Cosas en lugar de amor

Cosas en vez de amor

¿De verdad, Carmen? ¿Otro juego de café?

Víctor se quedó en el umbral de la pequeña vivienda de alquiler en el barrio de Carabanchel, sujetando un sobre con una nota del casero. Carmen metía a toda prisa en el armario una caja donde asomaban tazas de porcelana pintadas a mano.

¡Víctor, pero si es porcelana Nieve, de la última colección! Mira qué rosas tan finas… Y además no ha costado nada, en Paraíso Artesano estaban de liquidación.

No ha costado nada… repitió él en voz baja, desencantado. Carmen, tenemos que dejar el piso. Para final de mes. La dueña lo vende.

Carmen se quedó parada, agarrada a la puerta del armario. Dentro, la vajilla tintineó, rozándose con otras copas y platos. Ya había tres juegos más ahí, sin estrenar, en cajas de cartón envueltas en papel periódico.

¿Otra vez?

Otra vez.

Carmen cerró la puerta con aire resignado y se volvió. Tenía cuarenta y siete años, pero en ese instante parecía aún mayor. Las arrugas junto a los ojos y los hombros caídos la hacían más frágil, y sus manos comenzaron a colocarse el cabello como en un gesto automático.

Ya es el séptimo piso en doce años dijo, y en su voz asomaba algo que Víctor apenas recordaba. No era enfado ni irritación. Era desesperanza.

Lo sé.

¿Siempre estaremos yendo de un sitio a otro?

Él la miró, luego el sobre en sus manos, después aquella habitación de veintidós metros cuadrados. El sofá cama, el armario lleno a rebosar, el altillo cargado de cajas de compras compulsivas de Carmen. En el alféizar, figuritas de porcelana; en la pared, tres platos decorativos. En una esquina, revistas Mujer Actual y Mundo Rural apiladas hasta lo imposible.

Carmen empezó él con cautela, si no…

No empieces le cortó ella. Por favor, hoy no.

Se hizo el silencio. Los dos sabían de qué iba a hablar él. Del dinero que se escapaba cada mes, de lo imposible que era ahorrar para un piso cuando siempre algo se compra; de la ocasión perdida hacía años de comprar una vivienda en Vallecas, perdida por ese samovar antiguo y esa lámpara de cristal…

He hablado con mi madre dijo Víctor cambiando de tema. Nos quiere ver mañana. Dice que es importante.

¿Vendrá Lucía?

No sé. No le he preguntado.

Lucía, su hija de veinticinco años, vivía por su cuenta desde hacía tres. Alquilaba una habitación en Lavapiés, trabajaba de gestora en una pequeña empresa. Apenas iba por casa. La última vez, Carmen quiso regalarle un juego de toallas bordadas, de las buenas, turcas. Lucía dio las gracias, pero no las quiso: ¡Ya no cabe nada más en mi habitación, mamá!

Está enfadada conmigo musitó Carmen, sentándose en el borde del sofá.

No está enfadada. Sólo tiene su vida.

Sí está. Lo veo en su mirada. Míralo todo esto abarcó la sala con el brazo. Me mira como si… como si yo fuera una chiflada.

Víctor se sentó a su lado. Quiso decir que no, que no pasaba nada, que sólo era una afición, como las de tanta gente. Pero no pudo, porque, al fin y al cabo, no era cierto. No era coleccionar. Un coleccionista busca, estudia, clasifica. Carmen simplemente compraba. Todo lo bonito, lo rebajado, lo único.

Mañana vamos con mis padres, dijo él. Vemos qué necesitan y luego buscamos piso nuevo.

Carmen asintió sin mirarle. Se levantó camino de la cocina, diminuta, donde ya había otra caja esperando, lista para un nuevo juego de té.

***

Los padres de Víctor vivían en un bloque antiguo en el barrio de Aluche. Don Nicolás, exingeniero, jubilado con dolencias cardíacas. Doña Pilar, su madre, toda la vida fue contable. Su piso, un ejemplar de manual: dos habitaciones, todo limpio, nada fuera de sitio.

Cuando Víctor y Carmen entraron, Pilar ya tenía la mesa servida. Lucía hojeaba el móvil distraída.

Ah, habéis llegado les dijo en vez de un saludo.

