Mitya Subió al Autobús en el Último Minuto: Así Fue Como Acabó Recibiendo el Año Nuevo en el Paritorio, Ayudando a una Desconocida y Encontrando el Amor en Madrid

Miguel saltó al autobús en el último minuto. En la oficina tuvo que quedarse diez minutos más terminando un trabajo urgente, todos se habían ido ya, pero pensó que le daba tiempo a coger el autobús, y al final, por los pelos, lo consiguió. De no haber sido así, le habría tocado pasar la Nochevieja en la calle.

Salió del despacho junto con el ingeniero jefe de la constructora en la que trabajaban. Este, en el aparcamiento, le ofreció llevarle a la estación de autobuses. Allí, al despedirse, le deseó feliz año y Miguel corrió hacia el autobús. Apenas quedaba un único asiento libre, y al lado suyo estaba sentada una mujer embarazada. Se sentó junto a ella y, después de saludarla, le preguntó:

¿No le molesto? Si es así, no tengo problema en ir de pie.

No, no, tranquilo, siéntese contestó ella, volviendo la vista hacia la ventanilla.

Miguel se fue quedando dormido. No le quedaba mucho trayecto y, además, no le preocupaba quedarse dormido ya que al volante iba don Vicente, paisano suyo de toda la vida, quien acostumbraba a avisarle al llegar a su pueblo, Villanueva de la Sierra.

De repente, la mujer embarazada empezó a gemir. Miguel, medio dormido, tardó en darse cuenta.

¿Le pasa algo? le preguntó, preocupado.

Ay, ya les dije que era mejor esperar, que era demasiado pronto para viajar a casa con estas fechas… Pero no, todos decían que aún faltaba tiempo. Así que me vine, y mire usted, ya está el parto empezando… Ay, ay, ¿qué hago ahora? ¡No sé cómo volver ahora al hospital!

La gente empezó a mirar. Miguel corrió hacia el conductor:

¡Don Vicente, ayúdeme! Que la señora está embarazada y… balbuceó, incapaz de explicar claramente la urgencia de la situación.

Don Vicente reaccionó enseguida, giró el autobús colocándolo atravesado en la carretera, cortando el tráfico a quienes iban hacia la ciudad. Bajó y fue andando unos pasos hacia delante. Miguel también salió tras él. En ese momento se acercó un coche.

¡Hay que llevar urgentemente a esta señora al hospital! anunció don Vicente. Miguel, ayúdale a salir.

Pero qué me dice, hombre, ¡que esta noche es Nochevieja! Ahora me pongo a llevar desconocidas al hospital y encima los coches haciendo cola detrás… Escuche, ya están pitando.

Don Vicente sacó el móvil.

A ver, voy a apuntar su matrícula apuntó el número y continuó: Si a la señora o al bebé les ocurre algo, al menos mi conciencia estará tranquila. Todos estos pasajeros han visto lo que pasa, y uno lo ha escuchado, ¿verdad, Miguel?

Sí, don Vicente, ahora ayudo a sacarla. Entre todos podremos, que solo quedan un abuelo y un chaval por aquí.

El conductor del coche vaciló, pero al final puso una manta en el asiento trasero:

Venga, suba dijo con resignación a don Vicente.

Así, salieron a toda prisa hacia la ciudad. Miguel aprovechó para llamar a sus padres.

Mamá, este año no puedo ir a casa. Y le explicó la situación.

Bueno, hijo, lo importante es avisar. Y pide a la mujer el teléfono de sus familiares, que seguro alguien la busca.

Vale, mamá.

¿Y tú quién eres para ella? preguntó el conductor. No tienes pinta de ser el marido…

Nada, solo íbamos en el autobús juntos respondió Miguel.

El conductor lo miró de reojo, y Miguel añadió:

Nos sentamos juntos en el viaje, nada más.

El conductor soltó una risa nerviosa. Al poco, llegaron a la maternidad. Miguel y el conductor ayudaron a la mujer a bajar.

Por allí, a mano derecha indicó el conductor.

Miguel acompañó a la mujer dolorida hasta la entrada y la entregó al personal sanitario. Él se quedó en el vestíbulo; no tenía a dónde ir. Compartía piso en Madrid con un amigo, pero este, sabiendo que él se iba unos días al pueblo, había invitado a su novia para pasar la Nochevieja juntos.

