Ay, muchacha, no te hagas ilusiones con ese chico, no se casará contigo.
Apenas tenía Clara dieciséis años cuando perdió a su madre. Su padre, hacía ya siete años que se había marchado a Madrid buscando trabajo, y desde entonces ni noticias, ni pesetas mandaba.
Casi todo el pueblo acudió al entierro, colaborando como podían. La tía María, su madrina, estaba siempre atenta, pasando por casa y recordándole cómo debía hacer las cosas. Al terminar la escuela, la ayudaron a conseguir trabajo en la oficina de correos del pueblo vecino.
Clara era una muchacha fuerte, de esas que suelen describir diciendo que tiene sangre y leche. Su rostro redondo y sonrosado se adornaba con una nariz de patata, pero sus ojos grises, llenos de luz, lo compensaban. Llevaba una gruesa trenza rubia hasta la cintura.
El chico más guapo de todo el pueblo era Nicolás. Dos años llevaba ya desde que volvió del servicio militar y las chicas no le daban tregua. Hasta las madrileñas que venían a pasar el verano se fijaban en él.
En vez de conducir el autocar del pueblo, bien podría haber salido en películas americanas, decían. Pero no tenía prisa por sentar cabeza.
Fue entonces cuando la tía María le pidió que ayudara a Clara a reparar la valla del corral, que amenazaba con venirse abajo. Sin la fuerza de un hombre, la vida en el campo se hacía cuesta arriba. Clara se apañaba sola con el huerto, pero la casa le quedaba grande.
Nicolás lo aceptó sin muchos rodeos. Llegó, lo inspeccionó y empezó a mandar: “Tráeme esto, ve allí, dame aquello”. Clara obedecía siempre, sin rechistar.
Sus mejillas se encendían aún más y la trenza saltaba nerviosa sobre su espalda. Cuando él se cansaba, ella lo recompensaba con un buen plato de cocido y un vaso de té fuerte, y observaba admirada cómo mordía el pan negro con sus dientes blancos y firmes.
Tres días estuvo Nicolás arreglando la valla y, al cuarto, apareció simplemente de visita. Clara lo invitó a cenar; entre conversación y conversación, él se quedó a dormir. Y así siguió, como si nada. Se marchaba antes del amanecer, para no ser visto. Pero en el pueblo todo se sabe.
Ay, hija, no te engañes, ese no se casa. Y si lo hace, acabarás sufriendo. Cuando llegue el verano y vengan las muchachas de la ciudad, ¿qué harás? Te consumirá la envidia. No es ese el hombre que te conviene le repetía la tía María.
Pero, ¿desde cuándo la juventud enamorada atiende la voz de la experiencia?
Tiempo después, Clara notó que algo no iba bien. Al principio pensó que se había resfriado o intoxicado; la debilidad y las náuseas la asaltaban. Y de golpe, como un jarro de agua fría, comprendió que estaba esperando un hijo del apuesto Nicolás.
Atormentada, pensó en deshacerse del bebé; era demasiado pronto para eso. Pero luego, se convenció de que sería lo mejor: al menos tendría compañía.
Su madre la sacó adelante sola, y ella también sería capaz. De su padre, nunca había esperado gran cosa, pues apenas se dejaba ver. Y la gente murmura, pero todo pasa.
Con la llegada de la primavera, Clara guardó el abrigo y fue entonces cuando todos en el pueblo notaron la barriga redonda. Movían la cabeza, murmurando que la muchacha había tenido mala suerte. Nicolás, claro, fue a preguntar qué pensaba hacer.
¿Y qué voy a hacer? Tendré al niño. No te preocupes, lo criaré sola. Tú sigue con tu vida le dijo, mientras removía las cenizas en la lumbre. El fuego, reflejado, ardía en sus mejillas y en sus ojos.
Nicolás la miró con ternura, pero se marchó. Ella ya había decidido. Como agua sobre un pato. Llegó el verano, llegaron las chicas de la ciudad, y Nicolás ya no venía a ver a Clara.
Ella seguía con sus labores en el huerto, y la tía María la ayudaba con las malas hierbas. Agacharse con el vientre era complicado, y el cubo de agua apenas podía levantarlo. Con la barriga tan grande, las mujeres le auguraban un niño robusto.
Lo que Dios quiera bromeaba Clara.
A mediados de septiembre, Clara se despertó con un dolor intenso, como si la barriga se le partiera en dos. El dolor cesó pronto, pero luego volvió con fuerza. Corrió a casa de la tía María, que de inmediato entendió lo que ocurría.
¿Ya ha llegado la hora? Siéntate, ya voy dijo, y salió disparada.
Fue hasta casa de Nicolás; él tenía el camión aparcado fuera. Los veraneantes ya se habían marchado con sus coches. Para colmo, él había bebido bastante la noche anterior.
La tía María lo despertó a empujones. Nicolás no comprendía qué pasaba, ni dónde tenía que ir. Cuando lo entendió, se alteró:
¡Pero si el hospital está a diez kilómetros! Para cuando vuelva con el médico, ella ya ha dado a luz. Mejor la llevo yo. Prepara a Clara.
¿Y en el camión? La vas a zarandear toda, igual se nos sale el niño en medio camino lamentó la tía.
