Un padre abandona a su familia y decide contratar a su propia hija como niñera: ¿cuánto tiempo podrá sostenerse este acuerdo y será posible reconstruir su relación distante?

Tras la huida de su padre, Jimena desarrolló una aversión monumental hacia él. Aunque el hombre juró y perjuró que mantendría el contacto a menudo, lo cierto es que ella no quería ver ni en pintura a ese señor. No obstante, la abuela no paraba de insistirle con su retahíla de hija, sigue siendo tu padre, tienes que hablar con él, como si eso fuese un remedio milagroso. Para Jimena, la situación resultaba de lo más marciana, sobre todo viendo que su propia madre no le dirigía ni los buenos días a su exmarido. Aun así, por no hacerle un feo a la madre (la presión familiar es deporte nacional), Jimena acababa accediendo a ver a su padre de vez en cuando.

Una vez, incluso la sacaron del instituto en plena clase para que se fuese con él. Aquello no hizo mucha gracia a la profesora, pero poco pudo protestar cuando apareció el padre de Jimena en persona. Al llegar a su casa, no faltó cotilleo de sus compañeras de clase sobre la supuesta hermanastra. Al principio lo negó todo, pero la realidad se plantó delante de sus narices: allí estaba la nueva familia de su padre, con esposa resplandeciente y niña pequeña armada de muñecas y paciencia. La madrastra de Jimena fingía o igual no, a estas alturas una ya no sabe estar encantada de verla, mostrándose interesadísima por sus deberes del colegio. Mientras tanto, el padre, más frío que el mármol de Carrara, no despegaba la vista del portátil y apenas hacía vida con las hijas.

Con el tiempo, el padre empezó a pasar por casa de Jimena para llevársela más a menudo y, claro, siempre acababa con la petición de turno: que cuidara a su hermanastra mientras la madrastra y él salían a cenar por Madrid. A Jimena aquello le sentaba como un gazpacho sin sal: ella ahí, encasquetada de niñera, y encima todo el mundo esperando que lo viviera como la cosa más natural del mundo, por el bien de la familia, ¡logo incluido! Cuando le pidieron que pasara más tiempo en casa de su padre, Jimena se plantó alegando que tenía deberes. Ni corta ni perezosa, el padre le dijo que podía aprovechar para vigilar a la hermanastra mientras ellos salían a tomarse una caña.

La situación acabó superándola: entre sentir que la trataban de canguro gratuita y la atención nula que recibía, a Jimena se le hincharon los cojinetes y decidió no volver más a la casa de los progenitores. Cuando el padre la llamó (más de protocolo que de preocupación real, no nos engañemos) y la reconvino sobre su responsabilidad de cuidar de la hermana, Jimena ya tenía claro que ella ni era madre ni tampoco el ama de llaves de nadie. Más adelante, llegó a dejarle claro a su padre que, salvo para pedirle favores, apenas le dirigía palabra, y que lo de cuidar a la niña mientras él se dedicaba a sus cosas no iba con ella.

Con el tiempo, la lista de intentos del padre y su esposa por retomar contacto fue ampliándose, con idéntico resultado: ni rastro de Jimena. Finalmente, fue ella quien le preguntó de frente por qué le trataba así. La respuesta, dicho bajito y con la sinceridad que sólo sabe tener alguien que no tiene ninguna vergüenza, fue tremenda: Alguien tenía que cuidar a la pequeña, hija. ¿Quién sino? Ni nostalgia, ni cariño, ni un eurillo de más y en euros, que aquí de grivnas nada.

Así terminó todo: relación tensa, más fría que las aguas del Cantábrico en enero, y sin soluciones a la vista. El padre de Jimena logró lo imposible: romper la relación con su hija casi de manera irreversible, dejándola tan valorada como el ticket de la compra de hace dos días. Y todo, por no saber echarle un poco de salero a la vida.