Bueno, pasaré aquí el rato. Tampoco van a echarme a la calle con este frío.

¿Y tú por qué te has quedado? le preguntó una enfermera que volvió al vestíbulo.

No tengo otro sitio donde ir. Espero que no me echéis.

¿Y tú qué eres de la señora?

Nada, solo coincidimos en el viaje. Fue en el autobús cuando se puso mala.

La enfermera le dedicó una mirada respetuosa y después le llevó a una salita.

Siéntate, que a las doce vendremos aquí a celebrar el año nuevo. No temas, hay solo otro hombre por aquí, el doctor Víctor García; harás compañía. Si quieres, puedes recostarte en ese banco añadió. Dame la chaqueta, te la guardo en el perchero; las puertas están cerradas, así que no te preocupes.

Miguel se quedó dormido. Soñó que patinaba en la pista del parque junto a una chica sonriente, sin gorro, deslizándose hacia el gran abeto del centro. Era tan feliz en ese sueño…

Lo despertaron minutos antes de medianoche. Frente a él sonreía una enfermera joven.

Arriba, que faltan diez minutos para las doce. Vente con nosotros, vamos a reunirnos en la sala de la supervisora, allí tenemos un arbolito y se está más calentito. Festejaremos el año nuevo, aunque con champán infantil, claro.

No os molestéis por mí dijo Miguel.

Me han mandado a buscarte. Es imprescindible que vengas, solo tenemos un Víctor García, ¡nos falta otro caballero! bromeó, tirando suavemente de él.

Miguel la siguió pensando con ironía en lo curioso del destino: había acabado celebrando la Nochevieja en un hospital, algo que haría reír incluso a sus padres. Pero, al menos, había ayudado a un niño a nacer.

Me llamo Miguel, ¿y tú eres…?

Rita sonrió ella.

¿Y sabe qué ha sido de la mujer a la que traje?

Un niño, tres kilos novecientos.

¿Y eso está bien o mal?

Perfecto. Mañana intentaré enseñártelo.

¿Se puede?

En teoría no, pero en la vida hay excepciones, y tú con ese bebé sois una de ellas rió Rita. ¿Seguro que no tienes a dónde ir?

De verdad. Mi compañero está con su novia, que seguro le va a pedir matrimonio esta noche. Yo tendría que estar en el pueblo con mis padres. Pero en fin, aquí estoy.

¡Qué romántico! exclamó Rita abriendo la puerta. Mirad, chicas, ¡nuestro caballero ya está aquí!

Celebraron la Nochevieja, brindando con champán sin alcohol, bailaron, y Miguel y el doctor Víctor amenizaron la fiesta para el equipo femenino del hospital. Por la mañana, Rita le presentó al bebé, tan pequeño y frágil. Pero la madre no podía estar más feliz.

¡Un niño! decía radiante. Ya ve la alegría, tenemos dos niñas y mi marido quería un hijo. Muchísimas gracias, joven. ¿Cómo te llamas?

Miguel.

Yo soy Alejandra Fernández.

Ayer llamé a su marido, vuelve del trabajo el día cuatro. Espérele. Recuerda aquella película, Noche en el museo. Pues yo he pasado una Noche en la maternidad; hasta el año nuevo lo he recibido aquí.

Perdona, chaval, por arruinarte la fiesta…

Nada de eso. Así con mis padres podré celebrar muchos más años, pero una noche así no se repite.

Miguel salió del hospital junto a Rita. Recién nevado, el suelo crujía bajo sus pies y Rita comentó, feliz:

Por fin llega el frío, pronto abrirán la pista de hielo del parque.

Miguel recordó su sueño y miró a Rita. Ella no reía tanto como la chica de su sueño, pero sí le dedicaba una sonrisa tímida.

Rita, ¿te parece si nos damos los teléfonos? Así quizá podamos ir juntos a patinar.

Se incluyeron en los contactos del otro. Como a Miguel le faltaban dos horas para el autobús, acompañó a Rita hasta su portal, muy cerca de la estación. Después, iba a la estación más contento que nunca:

No sé qué me pasa hoy, pensaba, no puedo dejar de sonreír, me siento tan ligero, como si fuese a echar a volar.

