Mi propia madre está intentando echarnos a mi familia y a mí de su piso. ¿Cómo puede hacernos esto?

Mi madre y yo tuvimos una pelea monumental hace poco. Vivimos juntas en el mismo piso de Madrid, y lleva años intentando que me vaya. Nunca ha tenido éxito, claro, porque estoy empadronada legalmente. No sabes cuántas excusas distintas me ha soltado durante todo este tiempo. Yo sólo quería tener una relación sana con la persona más cercana a mí.

Quizá pienses que vivir con tu madre a los 30 años no es lo común, y te doy la razón. Pero cuando mi marido y yo nos casamos, no teníamos alternativa. Después llegaron los niños, y el tiempo para buscar otro sitio desapareció por completo.

No tenemos el dinero suficiente. Mi sueldo es modesto, y mi marido trabaja desde casa, pero apenas le salen encargos y hay semanas en las que no recibe nada. Su salario fluctúa muchísimo. Apenas podemos pagar la letra del coche, porque de verdad lo necesitábamos. Mi madre tampoco está conforme con esa decisión.

Por eso seguimos viviendo con ella. Sinceramente, compartir los gastos de luz, agua y comida es mucho más fácil. Además, siempre puedo dejar a mis hijos con mi madre, y es una ventaja enorme. Pero lleva dos años sin cesar, insinuando constantemente que deberíamos comprar un piso propio y marcharnos de allí.

Yo también me gustaría hacerlo, pero ¿de dónde sacamos tanto dinero? Al principio era una presión suave, yo le explicaba con calma que no podíamos permitirnos ese lujo, aunque tratamos de ahorrar cada mes. Pero con el tiempo, su insistencia ha sido insoportable, y discutimos cada vez más.

Mi marido prefiere no meterse en el conflicto; no quiere problemas con su suegra, y le entiendo, aunque echo de menos su apoyo.

¿Pero qué podría hacer él? La única solución sería comprar un piso, pero eso no será posible hasta que terminemos de pagar el coche.

Entiendo que mi madre busca tranquilidad en su vejez, pero no veo motivo para expulsarnos del piso. Además, ella ha comentado varias veces que piensa dejarme el piso como herencia, entonces ¿qué sentido tiene ir saltando de lugar en lugar?

La última discusión fue terrible. Ahora ni nos dirigimos la palabra. Mi tía falleció hace poco y dejó a mi madre un apartamento pequeño en Sevilla.

Pensé que por fin era una buena noticia, porque mi madre podría mudarse a un lugar más pequeño y lograr la paz que tanto desea.

No sólo me dijo que no pensaba dejar su piso, sino que además se niega a cedernos el otro. Insiste en que tenemos que arreglárnoslas nosotros.

¿De verdad esto es normal? ¿Cómo seguimos hablando después de todo esto?

