Cuando la llave giró en la cerradura, sintió que el corazón se le salía del pecho y que el alma corría a su encuentro… 🤔 —¿Cuántos errores puedes cometer? ¡Y encima unos fallos de principiante! ¡Mira esto! —exclamó doña Alicia Edouardovna, señalando el informe mensual con su larguísima manicura, casi rompiendo su uña postiza. —¡Anda, vuelve a hacerlo! Y, en fin, si no puedes con esto, ¡déjalo ya! —La jefa, que normalmente era una mujer bien arreglada y atractiva, con el enfado se transformaba en un demonio. Elisa salió del despacho sin decir palabra. Quedaba poco más de una hora para terminar la jornada. Tenía que darse prisa. Ya la habían dejado sin la prima. Era una de esas rachas negras, de las de verdad, y todavía con obstáculos añadidos. Una semana atrás llamó a su madre, que ya de por sí tenía tendencia a levantarse con mal pie. Sin motivo, le montó un drama y la acusó de todos los males, para colgar bruscamente el teléfono. Elisa nunca se acostumbraba a aquello y lo pasaba fatal. Ahora hasta temía llamar a su madre. Dos días atrás perdió su tarjeta bancaria, y tuvo que bloquearla y pedir otra. Ayer, su única compañía —Fina, una gata tricolor de un año—, se coló por el balcón tras un pájaro y se cayó desde un tercer piso. Elisa la vio levantarse como pudo entre las flores, sacudirse y marcharse, pero al bajar al portal no la encontró. Pasaron casi veinticuatro horas sin rastro de Fina. Como pudo, entregó ese infame informe y se fue a casa. Ni siquiera quería pasar por el supermercado. Se tumbó en el sofá y rompió a llorar, de esas veces que duele hasta el alma. Ni tras media hora de lágrimas se sintió mejor. Empezaron a surgir, como serpientes, pensamientos oscuros. ¿Para qué vivir? A su madre no le hacía falta, no tenía familia. Y la gata, perdida. De repente, esa decisión que acababa de tomar le dio una extraña sensación de alivio. “Ya se apañarán cuando no esté y se desesperarán. Pero será demasiado tarde”, pensó, amargamente. Lo que le aliviaba era imaginar que mañana no tendría que volver al trabajo, ni llamar a su madre para pedirle perdón por cosas que nunca hizo. Le invadió una ligereza casi eufórica. Fue entonces, cuando solo le quedaba dar un pequeño paso más, que sonó el teléfono. Número desconocido. Estuvo a punto de no contestar, pero pensó: —¿Y si esta es la última voz humana que escucho en mi vida? —¿Sí…?, —nadie respondía al otro lado—. ¿Por qué llama y se queda callado? —le empezaba a irritar. —Buenas tardes… —una voz grave de hombre sonó por el auricular—. Por favor, no cuelgue. —¿Quién es usted? ¿Qué quiere? —Elisa iba con prisa, y esto la distraía de lo que —pensaba ella— era un asunto vital. —Solo quería oír una voz humana… Llevo una semana sin hablar con nadie. Pensé: si hoy tampoco me contesta nadie, ya está… —soltó un suspiro entrecortado. —¿Pero cómo? ¿No puede salir a hablar con alguien? ¿Dar una vuelta por el parque? ¡Es tan fácil! —Elisa se subió al alféizar de la ventana, contemplando el mundo. —No puedo. Vivo en un quinto. Hace una semana se fue mi mujer… —Su voz sonó más triste aún. —¡Yo también me habría ido, vaya hombrecito! —contestó, sin comprender el problema. —Estoy en silla de ruedas. Desde hace menos de un año. No me atrevo a bajar los cinco pisos, no hay ascensor en el edificio. —su voz sonaba ahora más fuerte. —¿No tienes piernas? —preguntó, horrorizada Elisa, cayendo en la cuenta en el mismo momento, aunque ya era tarde. —¡No, tranquila! Fue una lesión en la médula. No puedo andar. —Y juraría que suspiró y sonrió. Hablaron como media hora. Elisa anotó su dirección. En menos de una hora llamó a su puerta, cargada con dos bolsas grandes. Le abrió un hombre joven y guapo en silla de ruedas. —¡Soy Elisa! —solo entonces se percató de que ni siquiera sabía su nombre. —¡Arsenio! —él la miró y sonrió con esa expresión luminosa de quien ha estado esperando toda su vida ese momento. Resultó que vivían bastante cerca. Elisa comenzó a visitarle cada día. Pronto se dio cuenta de que, en comparación con la desgracia de Arsenio, sus propios problemas eran minucias; minucias que casi le habían robado las ganas de vivir. Su carácter empezó a cambiar. Cuidaba de él, se volvió fuerte, resuelta, terca. Como por arte de magia, Fina regresó. Estaba acurrucada en el felpudo, esperando a Elisa a la vuelta del trabajo. La jefa volvió a intentar descargar su malhumor por la mañana. Elisa, esta vez, aguantó pocos segundos y contestó: —Doña Alicia Edouardovna, ¿con qué derecho me grita y humilla? No pienso seguir trabajando en una atmósfera así. Si me da ahora la jaqueca me cojo la baja. ¿Quién le va a hacer mi trabajo entonces? —Las chicas del departamento disimularon una risa. La jefa, sin decir palabra, se marchó. Llamó su madre, sin poder soportar tanto silencio: —¡Hola, hija! ¿Por qué no llamas? ¿Por qué te mantienes en silencio? ¿Te da igual cómo vive tu madre? ¡Cuánta frialdad! ¡Eres desagradecida! ¿Elisa, me oyes? —ya estaba gritando la madre. —Hola, mamá. No pienso seguir una conversación en ese tono. —Elisa mantuvo la voz firme y tranquila. —¿Cómo te atreves? ¡Cuelgo!- La madre ya casi chillaba. —Cuélgalo… —respondió su hija, indiferente. A los dos días volvió a llamarla. No se disculpó —eso no iba con su carácter—, pero la conversación sí fue tranquila y educada. Al mes, Elisa se mudó a casa de Arsenio, alquilando su propio piso. Su amistad se fue transformando en algo más: ternura, confianza, gratitud. Quizá así nace el amor. Con el dinero del alquiler, Elisa le contrató a Arsenio un masajista. Los fines de semana iban a la piscina. Y, ¡alegría!, la sensibilidad empezó poco a poco a regresar. Ya podía mover los dedos de los pies. Un día su madre enfermó. Elisa, tras pedirse dos días en el trabajo, fue a cuidarla. Arsenio la esperaba y la echaba mucho de menos. Como un perro fiel, se pasaba el día tumbado en el sofá esperando. Era febrero, y ese día una nevada tremenda azotaba la ciudad. Como sabía la hora de llegada del autobús, calculó cuánto tardaría en subir, en llegar a casa… El tiempo pasaba, y Elisa no llegaba. Arsenio se arrimó a la ventana. No veía nada, la tormenta de nieve era un muro blanco. Su móvil llevaba horas apagado. Pasó una hora, dos, tres… Cuando la llave giró en la cerradura, sintió que el corazón se le salía del pecho y que el alma corría a su encuentro. —¡Senén! El autobús patinó y tuvimos que esperar a la quitanieves… El móvil se me quedó sin batería nada más subir. —gritaba, quitándose el abrigo en la entrada—. ¡Senén! —corrió al salón y se quedó helada. Él estaba de pie, a dos pasos de la silla de ruedas, y sonreía.

