La maldición de la antigua casona

¡Llegamos! ¡A descargar!el conductor detuvo el camión frente a una vieja valla de madera y apagó el motor.

Inés movió suavemente a Jimena, que dormía plácidamente recostada en su hombro.

Cariño, ya hemos llegado. Abre los ojitos.

La soñolienta Jimena se frotó los ojos con el puño y miró alrededor, intentando distinguir la casa.

¿Mamá, es aquí donde vamos a vivir ahora?

Sí, mi vida. Anda, vamos a bajar. Hay que descargar las cosas y echar un vistazo a todo.

Inés saltó del escalón y cogió a su hija en brazos. Detrás del camión apareció Marcos, que había venido en su propio coche detrás de ellas.

¿Todo bien?

Sí. ¿Dónde están las llaves?

Aquí las tienesle entregó un manojo; los papeles de la casa los he dejado encima de la mesa, los encontrarás fácilmente. El sábado vendré a buscar a Jimena, como quedamos.

De acuerdo.

Te ayudo con las cosas y me marcho, tengo mil cosas que hacer.

Inés asintió. Sentía aún un nudo en el estómago, pero sabía que no podía cambiar nada: ¡tocaba seguir adelante! Y en la medida de lo posible, sin dramas.

Había vivido cinco años con Marcos. Y hacía solo un mes se enteró de que él tenía otra. Pero no se trataba de una simple aventura; lo suyo era algo serio ya planeaban formar una familia.

Al principio, Inés sintió como si de golpe todo se oscureciera a su alrededor. ¿Y ahora qué? ¿Cómo seguir viviendo? No lograba pensar. Hasta ayer tenía un apoyo sólido, un marido, una vida tranquila y segura, y de pronto¡nada! Todo desapareció en un instante. Incluso la fe en la gente; si el más cercano te traiciona casi sin mirar atrás, ¿qué esperar de los demás? Y con Marcos apenas discutían, llevaban una relación cordial, por eso nada le hizo sospechar

La noticia, más que un golpe, la dejó paralizada.

Inés siguió por inercia con la rutina: cuidar a su hija, cocinar, limpiar, trabajar, pero sin fuerzas siquiera para pensar en el futuro.

El piso donde vivía la pareja pertenecía a los padres de Marcos.

Inés, por su parte, tenía solo a una tía mayor, que vivía en un pueblo cercano, su único familiar. Como no podía visitarla a menudo, contrató a una vecina que se encargaba de las compras y de atender a la tía Pilar. La propia Inés alquilaba el piso de sus padres, que heredó, y el dinero, mitad y mitad, iba a su cuenta y a la de su tía. Había intentado convencer muchas veces a la tía Pilar para mudarse a un piso más cerca, pero ella se negaba siempre.

Marcos, al confesar la infidelidad, sabía que no habría escándalos. Conocía su carácter. Estaba seguro de que Inés se encerraría en sí misma. Así que cuando dejarlo en secreto era ya imposiblepues las buenas lenguas ya le habían contado todo a Inésfue a casa, y tras acostar a Jimena, la llevó a la cocina y le dijo:

Sé que ya lo sabes todo. No voy a justificarme. Ha sucedido, sin más. Tenemos una hija, lo importante es que esto no le afecte. ¿Y tú, qué vas a hacer ahora?

Todavía no lo séInés sujetaba una taza con las dos manos, la mirada perdida en la mesa.

Por dentro sentía un torbellino de emociones. Preguntas como ¿por qué? o ¿en qué fallé yo? iban y venían, sin dejarla pensar. Pero por fuera, ni rastro de lágrimas. No quería que él viera lo que le pasaba por dentro. La herida la asfixiaba. Pero tenía razón en algo: Jimena era lo prioritario.

Tendré que avisar a los inquilinos

No hace falta. Yo la he liado contigo y con Jimena. Así que he hablado con mis padres Inés, ¿qué te parecería mudarte?

¿A dónde?Inés alzó la mirada hacia su todavía marido.

Sabes que mi madre tiene la casa de sus padres en el pueblo de al lado. No es nueva, habrá cosas que arreglar, pero es sólida y cálida. Además, tu tía Pilar vive en la misma calle, ¿no? Mi madre quiere poner la casa a tu nombre y al de Jimena. ¿Cómo lo ves?