En el autobús fue hasta don Vicente:

Feliz año, don Vicente. No sé usted, pero yo lo he pasado en el hospital dijo radiante.

Pues también para mí fue una noche de las que no se olvidan. Menos mal que llevaste a la señora. No es la primera vez que pasa, y ya es la segunda Nochevieja con un caso así. La primera vez el marido de la parturienta nos alcanzó y la llevó él mismo.

Miguel, sentado al fondo del autobús, se imaginaba cómo sería patinar con Rita en el parque.

Las fiestas pasaron volando. Tras una llamada de Rita, Miguel se plantó delante de la maternidad. Ella salió rápida al verle y corrió a su encuentro, sonriendo igual que la chica de su sueño. Miguel abrió los brazos y la abrazó; se quedaron así, riendo, largo rato. Al día siguiente por la tarde, Miguel la esperaba en la pista de hielo.

Casi un año después, Miguel y Rita esperaban el autobús a Villanueva cuando se acercó un coche.

Hola, mi salvador oyeron una voz.

Miraron y en el asiento de atrás reconocieron a la mujer de aquella noche. Sonreía ampliamente.

¿No te acuerdas de mí, Miguel? Yo sí me acuerdo de ti y de la enfermera, eres Rita, ¿verdad?

Sí respondieron, algo cortados.

Y yo soy Alejandra Fernández, ¿ves? Y aquí abrió la puerta ampliamente, vuestro ahijado.

En una sillita, muy atento, les miraba el pequeño muchacho. Entonces Miguel lo recordó.

Vaya, no la reconocí al principio, ¡qué bien se la ve ahora!

Claro, cuando nos conocimos yo ya estaba en pleno parto, y temía quedarme tirada en la carretera. Por cierto, os presento a mi marido, Salvador. Ellos son Miguel y Rita, mis héroes de esa noche infernal. ¿Vais de viaje?

A casa de mis padres, a darles la noticia: ¡nos casamos en enero!

Me alegro un montón, chicos. ¡Algo habré ayudado a que os conocierais! exclamó Alejandra, feliz.

Entonces intervino Salvador:

Ya estamos llegando a Villanueva, dinos cómo ir.

Cinco minutos después, se encontraban en la puerta de la casa de Miguel.

Os deseo toda la felicidad del mundo, chicos, os la habéis ganado se despidió Alejandra.

Miguel tomó la mano de Rita y entraron juntos en la casa, donde los padres de Miguel les recibieron con los brazos abiertos y el corazón rebosante de alegría.

