Cuando era niña, tenía un sueño grande y luminoso que llenaba cada rincón de mi mente. Soñaba con ser madre. Cuando me quedé embarazada, vivía con impaciencia el momento en que podría abrazar a mi hijo por primera vez. Las contracciones empezaron una madrugada y me llevaron al Hospital General de Madrid. Di a luz a un niño. Mi alegría no tenía límites, era como si todo el sol de junio estuviese dentro de mí.
Al final de la tarde, la matrona, doña Carmen, trajo al bebé. Era pequeño, con una naricita delicada y unos ojos grises como los días de lluvia sobre el Manzanares. Nos dejaron solos en la habitación, el olor a sábanas limpias mezclándose con el silencio. Lo miré con asombro. Intenté envolverle en la mantita que mi madre había tejido, una tarea que me llevó casi diez minutos: era la primera vez que tenía un bebé en mis brazos y temía hacerle daño.
Deslicé con cuidado los extremos de la mantita; entonces vi sus piecitos diminutos. Por alguna razón, me lo había imaginado de otra forma. Dormía como un ángel. Acaricié sus piernas, sus brazos, su barriguita blanda. Cerré los ojos y lo apreté contra mi pecho, aspirando suavemente ese aroma inconfundible. Era el olor de mi hijo.
Pero, de repente, sentí una inquietud desconocida, la calma que sentía se fue evaporando lentamente. Una lluvia de pensamientos extraños empezó a cruzarme la cabeza, las dudas me asaltaron. No olía exactamente como lo había soñado. Sentía como si tuviera en brazos al niño de otra mujer.
El impulso fue dejar al niño en la cuna, alejarme y no volver a pisar el hospital. ¿Pero cómo podría abandonar a una criatura tan indefensa, precisamente yo, que llevaba dos años esperando con ansia el instante de tenerle entre mis brazos?
La sala me parecía fría y poco acogedora. Llamé a una auxiliar, intenté volver a envolver al bebé, pero no lograba hacerlo bien. Era hora de darle el pecho, pero no sabía cómo. Él no quería engancharse. Abrió los ojos y me miró, todavía sin poder fijar bien la mirada; pero sentí que intentaba reconocerme. Cuando presioné su cuerpecito contra el mío, una manita pequeña resbaló sobre mi hombro. La noté cálida, suave.
De repente, todas mis dudas se disiparon. Mi hijo dormía apacible en mis brazos. Mi sueño se había hecho realidad: ya era madre.







