Educación financiera y salud
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Mi amigo, de 42 años, ha encontrado esposa: dice que es una excelente ama de casa y una gran cocinera, y que lo demás no le importa
Mi amigo, de 42 años, ha encontrado esposa. Me cuenta que es una ama de casa excelente y cocina de maravilla;
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Cuando papá trajo a casa a su nueva mujer: la historia de una familia madrileña dividida tras la muerte de mamá, entre reproches, herencias, y la llegada inesperada de Oksana, la cuidadora convertida en madrastra
El padre trajo a casa a su nueva esposa Pero a ver, ¿cómo lo hacemos, Román? preguntaba Diego, el primero
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Mi suegra intenta destruir mi matrimonio y lo más doloroso es que mi marido no me cree
La suegra intenta destrozar mi matrimonio. Lo más triste es que mi marido no me cree. Cuando me casé
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¿Otra vez con lo mismo? Aquí mando yo y decido quién se muda y quién no. ¡Ten cuidado no vayas a ser tú el próximo en mudarte…! —¿Tú? —Vania se burló—. ¿Recuerdas quién es el dueño aquí? *** La mañana en su piso no prometía nada bueno; aunque, ¿cuándo había sido buena una mañana allí? El sol, como por fastidiar, entraba por la ventana, pero en el cuarto de Vania no se notaba más luz. Quizá porque no había dormido bien. Estaba de mal humor. Se había despertado varias veces durante la noche, dando vueltas, hasta que decidió ponerse a hacer cosas. Cuando se cansó de nuevo quiso echarse un rato… y justo cuando estaba acomodándose entre las sábanas… —¡Vania! —tronó desde el pasillo la voz poderosa—. ¿Dónde estás? ¡Sal ahora mismo! ¡Vamos, no estarás durmiendo aún, no? Vania aulló de desesperanza y se tapó la cabeza con la almohada. Otra vez. Su padre, Miguel Esteban, conocido por todos como Migue, en su línea habitual. Y aún no eran ni las ocho. —Estoy preparándome para ir al curro, papá —respondió Vania con la voz pegada, intentando abrir los ojos—. Si sigues así llegaré tarde. Podría haber estado tirado en la cama una hora más. Una hora más de descanso tan necesaria después de aquella noche. —¿Qué trabajo ni qué narices? —Migue apareció en el marco de la puerta del cuarto y parecía altísimo, aunque en realidad era más bien bajo—. Tú no te preparas para nada, aquí tirado… Arriba ya. ¡Me hacen falta perras! Vania se incorporó sobre el codo. El dinero. La historia de siempre. —¿Para qué? —quiso saber, ya adivinando la respuesta. —¡Es que pareces nuevo! —suspiró teatral Migue—. ¡Te lo voy a explicar otra vez! Quiero invitar a Luchi al restaurante, hombre. Hay que impresionarla. Ya sabes cómo es… esa chica. No le valen los paseítos. “Esa chica” quería decir que a Luchi le gustaba gastar el dinero de otros, y sin eso Migue le interesaba entre poco y nada. El padre había perdido cualquier noción del límite. Todo lo que ganaba, lo invertía en impresiones y, cuando el dinero se esfumaba como por arte de magia, comenzaban las súplicas, o mejor dicho, las exigencias. —Papá, yo también voy justo de pasta —intentó negociar Vania, como ya había hecho incontables veces—. Tengo lo justo para la semana, el bus y el menú del comedor. ¿No recuerdas que cambiamos la grifería? La reforma le había dejado seco. Y tampoco le apetecía financiar más impresiones paternas. —¿Que tienes poco? —Migue arqueó las cejas, como si Vania le estuviera pidiendo un regalo en vez de dinero prestado—. ¡Pues busca! No es para cualquiera, es para tu padre. Y además… —metió mano en la cartera de Vania—. ¡Aquí mando yo, en mi casa! ¡Tu dinero es mi dinero! ¿Entendido? ¡Harás lo que te diga! Puedo coger lo que quiera. En la cartera, por sorpresa, no había nada. Lo poco que le quedaba de la nómina, Vania lo guardaba en la tarjeta. —¿Dónde