¿Te acuerdas, Svetlana… Él ya se había acostumbrado a mirar por su ventana, porque vivían en la pl…

¿Te acuerdas, Marisol…?

Ya estaba acostumbrado a asomarse por su ventana, porque vivían en un bajo, en aquel barrio de Madrid. Al principio querían un piso más alto, pero se acostumbraron rápido; la que más lo celebraba era la abuela, no tenía que subir tantas escaleras. Los sábados, Carmen Fernández, la abuela de Marisol, horneaba empanadas, buñuelos o cualquier otra cosa, pero siempre aromática y deliciosa.

El aroma de la repostería escapaba por la ventana de la cocina, tentando a los chicos que jugaban al fútbol en la calle. Andrés se acercaba como quien no quiere la cosa, pero no por la ventana de la cocina, sino por la otra, entrando por el lateral del edificio, buscaba una vieja caja tirada entre las hierbas, se subía a ella y se asomaba al cuarto de Marisol. Ella, como si supiera cuándo iba a aparecer, corría en cuanto oía sus pasos trepando.

Ahora te traigo unas empanadas, mi abuela ha hecho un montón el lazo rosa que sujetaba la coleta de sus cabellos rubios se deshacía, y volaba con sus movimientos.

Qué rico Andrés mascaba con gusto, mirando dentro del cuarto. ¿Las hiciste de jamón? preguntaba.

Sí, ya están hechas.

¿Me dejas copiar los ejercicios?

Marisol no dudaba y le pasaba su cuaderno. Mañana acuérdate de traerlo, que lo recojo antes de clase.

Andrés estudiaba bien, pero, como muchos chicos, tenía algo de desgana aunque era capaz; se le daba bien matemáticas, pero corretear por el patio le restaba tiempo para los deberes. En los noventa aún no había móviles, los niños podían jugar hasta la medianoche sin ganas de volver a casa.

En octavo Andrés llevó por primera vez la cartera de Marisol, agitándola mientras le contaba sobre una película nueva. Y en noveno, la delicada, de ojos marrones, Sonia fue nombrada, en secreto, por todos los chicos, la más guapa del colegio. Andrés se enamoró. No le quitaba ojo, siempre rondaba cerca, la acompañaba hasta su portal. Marisol pensaba que pasaría, pero ahora era ella quien le despedía, esperando en la ventana cuando él golpeaba y decía: Marisol, dame el cuaderno.

Sonia sabía mantener a la gente a distancia, pero atrapaba fuerte. Andrés oscilaba entre Sonia, que a veces le sonreía, otras lo rechazaba, y Marisol, que siempre lo esperaba.

Él seguía asomándose a su ventana, y ella ponía una taza de té y alguna galleta en el alféizar, si no había empanadas.

¿Has oído cómo jugaron los nuestros? comentaba él, refiriéndose al fútbol. Marisol, claro, estaba al tanto, porque siempre se informaba de lo que interesaba a Andrés. Veía partidos, leía noticias deportivas, aguantaba películas de terror aunque no le gustaran, pero así podía hablar de todo con él.

Marisol lo apoyaba en todo, siempre era su compañera, la que escuchaba y comprendía. Andrés venía a ella como a un buen amigo, buscando ayuda y comprensión. Pero con Sonia la admiraba, soñaba, sufría, hasta le contaba a Marisol que Víctor acompañó a Sonia a casa.

Al acabar el colegio, los tres se matricularon en carreras distintas. Andrés ya no venía a copiar deberes, ahora seguía a Sonia. Solo de vez en cuando pasaba a ver a Marisol, por puro recuerdo. De vez en cuando iban al cine, y Andrés no paraba de hablar, necesitaba desahogarse.

Andrés, mi cumpleaños es el sábado. Te invito, ¿vendrás? Marisol le miraba con sus ojos grises, siempre enamorada.

Él dudó. ¿El sábado? Bueno, sí, en principio puedo. Vale, iré. ¿Quién más va?

Mis padres, la abuela, Verónica y Joaquín, Olga los de siempre.

Vale, allí estaré, seguro.

El sábado, Andrés no vino. Apareció una semana después, triste y abatido.

Andrés, ¿qué pasa? Estás muy apagado.

Él se lamentaba, Sonia se había ido de prácticas y ni siquiera le avisó. Marisol lo consolaba, aunque le costase. Te esperé el sábado le dijo.

¿El sábado? ¿Qué había?

Fue mi cumpleaños…

Ah, se dio un golpe en la frente. Marisol, se me olvidó, pero no te enfades, ¿sí?

No, claro, pasa a todos.

Se acercó a la ventana. ¿Recuerdas cómo me dabas empanadas en verano? Estaba la caja ahí debajo y, al subir, tenías el té y la mermelada en el alféizar como en una mesa.

Marisol sonrió, le reconfortaba ese recuerdo y le gustaba que Andrés lo recordase. Volvieron a charlar con la despreocupación de siempre, reviviendo batallitas del barrio, de la clase, cómo una vez hicieron novillos y la profe les pilló en el parque y les mandó de vuelta a historia.

En quinto de carrera Andrés estaba eufórico: Sonia aceptó casarse con él. Llevó la noticia a Marisol. Ella aguantaba, mordiéndose el labio para no llorar. Le escuchaba, siempre confiable como amiga.

Después pasó un mes llorando en la almohada, reprochándose no haberle confesado lo que sentía en todos esos años.

Luego él fue a verla. La abuela y los padres estaban de visita, la casa estaba extrañamente tranquila. Marisol, envuelta en su vieja manta, veía la tele; primero pensó que era su padre, pero quien llegó fue Andrés, con la mirada apagada, apoyado en la pared.

¿Qué te pasa? preguntó asustada.

Entró y se sentaron en su cuarto. Parecía que iba a romper a llorar.

