Educación financiera y salud
023
No remuevas el pasado: La historia de Taísia tras cincuenta años, entre decepciones, familia y los silencios de un matrimonio rural en Castilla
No remuevas el pasado A veces me encuentro pensando en la vida de Teresa, ahora que ha cruzado la frontera
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07
Una pequeña historia navideña: Una vez, una anciana maestra ganó por casualidad… ¡una caja de cava! ¡Una caja! ¡De cava! ¡Por pura suerte! En el supermercado habitual donde hacía la compra después de las clases, organizaban un sorteo especial de Año Nuevo. La maestra, mujer práctica, nunca creía en sorteos ni en loterías. Pero la cajera la convenció: —¿No quiere usted cava para la fiesta?, le dijo. La maestra suspiró hondo. Hacía mucho que celebraba el Año Nuevo sola. Su marido había fallecido años atrás, su hija se había ido a estudiar a Madrid y allí se quedó, llamando solo a veces para quejarse del trabajo o la gripe de la nieta y diciendo que no podía venir. Los alumnos la querían, pero tenían otros planes infantiles y las vacaciones llenas de compromisos. Así que la maestra pasaba la Nochevieja en compañía de su viejo árbol de plástico decorado con adornos de cuando Franco, un Papá Noel de algodón y el gato Pancho. —Ponga aquí su apellido y teléfono —la sacó de sus pensamientos la cajera, y cuando cumplió con el trámite, echó el boleto en la urna. La maestra metió sus modestas compras en la bolsa y se fue caminando a casa. Esto ocurrió dos semanas antes de Año Nuevo. Los exámenes de trimestre, las notas, la rutina diaria la absorbieron tanto que se olvidó del sorteo. El 31 de diciembre fue al súper a por pienso para Pancho, su tragón, cuando oyó su nombre y se quedó parada. Delante había una multitud y en alto, el Papá Noel de la tienda anunciando por megáfono los ganadores del sorteo. —¡GONZÁLEZ MARÍA RAMONA! —tronó Papá Noel—. ¿Está aquí María Ramona? La maestra se quedó muda como sus alumnos en clase, pero la cajera la localizó, le levantó el brazo y gritó: —¡Aquí está! Y la arrastró hasta el escenario con Papá Noel. Papá Noel se sorprendió de ver ganar la caja de cava bueno y caro a una señora mayor con abrigo viejo y zapatos gastados, en vez de a una joven con abrigo de piel y vestido brillante. Incluso había llamado a un cámara de la tele local para grabar la entrega y sacarlo en el telediario… “Bueno, qué se le va a hacer —pensó Papá Noel—, el sorteo es el sorteo”. Le entregaron el premio a la maestra solemnemente. Se lo llevaron en un trineo decorado hasta la puerta de la tienda y le hicieron fotos, pero no se publicaron. El sorteo siguió, había más premios. Atónita, la maestra se llevó el cava hacia la salida. “Vaya, ni he dado las gracias a la cajera —pensó—. Si no fuera por ella, nunca habría participado”. Dejó el premio al vigilante, sacó una botella y fue a por la cajera. Leyó su nombre en la chapa: “Sonia”. Le regaló la botella y, agradecida de verdad, se marchó. La segunda botella se la dio al vigilante en agradecimiento, pese a que él no quería; “así me pesa menos”, le dijo. —¿Vive lejos? —preguntó el vigilante. —Aquí mismo, en el portal 22, piso 3ºB —dijo la maestra. Él la ayudó con el trineo, la felicitó y la vio marchar. La maestra cubrió su tesoro con el chal y fue deprisa a casa. Al girar la esquina encontró a su vecina, con quien no se llevaba, pero como es Nochevieja, todos son un poco más amables. Sacó otra botella de cava y se la regaló. La vecina alucinó: “¡Mira la vieja, y compra cava caro!”, pensó. La maestra siguió, el trineo ya más ligero. Al llegar al patio se encontró a los padres de un alumno, llevando el árbol y el roscón, con el hijo corriendo enfrente. Saludaron y, de repente, la maestra les dio una botella más. —¡Para que brindéis vosotros, los jóvenes, en Nochevieja! —¡Pero si es carísimo! —protestaron ellos. —Me ha tocado en el sorteo, acabo de recogerlo —explicó nerviosa. Todos se alegraron y se despidieron. Dejó el trineo en el patio: “A ver si lo cogen los niños para jugar”. Cogió las dos últimas botellas. Subió al ascensor y… de pronto, se fue la luz. Gracias a la vecina gruñona, que justo entraba, llamaron al técnico, que llegó refunfuñando: “¡A estas horas y molestan! Ni el frío ni la nieve las paran…”. Sacó a la maestra del ascensor y, para sorpresa suya, recibió una botella de cava. “¡Vaya con la vieja!”, pensó él, y aceptó: lo usaría para su cita de esa noche. Por fin en casa, con Pancho hambriento, llegó cansada pero feliz. —Esto es lo que me ha pasado, Pancho —dijo—. Gané el cava y lo compartí con buena gente. —Miau —respondió el gato. —Sólo queda una botella… Una pena que, como siempre, pasemos el Año Nuevo solos. Pasaron un par de horas. Preparó la cena, con su ensaladilla y la bandeja de embutido para Pancho. De repente, suena el timbre. Era la cajera con el vigilante y una bolsa que olía a pollo asado. —No somos los Reyes Magos, pero venimos a felicitarla —dijo el vigilante. Sonia le dio el pollo. —La cocina lo ha hecho solo para usted —explicó—. —Qué alegría, pasen, pasen —dijo la maestra emocionada. Ya tenía sus primeros invitados. Unos minutos después, volvió a sonar el timbre: eran los padres del alumno, con el roscón. Vinieron solo a hacerle compañía. Sentados todos, vuelve el timbre. Era la vecina, con un paquete brillante. —¡Para usted! —dijo—. —¡Un regalo! ¡Navideño de verdad! Cuánto tiempo hace que no recibo un regalo —se emocionó la maestra—. Pase, pase. Comenzó el ajetreo navideño. Despidieron el año viendo “La cabina” y brindaron con alegría. Cerca de la medianoche, los invitados se despidieron para ir con sus familias. La maestra y Pancho se quedaron solos. —Ni abrimos el cava —suspiró ella. Y entonces, sonó de nuevo el timbre. Era su hija, su nieta y el yerno, sus invitados más esperados. —¡Mamá, por fin hemos llegado!— La joven abrazó a la anciana. —Perdón por el retraso, había nevado —dijo el yerno—. Y nos hemos dejado el cava.
