Cuando la traición llega desde el probador: Sofía descubre la doble vida de Fernando y toma las riendas de su futuro en Madrid

Aún no ha llegado. Últimamente tiene un exceso de trabajo y poco a poco se queda más tiempo fuera.
Isabel acuesta a los niños y después se dirige a la cocina a prepararse una taza de té. Diego sigue sin aparecer. Estos días, el trabajo lo absorbe y suele regresar a casa muy tarde.
Isabel compadece el agotamiento de su marido e intenta apartarle de los problemas del hogar, ya que él es el único que mantiene económicamente a la familia. Tras casarse, acordaron que Isabel se dedicaría a la casa y a cuidar de los hijos que vinieran, mientras que Diego aseguraría la estabilidad económica. Llegaron tres hijos en pocos años. Diego estaba encantado con cada nacimiento, y afirmaba que no pensaba detenerse ahí.
Sin embargo, Isabel sentía el peso del agotamiento por el cuidado incesante de los niños y decidió que era momento de parar y no tener más hijos de momento.
Diego llega pasadas las doce, mostrando una alegría ligera. Cuando ella le pregunta la razón, responde:
-Isa, hoy se complicó en la oficina y acabamos yendo a tomar algo con los compañeros.
-¡Ay, mi pobre! – sonríe Isabel -. ¡Déjame que te prepare algo para cenar!
-No hace falta. Tomamos unas tapas. Mejor me voy a la cama directamente.
Se acerca el Día de la Madre, así que Isabel pide a su madre que se lleve a los niños y sale a la Gran Vía de Madrid para hacer compras. Quiere celebrarlo de forma especial: una cena romántica solo para los dos. Su madre se lleva encantada a los niños a su casa.
Aparte de la compra de alimentos y detalles para la casa, Isabel decide regalarse algo a sí misma. Hace tiempo que no se compra nada y le da apuro pedirle a Diego dinero para ropa, ya que tampoco tiene ocasión de lucir algo nuevo. Su última adquisición fue un conjunto cómodo de estar por casa, nada apropiado para la velada que sueña.
Entra en una tienda de ropa y escoge varios vestidos. Al probarse el segundo, escucha desde el probador de al lado la voz inconfundible de su marido:
-¡Mmm, ya me muero por verte sin ese vestido!
Una risa femenina contesta:
-¡Ten paciencia, que hay gente! Mejor vete y cómprale algo a tu mujer.
-¿Para qué? Está atrapada en los críos y, total, les da igual la ropa que lleve, mientras no falte la merienda. Le compro una cafetera nueva o una batidora y tan contenta.
Isabel siente que le caen como un jarro de agua fría. Conteniendo la respiración, sigue midiéndose los vestidos mientras oye la conversación.
-¿Y si te pregunta en qué te has gastado tanto? Una cafetera cuesta poco – ríe la mujer.
-¿Por qué tengo que dar explicaciones de cómo gasto MI dinero? Yo trabajo, ella está en casa haciendo lo que le da la gana. Le paso la asignación y con eso le debería sobrar. Que lo agradezca.
Las voces se alejan y parece que terminan de probarse la ropa. Isabel, con cautela, asoma la cabeza fuera del probador. Ahí está Diego, en la caja con una mujer rubia. Le paga las compras, y la besa descaradamente en los labios delante de la dependienta.
-¿Se siente bien, señora? – le pregunta la dependienta al ver a Isabel inmóvil, sentada.
-¡Sí, sí, estoy bien! – responde precipitada, entrega todos los vestidos a la dependienta -. Me los quedo todos, por favor.
De vuelta en casa, después de despedir a su madre y acostar a los niños para la siesta, Isabel se queda sumida en sus pensamientos. Nunca habría esperado una traición así de Diego. Pero más que su infidelidad lo que le desgarra es la forma en la que menosprecia todo su esfuerzo y su entrega en la familia.
Le entran ganas de salir corriendo y pedir el divorcio al instante, pero se obliga a tranquilizarse y pensar en frío.
Si pido el divorcio, él se va con su rubia y me quedo sola con los niños. ¿Y la pensión? Serán cuatro duros… ¿de qué viviremos entonces?
Aquella noche, Diego no se queda hasta tarde trabajando. Hoy ya ha tenido suficiente en la tarde, piensa Isabel, con los sentimientos apagados. Diego ya es un extraño para ella. Solo teme ahora que él le busque intimidad, pues no podría ni fingir cariño. La sola idea le asquea.
Pero parece que Diego ya ha satisfecho sus deseos, porque no la busca.