Cuando la llave giró lentamente en la cerradura, el corazón de Liza casi se le salió del pecho y el alma se le adelantó, buscando desesperadamente su regreso…

¿Pero cuántas veces vas a cometer los mismos errores? ¡Y qué equivocaciones más absurdas! ¡Mira esto! exclamó Alicia Fernández, su jefa, hundiendo con su esculpida uña el informe mensual de tal manera que casi quiebra el esmalte francés.

¡Anda! ¡Rehazlo! Y mira, si no sabes hacer ni esto, ¡mejor vete! Aunque era una mujer siempre arreglada, incluso elegante, cuando se enfadaba parecía una criatura sacada del infierno.

Luz María salió del despacho en completo silencio. Faltaba poco más de una hora para terminar la jornada. Tenía que darse prisa. Aunque la bonificación ya la había perdido.

Era una racha oscura, interminable, y encima plagada de obstáculos. Hacía una semana, había llamado a su madre. Como tantas veces, la encontró de malas. Sin motivo, montó una escena, le echó en cara todos los males del mundo y le colgó el teléfono. Luz María, aún después de tanto tiempo, no se acostumbraba. Le dolía demasiado. Y ahora, ni el valor tenía para volver a llamarla.

Dos días atrás, perdió su tarjeta de débito; tuvo que bloquearla y solicitar una nueva.

Ayer, su único ser querido Luciérnaga, su gata tricolor, apenas cumplido el año, salió al balcón tras un gorrión y cayó desde un tercer piso. Luz María vio como la gata se levantaba del parterre, tambaleándose, y se marchaba. Bajó al jardín, la buscó, la llamó. Nadie la había visto. Ya pasaban casi veinticuatro horas y Luciérnaga seguía sin aparecer.