Una pequeña historia de Nochevieja. Una vez, una maestra jubilada, doña Clara Escudero, ganó por pura
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06
Ese Desagradable Regusto —¡Todo se acabó, no habrá boda! —exclamó Marina. —Espera, ¿qué ha pasado? —se sorprendió Ilya, —¡si todo iba bien! —¿Bien? —ironizó Marina— claro… bien. Solo que… – se quedó callada unos segundos, dándole vueltas a cómo explicárselo… pero al final soltó la pura verdad —¡tus calcetines huelen fatal! ¡No estoy preparada para aguantar ese olor toda mi vida! —¿De verdad le has dicho eso? —se alarmó la madre de Marina al enterarse de que su hija iba a retirar la solicitud de matrimonio— ¡increíble! —¿Por qué? —se encogió de hombros la ex-novia— si es la verdad. No me digas que tú no te habías dado cuenta. —Claro que me había dado cuenta —reconoció su madre, incómoda— pero… es humillante. Pensé que le querías. Si el chico no es malo. Y lo de los calcetines, eso se puede arreglar. —¿Y cómo? ¿Enseñarle a lavarse los pies? ¿Cambiarse los calcetines? ¿Usar desodorante? ¡Mamá! ¿Te escuchas? ¡Que yo me iba a casar, no a adoptar a un niño crecido! —¿Y entonces, por qué llegaste tan lejos con él? ¿Por qué presentaste la solicitud? —¡Por ti, mamá! “Ilyusha es buen chico, un pan de Dios. Me cae muy bien”, ¿eran tus palabras? Y también: “ya tienes veintisiete, ya va siendo hora de casarse y de alegrarme con nietos”. ¿Ahora callas? ¿Es así? —Marina, hija, yo no pensaba que aún dudabas. Parecía que lo vuestro iba en serio —replicó su madre— y, ¿sabes? Me alegro de no haberme equivocado contigo: has pensado bien y has decidido. Pero eso de “los calcetines huelen”… te has pasado. No parece de ti. —Lo dije a propósito, mamá. Para que lo entendiera. En su idioma. Para no dejar camino de vuelta… *** Al principio Ilya a Marina le pareció divertido y algo torpe. Siempre iba en vaqueros y con la misma camiseta. No presumía de saber de Picasso pero podía hablar horas de pelis clásicas. En esos momentos sus ojos brillaban. Con él todo era fácil y tranquilo. Eso fue lo que atrajo a Marina, cansada de dramas y de buscar “al hombre ideal”. A los dos meses de cine y bares, Ilya, avergonzado, le propuso: —¿Quieres venir a casa? Te hago unas empanadillas, ¡las he hecho yo! La invitación sonó cálida, tan familiar, que a Marina le dio un vuelco el corazón. Y ese “las he hecho yo”, la conquistó. Total, aceptó… *** El piso de Ilya no le gustó a Marina. No estaba sucio, pero sí hecho un caos, sin gusto y como abandonado. Paredes grises sin pintar, sofá viejo y mugriento con un solo cojín. El suelo lleno de cajas, libros y revistas viejas. Zapatillas en medio. Y sobre todo, un aire cargado, con olor a polvo y cerrado. Parecía más una zona de paso que un hogar. —¿Qué te parece mi fortaleza? —Ilya abrió los brazos, sonriente, sin pizca de vergüenza. ¡Estaba orgulloso! Y de verdad no veía nada raro. Marina se obligó a sonreír. El chico le gustaba y no quería discutir. Fueron a la cocina. Igual de mal: mesa cubierta de polvo, vajilla sucia, tazas con fondo negro, cazuela destartalada en la encimera. Marina se fijó en la tetera. “¿De qué color era originalmente?”, pensó. El ánimo se le cayó al suelo. Marina escuchaba distraída a Ilya, que intentaba hacerle reír. Pero cuando le dio el plato de empanadillas, se negó a probarlas, excusándose con una dieta… Ni hablar de probar algo de esa cocina. Ya en casa, Marina analizó la visita. A simple vista, lo que vio no era grave, poca cosa. Solo un chico viviendo solo, que se le va el orden. ¿Y qué? Pero detrás de esa “desorganización”, Marina vio algo más grande e incomprensible: ¿cómo se puede vivir así? No por pereza de limpiar un plato, sino porque… así le parece normal. Se le quedó ese desagradable regusto, vaya… *** Luego Ilya fue a casa de Marina. Le pidió matrimonio. Hasta le regaló un anillo. Presentaron la solicitud. Los padres empezaron a preparar la boda. Ser novia es bonito. Pero cuando Marina se quedaba sola y pensaba en Ilya, que siempre quería agradarla, se le aparecía… ¡la tetera indefinida! Y entendía: no era solo la tetera. Era ¡la