Pues vienes con nosotros, por si acaso zanjó él.
Condujo muy despacio los dos kilómetros de camino pedregoso. Apenas esquivaba un bache, caía en otro. La tía María iba en la caja sobre un saco. Cuando alcanzaron el asfalto, aceleró.
Clara se retorcía en el asiento, mordiéndose el labio y aguantando el dolor. Nicolás, por fin sobrio, miraba de reojo y pensaba en sus cosas, apretando el volante con los nudillos blancos.
Llegaron a tiempo. Dejaron a Clara en el hospital y regresaron al pueblo. En todo el trayecto, la tía María regañaba a Nicolás:
¿A qué venía estropearle la vida a la chica? Sola, sin padres, apenas es una niña y la dejas con una criatura. ¿Cómo va a apañárselas?
Ni siquiera habían llegado al pueblo cuando Clara ya era madre de un niño fuerte y sano. A la mañana siguiente, se lo entregaron para alimentarlo. No sabía cómo cogerlo ni acercarlo al pecho.
Miraba asustada el rostro arrugado y colorado de su hijo. Volvió a morderse el labio, obedeciendo lo que le decían.
Pero por dentro, el corazón le palpitaba de alegría. Le observaba, le soplaba en la frente de pelos finos, y sonreía, torpe.
¿Vendrá alguien a buscarte? preguntó el doctor mayor antes de darle el alta.
Clara encogió los hombros y negó con la cabeza.
No lo creo.
El doctor suspiró y se fue. La enfermera envolvió al bebé en una manta del hospital: con tal de llegar a casa. Le insistió en que devolviera la manta después.
Federico te llevará en la furgoneta esta vez. No irás en el autobús del pueblo con el recién nacido dijo, con un tono severo.
Clara le dio las gracias. Caminó por el pasillo del hospital con la cabeza baja, roja de vergüenza.
Iba en la furgoneta apretando al hijo contra el pecho, preocupada por cómo vivirían ahora.
La paga de maternidad, poca cosa, apenas cuatro duros. Se compadecía y también al inocente hijo. Miró el rostro arrugado del niño dormido y apartó los malos pensamientos.
De repente, la furgoneta se detuvo. Asustada, Clara miró a Federico, un hombre de unos cincuenta años, bajo.
¿Qué ocurre?
Ha llovido dos días enteros. Mira qué charcos, no hay forma de pasar ni esquivarlos. Si avanzo, nos quedamos atascados. Sólo un camión o tractor lo cruza.
Lo siento. No queda mucho, apenas dos kilómetros. ¿Te atreves a caminar? Le indicó el camino, donde, como un lago sin fin, se extendía una enorme charca.
El niño dormía en brazos, y hasta sentada estaba cansada de sostenerlo. Era todo un mozalbete. ¿Y ahora cómo caminar por ese barro?
Bajó con cuidado, se acomodó mejor al niño y siguió por el borde de la charca. Los pies se le hundían en el lodo hasta los tobillos, temía resbalarse en cualquier momento.
Las zapatillas viejas chapoteaban. Si hubiera llevado botas de goma Uno de los zapatos se quedó atrapado. Clara se paró, dudando qué hacer. No iba a poder sacarlo con el niño en brazos. Siguió sólo con uno.
Al llegar al pueblo, ya oscurecía. Tenía los pies helados y exhaustos, sin fuerzas ni para sorprenderse de que hubiera luz en las ventanas.
Subió los peldaños secos y relucientes. Los pies, congelados; el sudor le caía por la tensión. Abrió la puerta y se quedó parada.
Junto a la pared había una cuna, un cochecito, y ropa bonita doblada para el niño. En la mesa, Nicolás dormía con la cabeza sobre los brazos.
Despertó al sentir su presencia. Clara, avergonzada, con el bebé en brazos apenas se sostenía. La falda empapada, las piernas llenas de barro hasta media pantorrilla, el zapato perdido.
Al verla sin un zapato, Nicolás corrió hacia ella, le recogió el bebé y lo puso en la cuna. Él fue a la cocina a sacar agua caliente.
La sentó, la ayudó a quitarse la ropa y a lavar los pies. Mientras Clara se cambiaba junto al fogón, en la mesa ya le había preparado patatas hervidas y un jarro de leche.
El niño lloró. Clara fue a por él, lo tomó y empezó a alimentarlo, ya sin vergüenza.
¿Cómo lo has llamado? preguntó Nicolás con voz ronca.
Santiago. ¿Te parece bien? dijo ella, mirándole con ojos claros.
En ellos había tanto deseo y amor que le dolió el corazón a Nicolás.
Bonito nombre. Mañana vamos al registro y también nos casamos.
No hace falta empezó Clara, mirando a su hijo mamar.
Un padre debe tener mi hijo. Ya está bien de vida de soltero. No sé si valdré como marido, pero a mi hijo no lo abandono.
Clara asintió, sin alzar la vista.
A los dos años, llegó una niña. La llamaron Esperanza, como la madre de Clara.
No importa los errores que se cometen al empezar la vida, lo esencial es saber corregirlos
Así fue aquella historia. ¿Vosotros, qué pensáis? Dejadlo en los comentarios y dadle a me gusta.







