Tenía treinta y cinco años. Era el fotógrafo de bodas más cotizado de Madrid; su agenda, reservada c…

Tenía treinta y cinco años. Era el fotógrafo de bodas más solicitado de Madrid. Su agenda estaba completa hasta dentro de seis meses. Las tarifas, estratosféricas. Pero odiaba su trabajo. Le repateaban esas novias de plástico más preocupadas de cómo saldrían en Instagram que de su propio marido. Odiaba a los novios que, en pleno banquete, ya medio borrachos, intentaban ligar con las damas de honor. Todo era fingimiento. Una mentira dulce, reluciente y cara.

Julián era un cínico. Sabía que el ochenta por ciento de esas parejas se separarían en menos de un año. Pero él les vendía cuentos.

Aquel martes tenía libre, pero le llamó un viejo compañero.
Juli, hazme el favor. Es una pareja el presupuesto es justo, pero han suplicado. Les han dicho que no ya tres fotógrafos, porque la fecha es horrible y en fin, por favor, anda.
Julián estuvo a punto de mandarlo al cuerno, pero algo extraño en la voz de su amigo le hizo dudar.
Vale. Dime la dirección. Pero solo voy una hora. No me pidas más.

Llegó al Registro Civil de la calle Príncipe de Vergara.
Ni limusinas ni invitados.
En la puerta, solo dos personas.
Un hombre de unos cuarenta y cinco, corriente, con un traje gris que le venía grande.
Y una mujer

Julián la miró con el ojo entrenado: vestido barato, probablemente del mercadillo de Tirso. Peinado hecho en casa. Piel pálida, casi de porcelana, y unas ojeras que el maquillaje grueso no lograba ocultar.
«En fin», pensó Julián, «esto no saldrá en Vogue. Haré lo justo y a casa».

La sesión resultó extraña.
La mujer, Inés, apenas se movía. Iba despacio, como quien anda dentro de un sueño. Le costaba respirar.
El hombre Fernando no se despegaba de ella: le acomodaba la mantilla, la ayudaba a caminar, siempre atento.
Eso fastidiaba a Julián.
Fernando, por favor, déjala un momento ordenó él, borde. Necesito aire en la fotografía. Inés, acérquese al árbol, apoye el brazo, ponga cara traviesa. ¡Levante la pierna!

Inés intentó sonreír, dio un paso y, de repente, le cambió la expresión.
Se agarró el costado.
Fernando acudió enseguida, la levantó en brazos.
Basta dijo, furioso, mirándole con rabia. Se acabó. No más piernas.

Julián bajó la cámara.
Están tirando a la basura la sesión saltó, con su tono arrogante. Pagan por el tiempo, no por montar dramas…
Fernando sentó a Inés en un banco. Sacó un pequeño frasco de pastillas, le dio agua. Después, se acercó a Julián.
Mira, chico dijo en voz baja, y a Julián le recorrió un escalofrío. Tiene un cáncer terminal. Metástasis en la columna. Solo estar de pie le duele. Le cuesta vivir. Nos casamos hoy porque los médicos dicen que igual la semana que viene ya no está. Quería verse guapa. Quería recuerdos. Y tú levante la pierna.

Julián se quedó inmóvil.
Miró a Inés.
Ella, sentada con los ojos cerrados, dejaba al sol jugar con sus cabellos ásperos, teñidos en casa.
Entonces Julián vio otra cosa.
No una mueca. No una sonrisa postiza. Vio el rostro de alguien que sabe que está bajo el último sol de su vida.
Vio la mirada de Fernando: no la de un cazador de trofeos, ni la de un socio en una hipoteca. Era una devoción sagrada. Reverencia a la única que importaba en el mundo.

Julián cambió el objetivo. Ya no dirigió. Se convirtió en invisible.
Siéntense, simplemente logró decir. Ya no molesto más.
Fernando se sentó junto a su esposa, le tomó las manos, comenzó a susurrarle algo al oído.
Inés abrió los ojos, sonrió.
Una sonrisa frágil, extenuada, pero tan luminosa que Julián jamás la había visto ni en banquetes de marqués.

Ella apoyó la cabeza en su hombro. A Fernando le resbaló una lágrima, pero sonreía.
El obturador de la cámara sonó, captando sus manos temblorosas, un mechón suelto, esa mirada última, entre la despedida y el amor más allá de la muerte.
Sin flash. Sin pedir queso.
Solo capturó el Amor. El real, el vivo, ese que se va.

Tres días después, Julián se sentó a editar.
Normalmente suavizaba pieles, borraba arrugas, subía colores.
Aquí no tocó nada.
Dejó cada pliegue, cada palidez, cada lágrima. Porque eran verdad.
Imprimió las fotos. Encargó un álbum enorme, de cuero, gasto de su bolsillo.
Llamó a Fernando.
Teléfono apagado.
Fue al piso del contrato:
unos bloques feos cerca de Vallecas.
Abrió Fernando.
Ojeroso, con barba, vestido de negro.
Toda la casa olía a valeriana y pino. En el pasillo, una tapa de ataúd.
Julián lo comprendió. Había llegado tarde. O a tiempo.
Esto es para ti le tendió el álbum. No quiero dinero. Perdóname aquel día.

Fernando cogió el álbum.
Lo abrió.
Miró las fotos mucho tiempo. Los hombros le temblaban.
Se dejó caer en el suelo de la entrada, llorando, un llanto seco, duro, de hombre.
En las fotos, Inés estaba viva. Bella, con esa belleza absoluta que solo regala el amor.
Gracias murmuró entre lágrimas. Gracias, chaval. Se lo enseñaré a nuestro hijo. Así recordará a su madre feliz.

Julián salió del portal.
Subió a su coche caro.
Miró el móvil: tres llamadas de una novia caprichosa, protestando porque el atardecer no combinaba con su vestido.
Marcó.
¿Alo, Julián? ¿Por qué no respondes?
Cancelo el encargo dijo él.
¿¡Está loco?! ¡Mi boda es mañana! ¡Le denunciaré!
Vete al infierno contestó tranquilo. Busca a otro payaso.
Borró Instagram.
Dejó las bodas de catálogo.
Se pasó a la fotografía documental: hospicios, orfanatos, aldeas.
Ganaba cinco veces menos.
Vendió el coche, se compró uno cualquiera.
Pero cada vez que pulsaba el botón de su cámara, sentía que hacía algo importante.

Dejó de congelar momentos para los likes; empezó a preservarlos para la eternidad.
El álbum de aquella boda lo hizo por duplicado.
Uno para Fernando.
Otro para él.

Cuando la náusea del cinismo le acechaba, y la tentación de regresar a lo fácil le mordía, abría el álbum.
Veía a esa mujer pálida, sonriéndole a la muerte porque el Amor la abrazaba.
Y entendía: lo demás es solo ruido.

Moraleja:
Estamos tan acostumbrados a los filtros, al éxito y a la foto bonita, que olvidamos cómo es la vida de verdad. La vida real no es perfecta: tiene arrugas, tiene pérdidas, tiene dolor. Pero es ahí, en esa imperfección, donde habita el amor auténtico. Valora los momentos mientras puedas sostener la mano de quien amas. Hazlo no por la foto, sino por el calor de sus dedos. Porque puede que mañana ya no estén.

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