La envidia de tu mejor amiga

La envidia de la mejor amiga.

La amistad entre Lucía y Marta venía de la cuna. Se conocieron en el parque de El Retiro, donde sus madres las llevaban a jugar. Se peleaban por el cubo y la pala, se reconciliaban, compartían un mismo polo e intercambiaban confidencias: desde el primer amor secreto en tercero de primaria hasta las tragedias de la adolescencia, los granos y las injusticias familiares. Eran inseparables y era raro ver a una sin la otra.

En la infancia, la igualdad entre ambas era casi absoluta: mismas rodillas peladas con mercromina, mismos vaqueros del mercadillo. Pero al cumplir dieciséis, las diferencias se hicieron notar.

Lucía floreció como si la regaran con un elixir mágico. Era alta, estilizada, su melena castaña espesa, que su madre permitía teñirse en tonos chocolate. Su cutis, inexpugnable, no cedía ante los estragos hormonales ni el maquillaje barato. Sus padres la mimaban, sin remordimiento al comprarle un vestido moderno o una buena máscara de pestañas.

Marta, en cambio, era su telón de fondo pálido y discreto. Su madre, severa y práctica, sostenía que con su cabello fino como la paja, lo mejor era llevarlo corto, “a lo chico”. Su padre, operario en una fábrica, veía el maquillaje como cosa de chicas fáciles y creyó siempre que su hija debía ser inteligente, no guapa. De salones de belleza ni hablemos: dinero tirado. Así, Marta lucía siempre su corte desaliñado, suéters enormes y el rostro marcado, fruto de guerras perdidas con los granos.

Lucía, versada ya en revistas de moda a los diecisiete, intentaba ayudar. Creía de corazón que en cada chica dormía una belleza, solo había que despertarla. Apareció en casa de Marta con un secador y, tras media hora, transformó el corte en un atrevido tupé. Le trajo tratamientos baratos pero eficaces contra el acné, rescató de su armario un jersey negro ceñido y unos vaqueros ajustados. Al mirarse en el espejo, Marta no se reconoció: resultó que tenía unas piernas larguísimas y unos ojos grises impresionantes, siempre ocultos bajo el flequillo y la inseguridad.

Mira, rió Lucía si al final eres un bombón.

Marta se sonrojó y apartó la vista. La palabra bombón le molestó, le sonó condescendiente.

Ambas entraron juntas en la Complutense, en Economía. La vigilancia de los padres aflojó y Marta por fin respiró. Se dejó crecer el pelo, aprendió a delinearse los ojos para que parecieran aún más grandes, cambió el armario por prendas más femeninas. Se tiñó ese color de ratón por un cobrizo cálido y la transformación fue total. También ella empezó a recibir miradas, pocas pero suficientes.

Sin embargo, la fama de la amiga fea nunca la abandonó. No era el centro de admiración, solo un premio de consolación para quienes asumían que con Lucía no tenían nada que hacer. Lucía era una mariposa brillante y todos los chicos la cortejaban como caballeros en justa medieval: quién llevaba el ramo más grande, la invitaba al restaurante más de moda, o le arrancaba una carcajada. Lucía los recibía con una gratitud burlona, casi automática.

Marta tragaba en silencio el nudo de envidia que se formaba en la garganta cada vez que veía a Lucía desairar a uno más. ¡Quería saber qué sentía estar en su lugar! Disfrutar aunque fuera una vez de ese vértigo, ese poder. A cambio, se resignaba a los escasos cumplidos y a la presencia incansable de Lucía. Era su única amiga y Marta extirpaba a conciencia cualquier mala hierba de rencor dentro de sí.

Todo cambió un anochecer de septiembre, en segundo de carrera, cuando dos chicos de cursos superiores se unieron al grupo: Álvaro, alto, con mirada inteligente detrás de las gafas, y su amigo, el dicharachero Gonzalo. Entre Lucía y Álvaro saltó una chispa inmediata, tangible, como un relámpago previo a la tormenta. Se quedaron callados el uno mirando al otro y el mundo desapareció a su alrededor.

Gonzalo, sin rodeos, empezó a cortejar a Marta. Era simpático, atento, pero el corazón envidioso de Marta, desde el primer instante, perteneció por entero a Álvaro. Latía con dolor cada vez que él miraba a Lucía con esa devoción y ternura con la que solo podía soñar.

