Renia llegó a su cita a ciegas vestida con mucha elegancia, después de pasar todo el día pensando en…

Maribel llegó al encuentro a ciegas vestida de manera exquisita, aunque las prendas parecían cambiar de color y textura cada vez que pasaba por un reflejo de la luz, como si su propio atuendo estuviera atrapado en el sueño. Había pasado todo el día devanándose los sesos sobre qué ponerse, sintiéndose a veces una dama de la corte y otras una niña en un campo de girasoles. Suelen serle esquivos los hombres: alguna vez se citaba con un caballero cuya edad parecía difuminada, otras con alguien tan joven que tenía la voz de la primavera y la mirada de otoño, sin nunca nada serio. Maribel tenía veintisiete años y deseaba, casi como un eco antiguo, encontrar un amor verdadero y casarse pronto.

La cafetería, situada cerca de la Gran Vía de Madrid, era tan vacía que el silencio tenía forma y peso; pudo distinguir, de inmediato, la silueta ancha de espaldas de un joven rubio sentado solo. Su nombre era Pablo; se conocieron en un rincón virtual de internet, donde las imágenes no eran más que espejos borrosos. Al sentarse frente a él, Maribel quedó gratamente sorprendida por su aspecto, que parecía vibrar entre lo real y lo imaginario.

El muchacho no dejaba de sonreír: hablaba un poco de sí mismo y preguntaba aún más a Maribel. Le fascinaba la seriedad de ella, como si él mismo fuera un reflejo de sus intenciones. También tenía veintisiete años y también soñaba con formar una familia.

Pero tengo un secreto confesó, como si las palabras salieran envolviendo el aire de misterio.
¿Una terrible revelación? bromeó Maribel, sosteniendo la atmósfera ligera.
No tanto suspiró Pablo, con un giro extraño en su voz. No se nota fácilmente, pero mi padre es coreano. Mi madre es de aquí, así que mi hermana y yo nacimos madrileños de corazón, europeos de herencia.
¿Esa es la gran incógnita? Maribel se sintió desconcertada, pero el sueño no permitía que los sentimientos fueran sencillos.

Pablo negó con la cabeza suavemente, como si su melena fuera una nube.

Las raíces asiáticas suelen ser profundas; la genética es un enigma, como esos cuadros que siempre cambian el significado. Imagina que en el futuro, si tenemos un hijo, pueda tener rasgos asiáticos. Podríamos explicárselo a quienes nos quieren, pero el resto… nos mirarían raro. Y no tanto a mí, sino… a ti.

Maribel soltó una risa que pareció romper el silencio del café como cristales de luz.

¿Qué importa lo que diga la gente? exclamó, con la voz flotando despreocupada. Cada vez le gustaba más la honestidad y la visión de Pablo, como si ambos fueran personajes de una novela que habían esperado mucho tiempo para encontrarse. Se preguntaba cómo reaccionaría su madre si el rostro de su futuro nieto tuviera una belleza inesperada, exótica.

Pablo suspiró aliviado, tomando la mano de Maribel y apretándola como si fuera la llave de un mundo secreto.

¿Alguna chica te ha rechazado tras esta confesión? preguntó ella, con alegría suave.
Todavía no respondió él. Eres la primera a quien se lo cuento. Nunca antes me ha gustado tanto alguien en una primera cita como me gustas tú.

Y entonces, la música invisible de la ciudad se coló por las ventanas, y la tarde de Madrid giró sobre sí misma, mientras Maribel y Pablo se sostenían de la mano, flotando entre sueños y futuros imposibles, pagándole después al camarero con veinte euros que se desvanecieron como humo en el aire.

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Renia llegó a su cita a ciegas vestida con mucha elegancia, después de pasar todo el día pensando en…
Él la llamó sirvienta despreciable y se marchó a otra historia. Pero al regresar, recibió una respuesta inesperada.