Una sola parada

Una parada
No era la primera vez que lo veía, pero aquel lunes todos los elementos se alinearon: el reloj del móvil marcando las 8:12, el tranvía número siete, y en la puerta central, como siempre, un hombre mayor con chaqueta oscura y gorro de lana, sosteniendo con exactitud un paquete de la farmacia. El hombre agarraba la barra con tal fuerza, casi desafiante, mirando no por la ventana sino hacia el suelo, al encuentro entre el piso y la pared donde la goma se había desgastado hasta lo gris.
El compañero de viaje, Andrés, recorría su habitual trayecto corto de dos paradas hasta el trabajo. Normalmente atravesaba ese espacio aislado con los auriculares puestos, pero las últimas semanas se sorprendía quitándose uno para escuchar el murmullo del vagón, como si algo importante estuviera a punto de suceder. No ocurría nada especial: el tranvía crujía en las curvas, la cobradora regañaba a los que intentaban colarse, alguien repasaba los titulares, otro tenía el bolso sobre las rodillas.
Aun así, aquel hombre parecía una marca fija en el mapa: siempre a la misma hora, siempre en la misma parte del trayecto. Lo veía a veces cerca de la ventana, otras junto a la puerta, pero siempre, únicamente, durante una parada. El hombre subía en Jardines, viajaba hasta Hospital, y salía sin mirar atrás hacia el largo cuerpo gris del edificio, detrás del cual empezaba un viejo parque.
Ese lunes, Andrés se encontraba justo a su lado. El tranvía dio un tirón, el hombre se balanceó, y Andrés, casi sin pensar, extendió el codo para evitar que se golpeara.
Cuidado, dijo Andrés.
El hombre mayor asintió, sin levantar la mirada.
Gracias.
Su voz era neutra, limpia, como la de alguien acostumbrado a decir sólo lo necesario.
En la siguiente parada subió una mujer con muletas. Andrés se levantó y cedió su asiento. Ella se sentó, y el hombre de la chaqueta oscura, siguiendo un impulso invisible, también se apartó para dejarle paso. Sostenía el paquete para no molestar a nadie, y Andrés se dio cuenta de que aquel gesto tenía una precisión difícil de asociar a un pasajero casual.
Cuando el tranvía reanudó su marcha, la cobradora se acercó a ellos.
El billete, por favor, dijo, acercando el datáfono.
El hombre sacó una tarjeta del bolsillo, la pasó, esperó el pitido, y la guardó. Andrés observó sus dedos finos, las uñas cortadas con cuidado, y notó que el anular lucía vacío. No era algo relevante, pero Andrés lo anotó mentalmente.
En Hospital las puertas se abrieron. El hombre pisó el andén, aguardó un momento, dejó pasar el flujo de gente y salió. Andrés también bajó, aunque debía continuar. Le extrañó hacer esto, pero lo justificó como un deseo de estirar las piernas.
En la parada olía a farmacia, justo tras el pabellón, y a asfalto mojado. El hombre no se dirigió a la farmacia, cruzó la calle y fue hacia la verja del hospital, donde una placa notificaba el horario de visitas. Andrés seguía a varios pasos, para no parecer entrometido. El hombre se detuvo ante la puerta, leyó la placa como si fuese la primera vez, y luego giró hacia el parque, donde el sendero se perdía entre los álamos.
Andrés aminoró el paso y se detuvo. Comprendió que no debía seguir más allá. El hombre desapareció, y Andrés regresó a la parada, cogió el siguiente tranvía y fue a trabajar, sintiendo un extraño enfado consigo mismo. No le gustaba verse arrastrado por asuntos ajenos.
Al día siguiente volvió a verle. Y al siguiente. Y otro más. Andrés comenzó a ajustar sus mañanas para coincidir en el mismo vagón. No se admitía a sí mismo que lo seguía. Prefería pensar que era casualidad.