prueba! Habla de cómo Ilya ve la vida, su día a día, a sí mismo. Y seguramente, a ella. Un día, imaginó una mañana juntos y se horrorizó. Despierta, en la cocina encuentra el té a medias y migas de bocadillo. Al decir: “Cariño, ¿puedes recoger esto porfa?”, él la mira extrañado, como con el piso, sin entender. No discutiría, tampoco gritaría. Simplemente… no entendería. Y cada día, tendría que explicar, limpiar, recordar. Y su amor se iría muriendo, a base de mil pequeñas heridas invisibles para él. Y su madre feliz porque se casa… *** Casarse… La confianza y calidez que sentía Marina con Ilya se esfumaron, sustituidas por una pesada ansiedad. —Marina —le preguntaba Ilya casi cada día, inquieto—, ¿todo bien entre nosotros? ¿Nos queremos? —Claro —respondía ella, notando como algo se le rompía por dentro. Por fin, Marina habló con su amiga y le contó todo. —¿Y qué pasa? —no entendía Katia— Polvo, una tetera… Mi marido deja la cocina que parece que ha pasado un tanque y ni se entera. Los hombres no ven esas cosas. —¡Exacto! No las ven —susurró Marina—. Y él nunca las verá. Pero yo sí. ¡Toda la vida! Y eso me matará poco a poco… *** No le echaba la culpa. Ilya era sincero. Solo vivía en otro mundo. En el mundo donde un plato sucio es “normal”. Para ella era la señal definitiva de incomprensión y desgana. Sabía que no era cuestión de limpieza. Era de dos maneras opuestas de ver el mundo. La fisura en su cabeza acabaría en abismo. Mejor dejarlo antes, que naufragar años después cuando ya sea tarde. Solo faltaba la ocasión… *** Invitaron a Marina e Ilya a una fiesta. Llegaron, se quitaron los zapatos… Entraron al salón… Un olor insoportable les seguía. Marina tardó en entender de dónde venía. Cuando lo supo y vio que los demás también se habían dado cuenta, sintió tanta vergüenza que solo quería desaparecer. Sin decir palabra, salió, se vistió y se fue. Ilya fue detrás, la alcanzó y la agarró del brazo. Ella se giró y le soltó, casi con odio: —¡Se acabó! ¡No habrá boda! *** Y, en efecto, no hubo boda. Marina está convencida de que hizo lo correcto y no se arrepiente. Ilya… Sigue sin entender: ¿de verdad era para tanto? ¡Por unos calcetines podridos! Si hasta podía quitárselos…
Un regusto amargo ¡Se acabó! ¡No habrá boda! exclamó Carmen. Espera, ¿qué ha pasado? balbuceó Diego.
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06
Un descubrimiento que lo cambió todo: La historia de Misha, el alma de la fiesta, que vivió hasta los veintisiete como un torrente primaveral – bullicioso, impulsivo y despreocupado. Conocido en toda la comarca por su espíritu inquieto, era capaz de reunir a los amigos para ir de pesca de noche, y volver al amanecer para ayudar al vecino con su cobertizo torcido. Los mayores movían la cabeza ante su desenfado, su madre suspiraba por su falta de preocupación y sus contemporáneos, ya con familia y casa propia, decían que vivía como todos. Pero al cumplir veintisiete años, una mañana cualquiera despertó diferente: se dio cuenta de la vacuidad de su vida y la necesidad de echar raíces. En una boda rural, observando la melancolía en los ojos de su padre, entendió que debía cambiar. Así comenzó a reconstruir el viejo terreno de su abuelo en las afueras del pueblo, entre bromas y dudas de los vecinos. Aprendió a base de errores, ahorró, trabajó hasta el cansancio y dos años después logró levantar una casa robusta y sencilla. Su padre, orgulloso, le insinuó que buscara una esposa, y fue entonces cuando apareció Julia, la vecina de la infancia, convertida en una joven dulce y serena, que él nunca había notado. El encuentro cambió su perspectiva: comenzó a construir no solo para sí mismo, sino para compartir su vida. Julia, por su parte, había esperado ese momento desde niña. Al final, tras semanas de tímidos acercamientos y una declaración entre las últimas bayas de serbal, ella aceptó su propuesta, y en sus ojos brilló la chispa traviesa de su niñez. Así, Misha encontró aquello que tanto buscaba: no solo un hogar edificado por sus manos, sino el calor de la compañía y el sentido de pertenencia que siempre había anhelado.