está el dinero? ¡En mi casa, quiero MI dinero! Vania sonrió con ironía. —¿Seguro que es tu casa, papá? ¿Estás tan seguro? El saqueo se detuvo. Migue dejó en paz la cartera y la mochila de Vania. —¿De qué hablas? —farfulló. —De lo que tú bien sabes —replicó Vania, sentándose ya más erguido en la cama, seguro de tener la sartén por el mango—. De la abuela. Era su piso. Siempre fue suyo. Y me lo dejó a mí. Sabía en qué te gastas tú el dinero… y que no eras de fiar. Si por ella fuera, ya habrías liquidado el piso como hiciste con el coche aquel. La abuela, Ana Petronila, era una mujer sensata y muy lista. Había visto a su hijo, Migue, meterse en líos más de una vez por su ligereza y su pasión por gastar. La última vez, cuando vendió el coche que le habían regalado y lo perdió todo en cuestión de días, por suerte, Vania ya era adulto y le ayudó a salir de deudas. Fue entonces cuando la abuela dejó el piso oficialmente a su nieto. El dueño era Vania. Y, en lo cotidiano, aún más: él pagaba la hipoteca, la compra, hasta las zapatillas en las que ahora mismo estaba plantado su padre. Migue, por su lado, como un parásito acomodado al calor, solo asomaba para comer, dormir y pedir pasta. —Así que aquí el dueño soy yo, papá —se puso de pie Vania, ya no como un chaval, sino como el auténtico señor del piso—. Y mi dinero es mío. Si quieres impresionar a Luchi, busca otra fuente. Miguel intentó decir algo, pero no encontraba palabras. Su rabia se convertía en un siseo mudo. —Esto te lo recordaré yo… —No lo dudes. A ver si lo recuerdas cuando te comas MI comida. Porque tú al piso no aportas nada. No era fácil. Claro que quería a su padre, pero no para ejercer de sirviente. Él sería el dueño. Si a papá no le gustaba, nadie lo retenía. La tarde terminó, cómo no, con bronca. A la vuelta del curro, Vania se topó con una fiesta gitana en casa. Migue ocupaba el sitio de honor, copa en mano, rodeado de sus “colegas”. Luchi, por supuesto, también estaba, diciendo algo de dudoso gusto. —¡Mira quién aparece, mi chavalín! —proclamó Migue al entrar Vania—. Ya era hora, mira cómo me trata mi propio hijo: me esconde el dinero, me echa de mi casa… ¡vaya cara! Vania se detuvo en la cocina. Una maraña le apretó el pecho. No era rabia, sino un hastío monumental. —Papá, ¿esto qué es, un botellón o tu casa? Haz el payaso lo que quieras, pero yo no permito más fiestas. Se acabó, todos fuera. Mañana madrugo. Los invitados se removieron incómodos; Migue los hizo parar con un gesto. —¿Expulsas a mis invitados? ¿De mi propia casa? ¿No crees que te creces demasiado? Vania lo tenía claro. —De mi casa, papá, —corrigió, y todos se encogieron—. Puedes quedarte si quieres, pero tus amigotes se van. Miradas de todo tipo. Luchi se pegó más a Migue, sin saber si huir corriendo o aguantarse. Los “amigos” pasaron de las risas a las malas caras. —Venga, vámonos, tíos —musitó uno levantándose. —Sí, Migue, ya hemos dado la nota —secundó otro. Migue, viendo cómo se quedaba solo, le soltó a su hijo: —¡Me has dejado en ridículo delante de gente de bien…! ¡Tu padre no necesita lecciones del hijo! —Bueno, pues si tu padre aún necesita lecciones, ¡qué remedio! Pero Vania no le hizo caso. Se encerró en su cuarto y se tumbó. Sabía que el día siguiente sería peor: seguro que su padre haría una escena o se traería a los mismos de nuevo. La mañana siguiente fue igual de soleada, pero a Vania no le entusiasmaba en absoluto. El padre, ofendidísimo, deambulaba como un espectro por los pasillos. Vania, sintiéndose un poco culpable por haber desautorizado a su padre ante sus amigos, decidió arreglarlo. —Papá —lo llamó cuando Migue pasaba—. Perdona por lo de anoche, me pasé. Pero venía cansado del trabajo, solo quería tranquilidad… No debí decirlo delante de todos. No quise dañar tu imagen. Se levantó y sacó la cartera. —Toma —le tendió dinero—. Invita a Luchi al restaurante, ¿sí? Migue se giró por fin. —¿En serio? —se le iluminó la cara. —Sí, de verdad —Vania asintió. Migue arrebató los billetes. —¡Bien! Sabía que me entenderías. Y se fue a prepararse para la cita. Vania lo miró irse y no sintió alivio. Había cedido, pero no era lo que quería, algo fallaba. Pasó el día dándole vueltas. La cuestión era el piso. No soportaba vivir más con un padre que se comportaba como un adolescente cincuentón. ¿Irse él? Una tontería, el piso era suyo. ¿Echar a su padre? Eso dolía, al fin y al cabo era su padre. ¿A dónde iba a ir? No hallaba solución. Por la tarde, rendido, se quedó dormido. El padre llegó entrada la noche, y no venía solo. —¿Vania? ¿Duermes? —entró Migue arregladísimo, Luchi detrás—. Solo será un momento. —Hola —saludó Vania, ya nervioso. —Buenas, Vani —ronroneó Luchi. —Pues nada, que he hablado con ella y va a venirse a vivir con nosotros —soltó Migue de golpe. Vania pegó un salto. —¿Cómo? ¡Aquí no se muda nadie! Migue se quedó de piedra. Tras la disculpa matinal, no suponía esa reacción. —¿Otra vez con lo mismo? Aquí mando yo —rugió—. ¡Decido quién entra y quién sale! ¡Cuidado, a ver si el que sale eres tú…! —¿Tú? —sonrió Vania con sorna—. ¿Recuerdas quién es el dueño aquí? —¡Me dan igual tus papeles! —gritó Migue, bajando el tono enseguida por Luchi—. Vania, entiéndelo, queremos vivir juntos, yo traigo a mi dama a MI casa… ¡Como debe ser! —No —cortó Vania—. Y como sigas así, el único que va a vivir aquí seré yo. Migue, fuera de sí, temblaba de rabia. Le hervía que su propio hijo, delante de su chica, se le subiera a las barbas. —Bien —gruñó—. ¡Lo veremos! *** La noche siguiente fue un shock. Al volver del trabajo, Vania se encontró bajo su ventana un montón de cosas esparcidas. Las reconoció: era su ropa, sus libros, sus cosas, regadas por todo el portal. —¿Pero esto qué…? —murmuró. Subió corriendo. La puerta estaba cerrada. Sus llaves no funcionaban. El padre había cambiado la cerradura. —¡Papá! —llamó al manillar—. ¡Abre! —¡Fuera! —gritó Migue desde dentro—. ¡Esto es mi casa! ¡Tus cosas están fuera! —¡Reviento la puerta! —¡A ver si tienes narices! Vania no insistió. Bien, quería ocupar el piso por las bravas. Se le pasó por la cabeza llamar a la policía, pero dudaba que quisieran sacar al padre de su propia casa a esas horas. Eso se vería al día siguiente. También debía recoger su ropa. Bajó a la calle. Parte de sus cosas estaba allí, parte la recogía una vecina, Cati del portal tres. Al ver la escena, salió a ayudar. —¿Estás bien? —preguntó recogiendo su sudadera favorita—. ¿Por qué hace esto tu padre? —Está mal de la cabeza —Vania, con los vaqueros en la mano—. Le prohibí meter a su gente aquí. El piso es mío. Pero él… en fin. —Ay, Vania… —Cati negó con la cabeza—. Si necesitas, en casa hay una habitación libre. —Gracias, Cati —él le sonrió—. Creo que te tomo la palabra. Me niego a ir a un hostal, y pronto estaré de vuelta aquí… La noche en casa de Cati y su madre fue extraña pero reconfortante. Por fin Paz. Por la tarde, té y charla, por la noche, nada de ruidos ni exigencias… Por la mañana, cuando el padre y Luchi se marcharon (los vigilaba desde la ventana de Cati), Vania fue a su piso. Llamó de inmediato a un cerrajero. —Aquí están mis papeles, el registro… cambie esa cerradura, por favor. El cerrajero en minutos solucionó el problema. —Gracias —dijo Vania—. Cámbieme usted todo, por favor. Y, sin perder tiempo, hizo las maletas de su padre y de Luchi. No recurrió al lanzamiento desde el balcón, como había sufrido él, solo las plegó y las sacó al rellano. Justo cuando dejaba el último paquete, alguien intentó abrir por fuera. —¿Pero qué…? —se oía a Migue—. No abre… la llave… ¡han cambiado los bombines! ¡Vania, estás ahí! —No hace falta que llames, —le respondió alto—. ¡No