Un jueves, el tranvía se quedó parado en un semáforo. El vagón se llenó, la gente se apiñó, alguien pisó el zapato de Andrés. El hombre de la chaqueta oscura estaba cerca, y Andrés distinguió el nombre de la red farmacéutica en el paquete, con la esquina de una receta asomando por encima.
¿Va lejos? preguntó Andrés, sin saber por qué elegía esa frase.
Por primera vez, el hombre le miró directamente. Sus ojos eran claros, cansados, pero atentos.
No, respondió. Una parada.
¿Cada día? Andrés lamentó enseguida la pregunta, que sonaba demasiado inquisitiva.
El hombre no se molestó. Se encogió de hombros ligeramente.
Casi.
Andrés asintió, simulando que el diálogo había acabado. Pero el silencio era distinto ahora, no vacío. El hombre bajó la mirada de nuevo, y Andrés vio un pequeño hilo suelto en el gorro. Deseó mencionarlo, pero se abstuvo.
En Hospital el hombre salió. Andrés se quedó, pues iba tarde. Las puertas cerraron, el tranvía arrancó, y Andrés sintió que había perdido algo importante, aunque nada había sucedido.
El viernes volvió a bajar con el hombre. Esta vez no le siguió. Se quedó junto al pabellón, mirando cómo cruzaba la carretera. El hombre se acercó a la verja, leyó la placa, luego giró hacia el parque. Por un instante pareció que miraba atrás, pero tal vez solo giró por el ruido de un coche.
No utilizó aquel trayecto durante el fin de semana. El lunes, retomando la rutina, se dio cuenta de que aguardaba aquel encuentro, como quien espera la breve conversación con el vendedor del kiosco que siempre saluda igual. Era una expectativa incómoda.
El martes el tranvía circulaba casi vacío. Andrés se sentó junto a la ventana. El hombre subió en Jardines y se colocó cerca, agarrando la barra. No tenía el paquete de la farmacia. Sostenía una carpeta fina con goma, como de documentos.
Buenas, dijo Andrés.
El hombre asintió.
Buenas.
Perdone, murmuró Andrés, cuidando que nadie oyera. Le veo a menudo. Siempre baja en Hospital. No es curiosidad, es que
Se quedó mudo, incapaz de elegir cómo seguir. El hombre no le apremió. El tranvía tintineó en la aguja y el sonido llenó el hueco.
Usted piensa que es raro, dijo el hombre.
Creo que es importante, contestó Andrés, sorprendido de la frase que había formado.
El hombre sonrió levemente, pero la sonrisa se desvaneció.
Importante, sí. Para mí.
Las puertas se cerraron, el tranvía avanzaba. Andrés notó los hombros tensos, preparándose para un dolor ajeno. No quería que el hombre contara algo difícil, no quería ser el testigo sin saber dónde poner las manos.
Me llamo Fermín Rodríguez, dijo el hombre, como si fuera lo más sencillo. ¿Y usted?
Andrés.
Andrés, repitió Fermín, probando el nombre en la lengua. Yo bajo en Hospital porque ahí ahí estuvo mi esposa. En el ala. Durante mucho tiempo.
Pronunció estuvo sin solemnidad, no eran palabras de funeral, era ya parte del día.
Andrés guardó silencio. Miraba el cristal y el reflejo de sus rostros, pensando que ahora importaba no decir nada innecesario.
Yo la traía aquí, continuó Fermín. Cuando aún podía venir. Después ya no se podía. Después todo terminó.
No dijo murió. Ni se fue. Simplemente dejó ese espacio vacío, y Andrés comprendió que así debía ser.
Y aún así viene, preguntó Andrés.
Sí, Fermín ajustó la carpeta. Camino hasta el banco. Allí nos sentábamos cuando ella podía salir. Me siento diez minutos, a veces menos. Luego vuelvo y regreso en el tranvía. Si no vengo, el día no empieza. Y si empieza sin esto
Se cortó, y Andrés vio temblar su barbilla. No lágrimas, sólo músculo.
