintura nueva de la escalera. Allí estaba ella, plantada delante de la puerta de nuestro piso en Vallecas, batallando con su viejo llavero contra la recién instalada cerradura de acero.
A sus pies, las inconfundibles bolsas de cuadros repletas hasta arriba: sobresalía un manojo de perejil mustio y el cuello de un bote con un líquido color leche dudoso.
Yo subía ya lentamente, apretando contra el pecho mi bolso y ese montón de pensamientos de a ver cómo salgo hoy de esta. Paré un piso abajo, respiré, y me preparé la careta de Lucía, la nuera diplomática. Sabía que hoy era el día D: no más resignaciones, no más invasiones. O tomaba hoy mi casa o seguiría siendo una sucursal de la despensa de Virtudes.
Subí los últimos escalones y al verla, ya de lejos, solté mi frase:
Buenas tardes, señora Virtudes. No hace falta armar tanto jaleo, que al final los vecinos llaman a la policía. Y no fuerce la puerta, que también cuesta dinero.
Ella se giró como una traca, con esos rizos de peluquería y la cara de quien ha visto pecado mortal en el zaguán.
¡Ah, ya apareces! exclamó. ¡Llevo media hora aquí, dándolo todo! ¡¿Cómo que la llave no va?! ¿Habéis cambiado la cerradura?
La cambiamos anoche. Vino un cerrajero.
¿Y a mí ni una llamada? Yo, que os traigo la compra, que me preocupo ¿Y me cerráis la puerta en las narices? ¡Dame el nuevo juego de llaves ya! ¡Traigo carne en las bolsas que se echa a perder!
No hay llaves para usted le dije, firme como nunca. Y no las habrá.
Quedó callada, sin comprender ni una palabra. Me miró como si me hubiera sacado otra cabeza.
¿Tú te has vuelto loca? ¡Soy la madre de tu marido, la abuela de tus futuros hijos! ¡Esta casa es de Alfonso, mi hijo!
Esta casa la compramos entre los dos, señora, y la hipoteca la pagamos juntos, con el dinero de ambos. Es más, el primer pago salió de la venta del piso de mi abuela, no lo olvide. Pero no es solo una cuestión de metros cuadrados. Han cruzado usted todas las líneas.
Se echó las manos a la cabeza, casi tira uno de los botes.
¿Líneas? ¡Si solo quiero ayudar! ¡Vosotros, los jóvenes, no sabéis vivir! Coméis porquerías industriales, gastáis sin medida… ¡Vengo a poner un poco de orden y así me recibís!
¿Revisión de nevera? sentí cómo el rencor que llevaba dentro me enfriaba por dentro. ¿Recordamos el otro día? Llegó aquí mientras trabajábamos Alfonso y yo. Y ¿qué hizo usted?
¡Limpié la nevera que daba miedo! ¡Todo lleno de botes con moho y quesos extranjeros apestosos! Lo tiré todo, fregué, y os cociné un puchero y unas croquetas.
Tiró usted un queso azul que costaba cuarenta euros me puse a contar con los dedos. El pesto que estuve haciendo toda la tarde, lo arrojó por el fregadero porque le parecía hierba triturada. Deshizo un paquete de filetes de ternera gallega, alegando que la carne estaba mala. Y lo peor: guardó mis cremas en el baño y se estropearon. No quiero ni calcular los euros, señora Virtudes; no es el dinero, son mis cosas.
¡Os he salvado de intoxicaros! chilló. El queso ese, puro veneno. Y esa carne tan blanca de grasa, ¡eso es colesterol puro! Yo os traigo pollo y caldito casero.
¿Caldito hecho con huesos que ha chupado usted la semana pasada, como el otro día?
¡Eso da sustancia! protestó, ofendida. Tú, Luciíta, te crees muy fina para todo. Nosotros, en la postguerra, nos conformábamos con lo que había. El frigorífico es un desastre… Yogures, brotes, todo por ahí suelto ¿Dónde está el lomo? ¿Dónde la mermelada? Traigo pepinillos en vinagre y repollo fermentado, que eso es salud.
Miré esos tarros en sus bolsas. El líquido turbio del bote de pepinillos y ese olor del repollo colándose por el plástico
No tomamos tanto salado, Alfonso no puede, se lo dijo el médico Se lo he pedido mil veces: no venga sin avisar, no toque mis cosas, deje de inspeccionar nuestra casa. Como hace oídos sordos, se acabó: cambio de cerradura.
¡¿Pero tú quién te crees que eres?! y, sin más, intentó colarse a la fuerza mientras yo le tapaba el paso. ¡Ahora llamo a Alfonso y verás cómo sí abre la puerta a su madre!
Llámele, por favor. Estará a punto de llegar.
Furiosa, sacó su móvil pequeño y empezó a marcar temblando y lanzándome cuchillos con la mirada.
¡Alfonso! ¡Hijo! gritó como si estuviera en misa. ¿Has visto lo que hace tu mujer? ¡No me deja entrar! ¡Cambia la cerradura! ¡Estoy aquí tirada, con el corazón latiendo, cargada como un burro!
Pausa. Su cara se transformó.
¿Cómo que ya lo sé? ¿Tú lo sabías? ¿Se lo has permitido? ¿Qué te ha hecho esta mujer? ¿Que estás cansado? ¿De qué? ¿De que tu madre os cuide?
Me miró rabiosa.
Os habéis puesto de acuerdo Ya veremos, Alfonso vendrá, y entonces veremos quién manda.
Metí la llave y abrí la puerta.
Yo entro. Usted, por favor, espere aquí a Alfonso. No le voy a dejar pasar.
¡Ya lo veremos! y, de un empellón, intentó colar el pie con la habilidad de un vendedor ambulante.