¡Lucía! Carmen trató de abrazar a su hija, pero la chica se escurrió con naturalidad y fue a lavarse las manos.

Nicolás estaba en la butaca del salón viendo la tele. Al notar a su hijo, sólo asintió con la cabeza.

Sentaros, sentaros se apuró a decir Pilar. Ahora traigo el té y el bizcocho.

Así se juntaron todos, rodeados de un silencio incómodo. Lucía miraba por la ventana, Carmen arrugaba distraída la servilleta.

Bueno, rompió el hielo Nicolás entrando en la cocina, cuéntale a papá.

Pilar sirvió el té, partió el bizcocho, se sentó y cruzó las manos en el regazo, esperando.

Víctor, empezó Nicolás pausadamente, ¿te acuerdas de mi tía abuela Matilde, la que vivía en Chamberí?

Sí, claro, contestó Víctor, inseguro.

Ha fallecido el mes pasado. Ochenta y seis. En su sueño.

Dios la tenga en su gloria musitó Carmen.

Ha dejado el piso. Dos habitaciones. Sin herederos directos. Por testamento, me pasa a mí.

Víctor dejó la taza en el platillo. Toda la estancia contenía la respiración.

¿Quieres decir que…?

¿Para qué queremos nosotros otro piso? intervino Pilar. Si aquí estamos bien, y vender ahora es un lío: papeles, notarios, estafadores. Y en fin, familia es familia.

Total, se aclaró la garganta Nicolás, que hemos decidido, tu madre y yo: lo ponemos a vuestro nombre. Os lo donamos.

El reloj de las paredes marcó un tic que todo el mundo oyó.

¿Nos lo dais? susurró Víctor.

Un quinto sin ascensor dijo el padre, de los setenta, cincuenta y dos metros, barrio no de los caros, pero…

Mamá, papá… la garganta de Víctor se cerraba.

Un techo propio continuó Pilar. Ya era hora. Esto de vivir de alquiler no es vida.

Carmen no se movía. De sus ojos caían lágrimas silenciosas.

Pero, ¿por qué vosotros…? intentó preguntar Víctor.

Nos apañamos, hijo. Tenemos buena pensión, ahorros cortó Nicolás con sequedad. Os hace más falta a vosotros. Siempre de aquí para allá…

Sólo os pedimos una cosa, dijo Pilar, mirando a Lucía. Bueno, dos.

Víctor se tensó.

Ver más a Lucía. Vuestra hija, nuestra única nieta, y viene cada dos meses. Eso no puede ser, queremos familia, queremos vernos más.

Lucía no dijo nada, sólo miró su plato.

Y lo otro…, cuando no estemos: que el entierro sea digno. Nada de andar racaneando. Toda la vida trabajando… que no parezca que acabamos como unos desgraciados.

Mamá, no hables así suplicó Víctor.

Hay que hablarlo. Uno nunca sabe.

Haremos todo lo que se debe balbuceó Carmen, temblorosa. Gracias. De verdad, gracias.

Pilar asintió solemnemente.

Aquí tienes las llaves. El piso está vacío, con muebles viejos. Matilde los últimos años no pudo mantenerlo en orden. Limpiáis un poco y será vuestro.

Víctor recibió las llaves. Frías, pesadas.

¿Podemos ir ya a verlo?

Cuando quieras. Aquí tienes la dirección. Quinto piso, setenta y tres. El ascensor va, lo miré.

Quedaron un rato más, entre té y gestiones legales, hablando de trámites, de lo necesario en el notario. Lucía apenas habló. Pilar abrazó a Carmen antes de irse, susurrando muy bajo:

Mantenedlo ordenado, ¿sí? No acabéis como mi tía Matilde, que acumulaba de todo.

Carmen asintió.

En el metro, volvieron callados. Lucía se bajó antes. Antes de que Carmen pudiera decir nada, se volvió y murmuró:

Enhorabuena. Por fin tendréis sitio para tantos trastos.

Y la engulló la multitud.

***

Decidieron visitar el piso el sábado. Víctor pidió el día; Carmen, profesora de matemáticas desde hace veintitrés años, se cogió permiso. Iba todas las noches sin dormir, imaginando cortinas nuevas, muebles, vitrinas para esas tazas: todo perfectamente ordenado, que los invitados alucinaran.

