Mira, te voy a contar algo que viví y que fue durísimo Fue sobre mi marido, el hombre con el que compartí 18 años de mi vida. Lo que pasa es que, con los años, me doy cuenta de que realmente nunca logré entenderle del todo ni verle tal y como era. De jóvenes, ya sabes, los enfados se olvidaban rápido, como decir aquí paz y después gloria, y todo volvía a la normalidad con una buena comida casera. Pero cuando llegó la madurez, le vi otra cara: la avaricia, una pereza tremenda y una pasión por el vino y la cerveza que no era nada sana. Y aunque todo eso me molestaba, no hubiera sido suficiente para romper con él. Lo que de verdad hizo que se acabara todo fueron las mentiras. Esas mentiras mal disfrazadas, cínicas y feas.
Te cuento lo primero. El 31 de diciembre. Ese día él tenía que trabajar. Yo estaba en casa descansando y esperando con nuestro hijo, Javier, hasta las seis de la tarde. Preparamos la mesa, pusimos la televisión para el especial de Nochevieja Las siete, las ocho once doce Las campanadas Y nada. Era ya la mañana del día uno y él sin aparecer. Desde las seis, le llamé como treinta veces.
La primera vez me dijo Ya voy, cariño. Después, el móvil estaba apagado. Tras brindar con cava y recibir las felicitaciones de año nuevo por la tele, empecé a llamar a amigos comunes, hospitales y hasta al tanatorio. El móvil echaba humo de tanto usarlo. Javier, mi hijo, me dijo medio resignado todos son normales menos nosotros y se puso a jugar al ordenador. Se nos arruinó completamente la Nochevieja.
La noche del dos de enero por fin apareció. Dijo que había estado en comisaría. Pero, un mes después, me enteré de la verdad: celebró la Nochevieja con unos desconocidos; una chica de esas casualidades se lo llevó a su casa y estuvieron casi dos días de celebración.
La segunda escena te la cuento también. Una noche en familia. Vivíamos en una casita pequeña de dos plantas en las afueras de Madrid. Abajo estaba el salón con la cocina, arriba las dos habitaciones. Solíamos pasar el tiempo en el salón: allí comíamos, veíamos la tele Una noche, tarde, subí a la habitación. Mi marido me dijo que iría enseguida. Pero caí dormida antes de darme cuenta. Me despertó el sonido de un coche que arrancaba ¿se iba el tío a esas horas? ¿Dónde? Llamé y, cómo no, el móvil era inalcanzable. Otro de sus clásicos No pude volver a dormir El corazón se me encogía como una nuez. ¿Por qué? ¿Qué tendría este hombre en la cabeza? A las siete de la mañana apareció, se metió en casa sin hacer ruido
La tercera y última imagen. El segundo móvil. Un día, Javier me dice Vi a papá con un móvil chulísimo. Lo esconde en el garaje. Lo vi por casualidad. Miro el móvil y, en serio, era muy caro.
El caso es que hace poco yo le pedí dinero para comprarme unos zapatos. No me dio, me dijo que no había Me senté en el suelo de cemento del garaje y empecé a llorar. Y cuando se me acabaron las lágrimas, entendí que no podía seguir viviendo con ese hombre. ¡Jamás!
De cómo lo eché, de las excusas que me puso, de cómo intentaba verme y llamarme todo el rato, de cómo nos divorciamos, de cómo todo el mundo le decía que recapacitara de eso no voy a hablar. Ese hombre ya no está en mi vida. Está en la de Javier, pero no en la mía. Lo he sacado de mi vida como quien tira un objeto roto e irreparable.
Ahora solo estamos Javier y yo. Duermo tranquila y mi corazón ya no se encoge como antes. ¿Qué si quiero volver a casarme? ¡No! Rotundamente no.