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Mi propia madre está intentando echarnos a mi familia y a mí de su piso. ¿Cómo puede hacernos esto?
Vete y no regreses nunca: —Vete, ¿me oyes? —susurraba Miguel, llorando—. ¡Vete y no vuelvas jamás! Nunca. Con las manos temblorosas, el chico soltó la pesada cadena de hierro, arrastró a Berta hacia la verja, abrió de par en par la cancela y trató de empujarla a la carretera. Pero ella no entendía nada. ¿De verdad la estaban echando? ¿Por qué? Si no había hecho nada malo… —Vete, te lo ruego —repitió Miguel, abrazando a la perra—. No puedes quedarte aquí. En cualquier momento volverá él y… Justo en ese instante, la puerta de la casa se abrió de golpe y, tambaleándose y con un hacha en la mano, salió al porche un Vasili borracho. ***** Si la gente pudiera imaginar aunque fuera por un momento lo dura que puede ser la vida de los perros que, sin culpa ninguna, acaban en la calle, seguro que cambiarían su actitud hacia ellos. Al menos, los mirarían con compasión y ternura, no con indignación y desprecio, como tantas veces ocurre. Pero, ¿cómo van a saber las personas qué pruebas deben superar nuestros amigos de cuatro patas y por qué caminos les lleva la vida? ¿Cómo podrían saberlo?… Los perros no pueden contarnos nada. Ni siquiera pueden quejarse de su destino. Todo su dolor lo guardan para sí mismos. Pero yo, quizá, os cuente una historia. Una historia de amor, traición y lealtad… Y la mía empieza con Berta, a quien nadie quiso ni desde pequeña. Qué tenía ella de malo para su primer dueño, es un misterio. Algo tendría. ¿Quizá nacer? Su amo no encontró nada mejor que subir a la cachorra, con solo dos meses, al coche y llevarla hasta la aldea más cercana… para dejarla en la cuneta. Sí, simplemente dejarla. Ni siquiera se dignó a dejarla en el mismo pueblo, donde alguien podría haberla recogido. En vez de eso, la abandonó al lado de la carretera y se marchó tranquilo a casa. Por esa carretera pasaban coches a gran velocidad, autobuses, camiones, todo tipo de vehículos. Un paso en falso, y la pequeña podría haber acabado bajo las ruedas. Quizá eso era lo que esperaba su dueño. Y aun si no era atropellada, sin agua ni comida no habría aguantado mucho tiempo. Habría muerto. Era tan pequeña… Pero aquel día tuvo suerte. En ese mismo día, la cría sin nombre se cruzó con Miguel. Y por eso, vivió. Resulta que, ese día, el padre de Miguel le regaló una bicicleta por su cumpleaños. Miguel cumplía catorce, y salió enseguida a “estrenarla”. —No salgas del pueblo —gritó Antonia cuando su hijo montó en su flamante “caballo de hierro” y salió a la calle, pedaleando con emoción—. ¿Me oyes, hijo? —Sí, mamá… —respondió Miguel con alegría—. Todo irá bieeeeen… Pero, al final, Miguel salió del pueblo. Porque allí las calles no se arreglaban desde hacía años —un bache tras otro. No era fácil ni andar, mucho menos ir en bici, y por la noche uno podía romperse una pierna. Desde la aldea hasta la carretera que iba al pueblo, hacía apenas un mes habían asfaltado y Miguel quería sentir el viento al rodar por ella. Además, normalmente había poco tráfico. Es fin de semana— todo el mundo descansando en casa. Así que, justo cuando Miguel casi llegaba a la carretera y pensaba dar la vuelta, vio en la cuneta a una cachorrilla que corría de un lado a otro, como loca. Se lanzaba a los coches y, en el último momento, saltaba para no ser atropellada. Daba miedo verla. “¿Qué le pasa? ¿Qué hace ahí?” pensó Miguel, bajándose de la bici. Dejó la bicicleta en la hierba y se acercó decidido a la pequeña. ***** —¡Mamá, papá, mirad lo que he encontrado! —dijo Miguel, sonriendo al entrar en casa—. La han tirado en el arcén. ¿Podemos quedárnosla? Es buenísima. —¿Miguel, has salido del pueblo? —se indignó Antonia—. ¡Te lo advertí! —Mamá, solo fui