Cada vez que el grupo quedaba, Marta tardaba horas en arreglarse: maquillaje minucioso para tapar imperfecciones, el vestido más atrevido de su humilde armario, tacones que la mataban.

¿Pero a quién quieres impresionar, a Gonzalo? bromeaba Lucía, ayudándola con una complicada cremallera. ¡Ese te haría la ola aunque vinieras en chándal!

Marta sonreía con torpeza. “Si supieras, tonta, para quién son estos tacones… Para quién ensayo esta mirada lánguida…”.

Lucía podía ir en vaqueros y camiseta vieja, el pelo recogido en un moño deshecho, y aun así todas las cabezas seguían girando a su paso. Aunque Marta estuviera en su mejor versión, solo podía aspirar a ser una chica mona; Lucía era un fenómeno.

Escuchaba cada palabra de Álvaro, la diseccionaba buscando algún doble sentido. Un simple ¿te ha gustado lo de macroeconomía? lo interpretó como un intento de conversación significativa. Un comentario fugaz sobre su bolso nuevo, en su mente alterada, se transformó en una declaración de amor. Pero la voz de la razón la torturaba: solo era educación. Álvaro solo veía a Lucía.

Con Gonzalo no funcionó. Pronto notó que la única conexión era amistosa y él se fue tras una espabilada de primero.

Qué pena, comentaba Lucía mientras compartían pizza en su bar favorito. Gonzalo es genial, alegre, fiable Hacéis buena pareja.

Bah, replicó Marta encogiéndose de hombros. Igual de superficial que tu Álvaro. Unas risas, un rato y a otra cosa. Se lo vi venir desde el principio.

Lucía frunció el ceño, apartó la pizza.

No hables así de Álvaro. Es diferente conmigo, lo entiendo.

Ya veremos… ironizó Marta. Todos son iguales.

Por dentro, la esperanza más vil la devoraba: que Álvaro resultara un canalla, que dejara a Lucía y le rompiera el corazón. Solo entonces el resplandor de su amiga se apagaría y Álvaro miraría a Marta, a ella, que lo amaba tanto en silencio.

Como todos los enamorados, Lucía y Álvaro discutían por celos, por horarios, por nada. En cada quiebra, Marta contenía el aliento, convencida de que el final estaba cerca. Pero Álvaro jamás se rendía: tras cada pelea, tenía un detalle: un ramo de flores, una escapada a ver estrellas desde las afueras. Ponía el alma.

Es un farsante, susurraba Marta, cuando Lucía le enseñaba emocionada otro mensaje bonito de Álvaro. Así os manipulan, primero se empeñan en no perderte, luego te hacen daño cuando menos lo esperas. Los detesto.

Déjalo ya, Marta, bufaba Lucía. No le conoces, lo nuestro es importante para él.

Le importa seguir teniéndote como trofeo, bramaba Marta. Seguro que tiene a otras así en cada facultad. Tú eres otro título para su vitrina.

¿Y eso a qué viene? respondía Lucía, incapaz de procesar tanto veneno.

¿Recuerdas que le han ofrecido prácticas en Madrid? ¿No te mosquea que se vaya tan tranquilo a quinientos kilómetros?

¡Es una gran oportunidad! protestaba Lucía. Hemos hablado que yo iré con él al terminar la carrera, es lógico.

Marta encogía hombros, plantando la semilla de la duda. A veces funcionaba, Lucía discutía con Álvaro, pero él parecía feliz de demostrar su amor una y otra vez.

Poco después, Álvaro partió. Las prácticas en una gran redacción eran una oportunidad única. Su intención era prepararles un futuro prospéro.

Te echaré de menos, lloraba Lucía la noche de su despedida.

Vendré todos los fines de semana, le prometía él besándole los ojos húmedos. Y ahorraré para nuestro pisito. Solo espérame, mi vida.

Lucía se adentró en la espera. Extrañamente, la vida de Marta mejoró. Ya no veía a Álvaro, la envidia se replegó hasta ser solo una brasa difusa. Incluso empezó un romance tibio con un becario, Iñigo.

Y entonces, un día Lucía, pálida, le soltó la noticia: estaba embarazada, de semanas.