tienes llaves nuevas! —¿Me has echado? —¿Qué esperabas? —dijo Vania. —¡Abre! ¡Mis cosas! —chilló Luchi. —Las tenéis detrás, —salió Vania al descansillo—. Mirad. Todo ahí. Yo al menos las bajo a mano, no como vosotros. Migue intentó entrar, pero Vania, aunque más bajo, era más fuerte y se plantó en el quicio. —Venga, papá —le dijo—. Y Luchi igual. Te lo avisé. Aquí no entra alguien que antes intentó echarme de mi casa y de esa manera. Migue, viendo que no tenía nada que hacer, resopló: —¡Vas a tener noticias legales mías! Pero Vania sabía que era puro ruido. Su padre tenía que enterarse: el juego había terminado. Esa noche, mientras ponía la tercera tanda de ropa a lavar, Cati apareció con un paquete de torta de galleta y una sonrisa. —Hola —saludó—. Te traigo un poco de dulzura, ¿me dejas pasar? —Por supuesto. —Supongo que la charla con tu padre no fue bien… —¿Por qué no? —sonrió—. Mi padre ha decidido mudarse. —¿Por su cuenta? —Por supuesto —y Vania sonrió satisfecho. Luego se lo contó todo. —Yo, desde luego, le habría tirado las bolsas por la ventana —sonrió Cati—, pero tú… eres de lo más tranquilo. Y, por fin, se sintieron en paz juntos.
¿Otra vez con lo mismo? Aquí el que manda soy yo, y decidiré quién se muda y quién no. Ten cuidado, que
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Cuando mi tía estaba sirviendo la comida de la olla, saqué de mi bolso unas toallitas antibacterianas y empecé a limpiar los tenedores. Ella se dio cuenta.
La última vez fui a casa de mi tía para entregarle unos papeles. Normalmente solo nos vemos en Navidad
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“Divorcio en la Madurez: La Decisión de Ana Leonor a sus ‘Sesenta y Pico'”
¡Me divorcio! Decidió Ana Belén en sus “sesenta y tantos”. Ana Belén, con una elegante pamela
Decidimos ir a visitar a mis padres casi medio año después de la boda: sabía que sería una prueba, pero nunca imaginé cuán dura sería. Nada más cruzar la puerta, mi madre nos recibió con una mirada fría y unas palabras que me helaron la sangre: “Aquí se viene a trabajar, no a divertirse”. En ese momento, mi María, con su delicadeza y su sensibilidad de ciudad, parecía tan frágil como una flor en el campo. Aguantamos una estancia que se convirtió en un suplicio: mi madre la obligaba a limpiar pescado, a lavar platos con agua helada del pozo, la humillaba y le repetía que nunca sería digna de su hijo. Yo, encadenado por mi propio miedo, callaba ante el dolor de mi mujer y las ofensas de mi madre, mientras las cenas de patatas cocidas y pescado no hacían más que reforzar la distancia, y las lágrimas de María en la almohada eran mi único refugio. Juré que no volvería a permitirlo, pero cada nuevo viaje al pueblo era otra batalla. Cuando mi padre se lesionó y tuve que salir a pastorear, mi madre obligó a María a calzarse unas botas de goma que le destrozaron los pies y cada nuevo gesto mío en su defensa desencadenaba aún más burlas y desprecio. Un día, cuando mi madre cocinó cordero adrede —sabiendo que María no soporta ese olor—, estallé: arrojé la carne al suelo y le advertí que no volvería a tolerar aquel trato. Ahora, esperando nuestro primer hijo, sé que no puedo arriesgar a mi familia. Cuando mi madre volvió a exigirnos una visita, le dije por teléfono: “Vete tú si quieres, pero María se queda conmigo”. Por primera vez, sentí paz. A veces, para defender a los tuyos, tienes que enfrentarte incluso a quienes te dieron la vida.
Decidimos ir a visitar a mis padres tras casi medio año de casados.El viaje emergió como un río surrealista
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“¡Me voy de vacaciones, no pienso cuidar de nadie!”. Mi suegra me dejó tirada, pero yo no me quedé de brazos cruzados.
¡Me voy de vacaciones y no pienso cuidar de nadie! Mi suegra me dejó tirado, pero se lo devolví.