hasta la carretera, nada más —bajó la mirada Miguel, avergonzado—. Y, como ves, no fue en vano. Si no la recojo, quizá habría muerto. —¿Y tú? —suspiró Antonia—. ¿No has pensado en ti, hijo? También podrías haber sido atropellado. Los niños solos en la carretera, ni en bicicleta ni a pie. —Mamá, ya no lo haré más, de verdad. ¿Podemos quedárnosla? Juro que la cuidaré. Siempre he querido una perra… Y hoy es mi cumpleaños. —Tu cumpleaños, ya… —negó con la cabeza Antonia—. Bastante poco castigo es que no me escuches. Miguel abrazó a la cachorra, temiendo que sus padres se la quitaran. —Toni, no regañes más al muchacho —intervino el padre, de buen humor—. Son sus catorce. Ya es un hombretón. Recuerda nuestras travesuras a su edad. Además, la perra es buena. No es un saco de huesos, es de raza. Protegerá la casa. Quédesela, hijo, no me opongo. —Si tu padre no se opone, yo tampoco —sonrió Antonia. —¡Yuju! ¡Gracias! ¡Sois los mejores padres del mundo! Miguel estaba del todo feliz. Ese mismo día la llamó Berta. Al principio pensó que era macho, pero pronto se dio cuenta de que era “niña”. Y muy buena niña: amable, cariñosa. Entre Berta y Miguel nació pronto una gran amistad. Y, desde ese momento, se olvidó de la bici nueva y pasó todos sus días con su amiga peluda. Y parecía que nada malo podría pasar, que todo acababa tan bien, ¿verdad? La perra escapó de una muerte segura, Miguel por fin tenía el perro soñado (en secreto, pues creía que su padre nunca aceptaría, era un hombre estricto y poco amigo de perros). Sus padres también estaban felices porque su hijo era feliz. ¿Colorín colorado? Por desgracia, no. Lo malo llegó. Seis meses más tarde. Todo empezó cuando Basilio, el padre de Miguel, perdió su trabajo y, desesperado, se echó a la bebida. Bebía sin control. Todo el dinero ahorrado con Antonia terminó en botellas. Ninguna súplica conseguía parar a Basilio. Al contrario, le irritaba más. Y empezó a irritarle su mujer. Basilio se volvió un hombre distinto. O, más bien, fue el alcohol el que lo volvió así. Brusco, cruel, resentido con todo el mundo… Incluso, de vez en cuando, levantaba la mano contra su esposa. Por cualquier motivo. O hasta sin él. Faltaba comida para picar, el techo tenía goteras, el tabaco y la bebida subían de precio… todo era culpa de Antonia. Era inútil explicarle que el culpable era él. —¿Yo? ¿Yo culpable? —gritaba Basilio a su mujer. Y sí, él tenía toda la culpa. Nadie le obligó a beber. Podía buscar otro trabajo. Quizá no en el pueblo, donde era tractorista, pero en la ciudad. Conductor, cargador: había mil opciones. El hijo pronto tendría que ir a la universidad, y para eso se necesita dinero. Pero Basilio no quería trabajar en la ciudad. Y, tras el cierre de la empresa del pueblo, trabajo decente no había. —¡Toni! ¡Toni, dónde has metido la botella! —gritaba Basilio nada más levantarse, con resaca. Antonia hacía todo lo posible por pararlo, pero nada bueno sacaba de eso. Solo con llevarle la contraria, había discusión. Y, si le escondía la botella, rara vez no había golpes. Basilio se convertía en una bestia. Antonia prohibía a Miguel intervenir, para que a él no le tocara. Su padre tenía la mano muy dura. Mejor no probar suerte. En esos momentos, Miguel se iba con Berta, la acariciaba y miraba hacia la casa donde discutían sus padres. Berta le lamía las mejillas, siempre húmedas y saladas. Le consolaba como podía, y también miraba hacia la casa. Un día le tocó incluso a Miguel. Antonia había ido a comprar, él jugaba en el patio con Berta. Basilio vio la escena, llamó a su hijo, lo agarró fuerte del brazo y le pegó varias bofetadas. Miguel aguantó como pudo, pero terminó gritando de dolor. Intentó soltarse, pero su padre lo tenía como en un torno. Entonces Berta, la tranquila Berta, comenzó a ladrar a Basilio furiosa como