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Mitya Subió al Autobús en el Último Minuto: Así Fue Como Acabó Recibiendo el Año Nuevo en el Paritorio, Ayudando a una Desconocida y Encontrando el Amor en Madrid
Me casé con una mujer con un bebé. Dieciocho años después, ella me dejó. Pero su hija eligió pasar las fiestas conmigo. Estaba en pijama a las tres de la tarde el 22 de diciembre, comiendo cereales directamente de la caja, cuando oí una llave girar en la cerradura. Vaya, Katia todavía tenía mi llave. Pero no era Katia. Era Sofía—con dos maletones y su mochila de la universidad. —Hola, papá. La caja de cereales se me cayó de las manos. —¿Sofía? ¿Qué…? —Me mudo contigo —dejó caer las maletas con un ruido sordo—. Bueno, si quieres. Si no, va a ser bastante incómodo porque ya las he traído hasta aquí. Me levanté tan rápido del sofá que me mareé. —¿Mudarte? ¿Tu madre lo sabe? —Por supuesto. Tuvimos “la charla”—hizo comillas con los dedos—. Le dije que quiero vivir aquí. Que este siempre ha sido mi hogar. Katia lloró, yo lloré, fue un drama. Pero me entendió. —Pero… —Papá —me miró con esa seriedad tan suya cuando hablaba de algo importante—. Mamá tiene una nueva vida, un piso minimalista donde todo es blanco y da miedo tocar nada. Y tú tienes esta casa donde puedo dejar mi taza de café donde quiera y a nadie le da un ataque. —Oye, que yo limpio. —Claro. Por eso hay tres tazas en el salón. Tenía razón. Y al menos seis más en la cocina. —Y además —siguió, colgando el abrigo—, ¿quién va a vigilar que no te alimentes solo de comida china y tristeza? Me reí, a pesar del nudo en la garganta. —Uso palillos, cuenta como habilidad. —Eso cuenta como supervivencia básica, no como vida digna. Sofía fue a la cocina a inspeccionar. —Vale, esto está peor de lo que pensaba—abrió la nevera—. Salsa de soja, tres cervezas y…¿yogur caducado? Papá, esto es lamentable. —Solo lleva dos semanas pasado. —Pone marzo. —…Marzo fue hace dos… Vale, tienes razón. Se giró con las manos en la cintura—exactamente igual que cuando tenía ocho años y me hacía arreglarle las trenzas. —Bien. Mañana vamos al súper. Hoy pedimos pizza, como personas civilizadas. ¿Aún tienes el número de aquel sitio con extra de queso? —En marcación rápida. —Por supuesto que sí. Mientras esperábamos la pizza, inspeccionó la casa como una agente inmobiliaria. —Tu habitación es un caos, pero la mía sigue igual—sonrió entrando en su cuarto de siempre—. Hasta has dejado mis horribles pósters de instituto. —Los pusiste tú. No toco nada tuyo. Se quedó callada, repasando las paredes, las fotos, el escritorio lleno de libros antiguos. —¿Sabes qué es lo gracioso? Mamá me ofreció decorar su piso nuevo como yo quisiera. “Como tú quieras”, me dijo. Pero… —se sentó en la cama—, aquí ya está todo como quiero. Esto es mío. Me senté a su lado. —Sofía, no tienes que quedarte por pena. Estoy bien, de verdad. —No es por pena, idiota —me dio un empujón—. Es porque cuando tenía año y medio y aprendí a andar, tú me esperabas con los brazos abiertos. Porque cuando tenía pesadillas, me dejabas dormir en tu cama. Porque cuando me gradué, lloraste más que yo. —No lloré tanto. —Papá, usaste tres pañuelos. —Era… alergia. —A las emociones, quizás. Sonrió y apoyó la cabeza en mi hombro. —Tú eres mi padre. No el que me dio la mitad del ADN, sino el que me dio todo lo demás. Y ahora que tienes esta casa enorme para ti solo y comes cereales en pijama, ¿de verdad crees que te voy a dejar así? Ni de broma. La voz me tembló. —Te quiero, pequeña. —Y yo a ti, viejo. Pero en serio, mañana limpiamos. Huele raro aquí. Nochebuena llegó y Sofía cumplió su aviso. Me arrastró al supermercado. —Vamos a hacer una cena decente. Nada de comida china en cajas. —Pero es tradición… —La nueva tradición es comida de verdad. Venga. Compramos de todo. Ella llenaba el carrito con entusiasmo preocupante. —¿Sabemos cocinar todo esto? —pregunté. —Claro que no. Pero tenemos Internet y valor. Suficiente. No fue suficiente. El pavo crudo por dentro y quemado por fuera. El puré parecía pegamento. Las verduras, carbonizadas. Observamos la catástrofe en silencio. —Bueno—dijo Sofía—, siempre podemos… —¿Pedir chino? —Pedimos chino. Comimos directo de las cajitas, riéndonos de nuestro desastre culinario, y fue la mejor Nochebuena que había tenido en meses. —¿Sabes qué? —dije—. Creo que esta será nuestra nueva tradición. —Intentamos cocinar algo elegante, fracasamos y pedimos chino. —Perfecto. Después de cenar sacó una cajita. —Toma. Tu regalo. Había una llave con un llavero de manualidades que ponía “Hogar”. —Copia de mi llave. Ahora sí vivo aquí oficialmente—sonrió—. Está un poco torcida, pero hecha con amor. La abracé fuerte. —Es perfecta. —Eh, me ahogas. —Calla y déjame el momento. Se rió y me abrazó también. —Gracias por todo, papá. Por estos dieciocho años. Por no haberte ido nunca. Por ser tú. —Gracias a ti por elegir quedarte. —Siempre. Esa noche no dormí, mirando mi nueva llave. Katia se marchó —y dolió. Pero Sofía se quedó. Y eso… eso lo era todo.