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Otra vez volverá con su amante. Relato Gracias por vuestro apoyo, por los “me gusta”, el interés, los comentarios sobre mis relatos, las suscripciones y, ¡mil gracias! por los donativos de parte mía y de mis cinco gatetes. Os pediría, por favor, que compartáis los relatos que os gusten en vuestras redes sociales; ¡a los autores también nos hace ilusión! Por exigencia de su madre, Antón finalmente rompió con Lidia; tampoco acababa de entender su modo de vida. Encima, su madre insistió y le puso los puntos sobre las íes: Lidia no era esa chica “de provecho” con la que uno debe casarse. Antón sentía que su relación no acababa de funcionar. Lidia estaba siempre trabajando, de un café a un restaurante, bodas, bautizos, comuniones, cumpleaños y hasta funerales infantiles. Era animadora de eventos, pero la madre de Antón, cuando se enteró, se indignó: —Tú eres un hombre formal, vendes sofás y colchones, sales de casa por la mañana, vuelves por la noche, como debe ser. ¡Y esa Lidia tuya acostada a las tantas, sin esperarte del trabajo, y volviendo quién sabe cuándo! Vendrá oliendo a tabaco, a alcohol y a otros hombres. ¿Tú quieres eso? ¡Su mirada lo dice todo, no es de fiar, mira cómo sonríe! La madre solo había visto a Lidia una vez, pero fue suficiente para hacerse un juicio. Y Antón cedió; él mismo sufría y sentía celos cuando ella se arreglaba y se iba a trabajar. Solo el hecho de irse a un restaurante le parecía inapropiado. La opinión de su madre lo terminó de convencer: era pesada, sí, pero nunca se equivocaba. Un año después, Antón se casó con Nadia, una bibliotecaria. A su madre le gustó inmediatamente. Discreta, tranquila y muy formal. —Esto sí es una esposa de verdad, mírala bien. No se maquilla para trabajar, viste como se debe, nada de descaro, siempre con blusas cerradas y faldas hasta la rodilla. Vuelve a casa rápido y mira cómo te mira a los ojos, —le susurraba la madre a Antón cuando les presentó a Nadi, —es oro puro, hijo, ahora sí apruebo tu elección… La madre de Antón era una mujer estupenda, con una vida difícil. Nunca fue una belleza; era modesta, trabajaba en Correos. Soñaba con tener familia e hijos, pero al llegar a los treinta y cinco, Inés Antónovna comprendió que probablemente no se casaría nunca. Quiso ser madre soltera, aunque le parecía indecoroso. Así nació Antón, a quien llamó en honor a su padre. Al principio, los abuelos ayudaron con él, pero fallecieron y madre e hijo quedaron solos… Antón adoraba a su madre y la ayudaba en todo. No estudiaba especialmente bien, pero se esforzaba. Tras la ESO, hizo formación profesional y empezó a trabajar en una tienda de muebles como vendedor. Su madre estaba orgullosísima: su hijo iba al trabajo de traje y ganaba un buen sueldo. Y por fin había encontrado una novia adecuada—Nadi. Empezarían una vida feliz, llegarían los niños, ¡los nietos que tanto soñaba Inés Antónovna! Celebraron la boda en casa; no tenían parientes, y de la tienda solo vinieron el colega Nico y el antiguo compañero Toli. Por parte de Nadi, sus padres y dos amigas de la biblioteca; total, para casarse no hace falta un ejército de amigas… Así casó a su hijo, gracias a Dios, con una buena muchacha… Ahora Nadi recibía a Antón con la cena en la mesa; es cierto que cocinaba de forma insípida y monótona por costumbre familiar (el padre de Nadi sufría de gastritis). Nadi era lenta, callada, apenas reía y siempre estaba con sus libros. Detestaba la tele, así que Inés Antónovna incluso bajaba el volumen de sus culebrones y conciertos favoritos. Ya ni freía empanadillas, que Antón y ella adoraban, pues Nadi las consideraba comida insana, igual que el pisto, el arroz caldoso, el cocido y los platos picantes. En aquel piso siempre reinaba la calma y la insipidez. Antón estaba apagado y mustio… A los seis meses, un día Antón se demoró en el trabajo, luego apagó el móvil y no volvió a dormir a casa. Nadi lloró toda la noche, pidió permiso en el trabajo, hizo las maletas y se marchó con sus padres, diciendo con amargura a Inés Antónovna: —Pensé que su hijo era un hombre decente, pero me ha traicionado… Tranquila y sumisa, Nadia resultó ser terca y firme como una roca. Pero Antón no la retuvo ni le rogó, solo se disculpó por no cumplir sus expectativas. —¿Dónde estabas?