nunca, haciendo que el padre dudara un segundo. Eso le dio a Miguel la oportunidad de liberarse. Pero después… …después, tras gritar: “¡Te voy a matar!”, el padre entró tambaleante en la casa. Miguel supo que volvería. Y, seguro, armado. No lo dejaría pasar. —Vete, ¿me oyes? —susurraba Miguel, llorando—. ¡Vete y no vuelvas jamás! Con manos temblorosas soltó la cadena de hierro, llevó a Berta a la verja, abrió la cancela y quiso empujarla a la carretera. Pero ella no entendía nada. —Vete, te lo ruego —repitió Miguel, abrazando a la perra—. No puedes quedarte aquí. En cualquier momento volverá él y… En ese momento, la puerta de casa se abrió de golpe y en el porche apareció Basilio borracho, blandiendo un hacha. —¡Miguel! —tronó su voz—. ¿Por qué has soltado la perra? ¿Quién te lo ha pedido? —Papá, por favor… —dijo Miguel, retrocediendo instintivamente. En aquel momento tenía tanto miedo, que habría huido con la perra, pero… No podía dejar sola a su madre con aquel monstruo. —¿¡Que no?! —rugió Basilio—. A la perra la doy de comer y beber y me ladra… Ahora me encargaré de ella, y luego ya verás tú… Basilio bajó al patio tambaleándose. —¡Tráela aquí! —¡Vasili, no, por favor…! ¡Es solo una perra! La vas a matar… —gritó Antonia, que acababa de volver de la compra. —Ni “Vasili” ni nada. ¡Esa chucha va a aprender quién manda aquí! Miguel, ¡tráela de una vez! No se podía esperar más. Miguel giró, miró a Berta a los ojos, la besó en el hocico húmedo y, empujándola, gritó: —¡Vete! ¡VETE YA! Perdónanos, Berta. No quería que todo acabara así. —¡Maldito mocoso! —bramó Basilio al darse cuenta de que Miguel quería soltar a la perra. Y Berta, mirándolo una última vez, echó a correr hacia el bosque, el único sitio donde podía esconderse. “¡No regreses nunca, Berta, o te matará!” le gritó Miguel. Lo que pasó luego, Berta ya no lo vio. Solo deseó que a su humano y a Antonia no les pasara nada. ***** Desde entonces han pasado… …no, no un mes, ni un año. Siete años desde entonces. Siete largos años esperando un milagro. Esperanzada y convencida de que algún día se reencontraría con Miguel. Pero la esperanza se iba apagando con cada año, pues hacía tiempo que Miguel y Antonia ya no vivían allí. Regresó a la aldea solo seis meses después de huir al bosque. Pero cuando empujó la verja, y esta se abrió chirriando, solo encontró casa quemada y soledad. Ni Miguel, ni Antonia, ni Basilio (a quien tampoco echaba de menos). Visitó el lugar tres o cuatro veces, pero nunca encontró a nadie. Sin embargo, sentía que a ellos nada malo les había sucedido. Seguramente se habían marchado. ¿Dónde, cuándo? Eso ya no lo sabía. Pero comprendía que no volverían jamás. No les quedaba casa. Ni a ella le quedaba tampoco familia ni hogar… Así vagó durante un año de pueblo en pueblo, sin quedarse en ningún sitio. Hasta que la recogió un anciano. La encontró, casualmente, en la carretera, cerca de la misma aldea de antes. Pura casualidad… —¿Te has perdido? —bromeó el hombre de pelo canoso y larga barba—. ¿Te vienes a vivir conmigo? Y Berta fue. Porque no tenía otra opción. Y el viejo, aunque también le gustaba el vino (como luego descubriría), era muy bueno con ella. Siempre tenía para ella caldo, arroz, huesos. No le faltaba nada. Además, se la llevaba al trabajo. Era guarda de noche. Bueno, también enterrador. En el cementerio. Al principio, rondar entre tumbas le daba miedo, pero se fue acostumbrando. También cogió cariño a don Nicolás Figueroa, que resultó ser buena persona. Aunque muy solo y muy desgraciado. Como ella. Cuando bebía, no se volvía una bestia, al contrario, suspiraba hondo y le contaba sus penas. Que su mujer le abandonó, que su hija ni le reconoce porque él no ha triunfado. Berta se tendía a sus pies, atento el hocico, mirando y escuchando, porque a veces las personas solo quieren