Habrá que hacer obra le decía a Víctor. Papeles, suelo… El parquet está carísimo, pero el laminado tampoco está mal.

Primero veamos el piso, luego pensamos contestaba él.

El edificio de Chamberí era el clásico bloque de los setenta, gris y desconchado, con un portal triste. El ascensor, milagrosamente, subía. Al salir al quinto, el olor a gatos y col salía del pasillo.

El setenta y tres estaba al fondo. Víctor metió la llave. Giró. La puerta cedió.

Y ambos se quedaron petrificados.

Aquello no era un piso; era una cueva de objetos. Apilados hasta el techo: periódicos, cajas, bolsas, unos estrechos pasillos entre montañas. Olor a polvo, humedad y ácido.

Dios mío susurró Carmen.

La primera habitación era aún peor. Cama, rodeada de ropa, mantas, cojines, calendarios colgados, estanterías dobladas de libros y cajas. Montones de revistas: Mujer Actual, Mundo Rural, Salud y Vida, desde los setenta.

¿La otra habitación estará mejor? dudó Víctor.

La otra, más pequeña, lo mismo: armario medio abierto vomitando ropajes, la mesa tapada de cajitas y botes, sillas llenas de vajilla y cacharros.

Carmen giraba sobre sí misma, pálida como el papel.

¿Esto hay que tirarlo todo? balbuceó. ¿Todo esto…?

O revisar, trató de animar Víctor abriendo una caja. A ver si hay algo de valor.

Sólo encontró veinte tarros de cristal vacíos.

Pasaron a la cocina: minúscula, repleta, armarios reventando de platos, la mesa llena de cajas de azúcar, arroz y pasta caducados hace una década.

¿Cómo vivía así esta mujer? preguntó Carmen. ¿Cómo se puede?

Víctor no contestó. Fijaba la vista a los niños jugando en el patio y algún perro correteando, ajenos a ese universo desbordado del quinto piso.

Hay que llamar a una empresa de limpieza. Tirarlo todo a un contenedor, en una semana terminamos.

Carmen seguía callada. De pronto vio en una repisa unas tazas. De porcelana, con rosas. Nieve, igual que el juego que acababa de comprar.

Mira, Víctor… susurró.

Él se acercó.

Son las mismas dijo ella. Idénticas.

No añadieron nada más. Carmen volvió al cuarto grande, se sentó con cuidado en el borde de la cama, evitando los montones. Víctor la siguió.

Mi madre siempre decía que la tía Matilde estaba muy tocada, que lo guardaba todo dijo él. Pero no esperaba esto.

¿Vivía sola?

Sí, hace años murió el marido. Sin hijos.

Carmen acarició una colcha vieja.

¿Para qué alguien junta tantas cosas? preguntó. ¿Para qué las quiere, si ni las usa?

Víctor se encogió de hombros.

Quizás miedo. Creció en la posguerra, la escasez. Acumular era seguro.

Pero ni las usaba. Todo almacenado…

No supo qué contestar. Veía a su mujer sentada allí, en la cama de una extraña, rodeada de trastos. De pronto comprendió que Carmen se veía a sí misma ahí, en aquel futuro.

Carmen…

No digas nada se levantó bruscamente. Vámonos. Por favor.

En el rellano, Carmen cerró los ojos apoyada en la pared.

¿Qué vamos a hacer? preguntó.

No lo sé.

¿Y si decimos que no? ¿Decimos a tus padres que no podemos?

No podemos, Carmen. Ya están con los papeles, nos han dado las llaves. No podemos fallarles ahora…

¿Y de dónde sacamos dinero para limpiar esto? Y el alquiler que aún debemos…

Guardaron silencio.

Podemos hacerlo nosotros propuso Víctor. Los fines de semana. En un par de meses…

Carmen le miró.

¿En dos meses crees que se puede vaciar la vida de alguien?

Él no respondió. Sabía que no hablaba sólo del piso.

***

Los trámites legales se resolvieron en días. El notario amigo arregló los papeles. Ya eran oficialmente dueños de la vivienda. Nicolás y Pilar estaban contentos, llamaron para felicitar. La casera del piso de alquiler les dio un mes más.