—lo acosaba Inés Antónovna, y al poco Antón confesó: —Mamá, resulta que Lidia vino a la tienda a comprar un sofá, no sabía que yo trabajaba justo allí. —¿No sabía? ¡Bah! Esa chica lo ha planeado todo para retomar contigo y fastidiarte la vida —se indignó Inés Antónovna. —Mamá, no tienes ni idea, no es como tú piensas; fui a acompañarla, quería aclarar las cosas y fue ella la que me echó —protestó Antón. —¡Oh, “te echó”! Eso es un truco viejo: te echó para que la ruegues. No te acerques más a ella, Antón, te destrozará la vida —decía Inés Antónovna, ojos desorbitados temiendo que su hijo volviese con esa aventurera… —Mamá, si supieras lo que pasa de verdad… —alcanzó a decir Antón, pero Inés Antónovna le cortó: —Basta ya, Antón, no me des más quebraderos de cabeza… Tras aquel lío y el divorcio de Nadia, el hijo estuvo mucho tiempo mustio, casi hundido. Cuando por fin volvió a tener novia, Inés Antónovna hasta se alegró: ¡igual le llegaban los nietos alguna vez! Alejandra, la nueva, trabajaba también como vendedora en la tienda de muebles. —Mamá, hemos decidido no casarnos aún, vivir juntos y ver qué pasa, no vaya a salir mal de nuevo —le dijo Antón; eso ya no le gustó. Y cuando Alejandra resultó ser una perezosa y desordenada, además de que la despidieron por maltratar a los clientes, Inés Antónovna se alarmó. Ahora Alejandra pasaba los días en el sofá con el móvil y el café, fingiendo que buscaba trabajo. ¿Por qué su hijo tropezaba siempre con chicas así? Viendo cada día a Alejandra, la irritación de Inés Antónovna crecía. Hasta que, al anunciar Alejandra que pronto se casarían, explotó: —No te cases con él, siempre vuelve con “esa otra”. Tiene un lío de siempre y hasta un hijo con ella; ya verás que siempre anda dándole vueltas, discuten y se reconcilian, ¿me entiendes? Alejandra solo se rio. Estaba segura de que la suegra lo decía por fastidiarla, que a la anciana le molestaba que Antón la quisiera y la dejara vivir sin dar palo al agua… Inés Antónovna miró con compasión a la tercera novia de su hijo, viendo que con Alejandra no había nada que hacer, desistió: —Vivid juntos si queréis, ya estoy harta. Y se fue, en silencio, a buscar a Lidia, para entender qué tenía ella que Antón no podía olvidarla, trayendo a casa a cualquiera… No sabía el número de piso de Lidia, pero tuvo suerte: justo al llegar, Lidia salía del portal de la mano con un niño pequeño. Inés Antónovna se paró en seco. ¡No podía ser, era peor de lo que había imaginado! Lo había dicho por decir, lo del niño, a Alejandra, por presumir, pero… ¡el niño que llevaba Lidia de la mano era el vivo retrato de Antón de pequeño! Ni falta hacía la prueba: esos mismos ojos traviesos, las orejas y la nariz—¡era él, copia exacta! —Lidia, cariño, espera, venía a hablar contigo —suplicó Inés Antónovna, temblándole las piernas. ¡No puede ser—su nieto correteando y ella sin saberlo! Lidia giró la cabeza—se notaba que la había reconocido. Frunció los labios, pero se detuvo. —Hola, Inés Antónovna, le escucho. —Pero, Lidia, ¿cómo ha sido esto? ¿Y Antón? No puede ser, si es un buen chico…—balbuceó Inés Antónovna, tratando de excusar a su hijo. —No se preocupe, él no lo sabía —respondió Lidia secamente, queriendo irse. Pero Inés Antónovna insistía: —Él te quiere, la culpa es mía, confundí a mi hijo. No lo rechaces, hablad al menos —pidió ella, sin apartar la mirada del niño; era Antón chiquitín, era ella quien lo había criado… —¿Cómo se llama tu hijo? —preguntó con la voz rota, tan apenada que Lidia se ablandó: —Se llama Nicolás; vamos, Nico, tenemos prisa, solo hago fiestas infantiles y él siempre va conmigo, no tengo a nadie más. —¿Pero… puedo…? ¡Soy su abuela! —se ofreció Inés Antónovna, pero Lidia calló, se giró