Tienes que abortar, soltó Marta implacable. Álvaro es un egoísta, te lo recriminará toda la vida. El niño arruinará sus planes. Créeme.

Lucía, no obstante, avisó a Álvaro. Éste se mostró nervioso pero tras reponerse, dejó claro que afrontaría la paternidad; pondrían en aviso a sus padres, ella se trasladaría a Madrid tras dar a luz y mientras tanto ahorrarían y buscarían vivienda.

El primer sentimiento de Marta fue un dolor punzante y lacerante. Álvaro no la había abandonado; la eligió a ella. Y el bebé les uniría aún más. Las ilusiones de Marta se desmoronaron estruendosamente, dejando solo furia.

Su único objetivo desde entonces fue separarles, como fuera.

La vida de Lucía y Álvaro entró en compás de espera. Hablaban poco: Álvaro absorbido en el trabajo para ganar más, horarios imposibles, viajes, llamadas tardías que no siempre ella podía atender. Lucía solo encontraba consuelo en Marta.

¿Otra noche sin noticias de tu prometido? decía Marta con falsa compasión. Será que no se acuerda de ti o le importas poco… Eso no es ser padre.

Y aunque Lucía embarazada aún brillaba más su dulzura se acentuó, más guapa que nunca, eran muchos los admiradores que revoloteaban alrededor. El más persistente era Jaime, amigo de ambos. Se enternecía con Lucía y, tras saber de su embarazo y su relación, se resignó a ser solo su amigo. La llevaba a médicos, mercados, cargaba con bolsas y la entretenía.

Eso es un hombre de verdad, susurraba Marta mientras se sentaba en la cama de Lucía. Alguien que está, que cuida de ti, no como Álvaro.

Un día, jugando a ser amigo, Jaime abrazó a Lucía más de la cuenta. Ella le apartó tajante y Marta, móvil en mano, captó el instante perfecto, que hacía parecer un abrazo íntimo.

Borra eso ahora mismo, exigió Lucía, enfurecida.

Por supuesto, fingió Marta, ya guardando la prueba.

Su álbum de imágenes crecía. Convocaba a Lucía a excursiones, cenas en grupo y con Jaime siempre presente. Las fotos pintaban la historia ideal: una embarazada abandonada por su novio, consolada por un nuevo pretendiente.

Y llegó el momento clave de Marta. Inventó que su prima en Madrid había sufrido un accidente y debía ir a visitarla.

¿Ves a mi fugitivo cuando estés allí? pidió Lucía, abatida. Cuéntame cómo está…

Lo haré, prometió Marta solemnemente. Lo sabrás todo, te lo aseguro. Si él está mintiendo, lo descubrirás.

Llegó a Madrid preparada: peluquería, vestido sobrio, maquillaje que resaltaba su (súbita) fragilidad y sus ojos tristes. Sin Lucía a su lado, por fin podría ser el centro.

Álvaro, agotado por el trabajo y la morriña, la recibió como a un trocito de casa, de Lucía. Tras cenar, Marta puso cara dramática.

Álvaro, esto no es fácil de decir… pero tengo que hacerlo. Por ti. Para que no hagas el ridículo.

Le mostró pruebas de la supuesta vida de Lucía tras su marcha: hombres que la rondaban y ella, supuestamente, disfrutándolo. Enseñó fotos, en particular las de Jaime. Las imágenes eran contundentes.

Lucía nunca me habló de este Jaime, balbuceó Álvaro, con el rostro desencajado.

Claro, no le interesa que lo sepas, suspiró Marta, apoyando la mano en su antebrazo. Lo suyo es serio. Me duele decírtelo, créeme. Pero no puedo callar su traición.

Impecable en su papel de amiga doliente y preocupada, Marta se ganó la credibilidad de Álvaro, vulnerable, aislado y cansado.

Él, furioso y herido, quiso llamar de inmediato a Lucía, pero Marta lo frenó.

No lo hagas ahora. Estás muy alterado. Espera a que te llame ella. Y observa.

Ese mismo día, ya en su hotel, Marta contactó a Lucía:

Lu, no sé cómo decirte esto… lloriqueó. A Álvaro le va muy bien. Demasiado. Casi no se acuerda de ti. Yo misma vi cómo salía del trabajo con una chica. Muy, muy cercanos se les veía.