Un descubrimiento que lo cambió todo Hasta los veintisiete años, Miguel vivió como un arroyo en primavera
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036
Me enamoré de una mujer de pueblo y acogedora… ¡Y que digan lo que quieran! —¿De verdad me dejas por esa paleta? —mi esposa no daba crédito. —No la llames así, por favor, a Galina. Está decidido, Inés. Perdóname —iba recogiendo mis cosas apresuradamente. —Ojalá recapacites pronto. Te van a tomar por loco tus compañeros, tus vecinos. ¿En qué pensabas? ¿En irte con una simpletona? ¿Y qué les digo a los hijos? ¿Que su padre culto se fugó con una aldeana? —Inés agitaba nerviosa el pañuelo. —¿A los hijos? Ya son mayores, gracias a Dios. A Lucía pronto le entrarán ganas de casarse, y Valerio sigue su camino. Ya no somos ejemplo para ellos. Y sobre los vecinos, compañeros o los que pasen de largo… Me importan un pimiento. Esta es mi vida. Yo tampoco me meto en la alcoba de nadie ni les llevo la vela —intentaba explicarle a Inés mi decisión con la mayor delicadeza posible. No servía de nada. Cuando un matrimonio se rompe, duele a los dos. Inés estaba absorta mirando por la ventana de la cocina. A mí no me daba ni pizca de pena. Ni una. Por dentro, vacío total…
ME ENAMORÉ DE UNA MUJER DE CASA o BUENO, QUE DIGAN LO QUE QUIERAN ¿Que te vas a ir de casa por esa pueblerina?
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0106
Devuélveme la llave de nuestro piso
Con tu padre ya lo hemos decidido dijo Aurora, posando su mano sobre la de su hijo, Jorge .
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010
El amor de madre y padre: Una tarde de familia, recuerdos, carcajadas y un susto inolvidable en un taxi madrileño, o cómo el instinto de los padres despierta como leones ante el peligro para proteger a sus hijos
Amor de madre Hoy, al fin, regresamos a Madrid tras pasar varios días en Valladolid, en casa de mis padres.
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06
No revuelvas el pasado A menudo, Taísia reflexiona sobre su vida, habiendo superado ya el umbral de los cincuenta años. No puede calificar su matrimonio como feliz, principalmente por culpa de su marido, Julián. Se casaron enamorados de jóvenes, se querían mucho. Sin embargo, cuando Julián empezó a cambiar, Taísia no supo detectar el momento exacto. Vivían en un pueblo, en la casa de su suegra, Ana. Taísia siempre procuró mantener la paz en el hogar y respetaba a Ana, quien la trataba con afecto. La madre de Taísia vivía en una aldea cercana con el hermano pequeño de la protagonista y, por desgracia, solía enfermar a menudo. —Ana, ¿cómo te las apañas con tu nuera, la Taísia? —le preguntaban las vecinas curiosas, ora en el pozo, ora en la tienda, o por el camino. —Pues mira, de Taísia no tengo nada malo que decir. Es respetuosa, sabe llevar la casa y el campo, y me ayuda en todo —respondía siempre la suegra. —¡Bah, como si nos lo creyésemos! ¿Desde cuándo una suegra habla bien de su nuera? —replicaban las lugareñas. —Allá vosotras —contestaba Ana y seguía su camino. Taísia tuvo una hija, Violeta, y todos se alegraron mucho. —Taísia, si hasta parece que Violeta se parece a mí —buscaba la suegra sus propios rasgos en la nieta, pero Taísia se reía, a ella le daba igual a quién se pareciera su hija. Cuando la niña cumplió tres años, nació su hijo. Más alegrías y trajines. Julián trabajaba, Taísia atendía a los niños y Ana les ayudaba en todo. Vivían como el resto, si no mejor, tranquilos, y Julián además no era bebedor como tantos hombres del pueblo. Algunas esposas solían buscar a sus maridos detrás del salón de fiestas donde, tras enfiestarse, era difícil que llegasen a casa por su propio pie; sus esposas los arrastraban mientras maldecían todo lo habido y por haber. Estando ya Taísia embarazada de su tercer hijo, se enteró de que Julián le era infiel. En los pueblos todo se sabe, y corrió el rumor con rapidez sobre Julián y Tania, la viuda. La vecina Matilde no tardó en ir a informar: —Taísia, llevas bajo el corazón el tercer hijo de Julián y él… —Matilde se expresó con rudeza— es un desagradecido, anda enredándose con otras. —¿De verdad, Matilde? No he notado nada raro —se sorprendió Taísia. —Claro que no lo has notado. Con dos hijos y el tercero en camino, la casa, la suegra, el campo… ¿Cuándo tienes tiempo para fijarte? Él vive como le da la gana, y todo el mundo sabe que anda con la viuda Tania, que ni lo oculta. Taísia se sintió mal, Ana sabía también la verdad pero guardaba silencio, temía que su nuera se enterase, le daba pena. A menudo reprendía a su díscolo Julián, pero él se calmaba pronto. —Madre, ¿es que llevaste la vela? ¡Cosas de mujeres, chismes! Un día Matilde vino de nuevo apresurada: —Taísia, acabo de ver a tu Julián metiéndose en casa de Tania, lo he visto con mis propios ojos, venía de la tienda. ¿Quieres quedarte sola con tres críos sin marido? Ve y agarra a esa descarada y tira de sus greñas. Estás embarazada, Julián no te pondrá la mano encima —apuraba la vecina. Taísia sabía que no tendría ánimo para pelearse con Tania, y menos sabiendo como era, astuta y conflictiva; su marido se había ahogado borracho y vivieron entre peleas, por eso Tania estaba endurecida. Pensando, Taísia decidió ir. —Iré a mirar a Julián a los ojos, sacarle la verdad. Él nunca admite nada, dice que todo son habladurías —le confesó a Ana, quien intentó disuadirla. —Taísia, no vayas así embarazada, cuídate… Era ya otoño, la noche había caído. Golpeando la ventana de Tania, esperó a que saliera, pero ella respondió tras la puerta cerrada: —¿Qué quieres, por qué llamas