Entregó, como pudo, aquel maldito informe y se fue directa a casa. Ni ganas tenía de entrar al supermercado.

Se dejó caer en el sofá y se puso a llorar. Lloró amargamente. Cuando ya no tuvo lágrimas, ni así sintió alivio. Los pensamientos, negros como serpientes, se le fueron enroscando por dentro. ¿Para quién vivía? No le hacía falta a su madre, no tenía familia. Hasta su gata se había perdido. Y lo que le pasó por la cabeza en ese momento, irónicamente, le trajo un poco de paz.

“Que luego se apañen como puedan”, pensó con un deje amargo. “Ya será demasiado tarde”.

Se sintió liviana al imaginar que mañana ya no tendría que ir a la oficina. Ni llamar a su madre para volver a suplicar perdón por pecados inventados. Una alegría insólita le invadió.

Y justo cuando ya solo faltaba un paso… sonó el teléfono. Número desconocido. Pensó en no responder. Pero, ¿y si era la última voz humana que escucharía en la vida?

¿Sí…? Nadie contestó. ¿Hola? ¿Por qué llama y no habla? la impaciencia empezó a sacarle de quicio.

Buenas noches… un grave y cansado timbre masculino rompió el silencio. Por favor, no cuelgues.

¿Quién eres? ¿Qué quieres? Luz María tenía prisa, y se lo estaban impidiendo.

Solo necesitaba escuchar una voz. Llevo una semana sin hablar con nadie. Si nadie me respondía hoy… ya no sé…

¿Cómo es eso? ¿No puedes salir a la calle? Vete a dar un paseo por el Retiro, respira. Es lo más sencillo Luz María se acurrucó en el alféizar, mirando la noche de Madrid.

No puedo. Vivo en un quinto sin ascensor. Hace una semana se fue mi mujer… su voz se apagó.

Pues razón no le faltaba… ¿no eres un hombre o qué? No entendía, sinceramente, el drama ajeno.

Estoy en silla de ruedas. Desde hace menos de un año. Y no me atrevo… cinco plantas hasta la calle no las bajo. Además, no hay ascensor en este edificio ahora su voz sonó más firme.

¿Te faltan las piernas? musitó Luz María, horrorizada. Se arrepintió en el acto, pero ya era tarde.

No es eso. Lesión medular. No puedo caminar y percibió una sonrisa triste al otro lado.

Siguieron hablando más de media hora. Luz María anotó la dirección de su interlocutor. Y, en apenas una hora, ya estaba delante de su puerta con dos grandes bolsas de la compra.

Abrió un joven atractivo, sentado en una silla de ruedas.

Soy Luz María. Sólo entonces se dio cuenta de que ni siquiera sabía su nombre.

Arturo él sonrió de forma tan radiante que parecía estar esperándola de toda la vida.

Resultó que vivían no muy lejos el uno del otro. Pronto, Luz María se acostumbró a ir a verle cada día. Comparados con sus problemas, los de Arturo parecían insalvables, y los suyos, minucias que no merecían tanto pesar. Empezó a cambiar; se volvía más decidida, valiente y tenaz.

Como por arte de magia, Luciérnaga apareció de repente: sentada, digna, sobre el felpudo esperando a que Luz María regresara de trabajar.

La jefa, como siempre, intentó empezar la mañana desahogándose con Luz María. Pero esta vez, ya no la soportó:

Alicia Fernández, ¿por qué grita y me humilla? No puedo trabajar bajo esta presión. Me va a dar una jaqueca y me iré al médico. ¿Quién le reemplazará mi puesto? Las compañeras no pudieron ocultar las carcajadas. La jefa dio media vuelta y se fue, en silencio.

Al poco, llamó su madre, incapaz de soportar el silencio.

¡Hola, hija! ¿Pero cómo puedes no llamarme? ¿No te preocupa cómo estoy? ¡Eres de piedra! ¡Malagradecida! ¿Me oyes, Luz María? terminó gritando.

Hola, mamá. Pero no pienso seguir hablando contigo si me hablas así Luz María contestó calma y firme.

¡Pero cómo te atreves! ¡Te cuelgo! gritó su madre, histérica.

Hazlo respondió la hija, sin emoción.

Dos días después, su madre volvió a llamar. No pidió disculpas, claro, pero habló con educación, sin dramas.

Al mes, Luz María se fue a vivir con Arturo. Puso en alquiler su piso.