que las escuchen. Y, mientras él callaba, ella recordaba días felices: a Antonia, a Miguel. De Basilio prefería no acordarse. Y así fue que, dando vuelta por el cementerio, un día Berta se topó con su tumba. Al principio no lo creyó: años enterrado y el olor seguía allí— ese olor a odio por la vida, a alcohol. —¿Qué te pasa? —preguntó don Nicolás al ver a la perra parada delante de la tumba—. A ver, ¿quién yace aquí? ¡Vaya, Basilio…! Debe de ser el que se asfixió en su propia casa. Berta miró al anciano sorprendida. —Sí, lo conocían en el pueblo. La mujer y el hijo, gracias a Dios, se fueron al pueblo grande, y este se quedó bebiendo hasta que se murió. Una muerte tonta. Aunque decían que maltrataba a la familia. Así que, si es verdad, justo castigo. Pero, en fin… De los muertos, bien o nada. Vamos, déjemoslo descansar. Casi cinco años vivió Berta con el guardián del cementerio. Hasta que él también falleció y Berta volvió a estar sola. ¿Dónde ir? Ya no era una perrita. Nadie querría adoptarla. Así que decidió quedarse en el cementerio. De vez en cuando encontraba algo para comer. Allí… Sí, Berta tomó su decisión. Aunque aquel sitio era para humanos, allí esperaría la muerte. Otro dueño (el viejo no era dueño, sino compañero de desgracia) no quería. Y así, con la primera nevada del año, ocurrió lo que nunca imaginó. Un día, mientras recorría el cementerio, escuchó voces. Rara vez iba gente en fin de semana, y no digamos dos personas: un hombre y una mujer. Estaban junto a la tumba de Basilio. Eso le intrigó, así que se acercó. —Ya te dije, Oksana, que era mala idea visitar a mi padre —decía Miguel—. ¿Para qué? Ni lo quiero conocer después de lo que hizo, y quieres que lo perdone… ¿Por qué? ¿Por mandar a mi madre a la tumba antes de tiempo? —Debes hacerlo, Miguel… Perdonar y dejarlo ir con Dios. Así te librarás de las pesadillas. Yo estoy segura de que en cuanto le perdones, todo mejorará. Al fin y al cabo, por muy tirano y borracho que fuera, era tu padre. Y si se te aparece tanto en sueños, es que no descansa. —¿Y tú cómo lo sabes? —Me lo dijo mi abuela. Perdónalo, y todo será más fácil, para él y para ti. —Bueno… tal vez tienes razón. Miguel miró la tumba, frunció el ceño y, después, más relajado, dijo: —Te perdono, padre. Por mí, por mamá, por Berta… Solo siento que, por tu culpa, mi mejor amiga tuvo que irse de casa. Espero que ella esté bien. Mientras tanto, Berta, sin creérselo, estaba tras Miguel. ¡Era su Miguel! Sí, ahora era un hombre, pero ella lo reconoció al instante. ¿La reconocería él? Miguel, como sintiendo una mirada, se giró de golpe y se quedó helado. —¿Qué sucede, Miguel? —preguntó Oksana, inquieta—. Casi parece que hayas visto un fantasma. —No un fantasma, un perro… —murmuró él. —¿Y? Hay muchos perros en los cementerios. ¿Te ha dado miedo? —Creo… Creo que la conozco… Espera, es… Miguel avanzó unos pasos hacia ella, dudando, pero a cada paso lo veía más claro. Berta meneó la cola. Se acercó también, y, en un instante, corrieron el uno hacia el otro. Oksana no tuvo tiempo de reaccionar: Miguel, de rodillas, abrazaba a su perra, a quien no veía desde hacía siete años, mientras Berta, con sus patas en los hombros, lo llenaba de lametones. Se cumplió el mayor sueño canino de Berta: reencontrarse con su amigo, por fin, tras siete largos años de espera. ***** Miguel, por supuesto, se llevó a Berta con él. Y enseguida se hizo amiga de su humana. Vivieron juntos. Primero tres, luego cuatro (porque un día Berta rescató a un gatito de la calle, y todos estuvieron de acuerdo en adoptarlo), y después cinco. Llegó, por fin, el hijo humano: Nikita. Y, algún tiempo después, Miguel restauró la casa del pueblo, donde toda la familia iba a pasar las vacaciones. Y, pese a todo lo que tuvieron que sufrir Miguel y Berta, al fin, fueron felices.