así? —Ábreme, sé que mi Julián está contigo, me lo han contado —dijo fuerte Taísia. —Pues sí, ahora mismo voy y abro —se burló Tania. —Vete a casa, no hagas el ridículo —y Taísia escuchó su risa. Se fue apesadumbrada, comprendiendo que no abriría. Su marido volvió tarde, borracho —aunque no era habitual. Taísia no dormía. —¿Dónde estabas? Sé que estabas con Tania, estuvisteis bebiendo. Fui a su casa, no abrió… y tú lo sabes. —¡Ya basta de inventar! —Julián se indignó— Yo no estaba allí. Bebí con Genaro, el cojo, nos entretuvimos y se nos pasó el tiempo. Taísia no creyó a Julián, pero no dijo nada, no era de las que arman escándalo. ¿Qué podía hacer? “El que no es pillado, no es ladrón”, pensó. Esa noche no pudo dormir. —¿Adónde iría yo con dos hijos y un tercero en camino? Mi madre está enferma y vive con mi hermano y su familia, hay tres críos allí, la casa es pequeña. ¿Cómo íbamos a caber todos? Su madre siempre le decía, cuando se quejaba de las infidelidades de su marido: —Aguanta, hija, ya te casaste y tienes hijos. ¿Crees que fue fácil para mí vivir con tu padre? Bebía y nos echaba, ¿recuerdas que nos escondíamos en casa de los vecinos? Al fin, Dios dispuso lo suyo y se lo llevó. Pero yo aguanté. Al menos tu Julián no te bebe mucho ni te levanta la mano. Siempre ha sido así para las mujeres, aguantar. No siempre estaba de acuerdo Taísia, pero sabía que no podría marcharse, y Ana también la animaba y tranquilizaba. —Hija, ¿adónde irías con los niños? Pronto nacerá el tercero, juntas podremos lidiar con Julián. La tercera hija, Araceli, nació débil y enfermiza, seguramente a causa de las penas sufridas por Taísia durante el embarazo. Pero con el tiempo se calmó, Ana le dedicó mucha atención. —Taísia, ¿has oído la última? —de nuevo Matilde, trayendo rumores como una urraca— Tania ha metido a Miguel en casa, la mujer lo echó de la suya. —Pues allá ellos, que le vaya bien —respondió Taísia, feliz de que Julián dejara de frecuentar la casa de la viuda. Pero al mes volvió Matilde: —Miguel se fue de casa de Tania, regresó con su esposa. Ahora Tania tendrá que buscarse otro hombre. Que no se te escape Julián, que igual vuelve aquello —advirtió la entrometida vecina. El matrimonio de Taísia volvió a la calma. Ana también se alegraba, pero si a un hombre le domina el demonio, nunca se está quieto. Un día en el camino a la tienda, Ana se cruzó con su amiga Asunción. —Ana, ¿en quién ha salido tu Julián? Si Taísia es buena mujer y madre, ¡y tú misma la alabas! ¿Qué más quiere él? —Que ya, Asunción, ¿por qué?, ¿acaso Julián sigue con esas andanzas? —Aún anda detrás de mujeres… Vive bien contigo, como Dios manda, siempre con comida y todo limpio. Ahora anda con Verónica, la divorciada que trabaja en el comedor del pueblo… Ana no se lo dijo a Taísia, pero reprendía al hijo en voz baja, sin éxito. Pronto se corrió el rumor y Matilde fue a informar. Lágrimas y súplicas, pero Julián siguió con sus escapadas, aunque no tenía intención de dejar la familia —sabía que nunca podría abandonar a su mujer y sus hijos. Pero tampoco era fiel: le resultaba cómodo, la familia en casa, el orden, y una amante para divertirse. Ana reprendía abiertamente al hijo, pero difícilmente un hombre escucha a su anciana madre. Él se defendía: —Madre, trabajo y traigo dinero, y vosotras sólo me acusáis. Creéis los cotilleos… Ya no bebía, antes no abusaba, pero ahora ni tocaba el alcohol. Pasaron los años. Los hijos crecieron: la mayor, Violeta, se casó en la capital de la comarca, donde estudió en el instituto. El hijo se graduó en la ciudad y se casó allí con una muchacha local. La pequeña, Araceli, termina el bachillerato y también piensa en estudiar en la ciudad. Julián se ha calmado, ya no sale, está entre el trabajo y el hogar. A menudo reposa en el sofá, la salud le va fallando. No bebe nada, nunca fue un gran bebedor, pero ahora, ni una gota. —Taísia, el corazón me va raro, como si se me irradiara a la espalda… —se queja, —y estos dolores de rodillas, ¿qué será? Los huesos no me dejan… Quizá deba ir al médico… Taísia no lo compadece. Su alma está endurecida, tras tantas lágrimas y desilusiones, ahora que su marido se ha calmado. —La salud le falla, por eso se queda en casa, que vaya y se queje con sus antiguas amigas… Que sean ellas quienes se ocupen de él —piensa. Ana ya falleció y la enterraron junto a su esposo. En la casa de Julián y Taísia reina la calma. A veces vienen los hijos y los nietos, ambos se alegran. El padre se queja a los hijos de su salud y hasta culpa a su mujer por no cuidarlo. La mayor le trae medicinas y se preocupa por él, y hasta le dice a su madre: —Mamá, no le regañes tanto a papá, está malito —le duele a Taísia que la hija tome partido por el padre. —Hija, él se lo buscó, llevó una juventud demasiado alegre, y ahora quiere que lo mime. Yo también sufrí mucho por él y mi salud se quebró entonces —se justifica la madre. El hijo también anima a su padre, hablan mucho entre ellos (como es lógico entre hombres). Los hijos parecen no entender a la madre, cuando ella les explica que su padre le fue infiel y aguantó por ellos, para que no crecieran sin padre. Lo difícil que fue todo, el dolor… Pero la respuesta era siempre la misma. —Mamá, no revuelvas el pasado, no hagas sufrir a papá —decía la mayor, y el hermano apoyaba. —Mamá, lo que pasó, pasó —la consolaba el hijo, acariciándole el hombro. Le duele a Taísia que los hijos estén de parte del padre, pero lo comprende y no les guarda rencor. Así es la vida. Gracias por leer, por suscribirte y por tu apoyo. ¡Que tengas mucha suerte en la vida!