La amistad fue creciendo y transformándose en algo más: ternura, confianza, gratitud. Y tal vez así nace el amor.

Luz María, con los euros que sacaba del alquiler, pudo pagar un masajista para Arturo y consiguió que le admitiesen en la piscina los fines de semana.

Y, con alegría, poco a poco la sensibilidad fue regresando. Ya podía mover los dedos de los pies.

Una tarde, la madre de Luz María enfermó. La chica pidió dos días libres y viajó a su casa a verla.

Arturo la echaba de menos desesperadamente. Como un perro leal, pasaba los días tumbado en el sofá, esperando, contando los minutos.

Era febrero. Aquella tarde, el temporal nevaba con furia en las calles de Madrid. Arturo supo a qué hora llegaría el autobús, calculó exactamente los minutos que le llevaría llegar hasta la casa y subir. Los minutos pasaron. Una hora. Dos. Tres… Ella no aparecía. Él se sentó a esperar junto a la ventana, pero no se veía nada, la ventisca lo cubría todo. Su móvil llevaba horas sin señal. Así pasaron las horas.

Cuando por fin la llave giró en la cerradura, su corazón casi explotó de alegría y el alma se le precipitó al encuentro.

Arturito, el autobús se quedó atascado por la nevada, estuvimos esperando a que despejaran la carretera… El móvil se me quedó sin batería gritaba ella quitándose el abrigo entrando por el pasillo ¡Arturo! corrió al salón y se quedó paralizada.

Él estaba de pie, a dos pasos de la silla, y le sonreía.