y se fue con el niño… —Mamá, ¿has ido a ver a Lidia? —entró Antón en su cuarto unos días después. Todo este tiempo estuvo tan apagada que ni reparó cuando Alejandra se fue de casa. —Mamá, gracias, Lidia me ha perdonado, me deja ver a mi hijo, y haré que se case conmigo. Inés Antónovna lo miró sorprendida. Siempre creyó que su Antón era débil, un niño de mamá, y por eso lo guiaba. Pero ahora era otro. Así que solo le dijo: —Bien hecho, hijo, perdóname a mí, que fui tonta. Hay que luchar por la propia felicidad, incluso… incluso aunque toque luchar contra una madre… Antón y Lidia Antón y Lidia pronto se casaron, viven en casa de Lidia, y la abuela Inés cuida de Nico mientras los padres trabajan. Y a veces Nico se queda unos días con la abuela. Y, maravilla de maravillas: pronto llegará otro bebé; a Lidia le dijeron que será niña. ¡Ahora sí que la abuela tendrá una nieta desde el principio, ya está soñando con ello! Ya no se mete en su vida, tampoco hace falta. Lidia resultó ser una mujer estupenda, y Antón es tan feliz que la sonrisa no se le borra. Menos mal que el corazón aquella vez le dijo que a su hijo solo Lidia lo haría feliz, que sin ella se marchitaría. No se puede construir la felicidad pisoteando la vida de otro, eligiendo por tu hijo la esposa que crees conveniente. Que se case con la única sin la que no pueda vivir…
Otra vez volverá con la amante. Relato Agradezco de corazón el apoyo, los comentarios, los “
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¡Tendríais que haberme reformado la casa, no iros de vacaciones! Mi suegra está enfadada porque nos fuimos de vacaciones y no le pagamos la reforma de su piso. Su vivienda está en buen estado; la reforma es solo un capricho suyo. Nos ve como sus patrocinadores, aunque perfectamente podría costearlo ella misma. Somos muy ahorradores. Estamos pagando la hipoteca y criamos a dos hijos adolescentes. En todos nuestros años de matrimonio, este verano fue la primera vez que salimos de viaje. Hasta ahora siempre íbamos al campo o a una casita junto al lago. Mis hijos no conocían nada más, así que decidimos comprar un viaje organizado a Italia. Hicimos sacrificios para ahorrar, pero mereció la pena. Mi suegra dejó claro tras nuestra boda que no cuidaría de sus nietos. Lo entendí y nunca le pedí ayuda. Así que todos los veranos y fines de semana los niños estaban con mis padres, porque mi marido y yo trabajamos. No la juzgo, criar dos hijos es ya mucho. Ahora está jubilada y tiene derecho a descansar. Se apuntó a natación, viaja, va a exposiciones. Lleva una vida muy activa. El único problema es la seguridad económica: quiere que todos sus caprichos los paguemos los hijos, aunque eso nos perjudique. No le importan las hipotecas ni que tengamos que cuidar de nuestros hijos; lo importante es ayudar a mamá. Cada fin de semana le ponía tareas a mi marido: arreglar algo, ayudar en casa. Este año perdió el sentido común: quería renovar el piso. Todos queremos cosas, pero no siempre se puede. Además, hace cinco años ya lo habíamos reformado y todo sigue nuevo. Mi suegra no sabía que íbamos a Italia. No pensábamos avisarla, solo cerrar la puerta y marcharnos. Y así lo hicimos. Durante nuestra ausencia, vino a casa y al ver la puerta cerrada llamó a mi marido, quien le dijo que estábamos en Italia. Se enfadó y al volver nos esperaba una buena bronca. – Podíais haberme avisado. Y de dónde habéis sacado el dinero? Tendríais que haberme hecho la reforma, no iros de vacaciones. Mi marido suele callar ante su madre, pero esta vez no. Le recordó que nuestro dinero no es asunto suyo. Desde entonces mi suegra no nos habla ni llama a sus nietos. En cambio, otros familiares sí llaman para decirnos lo malos que somos. Nosotros no nos sentimos culpables y mis padres nos apoyan. Hay que disfrutar y viajar mientras se es joven, sobre todo cuando la suegra solo necesitaba el dinero para un capricho, no una urgencia.
¡Tendríais que haberme hecho la reforma, en vez de largaros de vacaciones! Mi suegra está enfadada con