Al día siguiente, Isabel actualiza su currículum y empieza a enviarlo a distintas empresas y agencias en Madrid. Solo queda esperar. Pasa los días nerviosa, revisando el correo electrónico cada mañana. Finalmente, llega una respuesta: la citan a una entrevista. Es curioso resulta que la empresa es la misma en la que trabaja Diego. Tras pensarlo mucho, decide que debe ir.
Otra vez deja a los niños con su madre y se dirige a la entrevista. Tras casi dos horas de charla con dirección, le ofrecen un buen puesto con horario flexible. El salario inicial no es alto pero le permitirá mantener a ella y los niños.
Isabel regresa a casa llena de esperanza. Su madre, al verla tan sonriente, no tarda en hacerle preguntas.
-¡Mamá, Diego me está engañando! exclama Isabel, entre lágrimas y alivio. Su madre, pensando que está alterada, la sienta en el sofá para calmarla.
-¿Pero cómo dices eso, hija? ¿Diego? ¡Si se pasa el día en la oficina!
-Él no está trabajando, está con otra. – Isabel le cuenta todo lo oído detrás del probador. Cuando termina, su madre pregunta:
-¿Y ahora qué vas a hacer?
-¡Me voy a divorciar! Y ya tengo un trabajo flexible. Cuando los niños estén en la guardería, podré trabajar a jornada completa.
-¡Pues muy bien! ¡Tienes todo mi apoyo! A una traición así no hay vuelta. Yo te ayudo con los niños.
-¡Gracias, mamá! – Isabel la abraza, llena de emoción y valentía.
Llega el 7 de marzo. Diego vuelve a casa de madrugada. Isabel no pregunta nada; él, sorprendido por la indiferencia, intenta justificarse:
-Isa, es que estamos todos liados en el trabajo pero ella le corta, señalando la habitación para que se acueste.
A la mañana siguiente, mientras Isabel da el desayuno a los niños, Diego se acerca con una batidora nueva, envuelta.
-Toma, cariño, para que te sea más fácil organizarte con todo lo de la casa. – Quiere besarla, pero Isabel se aparta y dice con voz serena:
-Yo también tengo un regalo para ti.
Diego, desconcertado, sigue a Isabel hasta el recibidor con la caja en la mano. Allí hay dos maletas grandes.
-He solicitado el divorcio. No tienes que inventar más excusas. Tienes la puerta abierta para irte.
-¿Cómo lo has averiguado? susurra Diego, atónito.
-En el probador, cuando pensabas qué regalarle a tu rubia. Y la batidora dásela a ella, yo no la quiero.
Diego, indignado y herido, explota:
-¿Te fastidia que tenga otra? ¡Una mujer guapa, que se arregla, no como tú! Ni te maquillas ya, solo vives para los niños, y vives de mi bolsillo. ¡Qué importa en qué o en quién gaste mi dinero! ¡Es mi derecho! Estás celosa porque no lo gasto en ti, ¡eres una egoísta!
-No, no estoy celosa contesta con calma Isabel -. Ahora vete.
Al día siguiente, Isabel presenta la demanda de divorcio y solicita la pensión alimenticia. Una semana después, suena el timbre. Es su suegra, fuera de sí:
-¡Interesada! ¡Echas a mi hijo de casa y ahora le sacas el dinero! ¡Renuncia a la pensión! ¡No está obligado a pagarte nada!
-No es para mí, es para sus hijos, que él también quiso tener – responde Isabel -. Si no le da para la amante, que lo gestione. Los niños son de los dos.
-¿Y qué harás sin su dinero? ¡Tuviste a los niños pensando que así estarías mantenida siempre! ¡Pero no cuentes con ello! ¡Pedirá que le bajen el sueldo oficial y recibirás una miseria! ¡Pronto estarás suplicando!
-Lo dudo mucho dice Isabel, señalando la puerta -. Sal de mi casa antes de que llame a la policía.
La suegra se marcha lanzando improperios.
Pasan los meses y los tres niños ya van a la guardería. Un mes después de que el pequeño comience, Isabel puede trabajar a jornada completa.
-Hola escucha junto a su mesa en la oficina una voz conocida -. ¿Podemos hablar?
-Lo siento, Diego, tengo mucho trabajo responde, sin siquiera mirarle a los ojos.
-Quizá podamos comer juntos un día Diego no se aparta. Isabel levanta la vista y lo ve más envejecido, cansado. Ya sabe la rubia lo dejó cuando supo que la mitad de su sueldo se iba en la pensión. Pero eso ya no le importa nada.
-No, Diego. Ni comidas, ni conversaciones.

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