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Cuando la llave giró en la cerradura, sintió que el corazón se le salía del pecho y que el alma corría a su encuentro… 🤔 —¿Cuántos errores puedes cometer? ¡Y encima unos fallos de principiante! ¡Mira esto! —exclamó doña Alicia Edouardovna, señalando el informe mensual con su larguísima manicura, casi rompiendo su uña postiza. —¡Anda, vuelve a hacerlo! Y, en fin, si no puedes con esto, ¡déjalo ya! —La jefa, que normalmente era una mujer bien arreglada y atractiva, con el enfado se transformaba en un demonio. Elisa salió del despacho sin decir palabra. Quedaba poco más de una hora para terminar la jornada. Tenía que darse prisa. Ya la habían dejado sin la prima. Era una de esas rachas negras, de las de verdad, y todavía con obstáculos añadidos. Una semana atrás llamó a su madre, que ya de por sí tenía tendencia a levantarse con mal pie. Sin motivo, le montó un drama y la acusó de todos los males, para colgar bruscamente el teléfono. Elisa nunca se acostumbraba a aquello y lo pasaba fatal. Ahora hasta temía llamar a su madre. Dos días atrás perdió su tarjeta bancaria, y tuvo que bloquearla y pedir otra. Ayer, su única compañía —Fina, una gata tricolor de un año—, se coló por el balcón tras un pájaro y se cayó desde un tercer piso. Elisa la vio levantarse como pudo entre las flores, sacudirse y marcharse, pero al bajar al portal no la encontró. Pasaron casi veinticuatro horas sin rastro de Fina. Como pudo, entregó ese infame informe y se fue a casa. Ni siquiera quería pasar por el supermercado. Se tumbó en el sofá y rompió a llorar, de esas veces que duele hasta el alma. Ni tras media hora de lágrimas se sintió mejor. Empezaron a surgir, como serpientes, pensamientos oscuros. ¿Para qué vivir? A su madre no le hacía falta, no tenía familia. Y la gata, perdida. De repente, esa decisión que acababa de tomar le dio una extraña sensación de alivio. “Ya se apañarán cuando no esté y se desesperarán. Pero será demasiado tarde”, pensó, amargamente. Lo que le aliviaba era imaginar que mañana no tendría que volver al trabajo, ni llamar a su madre para pedirle perdón por cosas que nunca hizo. Le invadió una ligereza casi eufórica. Fue entonces, cuando solo le quedaba dar un pequeño paso más, que sonó el teléfono. Número desconocido. Estuvo a punto de no contestar, pero pensó: —¿Y si esta es la última voz humana que escucho en mi vida? —¿Sí…?, —nadie respondía al otro lado—. ¿Por qué llama y se queda callado? —le empezaba a irritar. —Buenas tardes… —una voz grave de hombre sonó por el auricular—. Por favor, no cuelgue. —¿Quién es usted? ¿Qué quiere? —Elisa iba con prisa, y esto la distraía de lo que —pensaba ella— era un asunto vital. —Solo quería oír una voz humana… Llevo una semana sin hablar con nadie. Pensé: si hoy tampoco me contesta nadie, ya está… —soltó un suspiro entrecortado. —¿Pero cómo? ¿No puede salir a hablar con alguien? ¿Dar una vuelta por el parque? ¡Es tan fácil! —Elisa se subió al alféizar de la ventana, contemplando el mundo. —No puedo. Vivo en un quinto. Hace una semana se fue mi mujer… —Su voz sonó más triste aún. —¡Yo también me habría ido, vaya hombrecito! —contestó, sin comprender el problema. —Estoy en silla de ruedas. Desde hace menos de un año. No me atrevo a bajar los cinco pisos, no hay ascensor en el edificio. —su voz sonaba ahora más fuerte. —¿No tienes piernas? —preguntó, horrorizada Elisa, cayendo en la cuenta en el mismo momento, aunque ya era tarde. —¡No, tranquila! Fue una lesión en la médula. No puedo andar. —Y juraría que suspiró y sonrió. Hablaron como media hora. Elisa anotó su dirección. En menos de una hora llamó a su puerta, cargada con dos bolsas grandes. Le abrió un hombre joven y guapo en silla de ruedas. —¡Soy Elisa! —solo entonces se percató de que ni siquiera sabía su nombre. —¡Arsenio! —él la miró y sonrió con esa expresión luminosa de quien ha estado esperando toda su vida ese momento. Resultó que vivían bastante cerca. Elisa comenzó a visitarle cada día. Pronto se dio cuenta de que, en comparación con la desgracia de Arsenio, sus propios problemas eran minucias; minucias que casi le habían robado las ganas de vivir. Su carácter empezó a cambiar. Cuidaba de él, se volvió fuerte, resuelta, terca. Como por arte de magia, Fina regresó. Estaba acurrucada en el felpudo, esperando a Elisa a la vuelta del trabajo. La jefa volvió a intentar descargar su malhumor por la mañana. Elisa, esta vez, aguantó pocos segundos y contestó: —Doña Alicia Edouardovna, ¿con qué derecho me grita y humilla? No pienso seguir trabajando en una atmósfera así. Si me da ahora la jaqueca me cojo la baja. ¿Quién le va a hacer mi trabajo entonces? —Las chicas del departamento disimularon una risa. La jefa, sin decir palabra, se marchó. Llamó su madre, sin poder soportar tanto silencio: —¡Hola, hija! ¿Por qué no llamas? ¿Por qué te mantienes en silencio? ¿Te da igual cómo vive tu madre? ¡Cuánta frialdad! ¡Eres desagradecida! ¿Elisa, me oyes? —ya estaba gritando la madre. —Hola, mamá. No pienso seguir una conversación en ese tono. —Elisa mantuvo la voz firme y tranquila. —¿Cómo te atreves? ¡Cuelgo!- La madre ya casi chillaba. —Cuélgalo… —respondió su hija, indiferente. A los dos días volvió a llamarla. No se disculpó —eso no iba con su carácter—, pero la conversación sí fue tranquila y educada. Al mes, Elisa se mudó a casa de Arsenio, alquilando su propio piso. Su amistad se fue transformando en algo más: ternura, confianza, gratitud. Quizá así nace el amor. Con el dinero del alquiler, Elisa le contrató a Arsenio un masajista. Los fines de semana iban a la piscina. Y, ¡alegría!, la sensibilidad empezó poco a poco a regresar. Ya podía mover los dedos de los pies. Un día su madre enfermó. Elisa, tras pedirse dos días en el trabajo, fue a cuidarla. Arsenio la esperaba y la echaba mucho de menos. Como un perro fiel, se pasaba el día tumbado en el sofá esperando. Era febrero, y ese día una nevada tremenda azotaba la ciudad. Como sabía la hora de llegada del autobús, calculó cuánto tardaría en subir, en llegar a casa… El tiempo pasaba, y Elisa no llegaba. Arsenio se arrimó a la ventana. No veía nada, la tormenta de nieve era un muro blanco. Su móvil llevaba horas apagado. Pasó una hora, dos, tres… Cuando la llave giró en la cerradura, sintió que el corazón se le salía del pecho y que el alma corría a su encuentro. —¡Senén! El autobús patinó y tuvimos que esperar a la quitanieves… El móvil se me quedó sin batería nada más subir. —gritaba, quitándose el abrigo en la entrada—. ¡Senén! —corrió al salón y se quedó helada. Él estaba de pie, a dos pasos de la silla de ruedas, y sonreía.
El Encanto Secreto