Pero ese turno lo tenía yo preparado. Me colé dentro rápidamente y cerré la puerta de golpe. Un click, luego otro. Cerradura y cerrojo puestos.
Apoyé la espalda sobre el metal frío y respiré hondo. Fuera, los gritos e insultos retumbaban:
¡Desagradecida! ¡Serás víbora! ¡Que llamo a la policía! ¡Voy a contar a todos que no das de comer a tu marido! ¡Tengo el repollo ya fermentando!
Me fui a la cocina, intentando ignorar los alaridos. Todo brillaba, impecable. Abrí la nevera, y ahí, solitaria, la maldita olla de su puchero. El tufo agrio de col vieja llenó la cocina. La vacié en la taza del váter y tiré hasta tres veces de la cisterna. La cacerola, directa al balcón, no tenía fuerzas ni para fregar.
Me temblaban las manos al servirme un vaso de agua. Son tantos años tragando: sus madrugones en sábado a limpiar el polvo, la ropa lavada con ese detergente barato suyo, que me da picor, porque dice que mi suavizante no limpia. Esas recetas eternas de hacérselo todo a Alfonso, como si yo fuera su criada.
Pero lo de la nevera. Eso era mi santuario. Cuando vi mi comida seleccionada con mimo en la basura, y en su lugar los botes de Virtudes y sus guisos milagrosos, lo vi claro. O defendía mi cocina o nos divorciábamos. No pienso vivir en una franquicia de la casa de mi suegra nunca más.
En ese momento, fuera se calmó el ruido. Quizá decidió reservar fuerzas para la batalla final con su hijo.
Pasados veinte minutos, vuelvo a oír la llave. Tensión máxima. La puerta abre, entra Alfonso, deshecho del trabajo. La corbata torcida, cara de no dormir. Detrás, doña Virtudes, más mustia, pero con el orgullo intacto.
Mira, hijo, ¿ves lo que hace tu mujer? ¡No me deja pasar, la madre que te parió! ¡Venga, entra las bolsas, que hay croquetas hechas por mí!
Alfonso, en el recibidor, corta el paso entre su madre y la casa.
Las bolsas, aquí, mamá. No entras.
Virtudes se quedó congelada. La bolsa reventó y rodaron zanahorias por el suelo.
¿Me echas? ¿Por ella?
Alfonso, sereno pero firme:
Mamá, deja de faltar el respeto a Lucía. Quedamos en que avisabas antes de venir. Has usado la llave para colarte y cambiar las cosas a tu gusto. Has tirado nuestros productos. Eso es pasarse tres pueblos.
¡Si os he salvado! ¡No sabéis comer!
No queremos esa ayuda, mamá. Tus croquetas son todo pan. Tú tranquila, que adultos sí somos.
Ella le acusa:
¿Me pagas así, olvidando quién te crió y formó?
Basta, mamá. La llave era para emergencias, no para entrar a reorganizarnos la vida. Has roto el pacto. No habrá nueva llave.
¡Pues ahí os quedáis! gritó, mientras el perro del vecino se sumaba a la fiesta. ¡No me veis más el pelo! ¡Podridos viváis! ¡Y cuando os ponga enfermos, ni me llaméis!
Agarró los macutos, una zanahoria fue a parar a mi felpudo truco final de suegra española.
¡Todo por vosotros! ¡Pero qué ingratos!
Y bajó, pesada, esparciendo improperios hasta el portal.
Cerramos la puerta. Alfonso echó el cerrojo y me miró.
¿Estás bien? preguntó, hundiéndose en el taburete.
Me acerqué, le abracé. Olía a papeles de oficina y desvelo.
Viva dije. Gracias. Temía que cedieras.
Yo también temía. Pero si hoy no decimos que no, esto nos come vivos. Y no pienso perderte por culpa de un repollo fermentado.
Nos reímos los dos, ese tipo de risa floja al borde de la crisis de nervios.
Ahora me toca recoger zanahorias del pasillo comentó él.
Anda, que no vayan los vecinos a pensar que asaltamos un mercadillo.
Yo me encargo, campeona de la resistencia.
Esa noche cenamos tranquilos en la cocina vacía. Pero, mira tú, el frío de la nevera no daba miedo. Era nuestra libertad. Nada de pucheros ajenos ni botes sospechosos llenando estantes.
Pedimos una pizza XXXL llena de queso, la muerte al estómago que Virtudes tanto odiaba.
¿Sabes? dijo Alfonso, con la boca llena. Ella no volverá. El orgullo le puede.
Aguanta un mes. Luego llamará diciendo que le sube la tensión.
Pues que llame. Llaves, nunca más.
Nunca sentencié.
Sonó el timbre. Pegamos un respingo.
¿Será ella? susurramos.
Alfonso miró por la mirilla.
¿Quién es?
¡Supermercado online! gritó un chico.
Suspiré aliviada. Había hecho la compra online mientras Alfonso recogía zanahorias de la escalera.
Repartimos la compra: cogollos frescos, tomates de rama, salmón, yogures naturales y, cómo no, mi querido queso azul.
Colocando los productos, sentía que por fin esa nevera era mía, ese territorio nuestro, bajo nuestras reglas.
Alfonso.
¿Sí?
¿Ponemos otro cerrojo extra mañana?
Sonrió y me rodeó los hombros.
Y ponemos una cámara. Que entre aquí solo quien nosotros queramos.
Frente a la luz blanca del frigorífico, sentí que por fin respirábamos. Y entendí lo que es la felicidad: que nadie meta la cuchara en tu puchero ni la nariz en tu vida.
A veces hay que cambiar la cerradura para que entre la paz. Aunque duela.
Mañana será otro día. Hoy, es libertad.







