HUÉRFANAS
Ya éramos dos niñas cuando mamá empezó a dar a luz a la tercera. Todo lo recuerdo bien: los gritos de mamá, las vecinas que se acercaban y lloraban, cómo poco a poco la voz de mamá se apagaba
Todavía hoy no entiendo por qué nadie llamó al médico, por qué no llevaron a mamá al hospital. ¿Era porque el pueblo estaba lejos? ¿Por la nieve en los caminos? No lo sé, pero seguro que alguna razón había. Mamá murió durante el parto, y nos quedamos nosotras dos y la pequeña recién nacida, Leonor.
Papá, tras la muerte de mamá, andaba perdido. No teníamos a nadie aquí en Castilla, toda la familia estaba en Andalucía y nadie podía ayudarle a cuidarnos. Fueron las vecinas quienes le aconsejaron casarse de inmediato. Ni siquiera había pasado una semana del entierro de mamá y ya teníamos a papá convertido en pretendiente.
Le recomendaron pedirle matrimonio a la maestra, decían que era buena mujer. Así que papá fue a hablar con ella y aceptó. Parece que él le cayó bien; no era para menos, mi padre era joven y apuesto. Alto, delgado, de ojos tan negros como el azabache, de los que no ves mucho por aquí. Tenía su encanto.
Sea como fuere, por la tarde llegó papá con la novia a casa para presentárnosla.
¡Os he traído una mamá nueva!
Sentí tanta tristeza, algo tan amargo que lo noté con el corazón, no con la razón. Todo en casa seguía oliendo a mamá. Llevábamos los vestidos que ella misma había cosido y lavado, y papá ya nos traía una nueva madre. Hoy, con los años, le entiendo, pero entonces le odié a él y a su prometida. No sé qué se imaginó aquella mujer sobre nosotras, pero entró en casa del brazo de papá. Los dos venían con unas copas de más y ella nos dijo:
Si me llamáis mamá, me quedo.
Ella no es nuestra madre. Nuestra madre ha muerto. ¡No la llames!
Mi hermana rompió a llorar y yo, la mayor, di un paso al frente:
¡No! No lo haremos. No eres nuestra madre. ¡Eres una extraña!
Mira qué contestonas Pues si no, no me quedo.
La maestra salió por la puerta y papá estuvo a punto de ir tras ella, pero se quedó clavado en el umbral y no lo hizo. Esperó un poco cabizbajo, luego se acercó, nos abrazó y empezó a llorar en alto. Nosotras también nos pusimos a llorar con él, hasta la pequeña Leonor gimoteó desde su cuna. Llorábamos a mamá y papá a su mujer querida, aunque en nuestras lágrimas había más pena que en las suyas. El dolor de las huérfanas se reconoce igual en cualquier parte del mundo, la soledad de una niña sin madre siempre se dice en el mismo idioma. Aquella fue la única vez que vi llorar a mi padre.
Papá vivió unas semanas más con nosotras. Trabajaba en el monte, en una cuadrilla de taladores. ¿Qué otra cosa podía hacer? No había otro trabajo en el pueblo. Se arregló con una vecina, le dejó unas pesetas para la comida y llevó a Leonor a otra señora. Luego se marchó al monte.
Así nos quedamos solas. La vecina venía, cocinaba, encendía la lumbre y se iba. Bastante tenía ella con sus cosas. Y nosotras, todo el día en casa, heladas, pasando hambre y con miedo.
En el pueblo acabaron reuniéndose para ver cómo ayudarnos. Hacía falta una mujer especial, que aceptase a niñas ajenas como propias. ¿Dónde encontrar a alguien así?
Preguntando, supieron de una mujer joven, pariente lejana de una vecina, a la que su marido dejó por no poder tener hijos o porque se le murió el niño, nadie sabía bien. Al final dieron con su dirección, le escribieron y la llamaron a través de la tía Eulalia.
Papá seguía en el monte cuando llegó Zina una mañana temprano.
Entró tan silenciosa que ni la oímos. Cuando desperté, alguien andaba por la casa. Caminaba igual que mamá. Se oía el tintineo de cucharillas en la cocina y la casa olía a ¡tortitas!
Con mi hermana espiamos por el resquicio. Zina limpiaba y ordenaba en silencio, fregaba los platos y el suelo. Pronto notó que nos habíamos despertado.
Venid, rubitas, que vamos a desayunar.
Nos hizo gracia que nos llamara rubitas; es cierto, éramos tan de piel y ojos claros como mamá.
Con valor salimos de la habitación.
¡Venga, a la mesa!
No hizo falta llamarnos dos veces. Nos pusimos las botas de tortitas y la confianza empezó a crecer.