Cada sábado y domingo, Carmen y Víctor iban a Chamberí con guantes y bolsas. Tardaron horas en empezar. Todo era enorme e inabarcable.

Empezamos por el pasillo dijo Víctor.

Sacaron bolsas y bolsas de periódicos: El País, ABC, La Vanguardia, tres décadas atadas con cuerda. Nadie sabía para qué guardaba eso Matilde.

Al final del día, llevaban siete sacos fuera y ni se notaba. Les dolía la espalda, agotados sobre las escaleras con una botella de agua.

Así a este ritmo, cien años nos hará falta suspiró Carmen.

El siguiente sábado, la habitación grande: ropa antigua, colores desvaídos, tela raída, todo ordenado milimétricamente, como si alguien aún fuese a ponérselo.

Mira, le mostró Carmen un vestido. Como el de mi madre en los setenta.

¿Lo tiramos?

Claro. Aunque lo sostuvo un segundo más, antes de echarlo al saco.

Bajo la ropa, más cajas. Fotos. Blanco y negro, bodas, fiestas, niños.

¿Las guardamos?

¿Para quién, Víctor? No tenía hijos.

Entonces… ¿las tiramos?

Carmen cogió una: una joven de blanco con un hombre al lado. Matilde y su marido. Felices.

Tírala añadió quedamente al dejar la foto.

Sábado tras sábado, la casa se vaciaba y Carmen hablaba menos, cada vez más distinta. Una noche la encontró llorando en la cocina.

¿Qué pasa?

Nada. Sólo cansancio.

Pero era otra cosa.

Un día, entre trastos, Carmen halló un cuaderno escolar. Empezó a leerlo:

Hoy he comprado una vajilla en El Corte Inglés. Azul, preciosa. Por fin tengo porcelana de verdad. Borja dirá que para qué, pero quiero tener una casa bonita. Algún día haré una merienda y se asombrarán todos.

Siguió leyendo, emocionada, páginas de 1962.

Otra vajilla más. Sé que Borja se enfadará, pero no puedo evitarlo. Tener cosas bonitas me tranquiliza, siento que estoy a salvo, que tengo futuro.

Cerró el cuaderno.

Tenía mi edad entonces. Veinticinco.

¿Y qué?

Que ha vivido así toda su vida. Acumulando, esperando que algún día todo sirviera para algo. Y al final murió sola, rodeada de cosas inútiles.

Víctor se sentó a su lado.

Carmen, ¿qué quieres decir?

Que yo hago lo mismo. Siempre que puedo compro otra tontería. Y pienso que cuando tengamos un piso propio todo mejorará, pero no es verdad. El problema soy yo. No puedo parar. Y si no paro, acabaré igual.

Víctor no supo qué decir. Aquello era cierto, y lo sabía desde hacía años. Siempre postergando, siempre callados, engullidos por la rutina de compras, deudas y traslados.

¿Sabes qué da miedo? siguió Carmen. Que ahora veo que ese piso puede ser mi futuro. Si no cambio, acabaré entre trastos que ya no sirven a nadie.

No estás sola, le dijo Víctor.

Por ahora. Pero alguno de los dos se cansará. O Lucía se alejará. Y yo seguiré aquí, coleccionando porcelanas sin sentido.

Silencio. Atardecía. La casa estaba quedando casi vacía, pero la presión era aún mayor.

Quizás deberías hablar con alguien sugirió él. Un psicólogo.

Quizás. Pero espera. Vamos a terminar esto, -liberar la casa, y luego… vemos.

***

Tres semanas después, apenas quedaban muebles viejos. El piso estaba desnudo, con paredes deslucidas y suelos que crujían: pero era suyo. Por fin su piso.

Víctor se apoyó en una pared, mirando el espacio vacío.

Habrá que empapelar y pintar. O poner tarima.

Carmen no contestó. Miraba por la ventana.

¿No te alegras? preguntó él.

Creo que no nos hace falta esta casa.

¿Cómo que no?

Que necesitamos cambiar nosotros. No mudarnos, no disponer sólo de más sitio para meter más trastos. Si nos venimos aquí y repito todo esto, volveremos a ser la tía Matilde.

