Infidelidad
María siempre se consideró una mujer que se valoraba a sí misma. Aspiraba a una vida perfectamente ordenada, convencida de que solo así podría evitar sufrimientos y tragedias.
Su esposo, Javier, acostumbraba a reírse de sus reflexiones, pero ese día decidió profundizar en el tema.
Dime, Mari, ¿de verdad crees que se puede vivir siguiendo instrucciones? La vida es tan imprevisible y traicionera que hacer juramentos sólo trae problemas le decía Javier mirándola a los ojos. María ni imaginaba entonces la traición que se estaba gestando a sus espaldas.
Se puede y se debe, respondía ella con determinación. No hay problemas si uno vive con honestidad y rectitud.
Eso puede ser así, pero hay situaciones que escapan a nuestra voluntad. O momentos en los que dejamos de pensar. Una persona buena puede cometer una tontería, porque se deja llevar por un impulso, y después arrepentirse mucho replicó Javier, riendo pero tratando de disimular su inquietud. No había planeado ser infiel, pero así sucedió. No se consideraba culpable, aunque el miedo a que su esposa descubriera el asunto le quitaba el sueño.
María no advirtió el cambio de ánimo de su marido y encogió los hombros.
Las tonterías tienen muchos matices. Hay que pensar antes de actuar. Jamás haría algo que me hiciera daño por seguir un impulso. Tampoco entiendo a quienes viven a merced de las emociones.
¿Entonces para qué vivir, si de vez en cuando no puedes permitirte una pequeña locura? protestó Javier.
María le lanzó una mirada y sonrió.
Se puede, siempre que no cause daño a nadie.
Javier estuvo a punto de decir que la infidelidad era esa clase de locura que no traía daños a nadie, pero se contuvo.
Eres demasiado categórica le reprochó. Si yo te fuera infiel, ¿intentarías comprenderme?
María dejó de sonreír.
Me divorciaría inmediatamente. respondió sin pensar. Eso es traición, no una tontería. Es un crimen contra la familia. Y creo que tú también me echarías, y estarías en lo cierto. Me voy, tengo que recoger a Tomás del colegio.
Imagínate que aceptaras mi infidelidad. ¿Qué tendría que pasar?
Javier la miró expectante, deseando confesar su reciente error, esperando que ella pudiera entenderlo o, al menos, intentar comprenderlo en vez de ser tan inflexible.
Si aceptara tu traición, significaría que he traicionado mis propios principios. Y eso es imposible. De lo contrario sería una muestra de debilidad.
El imaginar el divorcio, la repartición de bienes, la lucha por el hijo, hizo que Javier descartase cualquier confesión. Rezó para que todo quedase en secreto.
María tenía el defecto de juzgar a todos por sí misma. Nunca se le ocurrió que Javier pudiera actuar de forma vil. Si no le decían la verdad directamente, viviría en la ignorancia.
María vivía sin reparar en locuras, sin sospechar que dos personas muy cercanas a ella podían traicionarla. Se guiaba por sus principios y era feliz. Sufría también: por ejemplo, la enfermedad de su hijo, o el reciente divorcio de su hermana menor, Lucía. Cinco años estuvo Lucía casada. Todo iba bien, salvo que no conseguían tener hijos. Discutían mucho por ello; fue la causa de la ruptura. María compadecía sinceramente a su hermana, buena esposa, excelente hermana e hija obediente. Lucía buscó solución, recorriendo médicos, pero los diagnósticos hablaban de problemas en las trompas y riesgo mínimo de embarazo. Su esposo, convencido de que era culpa de ella, nunca quiso hacerse análisis. Siempre culpaba a Lucía de ser incompleta. Para rematar, confesó tener otra mujer, sana. Lucía pidió el divorcio.
Vivían en un piso comprado entre ambos; Lucía no quería convivir bajo ese techo, así que María la acogió en casa mientras se calmaban las cosas. Nunca pensó que su hermana la agradecería de forma sorprendente. Quizá Lucía buscaba venganza, o era el resultado del estrés, pero seguramente no pensó en el daño a María. Javier, según confesó más tarde, solo quería consolar a Lucía, sin pensar en consecuencias. Se dejó llevar.