No remuevas el pasado Hoy vuelvo a pensar en mi vida, como hago a menudo desde que crucé el umbral de
Irina contemplaba desde la ventana cómo la nieve densa caía sobre Madrid. La conversación telefónica con su marido llegaba a su fin—una llamada cotidiana, como tantas otras en sus quince años de matrimonio. Jorge, como siempre, informaba sobre su “viaje de negocios” en Barcelona: todo en orden, reuniones según lo previsto, volvería en tres días. “Bien, cariño, hablamos luego” —dijo Irina mientras apartaba el móvil para colgar. Pero de pronto algo la detuvo. Escuchó con total claridad, al otro lado de la línea, la voz de una mujer joven y melodiosa: “Jorgito, ¿vienes? Ya he llenado la bañera…” La mano de Irina quedó suspendida en el aire. El corazón se le paró un instante, luego comenzó a latir desbocado, a punto de romperle el pecho. Rápidamente llevó el teléfono de nuevo al oído, pero sólo oyó el tono de llamada: Jorge ya había colgado. Irina se dejó caer despacio en el sillón, notando cómo las piernas le flaqueaban. En su cabeza daban vueltas pensamientos frenéticos: “Jorgito… una bañera… ¿qué bañera en un viaje de trabajo?” Su memoria empezó a lanzarle recuerdos extraños de los últimos meses: viajes constantes, llamadas nocturnas que Jorge siempre atendía en la terraza, aquel perfume nuevo en el coche… Con manos temblorosas abrió el portátil. Acceder al correo de él no costó nada—sabía la contraseña desde aquellos tiempos en que entre ellos existían la confianza y la sinceridad. Billetes, reservas de hotel… “Suite nupcial” en un cinco estrellas del Eixample barcelonés. Para dos personas. En el correo localizó también una conversación. Cristina. Veintiséis años, entrenadora personal. “Amor, ya no lo soporto más. Me prometiste que te separarías hace tres meses. ¿Cuánto más tengo que esperar?” A Irina le empezó a faltar el aire. Se le apareció la imagen de su primera cita con Jorge—entonces él era un simple comercial y ella una joven contable. Juntaron ahorros para casarse, alquilando un pequeño piso. Celebraban cada logro, se apoyaban en los fracasos. Ahora él es director comercial y ella, la jefa de contabilidad de la misma empresa, y entre ellos se abre un abismo de quince años… y veintiséis de una tal Cristina. En la suite del hotel, Jorge caminaba nervioso de un lado a otro. “¿Por qué hiciste eso?”—su voz temblaba de rabia. Cristina, tumbada en la cama envuelta en un albornoz de seda, se desperezó como un gato satisfecho. Su larga melena caía sobre la almohada. “¿Y qué tiene de malo? Tú mismo dijiste que ibas a separarte de ella.” “¡Decido yo cuándo y cómo! ¿Sabes lo que has provocado? Irina no es tonta, ya lo ha entendido todo.” “¡Mejor así!”—Cristina se incorporó de un salto. “Estoy harta de ser la amante escondida en hoteles. Quiero ir a restaurantes contigo, conocer a tus amigos, ser tu esposa, ¡por fin!” “Te comportas como una niña”—Jorge apretó los dientes. “¡Y tú como un cobarde!”—ella se plantó delante—. “¡Mírame! Soy joven, guapa, puedo darte hijos. ¿Y ella? ¿Sólo sabe contar tu dinero?” Él la agarró por los hombros: “No hables así de Irina. No sabes nada de ella, ni de nosotros.” “Sé suficiente”—Cristina se zafó—. “Sé que eres infeliz con ella, que se ha refugiado en el trabajo y la rutina. ¿Cuándo fue la última vez que hicisteis el amor? ¿O que viajasteis juntos?” Jorge se volvió hacia la ventana. En algún lugar de ese Madrid nevado, en el piso de ambos, todo se desmoronaba. Quince años de vida juntos caían como un castillo de naipes por culpa de una frase caprichosa de una chica joven. Irina permanecía a oscuras en la cocina, apretando una taza de té frío. El móvil marcaba decenas de llamadas perdidas de su marido. No respondía. ¿Qué iba a decir? ¿”Cariño, he oído cómo tu amante te llama a la bañera”? La memoria proyectaba imágenes de su vida juntos: Jorge regalándole el anillo al arrodillarse en medio de un restaurante; el traslado al primer piso—un modesto dos dormitorios en