Me llamo Tomás y tengo 61 años. Hace tiempo que no vivo en España.
Hace tres años enviudé. Cuando falleció Lucía, me quedé en la misma casa donde criamos a nuestros hijos, pero de repente todo se volvió demasiado grande y vacío. Mis hijos residen en otras ciudades, cada uno con su familia. Me llaman los domingos, vienen en Navidad, y el resto del tiempo solo quedamos la casa y yo, envueltos en el silencio.
Trabajé 38 años como maestro de primaria. Me jubilé pensando que por fin descansaría, pero en realidad, no sabía qué hacer conmigo mismo. Los primeros meses me pasaba el día delante de la tele, comía mal y dejé de cuidarme.
Recuerdo que un día mi hija Carmen vino a visitarme y estuvo a punto de llorar al verme:
Papá, pareces un fantasma.
Tenía toda la razón.
Hace seis meses decidí que no podía seguir así. Empecé a pasear cada mañana por el parque del barrio, cerca de casa. Hay un banco bajo un viejo plátano, frente a un pequeño estanque con patos. Allí me siento todos los días. Es un rincón apacible, aunque no solitario. Hay vida.
Hace un par de meses, reparé en una señora. Pelo cano, corto, gafas grandes, siempre un jersey de colores, hiciera frío o calor. Nos sentábamos en bancos opuestos. Solo nos saludábamos con una inclinación de cabeza.
Hasta que un día ella ocupó mi banco.
¿Este es su banco? me preguntó, sonriendo.
No es mío. Solo suelo sentarme aquí.
Entonces siéntese conmigo. Hay sitio para dos.
Desde entonces, todo cambió.
Le hablé de Lucía, de cuánto le gustaban los patos. De cómo solía decir que los patos, aunque son libres, eligen quedarse porque alguien los cuida.
La mujer me miró con esa expresión que solo tienen quienes han sufrido una pérdida.
Cinco años para mí susurró. Mi marido. Cáncer.
Desde aquel día, somos compañeros de banco.
A veces hablamos; otras veces solo compartimos el silencio. Un día me trajo café en un termo. Otro día, yo le llevé pan para los patos. Reía como una niña al verlos comer de su mano.
Se llama Sofía.
Un día me regaló un jersey hecho por ella, azul. Mi color favorito, aunque nunca se lo dije.
Le observo cada día me sonrió. Uno aprende a fijarse.
Charlamos mucho sobre la vida, las ausencias y el presente. De que el amor no se reemplaza, pero el corazón es más grande de lo que creemos.
Ayer, por primera vez en tres años, invité a alguien a mi casa. Cociné siguiendo la receta de Lucía. No salió perfecto, pero fue auténtico.
Conversamos durante horas. Reímos. Nos confesamos.
Al despedirse, me abrazó durante largo rato.
Fue uno de esos abrazos que te recuerdan que sigues vivo.
Hoy he vuelto al parque. Ella ya estaba allí, con dos libros en la mano.
Uno es para usted me dijo. Para que leamos juntos.
Me senté más cerca que de costumbre.
Y por primera vez en tres años sentí esperanza.
No sé qué somos Sofía y yo. Ni tengo prisa por descubrirlo.
Solo sé que ya no temo el mañana.
Me llamo Tomás.
Y una desconocida del parque me devolvió las ganas de vivir.
¿Crees en las segundas oportunidades?
¿Te ha pasado que un desconocido acabe siendo esencial en tu vida?
¿Qué es lo que más echas de menos cuando no tienes a alguien con quien compartir tus días?