¿Quieres rechazar la casa?

No, quiero que hablemos con tus padres con sinceridad. Si decidimos venderla y repartir el dinero, o lo que sea, lo haremos juntos. Pero primero tengo que entenderme a mí misma.

Víctor la miró sorprendido. Por primera vez hablaba en serio de cambiar.

¿Y Lucía?

Hablaré con ella, le pediré perdón. Quiero intentarlo, por mí.

¿Y si mis padres no entienden nada?

Peor de lo que estamos, ya no puede ser.

Salieron de la casa, cerrando la puerta tras de sí. Hacía frío; entraba la noche. Víctor encendió un cigarro, Carmen solo se apoyó en su hombro.

Me da miedo murmuró ella.

A mí también.

Pero es lo que hay que hacer.

Sí.

Caminaron hacia el metro, dejando atrás la fachada triste de Chamberí, ese quinto piso vacío que debía haber sido la solución y no lo era, porque el problema estaba dentro de ellos.

***

Hablar con los padres fue un drama. Nicolás no aceptaba: Muchos matarían por este regalo. Pilar llorando: Sólo queríamos ayudar….

Lo sabemos, insistía Víctor. Pero necesitamos aclararnos.

¿Aclararos con qué? ¡Tenéis casa, id y vivid!

Todo acabó con Nicolás enfadado: Haced lo que queráis, pero ya no contéis con nosotros. Pilar abrazó a Carmen: Por favor, cúrate. No acabes como Matilde.

Hablar con Lucía fue más fácil. En un bar, escuchó seria y asintió.

Ya era hora, mamá. Por fin lo reconocéis.

¿Te molesta?

Me alegra, mamá. Yo dejé de ir porque no soportaba ver cómo vivíais, cómo te mentías comprando más y más, papá callando siempre. Por fin lo decís.

Quiero cambiar. No sé si podré, pero lo intentaré.

Hazlo, por ti. No por nosotros.

***

Pasaron seis meses. Carmen comenzó terapia. Al principio fue duro, luego liberador. Comprendió que comprar era el sustituto de una falta de amor propio, de una eterna búsqueda de sentirse válida y querida.

Las cosas sólo llenan el hueco si tú lo permites le dijo la psicóloga. Hay que aprender a necesitar menos.

Empezó a vaciar su propio piso. Lentamente, regalando, vendiendo, tirando. Era doloroso desprenderse, como si cada objeto fuera un trocito de ella, pero siguió.

Víctor la apoyó. Una noche, él mismo reconoció:

Yo también me acomodé al silencio, por no afrontar el cambio. Lo siento.

El piso de Chamberí quedó vacío, ni lo vendieron ni lo habitaron, sólo lo dejaron ahí. Lucía comenzó a visitarlos más.

***

Ocho meses después, los tres fueron al piso. Recorrían las habitaciones, desnudas salvo un armario viejo.

¿Y entonces, os vais a mudar? preguntó Lucía.

Carmen y Víctor se miraron.

No lo sé dijo ella, honesta.

Lucía abrió las ventanas, dejó que entrara el aire de marzo. Víctor tocó los radiadores.

En la sala, juntos, Carmen preguntó en voz baja:

¿Para qué era esto, realmente?

Víctor dudó.

Para tener algo propio…

Pero, ¿para qué? ¿Ser felices, sentirnos protegidos…? ¿O simplemente acumular?

Él no respondió. Lucía intervino:

No importa el porqué de la casa, sino qué hacéis con todo lo demás, lo que hay aquí dentro. Una casa son paredes. La vida, no está en las paredes.

Carmen asintió despacio.

Me da miedo entrar y llenarla otra vez de chismes. Diez años y estará igual.

¿Y si no os mudáis? preguntó Víctor.

Quizá la vendamos. O la quede Lucía. No lo sé. Primero quiero cambiar yo.

Lucía la abrazó:

No acabarás como Matilde. Lo ves, y ese es el primer paso.

Un rato después, Víctor propuso:

No hay prisa. Dejadla así, venimos de vez en cuando y ya veremos.

Carmen aceptó. Bajaron los tres, la primavera asomaba en el aire de Madrid. Lucía, sonriendo, les propuso café.

Vamos dijo Carmen.

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