Una mujer fue a visitar a su amiga, que se había casado por segunda vez. Su primer matrimonio fue difícil y desgraciado: el marido bebía, se comportaba de forma insoportable y finalmente la dejó por otra. Una historia triste. Y Teresa estuvo siempre al lado de su amiga, apoyándola, ayudándola en todo, consolándola… Porque para eso existe la verdadera amistad, ¿verdad?

Una tarde, una mujer llegó a casa de su amiga de toda la vida. Esa amiga, Lucía, había pasado por un matrimonio doloroso. Su primer esposo bebía demasiado, era imposible convivir con él y al final, se fue con otra. Una historia triste que aún dolía recordar. Y Clara, incondicional, estuvo a su lado en todo momento, la apoyó, la consoló, la sostuvo Para eso es la amistad, ¿no es cierto?

Pasaron diez años. Y, al fin, Lucía conoció a otro hombre, todo lo contrario del primero: culto, con buen puesto en una empresa de Madrid, educado, simpático. Clara se alegró de corazón. Y por eso, quiso celebrar la nueva etapa visitando su piso nuevo en el barrio de Salamanca; llevó una tarta de San Marcos, y unos regalos cuidadosamente envueltos. Admiró la reforma: ¡Qué bonito ha quedado todo! exclamó sinceramente.

Más tarde, sentadas a la mesa, tomando té y tarta, el nuevo marido de Lucía, un hombre de verbo ágil, se lucía con sus comentarios. Un lector voraz, hacía gala de ingenio con bromas constantes. Bromeaba sobre el poco mundo de Clara, sobre las tonterías que tenía en la cabeza, como él mismo decía entre risas. Y claro, Clara nunca había leído a Javier Marías ni a Almudena Grandes, y ni le sonaba Fernando Aramburu. La ciencia decía él desmonta todos los disparates que ella a veces comentaba.

No se quedó sólo ahí; se metió también con el pelo de Clara, con su forma de vestir y su cuerpo. Parece que vienes vestida de la época de la peseta, soltó entre carcajadas. Se notaba que disfrutaba a costa ajena. Clara no hallaba respuesta ante semejante intelectualidad. Lucía, además, reía, admirando claramente el ingenio de su marido.

Cuando el ingenioso marido decidió atacar a la gata de Clara ella contó, apartando el tema de la literatura, que la había recogido de la calle la cosa fue a peor. Las mascotas callejeras son un nido de enfermedades espetó él. Y quien recoge animales así bueno, debe tener algún trauma o un narcisismo muy reprimido dijo con voz burlona, mirando a Lucía, que soltó una sonora carcajada. Hasta hizo comentarios de solteronas rodeadas de gatos y de vidas vacías.

De pronto, a Clara se le llenaron los ojos de lágrimas absurdo, casi infantil, pero fue incontenible. Se disculpó, diciendo que le dolía la cabeza, recogió sus cosas y se marchó.

Realmente le dolía la cabeza, como si le hubieran golpeado. Sentía vergüenza por haber llorado, ¡qué ridícula! Caminaba por las calles de Madrid ya sin lágrimas, sólo con un dolor fuerte en las sienes y un frío inmenso, aunque era pleno julio; temblaba, avergonzada por no saber responder con ingenio, por no haber leído a autores modernos, por contar sueños absurdos

Pero, en realidad, ¿quién debía avergonzarse? El que invita a alguien a su casa y permite que lo humillen. El que habla de su amigo, de sus películas favoritas, de sus libros predilectos, y luego permite que otros los ridiculicen. El que presume de algo valioso para él y se queda callado cuando lo atacan o desprecian. Todo eso es lo mismo: una traición silenciosa.

Eso es la traición: entregar a los tuyos al escarnio. O a la soledad. Pero Clara no sabía decirlo así; ni era de leer mucho, ni de análisis filosóficos. Caminaba deprisa hacia casa, hacia su gata Curra, que no leía libros, ni era ingeniosa, pero que simplemente se acurrucó a su lado en el sofá y empezó a ronronear suavemente

Ya nunca volvió Clara a casa de Lucía. Y poco después, ni siquiera hubiera podido: Lucía y su brillante marido acabaron en juicios y broncas, peleando por el piso. El intelectual tan admirado resultó ser hábil quizá demasiado.

Siempre ocurre igual: por quien uno entrega a los suyos, ese termina devolviéndote la jugada. Sólo hacía falta haber parado el ingenio a costa ajena, no permitir que humillasen a una amiga en tu hogar. Tal vez así, él habría respetado más a su mujer, y nunca se habría atrevido a herirla como al final hizo.

A los traidores no se les respeta. Y es fácil traicionarlesA Clara, sin embargo, nadie volvió a herirla de esa manera. Aprendió a confiar en los brazos suaves y sin juicio que la esperaban en casa, a celebrar sus rarezas frente al espejo sin pedir permiso. Las tardes se llenaron de té, libros antiguos rescatados del Rastro no importaba si eran célebres o no y ronroneos sinceros. Cuando alguien le preguntaba por Lucía, sólo sonreía y hablaba de otros tiempos, de rosas en terrazas y cartas escritas a mano, de aquellas lealtades bonitas que no conocen de modas ni adulaciones.

Y aunque alguna noche sentía nostalgia de la risa de su amiga, ahora entendía lo esencial: hay traiciones que duelen el tiempo justo para enseñarte a no volver sobre tus pasos. Nunca más tendría miedo de no estar a la altura. Con Curra asomada a la ventana, contemplaba Madrid bañada de luces, y pensaba que, al final, la mayor lealtad es la que uno se debe a sí mismo.

Y eso al menos para Clara fue un principio, nunca un final.

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Una mujer fue a visitar a su amiga, que se había casado por segunda vez. Su primer matrimonio fue difícil y desgraciado: el marido bebía, se comportaba de forma insoportable y finalmente la dejó por otra. Una historia triste. Y Teresa estuvo siempre al lado de su amiga, apoyándola, ayudándola en todo, consolándola… Porque para eso existe la verdadera amistad, ¿verdad?
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