Andrés, por favor, dime qué te pasa.

Ella… no habrá boda… dijo que quiere a otro Marisol nunca había visto a Andrés tan roto. Se acercó, le puso las manos en los hombros: Andrés, cálmate, todo puede arreglarse.

No, ya no, lo dijo, retiró sus papeles… ¿entiendes? Es el final le brillaban los ojos de lágrimas. Apoyó su cabeza en sus rodillas, bajó hasta el suelo, se acurrucó en el vestido de Marisol.

Andrés, por favor, tranquilízate, te preparo un té de menta… ¿te acuerdas cuando lo tomábamos en el alféizar?

Me acuerdo, Marisol, tú eres la única que me entiende, eres maravillosa besó sus rodillas, primero tímido, luego cada vez más y más fuerte, como queriendo volcar toda su pena. Se levantó, la abrazó por la cintura y cubrió de besos su rostro, su cuello, susurrando cosas.

Andrés, para, ¿qué…?

Mari… Marisol…

Andrés, Andrés, ¡te quiero! ¡Siempre te quise, desde sexto, cariño!

Se fue pasada la medianoche, evitaba mirarla, apurado.

Bueno, adiós, volveré…

Te esperaré lo miró, hasta que cerró la puerta.

Andrés no volvió, como si esa noche nunca hubiera existido. Ella misma pensaba que lo había soñado. Pronto, Andrés finalizó la tesis y se marchó a Cataluña.

¡Hay que hacer algo! murmuraba indignado el padre. Incluso podemos visitar a sus padres.

¿No ves que no quiere? Está nerviosa, eso puede afectar a la niña respondía la madre. Andrés sabe del embarazo, ella se lo dijo. Y él se portó como si nada, puede que se fuera por eso…

No se puede dejar que esto quede así, ¡esto es indignante! insistía el padre.

La abuela se distraía tejiendo, pero se le escapaba alguna lágrima. Sentía rabia por su nieta: tan buena, tan inteligente…

Después de nacer su hija, Marisol consiguió el fijo de Andrés (lo pidió a un compañero suyo) y llamó, soltando solo una frase: Andrés, tenemos una hija. La he llamado Andrea.

Él balbuceó algo inconexo, solo se oyó: Enhorabuena.

Cuando Andrea cumplió año y medio, la familia anunció que por fin habían terminado de pagar la nueva casa, y que se mudaban, junto con la abuela. Era similar, de dos habitaciones, en otro barrio de Madrid. Iremos a verte cada día, y te ayudaremos prometía la madre.

Marisol lloró.

Pero mujer, ¿por qué lloras? Te vendré a ver siempre, jugaré con Andrea, la traeremos y tú seguirás haciendo lo tuyo desde casa…

Es que me he acostumbrado a teneros juntos confesó Marisol.

Hija, la vida sigue, tienes que recomponerla, serás más libre viviendo sola la calmaba su madre.

En los últimos tiempos Marisol escuchaba a padres, abuela y amigas decirle que tenía que rehacer su vida, que era joven, que se puede tener pareja también con hijos.

A la semana, el piso fue solo para Marisol. La pequeña Andrea se reía, moviendo sus piernitas, intentando caminar, caía en su culito, se levantaba y alzaba los bracitos hacia mamá. Marisol la cogía, la abrazaba y se reía con ella.

Apareció de golpe. Siempre había llegado así, de manera imprevisible, como aquella vez que no hubo boda con Sonia.

Pensó que era su padre, pero en el umbral estaba Andrés, con una enorme camioneta de juguete roja, de bomberos.

¡Hola! ¿Estás sola? ¿Molesto? ¿Puedo pasar?

Parecía más adulto, algo consumido, la cara más marcada.

Pasa.

Esto dejó el juguete en el suelo.

Se oyó el llanto de Andrea, Marisol la recogió en brazos: Tengo una hija dijo señalando el coche.

Andrés se golpeó la frente: Lo siento

Llévate la camioneta, dásela a otro niño contestó Marisol.

Se quitó la chaqueta y entró en la cocina. Casi todo igual, nada ha cambiado. ¿Me invitas al menos a un té?

Ella puso el hervidor, sin soltar a su hija. Andrés se sentía torpe, incapaz de encontrar las palabras.

La miraba: rubia, el pelo suelto, con un vestido largo casi hasta los tobillos, sosteniendo a su hija en brazos. Pareces una virgen balbuceó, embobado.

Marisol no respondió.

Recuerdo que tu abuela hacía unas empanadas espectaculares. Y recuerdo el té en el alféizar, en tu cuarto. Y cuando ella regaba las plantas y echaba el agua por la ventana, justo cuando yo estaba debajo y ni me vio Andrés trató de sonreír. ¿Te acuerdas, Marisol…?

No me acuerdo le cortó Marisol, como quien no siente. Andrés se detuvo, calló. La respuesta no era venganza por su confusión cuando creyó que Marisol tenía un hijo en vez de una hija; era sincera. De verdad empezaba a olvidar los detalles de aquellos encuentros. Ahora tenía a su niña, dedicaba todo su tiempo, se maravillaba con sus palabras, sus sueños, su modo de dormir y despertar, de jugar…

Bebe tú el té, que yo tengo que preparar la papilla para mi hija.

Por primera vez Andrés notó que aquel hogar ya no era el suyo. Se puso la chaqueta.

Bueno, será en otra ocasión. Me voy, tienes mucho que hacer. Esperó unos segundos, creyendo que Marisol lo detendría, pero no sucedió.

Cerrando la puerta tras Andrés, ella murmuró: No habrá otra ocasión, aquí ningún té se sirve más. Ni café.

Volvió con Andrea, la tomó en brazos, la besó y fue a preparar la papilla.

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