La traición la supo María por boca de su hermana. Lucía, a diferencia de Javier, tuvo el valor de confesarlo todo sin rodeos.
Me dejé llevar Pensé, tal vez consigo quedarme embarazada También estaba muy enfadada con mi marido dijo Lucía alisando su ya abultada barriga, evitando su mirada. Sentía vergüenza y se reconocía traidora, pero también alegría por ser madre pronto.
Al escuchar la confesión, María sintió un crujido interno: la estantería donde había colocado su vida se desplomaba.
Lucía, al notar la palidez de su hermana, comenzó a disculparse y llorar. María no la echó de inmediato, porque al menos Lucía tuvo el coraje de admitir su vileza, cosa que Javier negaba hasta el final.
Durante un tiempo, María luchó por recuperar el ánimo. Sentía como si Javier y Lucía le hubieran puesto una soga al cuello. Dormía mal, acosada por pensamientos tortuosos; veía sueños desagradables y despertaba cansada, aturdida, sin saber cómo seguir. A pesar de su puesto de responsabilidad y el respeto por sus decisiones, era incapaz de manejar su propia vida y soportar un solo día más de ese tormento. Todo parecía una pesadilla interminable.
Lucía dio a luz a su debido tiempo. Llamó a su hijo Mateo, como el abuelo. Los padres, aunque reprocharon a la hija menor, no escondieron su alegría porque Lucía al fin era madre. Javier vivía con ella en un piso alquilado, pero no dejaba de pensar en María y su hijo Tomás. María prohibió a Javier ver a su hijo, creyendo que era lo mejor. Aunque no sabía bien para quién sería mejor. Pasó tiempo hasta que aceptó el deseo de Tomás de ver a su padre y cedió. Todo era como un mal sueño.
Lo peor llegó después. Mateo tenía apenas dos años cuando Lucía y Javier sufrieron un terrible accidente. Fue en invierno. El coche derrapó, cruzó al carril contrario y chocó con un camión. No hubo posibilidad de sobrevivir.
María recibió la noticia como si se tratara de desconocidos. No sintió alegría ni tristeza. Existiesen o no esas personas, daba igual. Sintió vacío. Tomás lloraba, quería a su padre y no podía creer no volverlo a ver. María deseaba sacudir a su hijo, gritarle que no se lloraba por un traidor, pero, contrariamente a sus principios, escuchó a su corazón y no a la cabeza. Le costó muchísima fortaleza aceptar el dolor de su hijo y consolarlo en su pena. En vez de gritarle, lo abrazó y lo besó. Tomás se aferró a ella, necesitaba sentir que no estaba solo. Tras mucho llorar, se quedó dormido entre los brazos de su madre, sintiéndose seguro.
Los padres de María se volvieron locos de dolor, y quizás habrían perdido la razón de no ser por Mateo. María no quería imaginarse en su lugar; no hay tristeza más grande que perder un hijo. Eso es una verdad absoluta. Nadie merece pasar por semejante tragedia.
Ahora quería sacudir a sus propios padres, gritarles que no se enterraran en vida, porque ahí estaban ella y Tomás, vivos, presentes. Sobre Mateo, María sugería sin duda el orfanato. Para ella, el sobrino era fruto del pecado, un bastardo.
La madre de María no quería ni oír hablar de ello.
¿Cómo vas a decir eso? sollozaba. Prefiero morir antes que saber que mi nieto está en un sitio así.
Le pidió ayuda para la custodia. María se negó. Quería que Mateo desapareciera de sus vidas para siempre. Todo le molestaba del niño: su risa, su balbuceo, sus pasos, su llanto. Lloraba mucho porque le faltaba amor materno. Un día, María fue a casa de sus padres. Mateo corrió hacia ella y le abrazó la pierna. María lo apartó con disgusto, pero el niño volvió a abrazarle.
Ma, ma balbuceaba.
María lo empujó con fuerza, el niño cayó y se golpeó, pero se levantó y volvió a pegarse a su pierna.