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Un padre abandona a su familia y decide contratar a su propia hija como niñera: ¿cuánto tiempo podrá sostenerse este acuerdo y será posible reconstruir su relación distante?
Un día me llamó mi tía lejana y me invitó a la boda de su hija — mi prima lejana, a la que no veía desde que tenía 6 años. Desde que ella tenía 6 años, quiero decir. No es que haya heredado un especial apego familiar, pero esta vez no pude escabullirme. — Al menos una vez cada 20 años podemos vernos, como no aparezcas te enteras — me dijo mi tía, tajante. Y llegó la invitación con palomas y rositas de parte de Lucía y Antonio, y hasta me lo recordaron un par de días antes, así que no hubo escapatoria. Vale, piensa que ya he perdido el sábado, pero ¿qué le voy a hacer? Así que allí voy, con mi ramo de flores, un humor de perros y muchas ganas de escaquearme a la primera de cambio. Llego al restaurante, entro al salón del banquete, y me sientan con un grupo de jóvenes muy animados — amigos del novio, que después de un par de copas empiezan a elogiar lo estupenda que es la tía de la novia, que si de tía nada y que a ver si nos conocemos mejor, y acabamos todos, claro, montando una buena juerga. Por supuesto, no reconocí a la novia: de ratona morena ha pasado a rubia voluptuosa con mucho pecho. Me gustaba más como ratoncilla. El ambiente general era un pelín lúgubre: un montón de señoras con mala leche y maridos aburridos, el novio con cara de no saber dónde meterse, la novia flipando con su propio cuerpazo y, si no fuera por nuestro grupo, aquello parecía un velatorio. Las señoras nos miraban con mucho, pero que mucho, desdén. Me perdí el primer brindis, pero justo empezó el segundo. Tocaba a mí. El maestro de ceremonias, al saber quién era, lo anunció entusiasmado: — Y ahora, unas palabras de la joven y guapísima tía de la novia. Así que lancé mi discurso: — Queridos Lucía y Antonio… La boda ya era poco animada, pero de repente reinó un silencio de granito y, en ese instante, me doy cuenta de que mi tía no está por ninguna parte, y difícilmente habría cambiado tanto como para no reconocerla. — La novia se llama Teresa — me susurró feroz una señora de rosa enfrente—. Y el novio es Javier. — ¿Cómo que Teresa? ¿Qué Javier? — Estos vienen a las celebraciones ajenas a hartarse de canapés y beber a costa ajena — añadió la señora—. A nosotros en la despedida de un sobrino nos pasó igual, costó echarle. No hay vergüenza ya. Entonces sí que entendí que la fiesta iba a ser animada. Los asistentes aguzaron las uñas, relampagueaban los ojos, algunos casi se ponen en pie. Las mangas aún no las habían remangado, pero todo llegaría. — ¡Pero si aquí tengo mi invitación! — grité yo, blandiendo la dichosa tarjeta—. ¡Aquí lo pone: Lucía y Antonio, restaurante tal, salón de banquetes! Me salvó un camarero: — Señora — me dijo—, tenemos otro salón en la planta de arriba, ¿quizás era allí? — Sí, sí, cómo no, allí — terció la de rosa—. Quiere cenar por el morro. Marca aquí, y luego sube a por doble ración. ¿Cómo aguanta la tierra a tanta cara dura? ¡Aventurera! — La cara dura, Inés, siempre es una virtud — intervino otra, de verde lima, aún más borde. Que conste: no tengo pinta de buscavidas ni de ladrona de maridos. Aunque ya se sabe, desde fuera… Los amigos del novio salieron en mi defensa y la señora de lila les despachó: — ¡Mírala, ya encandiló a los chicos! Y la de rosa remató: — Así empezó la que le robó el marido a la jefa de contabilidad; como te descuides, te quedas sin pareja. Nunca me he llevado a ningún marido ajeno, pero en ese momento me sentí la rompecorazones number one. Total, que hasta eché un ojo a los maridos a ver si alguno merecía la pena, ya puestos a delinquir. Por suerte, el camarero fue a buscar a mi tía, que bajó, vio el percal y juró a todo el mundo que sí, que me conocía, mientras me guiñaba el ojo de tal forma que parecía decir que lo mío era cosa de siempre. Total, que me evacuaron al otro salón, donde de verdad estaban la morena Lucía y el tal Antonio, que ya no me acuerdo del apellido, y donde me dieron de beber para el susto. Menos mal que no había dado el regalo todavía. Eso sí: mis compañeros de despedida fueron los amigos del primer novio, de la primera boda.