Cuando Lucía, destrozada, quiso llamar a Álvaro, Marta le aconsejó igual: espera, no te humilles.

Lucía acabó llamándolo. Álvaro, aún indignado y con el consejo de Marta retumbando, vio la llamada y no la cogió. Para Lucía, el silencio fue la confirmación del engaño.

El plan de Marta funcionó como un reloj suizo. Al día siguiente visitó de nuevo a Álvaro, ahora con ojos rojos por el llanto fingido:

Lucía ha abortado, susurró, disfrutando su mentira. Dice que el niño era un error, que tú formas parte de un pasado que la agobiaba. Se ha ido a vivir con Jaime.

Simultáneamente, contactó a Jaime, presentándose como amiga preocupada, pidiéndole que si llamaba Álvaro, por favor protegiera a Lucía, que no sabía lo mal que lo estaba pasando. Jaime, noble, accedió.

Así, cuando Álvaro finalmente llamó, respondió una voz masculina, furiosa:

No vuelvas a llamar, desgraciado. ¿No le has hecho ya suficiente daño? Déjala en paz.

Marta estuvo todo el rato con Álvaro, atenta, serena, trayendo infusiones y palabras de consuelo, la imagen misma de la comprensión. No la amaba. Pero el calor, la admiración persistente de Marta tenía su efecto balsámico. La relación física llegó como un refugio brutal, algo que detestaba y necesitaba al mismo tiempo. Cuando, por un problema en el hotel, Marta pidió quedarse “una noche”, fue para siempre.

Dejó la universidad, pidió una excedencia y encontró trabajo de administrativa en el mismo edificio. Por dentro celebraba, pero de cara a la galería era la imagen de la doliente y leal. Ya se ensayaba probándose vestidos blancos en su mente.

Mientras, Lucía quedó sola, con su embarazo y el corazón destrozado. Jaime estaba cerca, pero como buen amigo, ni un paso más allá sabiendo cómo estaba ella. Lucía creía que Álvaro había huido, escudándose en la mentira fabricada, sin saberlo, por Marta del abandono. Lo que más le dolía era la indiferencia hacia su futuro hijo.

Un día, entre llantos, lo confesó a Marta, ya viviendo con Álvaro.

Él me dijo lo mismo, Lucía Que el bebé era solo tu problema. Que quería olvidaros. Perdona que te lo diga así, pero necesitas aceptarlo.

Y Lucía lo aceptó. ¿Qué palabra hay más fiable que la de tu mejor amiga, que todo lo ha oído de primera mano?

Álvaro y Marta inscribieron fecha en el registro civil. Querían una boda discreta, en un mes. Álvaro funcionaba como autómata. Incluso prohibió a Marta anunciarlo, temeroso de preguntas, evitaba escuchar el nombre de Lucía.

Pero se sinceró una noche con Gonzalo, el antiguo amigo que les presentó. Este, atónito, le deseó suerte, pero borracho, le envió un mensaje a Lucía: ¿Sabes que Álvaro se casa con Marta?.

Para Lucía fue el clavo en el ataúd. Lloró todo el día. Si antes guardaba un resquicio de esperanza, se evaporó. No solo la había dejado: se casaba con su amiga-hermana.

Jaime, que la escuchó devastada, empezó a atar cabos. Todo era demasiado conveniente. La gran beneficiada de la historia había sido Marta.

Intentó compartir sus sospechas con Lucía, quien solo repetía, agotada:

Da igual, Jaime. Están juntos. Él se casa con ella. Me han traicionado los dos. Me da igual.

Pero a Jaime no le daba igual. Creía en Lucía y quería justicia para ella, no en beneficio propio. Consiguió el número de Álvaro y lo llamó, una y otra vez, hasta que una noche éste respondió.

Mira, desgraciado prorrumpió Jaime nada más oírle, tú ahí viviendo con tu nueva y Lucía aquí, sola, ¡y embarazada de tu hijo! Ni un mensaje, ni siquiera preguntar si sigue viva, solo piensas en tu carrera y tu ligue nuevo, ¿no?

A Álvaro se le heló la sangre.

¿Qué hijo? Ella…

¿Ella qué? ¿Has perdido el juicio? ¡Está de cinco meses! Llora cada noche pensando que eres un cobarde… Y lo eres.