La madre, al ver la escena, se lamentó:
¡Él no tiene la culpa! ¿Por qué le haces eso? ¿Por qué?
María no quiso escuchar. Apartó al niño y pasó de largo, como si se hubiera quitado una mancha.
Claro que tiene la culpa: por nacer. Es la encarnación del pecado. No entiendo por qué te encariñas con él… ¿Para qué quieres esos problemas a tu edad?
La madre consoló a Mateo. Cuando lo acostó y volvió a la sala, María no quería oír más súplicas de su madre para que aceptase al niño. Pero la madre tampoco intentó convencerla. Sabía que no se puede obligar a nadie a amar.
La madre rodeó la mesa y lo que hizo sorprendió a María: se arrodilló ante ella para pedirle perdón por los pecados de Lucía y Javier. María sintió un nudo en la garganta; levantó apresurada a su madre del suelo. Su madre lloraba con sinceridad, suplicando perdón por lo que no había hecho. En ese instante, María comprendió cuán importante era ese niño para su madre. También comprendió que nunca llegarían a entenderse del todo.
Desde entonces, María visitaba menos a sus padres. Todo cambió por un azar. El padre enfermó gravemente y la madre fue internada por dolores agudos. Había que decidir quién cuidaría a Mateo. María no quería oír hablar de eso; le invadían la rabia y el rechazo. Ocupaerese de ese niño fruto de la traición era traicionarse a sí misma. Sin embargo, aceptó, por su madre, recordando cómo aquella se arrodilló para pedirle perdón.
Mateo se portaba bien, buscaba constantemente los brazos de María. Tomás jugaba alegremente con él. María se repetía que era solo por un tiempo. No pensaba encariñarse. Lo alimentaría, velaría por su higiene y sueño, nada más.
Por la noche, Mateo se puso muy difícil. María apenas pudo contenerse para no gritarle. Su llanto se intensificaba. Tomás intentó distraerle, pero nada funcionaba.
María, venciendo su repulsión, acabó tomándolo en brazos.
No pienses que voy a tenerte siempre aquí. le dijo severa. No dejaré que me manipules. Estás aquí porque cedí por mi madre, nada más. Es la primera y última vez.
Mateo no entendía sus palabras, solo descansó la cabeza sobre su pecho, respiró hondo. No sabía nada de sus pensamientos. Estaba feliz en brazos de su tía. Se aferró a ella, temiendo que lo soltara.
No debiste haber nacido. Solo traes problemas. María sintió vergüenza. No era correcto decirle eso a un niño. Ojalá Lucía te hubiera llevado ese día…
María expresó en voz alta su pensamiento más oscuro, y sintió un espanto que le hizo temblar. Al pronunciar esas palabras, entendió que, en realidad, no pensaba así. El niño la miró, y aunque no entendía, solo sonrió, feliz de estar en sus brazos. María notó cómo las lágrimas le corrían por la cara. Quiso abofetearse por dentro. ¿Qué culpa tiene un niño? ¿Qué puede decirle? ¿Quién lo defenderá?
María abrazó a Mateo y no lo soltó en toda la noche. Tomás celebraba con entusiasmo y ayudó a prepararle la cama.
Cuando los acostó a ambos, María pensó en aquel diálogo con su marido.
Mateo ya no le parecía la encarnación del mal. Ahora se sentía monstruosa. Había sido incapaz de ver a un ser humano en un niño inocente, ajeno a las intrigas adultas. Se sentó en una butaca de la habitación y cerró los ojos. Mateo era un huérfano cuidado por su madre. Hoy, mañana habrá fuerza, pero luego ¿Qué le deparará la vida? ¿Merece tal destino?
No sabía la respuesta, pero sí sabía que sería capaz de traicionar sus propias ideas y prejuicios. Y ya no consideraba eso debilidad. Era una forma de fortaleza.
María nunca más consideró a Mateo ajeno.
Así aprendió que la vida jamás se sigue como un manual y que, a veces, es la aceptación de lo inesperado y el perdón lo que nos hace verdaderamente fuertes.