Carabanchel; él consolándola cuando perdió a su madre; la celebración por su ascenso… Después llegaron las interminables urgencias en el trabajo, las hipotecas, las reformas… ¿Cuándo fue la última vez que hablaron de verdad? ¿Que vieron una película abrazados en el sofá? ¿Que soñaron el futuro en común? El móvil vibró otra vez. Esta vez, era un mensaje: “Irene, tenemos que hablar. Te lo explico todo.” ¿Qué iba a explicar? ¿Que ella se ha quedado vieja? ¿Que se ahogó en la rutina? ¿Que una joven entrenadora personal entiende mejor sus deseos? Irina se miró al espejo. Cuarenta y dos años. Arrugas bajo los ojos, canas que tapa mes a mes. ¿Cuándo empezó ese cansancio en la mirada, esa vida medida por horarios, esa búsqueda constante de seguridad? “¿Jorge, dónde estabas?”—Cristina lo recibió con gesto de fastidio al volver a la habitación tras otro intento fallido de contactar a su mujer. “No ahora”—él se desplomó en el sillón, aflojándose la corbata. “¡No, ahora! Quiero saber qué va a pasar. Sabes que ahora habrá que tomar decisiones…” Jorge la miró—guapa, segura de sí misma, llena de energía. Así era Irina hace quince años. Dios, ¿cómo ha podido hacerle esto? “Cristina”—se frotó el rostro agotado—“tienes razón. Hay que decidirlo todo.” Ella se iluminó y se lanzó a sus brazos: “¡Mi amor! ¡Sabía que escogerías lo correcto!” “Sí”—él la apartó con suavidad—. “Tenemos que terminar.” “¿Qué?”—retrocedió como si la hubieran golpeado. “Esto ha sido un error”—se levantó—. “Quiero a mi mujer. Tenemos problemas, sí, nos hemos distanciado. Pero no puedo ni quiero borrar lo que hemos vivido.” “¡Eres un cobarde!”—las lágrimas rodaron por su cara. “No, Cristina. Cobarde fui al comenzar esta aventura. Al mentir a la mujer que compartió conmigo alegrías, penas, éxitos y derrotas durante quince años. Tienes razón: soy infeliz. Pero la felicidad se construye, no se busca fuera.” El timbre sonó pasada la medianoche. Irina supo que era él—había cogido el primer AVE. “Irene, por favor, ábreme”—su voz llegaba amortiguada por la puerta. Le abrió. Jorge estaba desaliñado, ojeroso, con la mirada llena de culpa. “¿Puedo pasar?” Ella se hizo a un lado sin palabras. Fueron a la cocina—ese lugar donde alguna vez soñaron juntos, tomaron decisiones importantes. “Irene…” “No hace falta”—ella alzó la mano—. “Sé todo. Cristina, veintiséis años, entrenadora personal. Leí tu correo.” Él asintió, sin palabras. “¿Por qué, Jorge?” Él miró largo rato la ciudad nocturna por la ventana. “Porque soy un cobarde. Porque tuve miedo de que nos hubiéramos convertido en extraños. Porque ella me recordaba a ti—la de antes, llena de energía y sueños.” “¿Y ahora qué?” “Ahora…”—se volvió hacia ella—“quiero arreglarlo. Si tú quieres.” “¿Y ella?” “Se acabó. He entendido que no puedo, ni quiero, perderte. Sé que no merezco tu perdón. Pero, ¿lo intentamos de nuevo? Buscamos ayuda, pasamos más tiempo juntos, intentamos volver a ser quienes fuimos…” Irina le miró—canoso, envejecido, pero tan suyo como entonces. Quince años no son solo un número. Son recuerdos, costumbres, bromas privadas, el arte de callar juntos. Saber perdonar. “No lo sé, Jorge”—lloró por primera vez esa noche—. “No lo sé…” Él la abrazó suavemente, y ella no se apartó. Fuera, la nieve seguía cubriendo Madrid con su manto blanco. Y en algún lugar de Barcelona, en la habitación de un hotel, una joven lloraba por primera vez ante la dura verdad: el auténtico amor no es pasión ni romance. Es una elección diaria. Mientras tanto, en aquella cocina, dos personas maduras intentaban recomponer los pedazos de sus vidas. Les esperaba un largo camino—entre reproches y desconfianza, terapia y conversaciones dolorosas, el esfuerzo de conocerse de nuevo. Pero ambos sabían que a veces, sólo perdiendo algo se aprende a valorarlo. 💬 Amigos, si os ha gustado esta historia y queréis seguir leyendo más, dejad vuestros comentarios y no olvidéis dar a ‘me gusta’. ¡Vuestro apoyo nos anima a seguir escribiendo!