Podéis llamarme tía Zina.
Después nos bañó, nos lavó toda la ropa y se marchó. Al día siguiente la esperábamos y sí, regresó. La casa, bajo sus manos, volvió a estar limpia y ordenada, como cuando estaba mamá. Pasaron más de tres semanas y papá no volvía. Tía Zina cuidaba de nosotras mejor que nadie, pero no se dejaba querer, sobre todo mi hermana Vera, tan pequeña aún. Yo era más desconfiada. Tía Zina era estricta, poco sonriente. Mamá era alegre y cantaba, bailaba, llamaba a papá Juanito.
Cuando vuelva papá, seguro que no me quiere aquí. ¿Cómo es él?
Yo intenté describirle a papá, tan torpemente que casi lo estropeo todo:
¡Es buen hombre! Tranquilo. Cuando bebe, se duerme enseguida.
¿Bebe mucho?
¡Sí! saltó Vera, a la que di un pisotón bajo la mesa y añadí No, sólo en fiestas.
Aquella noche tía Zina se fue más tranquila y ese mismo día papá regresó del monte. Al entrar en casa y verla tan distinta, dijo:
Yo pensaba que estabais hechas polvo y vivís como princesas.
Como pudimos le contamos de Zina. Papá se quedó pensativo y luego dijo:
Pues iré a conocer a la nueva dueña de la casa. ¿Y cómo es?
Guapa saltó Vera, hace tortitas y cuenta cuentos.
Ahora lo pienso y sonrío. Desde luego, Zina no tenía pinta de guapa: delgadita, bajita, apagada, nada que ver. Pero, ¿qué sabíamos de belleza los niños? O quizá justo nosotros sí lo sabíamos.
Papá se rió, se cambió y se fue a ver a la tía Eulalia, que vivía cerca.
Al día siguiente papá trajo él mismo a Zina. Se levantó temprano, la fue a buscar y ella entró de nuevo en casa, con ese caminar tímido, como temiendo algo.
Le dije a Vera:
Oye, vamos a llamarla mamá, esta sí que es buena.
Y a la vez gritamos las dos:
¡Mamá, mamá ha llegado!
Papá y Zina fueron juntos a buscar a Leonor. Para ella, Zina sí fue madre de verdad: la cuidó como un tesoro. Leonor no se acordaba de mamá. Vera también lo olvidó, sólo yo la recordaré siempre y papá igual. Una vez le oí murmurar mirando la foto de mamá:
¿Por qué te fuiste tan pronto? Te llevaste toda mi felicidad contigo.
No viví mucho más con papá y la madrastra. Desde cuarto, internado, que no había escuela grande en nuestro pueblo; después, al instituto. Siempre quise marcharme pronto y no sabría decir por qué. Zina nunca me trató mal ni de palabra ni de obra. Me cuidó como a una hija, pero yo nunca dejé de sentirme fuera de sitio. ¿Ingrata, yo?
Tal vez por eso elegí ser matrona: no puedo retroceder en el tiempo para salvar a mi madre, pero sí puedo proteger a otra mamáQuizá sí, quizá no. Tal vez una parte de mí siempre estuvo esperando que mamá regresara, que abriera la puerta de la casa silbando como antes y, al verme, me sonriera para decirlo todo sin palabras. Pero la vida nunca volvió atrás.
Los años pasaron y cada una siguió su camino. Vera y Leonor crecieron sintiéndose hijas verdaderas de Zina, y ella, sin grandes gestos, con su cariño silencioso, les dio lo que pudo. Yo volví solo de vez en cuando: los inviernos aún olían a leña y tortitas, las ventanas seguían empañándose igual, y Zina me recibía con aquel ¡Mira cómo has crecido, rubita! que toda mi infancia quiso significar amor.
Fue después de la muerte de papá cuando comprendí, viendo a mis hermanas abrazadas a Zina y a Leonor peinándole el cabello, que la sangre hace familia, pero también el cuidado: la manera en que alguien te arropa por la noche sin pedir nada a cambio; el modo en que convierte una casa helada en un lugar donde es posible reír.
La añoranza de mamá nunca se fue del todo, pero ya no dolía igual. Empecé a entender que el corazón ensancha su casa para acomodar nuevas personas, sin desalojar a las que ya estaban. Y a veces, entre el perfume de las tortitas y el eco de la voz de mamá en mi memoria, me descubrí agradeciéndole a Zina en silencioporque, aunque nunca la llamé madre, en la casa de mi niñez no hubo huérfanas, sino hijas aprendiendo a sentirse en casa otra vez.