Cuarenta minutos después, Álvaro colgó. El temblor era incontrolable; asqueado, miró su piso, ya invadido por los objetos de Marta.

Esperó a que volviera su prometida. Al llegar ella, sonriente, con bolsas de la compra, él la miraba con una frialdad implacable.

Haz las maletas y vete ahora mismo.

Marta se quedó petrificada. Las bolsas cayeron al suelo.

Álvaro, ¿qué pasa?

Lo sé todo. Todo tu teatro, toda tu miseria. Márchate.

Ella palideció, los labios temblorosos.

Puedo explicarlo… ¡Siempre te he querido! Lo sabes. ¡Estar juntos nos hace bien! intentó tocarle.

Él se apartó, como si esquivara una víbora.

No me toques. Me das asco. ¿Lo entiendes? Eres… repulsiva. Y siempre fuiste una sombra patética junto a Lucía, creyendo que eliminando su luz serías alguien. Pero la sombra sin sol es barro. Fuera.

Cada frase le golpeaba, destruyendo toda seguridad falsa. Marta rompió a llorar.

¿Dónde voy a ir? ¡Es de noche!

Donde quieras. Me da absolutamente igual.

Salió al rellano, sonada. Detrás de ella, la puerta se cerró de golpe. Sentada en las escaleras, con una maleta hecha a toda prisa, solo sentía rabia. Contra Álvaro, contra Lucía, contra Jaime, contra el mundo que no le premiaba el esfuerzo, contra todos por no ser nunca la elegida. Y así, con el rímel borrado, se hundió entre sollozos.

Álvaro, mientras tanto, hacía la maleta a toda prisa. Reservó un vuelo para dentro de unas horas, llamó a Lucía, quien al oírle, con voz apagada, suspiró:

¿Qué quieres? ¿Felicitarme por tu boda?

No es mi boda. Nunca fue. Lucía, todo era mentira. Marta lo preparó, lo inventó todo, incluso lo del aborto y Jaime. Yo… fui un completo idiota.

Silencio. Un suspiro ahogado.

¿Para qué me lo cuentas ahora? No cambia nada. ¿Sabes? Aunque sea cierto… ya me da igual. Estoy cansada de esperarte. Déjame en paz.

No puedo. Voy de camino. Quiero verte y mirarte a los ojos.

No vengas. No necesito tus explicaciones.

Colgó.

Lucía se quedó en penumbra, una mano sobre el vientre hinchado. Lo de Gonzalo, la llamada… Si Álvaro decía la verdad… ¿Qué monstruosidad había cometido Marta? ¿Y ella, por haber creído tan fácil en lo peor?

No quería ver a nadie. Si él aparecía, sentía que se partiría en mil pedazos.

A la mañana siguiente, Jaime irrumpió en el piso:

¡Lucía! ¡Abre, soy yo! ¡Rápido!

La abrió. Jaime tenía la cara iluminada.

¡Él viene! ¡Se enteró anoche, te llamó, ¿verdad? Todo, Lucía. Esa bruja, lo orquestó todo: fotos, mentiras era un montaje.

Lucía escuchó en silencio, desplomada en la silla de la cocina.

¿Y ahora qué? ¿Va a venir y todo va a ser como antes? susurró. ¿Feliz para siempre tras lo que hemos hecho unos con otros?

Jaime calló, comprendiendo la dificultad de recomponer una confianza rota.

No sé si eso se puede borrar. Pero deberías escucharle. No por él, tampoco solo por ti. Por esto dijo tocando su vientre.

Al final del día, Álvaro llegó. Llamó a la puerta, vacilante. Lucía abrió solo un poco; su rostro era translúcido, los ojos hundidos.

Él no esperó invitación. Dio un paso y entró, la distancia entre los dos mínima. Soltó la bolsa y alzó las manos, dudando en tocarla.

No vengo a pedirte perdón. Vengo a decirte que soy un idiota. Que creí a Marta porque tenía miedo de perderte. Miedo de no estar a tu altura.

Lucía no decía nada. Lo miró apenas a la camisa.

¿Vivió ella contigo?
Sí.
¿Os acostasteis?
Él asintió, incapaz de mentir.

