Me encontré en la misma situación que alguna vez vivió mi padre. Me preocupaba mucho lo que iba a decir mi hijo.

Tenía dieciséis años cuando mis padres me sorprendieron con la noticia de que tendrían otro hijo. Mi padre me hablaba como si aún fuera pequeño, diciéndome que tendría un hermanito o una hermanita y que debería ayudar en casa. Yo me sentía feliz siendo hijo único. Además, pensaba en mis futuros estudios, sabiendo que, con un bebé en camino, habría más gastos: pañales y demás cosas. Eso significaba que probablemente nadie podría costearme la universidad.
Siempre fui impulsivo y, sin pensar, hice daño a mis padres. Les pregunté por qué dos personas mayores querían tener otro hijo y por qué intentaban arruinar mi vida en ese momento tan decisivo para mí.
Después de la discusión, me encerré en mi habitación y escuché cómo mi padre intentaba consolar a mi madre, que estaba llorando. No sentí ninguna pena por ella.
Más tarde, nació mi hermano y lo llegué a querer muchísimo. Además, fui a la universidad. Pero nunca consideré importante pedir perdón a mis padres por aquel escándalo y por las palabras tan duras que les lancé.
Después crecí, me casé y tuve una hija. Ella también pasó mucho tiempo siendo hija única, porque mi esposa no estaba muy convencida de tener otro hijo. Y entonces, sucedió lo inesperado. Sentí cierta inquietud cuando tuve que contarle a Alba que ya no crecería sola. Por suerte, todavía era bastante pequeña tenía once años y su reacción fue totalmente diferente a la mía.
¡Qué bien! ¿Voy a tener un hermanito o una hermanita? Saltó a mis brazos y luego corrió a abrazar a su madre. ¡Por fin!
Sus gritos de alegría me hicieron sentir como si me hubieran echado un cubo de agua fría de arriba abajo. Por un instante, me vi en el lugar de mi padre, recibiendo la reacción que él siempre habría deseado. Mis padres tuvieron que enfrentarse a mi incomprensión y egoísmo.
¿Por qué no vamos hoy a casa de los abuelos? le propuse a mi esposa y a mi hija. Podemos visitarlos y contarles la buena noticia.
Quería reparar, aunque fuera un poco, aquel momento de mi juventud. También deseaba pedir disculpas por aquello que quizá ya habían olvidadoEsa tarde, cuando llegamos, mis padres estaban en el jardín, sentados juntos como siempre. Alba rompió la noticia con una felicidad contagiosa. Mis padres se miraron sorprendidos, y mi madre, sin preguntar nada, corrió a abrazar a su nieta. Mi padre me miró, los ojos brillantes, y por primera vez en muchos años sentí que las palabras no eran necesarias.
Aquella casa se llenó de risas y planes, de futuros imaginados y recuerdos compartidos. Sentí que, después de todo, nunca es tarde para reconocer los errores, ni para devolver el cariño. Cuando la tarde se hizo noche y mi padre me palmeó el hombro con ternura, entendí que los lazos familiares se tienden y se reanudan, y que siempre habrá tiempo para empezar de nuevo, incluso con una sola frase:
Perdón por aquel día.
Mi padre sonrió y, sin decir nada, me abrazó. En ese momento supe que todo estaba en su lugar, y que el pasado, al igual que la familia, puede renovarse siempre.

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