Aurora estaba de pie junto a la ventana, observando cómo la nieve espesa caía sobre Madrid, cubriendo
Educación financiera y salud
015
DOS HERMANAS… Había una vez dos hermanas. La mayor, Valentina, guapa, exitosa y rica. La menor, Zoila, una alcohólica perdida. De belleza ya poco quedaba en la época de esta historia: con 32 años, Zoila parecía más una anciana desmejorada. Delgada, con el rostro hinchado y amoratado, casi sin ojos visibles, el pelo opaco y enmarañado, sucio y sin peinar desde hacía mucho. A Valentina poco se le podía reprochar: invirtió no solo tiempo sino también mucho dinero intentando sacar a su hermana de las garras del alcoholismo: la llevó a clínicas caras, incluso a curanderas del pueblo—todo inútil. Le compró un pisito acogedor a su nombre para que Zoila no pudiera cambiarlo por una botella. Pero tras medio año, en el piso solo quedaba un colchón sucio donde yacía moribunda su hermana, cuando Valentina llegó para despedirse, ya que se iba a vivir al extranjero. Zoila ya ni hablar podía, apenas si lograba abrir los ojos para distinguir entre los párpados hinchados la silueta indiferente contra la ventana sucia y mugrienta. Cerca, botellas vacías compartidas generosamente por los borrachos del barrio. Valentina no pudo dejar a su hermana; ¿cómo vivir luego con esa carga? La conciencia le pesaría. Decidió, para limpiar su conciencia, llevar a Zoila con la tía Olga, en el pueblo. Con esta tía apenas tenían contacto, solo sabían que era hermana de su difunta madre y que, muchos años atrás, las visitaba trayendo regalos del campo: mermeladas, manzanas olorosas y secas, setas secas. Valentina solo recordaba el nombre del pueblo. Pensó: no nos avisaron para el funeral, así que la tía debe seguir viva. Pidió ayuda a un conocido, envolvieron a Zoila en una manta, la pusieron en el asiento trasero del coche y partieron rumbo al pueblo de Samovarovo. Encontraron la aldea y la casa de la tía Olga, una aldeita de solo cuatro casas. Depositaron a Zoila en la cama de la tía, Valentina dejó dinero sobre la mesa diciendo: “se me va, tía Olga, y yo no puedo quedarme; ahí tiene para el entierro, vendré alguna vez, al menos para visitar la tumba. Con eso llega para una valla y una lápida”. Y también dejó la llave del piso de Zoila. ¿A quién más, si no? Rechazó el té y se marchó… La tía Olga, una mujer de 68 años pero todavía fuerte y enérgica, destapó a Zoila, comprobó que aún respiraba y puso a hervir agua en el samovar. Mientras, picó hierbas secas de unos saquitos de lino, añadió bayas y preparó una infusión que dejó reposar bien tapada. Durante tres días dio de beber a Zoila por la fuerza infusiones de hierbas con miel cada media hora con una cucharilla, incluso por la noche. Al cuarto día añadió leche de su cabra Marta, también a cucharadas. Luego vino el turno de caldos de verduras y consomé de gallina, de sus propias gallinas —tenía solo siete, pero sacrificó dos para salvar a su sobrina. Tras un mes, Zoila consiguió sentarse sola en la cama. La tía empezó a llevarla en trineo a la sauna del pueblo (ya era invierno), bien envuelta en un chal y una manta. En la sauna, la lavaba también con infusiones de hierbas, y luego le peinaba el cabello hasta que olía a yerba y verano… La tía Olga, que vivía sola, volcó todo el amor y cuidado acumulado en su sobrina, y la salvó. Así, cucharada a cucharada, con cada infusión, vertía pedacitos de su bondadoso corazón en la moribunda Zoila. Ni clínicas de lujo ni brujas pudieron salvar a la chica, pero su tía sí. Zoila sobrevivió. Recuperó fuerzas gracias a la sabrosa leche de la cabra Marta, perfumada de trébol, y los huevos frescos en las tortillas suaves de la mañana. Su pelo se volvió sedoso y brillante. Las mejillas volvieron a tener color, y resultó ser guapa y de ojos azules. Poco a poco empezó a ayudar en la casa y después en el establo: aprendió a ordeñar a Marta, recogía los huevos cada mañana. Comían comida sencilla, casi toda de su huerto. Después de volver prácticamente de la muerte, Zoila no recordaba su vida anterior; esta, la nueva, le gustaba. Empezó a disfrutar del sol cuando salía, de las nubes blancas, de las flores que despiertan en primavera. Cerca del río apareció una pata con patitos y Zoila los alimentaba con pan. Y además, descubrió un talento: la tía Olga le enseñó a tejer ganchillo. Al principio hacía tapetes, pero luego, tras un viaje a la ciudad para comprar lanas, empezó a tejer grandes chales de lana con dibujos que sorprendían por su belleza. Empezaron a llover los encargos. Zoila empezó a ganar dinero. Tres años después, Zoila, convertida en una mujer guapa y emprendedora, se llevó a su querida tía desde la remota Samovarovo a una tranquila localidad junto al cálido Mediterráneo, donde, juntando los ahorros de la tía y sus propias ganancias por la venta de chales exclusivos, compró una casita acogedora con un pequeño huerto. Por la mañana, la cabra Marta (cuyo transporte en furgoneta pagó Valentina) mastica pensativa una manzana recién arrancada y mira el mar. Allí, entre las olas, nadan sus dos mujeres preferidas. ¿Y sabéis qué es lo más bonito de esta historia? Que es real.
DOS HERMANAS Vivían dos hermanas. La mayor, Carmen, era bellísima, exitosa y adinerada. La menor, Lourdes