No tiene que explicar, dijo Andrés.
No explico, respondió Fermín tranquilamente. Solo digo lo que hay.
El tranvía llegó a Hospital. Puertas abiertas. Fermín saltó al andén. Andrés salió tras él.
¿A dónde va? preguntó Fermín, sin extrañeza pero sin invitar.
Al trabajo, respondió Andrés. Pero puedo caminar. Si no le importa.
Fermín le examinó con atención, como quien mide a quien ofrece ayuda desde la confusión, no desde la pena.
Camine, dijo. Pero sin hablar, ¿vale?
Cruzaron la calle. En la verja, Fermín se detuvo y miró la placa. Andrés entendió que era parte del ritual, verificar que el mundo seguía en su sitio. Luego entraron al parque. El sendero húmedo, hojas pegadas a las suelas. Fermín avanzaba lento pero firme, sin apoyarse.
El banco estaba a la orilla de una pequeña plaza, visible la ventana del segundo piso del hospital. Fermín se sentó, la carpeta sobre las rodillas, sin abrirla. Andrés se sentó al lado, dejando un espacio.
Pasaron los minutos. Andrés escuchaba murmullos de ciudad tras los árboles, el chirrido de una hamaca de niños, aunque no había niños. Fermín miraba la ventana y Andrés no sabía si veía algo o simplemente fijaba la vista para no desmoronarse.
¿Qué lleva en la carpeta? preguntó Andrés, rompiendo el pacto, pero en voz baja.
Fermín no se enfadó.
Altas, dijo. Las llevo siempre. No sé por qué. Me he acostumbrado. También hay una nota suya. Muy breve. Escribía mal, la mano temblaba. Pensé que debía guardarla y entonces desde entonces la llevo como pase.
Andrés asintió. Comprendió que la carpeta era para él, no para médicos ni burocracia. Era para decirse: Esto existió, no era un sueño.
Antes pensaba que debía dejar de venir, continuó Fermín. Mi vecina decía que me martirizo. Pero yo no me martirizo. Sólo mantengo el hilo. Si lo rompo, no sé qué queda.
Andrés quería decir que queda la vida, que quedan las personas, que hay otros caminos. Pero supo que era un consejo ajeno, que suena bien sólo al que lo pronuncia.
Le comprendo, dijo al final, aunque no comprendía del todo.
Fermín giró la cabeza ligeramente.
No hace falta comprender. Basta con que esté.
Al poco rato, Fermín se levantó. Cogió la carpeta, comprobó la goma como si temiera que se cayese una hoja. Andrés también se levantó.
Vamos, dijo Fermín.
Regresaron a la parada. Llegó el tranvía. Fermín, ya habitual, dio un paso hacia la puerta, pero pronto se detuvo.
Andrés, dijo. Hoy no volveré en seguida.
Andrés le miró.
¿Y cómo?
Fermín señaló la calle, donde tras la esquina empezaba un pequeño mercado y más allá la calzada conducía al río.
Caminaremos hasta la siguiente parada, sugirió. Allí hay un kiosco, a veces compro el periódico. Antes no lo hacía, ahora pienso se puede.
Ese se puede sonó como si se diera permiso a una pequeña novedad, sin traicionar lo anterior.
Vamos, aceptó Andrés.
El tranvía se alejó tintineando. Caminaron junto a la carretera. Fermín llevaba la carpeta bajo el brazo, ajustó el gorro con la mano libre. Andrés seguía su paso, sin apresurarse.
En el kiosco Fermín compró el periódico, lo dobló con cuidado tras pagar. Luego miró la próxima parada, donde ya se iban agrupando viajeros.
Una parada, dijo, probando el sabor del término. Hoy serán dos. Pero igual subiré. Sigo, sólo que un poco más.
Andrés asintió. No dijo nada consolador. Se limitó a caminar al lado de Fermín. Y eso bastó para que el rito no desapareciera, sino que se desplazara un poco, dejando espacio para el siguiente día.

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