Para visitar a mi suegra, salí antes del trabajo. Compré un montón de dulces para mimar a mi mujer y…

Mira, te cuento, el otro día salí antes del trabajo para ir a casa de mi suegra. Me pasé por la pastelería de la esquina y compré una montaña de dulces típicos, ya sabes, churros, roscos de anís, torrijas Quería mimar un poco a mi mujer y a sus padres, porque veníamos con una noticia buenísima. Hasta que supimos de esto, jamás se nos había pasado por la cabeza lo de tener niños; fue en nuestro tercer año de casados, y estaba tan emocionado que ni te imaginas.

Mis padres fueron los primeros en enterarse y estaban súper contentos, no paraban de animarnos. Por eso, pensábamos que los padres de Lucía, mi mujer, reaccionarían igual, pero mi suegra, Carmen, nos soltó una cara agria de esas que no se olvidan. Cuando le dijimos que íbamos a ser padres, va y empieza.

Piénsatelo bien antes de que sea tarde. Las enfermedades siempre se heredan y la abuela de tu futuro hijo tiene diabetes, hipotiroidismo y anda fatal de la memoria ¿De verdad quieres condenar a tu hijo a ese calvario?

Claramente, el dardo era para mí; la familia de Lucía nunca ha pisado el ambulatorio, están sanísimos, así que yo era el posible portador del gen problemático.

Y por si fuera poco, después encima se puso a criticarme el trabajo. Que si estoy todo el día fuera y no voy a ayudar a Lucía, que así no se cría a un niño y que no sería buen padre. Vamos, que me quitó toda la ilusión de un plumazo.

Y cuando por fin nos íbamos, va y nos suelta al despedirse:

Bueno, el embarazo es sólo la mitad, ahora hay que conseguir llevarlo a término.

Lucía y yo nos fuimos a casa derrotados, de verdad. Y lo peor es que podría haberme dicho todo eso a solas, pero no, quiso soltarlo delante de su hija para que también a ella la dejara hecha polvo. Me dio la sensación de que Carmen no iba a ser precisamente la abuela cariñosa española que te imaginas haciendo croquetas.

Me dejó tan fuera de juego que hasta me quitaron las ganas de tener el niño. Pero Lucía lo ve de otra manera; ella piensa que las cosas son como tienen que ser y que lo que diga su madre no puede estropear nuestra felicidad. Dice que simplemente su madre no está preparada aún para ser abuela y por eso se le va la cabeza de esa forma Qué le vamos a hacer.

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Para visitar a mi suegra, salí antes del trabajo. Compré un montón de dulces para mimar a mi mujer y…
León nunca quiso creer que Ira era su hija. Su esposa, Vera, trabajaba en una tienda y se rumoreaba que solía encerrarse en el almacén con hombres desconocidos, por eso León desconfiaba y rechazaba a la pequeña Ira. Sólo el abuelo Matías la adoraba y le dejó la casa en herencia Sólo el abuelo quería a Irina De niña, Irina enfermaba a menudo, era frágil y muy menuda. “Ni en mi familia ni en la tuya hay alguien tan pequeño”, decía León. “Esa niña es más baja que un taburete”. Con el tiempo, la falta de cariño de su padre contagió a su madre. Quien realmente amaba a Irina era su abuelo, Matías. Vivía al borde del pueblo, junto al bosque. Matías fue guardabosques toda su vida, y hasta jubilado, no dejaba de ir al bosque: recogía bayas, hierbas medicinales y en invierno alimentaba a los animales. Decían que Matías era algo excéntrico, incluso le temían; a veces predecía cosas y se cumplían. Sin embargo, venían a él por hierbas y remedios. Matías perdió a su esposa hace mucho; su consuelo era el bosque y su nieta. Cuando Irina empezó el colegio, vivía más con su abuelo que en casa. Matías le enseñaba sobre plantas y raíces, Irina aprendía con facilidad. Siempre que le preguntaban qué quería ser, respondía: “Quiero curar a la gente”. Su madre, en cambio, decía que no tenía dinero para su educación. El abuelo la consolaba: “Yo no soy pobre, te ayudaré; si hace falta, se vende la vaca”. Le dejó la casa y auguró que sería feliz Vera pocas veces visitaba a su padre, pero apareció cuando su hijo perdió una fortuna jugando a las cartas en Madrid. Golpearon gravemente a Andrés y le exigieron que consiguiera dinero como fuera. “Así que sólo pisas mi puerta cuando te aprieta la necesidad”, le reprochó Matías. “Años sin venir, y ahora pides ayuda. No voy a pagar las deudas de Andrés. Yo tengo que ayudar a mi nieta”. Vera se enfureció: “No quiero veros a ninguno, ya no tengo padre ni hija”, gritó y se marchó. Cuando Irina ingresó en la facultad de medicina, sus padres no le dieron ni un céntimo. Solo Matías la ayudó. También le servía la beca que conseguía por sus buenas notas. Antes de que terminase la carrera, Matías enfermó. Presintiendo su final, le dijo a Irina que le había dejado la casa en herencia. Le aconsejó buscar trabajo en la ciudad, pero no olvidar la casa: “La casa vive mientras sienta el alma humana”. Le pidió que conservara el calor de hogar, encendiendo la chimenea en invierno. “No temas quedarte sola aquí, tu destino te encontrará; serás feliz, pequeña”, le profetizó Matías, sabiendo algo. La profecía de Matías se cumplió Matías murió en otoño. Irina trabajaba como enfermera en el hospital comarcal. Los fines de semana los pasaba en la casa del abuelo, encendía la chimenea con la leña que él dejó preparada. El mal tiempo se acercaba y ella no quería permanecer en su alquiler de Madrid, en casa de unos familiares mayores de una compañera de facultad. Llegó al pueblo por la tarde, y esa noche empezó la ventisca. Por la mañana sufría aún el temporal cuando llamaron a la puerta. Era un joven desconocido: “Buenos días, necesitaría una pala para sacar mi coche. Me he quedado atrapado frente a su casa, ¿tiene una?”, preguntó. “Está junto a la escalera, úsela si quiere. ¿Quiere ayuda?”, respondió Irina. Él la miró irónico y dijo: “No hace falta, no vaya a ser que se quede usted también atrapada”. El hombre se las apañaba bien con la pala, arrancó el coche pero enseguida volvió a quedarse atascado. Irina lo invitó a entrar para tomar un té caliente y esperar a que amainara la tormenta y la carretera se despejara. El joven, que se presentó como Esteban, dudó un instante y aceptó seguirla. “¿No le asusta vivir sola al borde del bosque?”, preguntó. Irina explicó que solo venía los fines de semana y que trabajaba en Madrid; dudaba cómo regresar si fallaba el autobús. Esteban ofreció ayudarla, ya que él también debía ir al centro. Irina accedió. Después del trabajo, Irina decidió volver andando y allí, para su sorpresa, encontró a Esteban. “Debe de tener magia ese té de hierbas”, bromeó. “Tenía muchas ganas de volver a verla… ¿me invita otra vez a su té?”. Nunca hubo boda. Irina no quiso. Esteban insistió al principio y luego cedió. Pero sí compartieron un amor profundo. Irina comprobó por fin que no solo en los libros los hombres llevan en brazos a sus esposas. Cuando nació su primer hijo, en la maternidad se sorprendieron de que una mujer tan frágil diera a luz a un niño tan fuerte. Cuando preguntaban por el nombre, Irina decía: “Se llamará Matías, por alguien muy especial”.