No fue nada, solo un error para anestesiar el dolor. Como una borrachera. No sé ni cómo empezó.

Basta, le interrumpió. Ya lo entiendo.

Se abrazó a sí misma, helada.

¿Sabes qué es lo repugnante? Que yo también creí su historia. Su cuento de que te habías liado con otra… Porque confiábamos en ella como en nadie.

Lo miró a los ojos.

Y ahora, ¿qué hacemos con esto?

Nada será como antes, dijo él, decidido. Pero si me dejas, me quedaré aquí, encontraré trabajo, te acompañaré, te llevaré al médico, te llevaré las bolsas… Seré quien mereces, si me dejas.

Lucía no respondió. Fue a su habitación y volvió con una manta y una almohada.

El sofá se hace cama. Mañana tengo ginecólogo a las diez. Si quieres venir, bien. Esta noche quiero estar sola.

Él cogió la manta, agradecido como si le hubieran dado la luna.

Gracias.

No la forzó. Fue al salón, dejó la puerta entreabierta, por si acaso.

Poco a poco, la vida se fue encauzando. Álvaro pidió la baja en la redacción, su jefe le ofreció trabajo a distancia. Encontró algo temporal en un periódico local. Cada mañana acompañaba a Lucía adonde hiciera falta.

Al principio, apenas hablaban. Solo frases necesarias, sin mencionar a Marta, cuyo nombre era tabú.

Hasta que una noche, viendo una comedia absurda, Lucía preguntó sin mirar:

¿Qué te dijo ella? ¿Cómo te lo contó?

Álvaro tragó saliva.

Primero, sugerente: que pasabas mucho tiempo con Jaime. Luego, que erais íntimos. Me enseñó fotos, me habló del “aborto”. Llamó a Jaime, pidió que te protegiese de mí.

Lucía asentía silenciosa.

Astuta, muy astuta. Siempre fue más lista que yo, no pensé que usaría la inteligencia así.

No es tu culpa, interrumpió él. Tú la quisiste como a una hermana. Tú no tienes la culpa.

Pasaban los días y poco a poco comenzaron a hablar del futuro. Dónde buscar trabajo de verdad, cómo arreglar la habitación para el bebé, qué nombre ponerle. Conversaciones cuidadosas, frágiles, pero ahí estaban.

Un día, Lucía recibió un mensaje de un número desconocido: Perdóname. He destruido lo sagrado. Solo quería que lo supieras.

Se lo enseñó a Álvaro, que contestó rotundo:

Borra y no respondas. Quiere saber que sufres. Si le hubiera salido bien, estaría probándose el vestido de novia.

Lucía suspiró y eliminó el mensaje. Era verdad.

Solicitaron hora en el registro para casarse. Solo sus padres y dos amigos como testigos: Jaime por parte de Lucía; su novia, que era encantadora, llevaba el ramo.

No fue boda de ensueño. Fue un vestido sencillo, la formalidad de unir vidas rotas.

En el café, Jaime alzó la copa:

Por la verdad, que siempre prevalezca sobre la mentira. Y por una familia fuerte.

Lucía, por primera vez en meses, sonrió con sinceridad.

Un mes después se mudaron a Valladolid, donde Álvaro encontró plaza fija. Un piso pequeño, pero suyo.

El parto fue largo y difícil. Álvaro no se apartó ni un instante, secaba el sudor de la frente de Lucía, la agarraba de la mano, le repetía palabras absurdas hasta que su hija llegó al mundo: pequeña, chillona, con un mechón castaño espeso. Lloró hasta desbordarse. La llamaron Bárbara.

Nunca volvieron a saber nada de Marta. Sus redes sociales desaparecieron, algunos dijeron que estaba en Cádiz, con otro apellido. A veces, Lucía pensaba: ¿Qué habría sido de nosotros sin Jaime? ¿Y si nunca hubiera atado cabos?

Un día, con Bárbara ya de seis meses, paseando los tres entre los patos del Campo Grande, Lucía dijo mirando a su hija:

Creo que ahora lo entiendo. Ella no destruyó nuestro amor. Lo puso a prueba. Lo rompió y lo que quedó… quizá sea lo verdadero.

Álvaro la rodeó con el brazo, acercándola. En el carrito, Bárbara se reía con una paloma entre las manos.

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