¿A modo de indemnización?sonrió Inés, dudosa.

La verdad, era la mejor opción. No quería cruzarse con Marcos y su nueva vida por la ciudad. El entorno habitual se la hacía doloroso. Pasar por el parque y recordar cómo era su familia le resultaba insoportable.

Le tocaba pensar en el futuroel suyo y, sobre todo, el de Jimena.

¿Qué perdía? El pueblo era pequeño, pero tenía buena escuela, centro de salud y todo quedaba cerca. Además, única familia cerca, donde buscar apoyo. Jimena aún era pequeña y necesitaba mucha atención. Marcos ya no estaría tan pendiente como antes. Así que le tocaría buscar trabajo

Inés asintió, decidida:

Acepto.

Pues ya está. Mañana lo comentas con mi madre, cuando vayáis al notario. Ella te llamará. Yo ya me voy.

Al salir, se detuvo un instante en la puerta y, sin mirarla, musitó:

Perdóname No quería que acabara así.

Ella no respondió. Cerró la puerta tras él, se deslizó hasta el suelo y, mordiéndose la manga del jersey para no despertar a la niña, rompió a llorar.

No era un llanto cualquiera; era un aullido sordo. De pequeño, Inés había visto un documental sobre lobos, y ahora sentía que era más parecido a una loba herida que a una mujer.

Lloró mucho rato. Luego pensó que, con las lágrimas, también se desprendía parte de la rabia. Pero lo que quedó fue un hueco vacío, casi quemado, en el alma. Y una única idea, revoloteando como mariposa herida: tenía que llenar aquello de cosas buenas, o se quedaría varada para siempre en ese pozo sin fondo.

Las semanas siguientes fueron tan duras que Inés procuraba no pensar en nada salvo la mudanza.

Y así, ahora estaba junto a la cerca torcida de su nueva casa, contemplando el enorme jardín salvaje que apenas permitía ver la vivienda. Entre los árboles solo asomaba un trozo de tejado y parte del porche.

Jimena tiró de su mano impaciente:

¡Mamá, ven ya!

Se adentraron por el sendero y, al rodear un viejo manzano, apareció la casa.

No exactamente lo que esperaba. Casa. Algo envejecida, pero sólida, un pequeño mirador alto, y un precioso y espacioso porche con vidrios de colores. Enmarcada por el jardín otoñal, pedía una foto. Inés preparó su cámara e hizo varias tomas. Al mirar la que sería su nueva casa, de repente sintió que le gustaba mucho ese lugar, y que todo el trabajo que requería sería justo lo que necesitaba ahora. Jimena se quedó boquiabierta, chupándose el dedo. Inés tiró suave del pompón de su gorro:

¡El dedo fuera de la boca, pequeña! ¿Te ha sorprendido la casita?

¡Mamá, es preciosa!

Totalmente de acuerdo. Pero vamos a ver cómo es por dentro, y decidimos dónde dormirás.

¡Sí, sí, vamos!

Subieron los escalones y pasaron por el porche hacia dentro. Un pasillo espacioso que daba a la cocina y a las habitaciones. Inés fue recorriéndolas, pensando dónde ubicaría los muebles.

La casa era pequeña. Cocina, dos habitaciones en la planta baja y una en el mirador, además de un salón-comedor grande con una mesa redonda y una lámpara antigua cubierta por un chal de ganchillo. Había humedad; seguramente hacía mucho que no se usaba la estufa. Aun así, le pareció que la casa era cálida y acogedora de por sí.

¡Inés! Ya está todo descargado y los de la mudanza están pagadosdijo Marcos al asomar por la puerta. Ven, que te enseño lo de la calefacción y el termo.

Enseguida le explicó todo, se despidió y se fue.

Inés fue a la cocina.

Puso agua a hervir y sacó los tuppers con comida para Jimena. Mientras el guiso se calentaba, buscó en una caja los productos de limpieza y limpió la mesa.

La cocina, pese a ser pequeña, era muy acogedora. Dos ventanales daban al jardín. Junto a uno de ellos estaba la mesa que Inés dejó reluciente. Jimena se balanceaba en la silla y miraba con curiosidad los armarios y la lámpara de colores.

De pronto, algo golpeó fuertemente la ventana. Jimena pegó un grito; Inés levantó la vista, sobresaltada. En el alféizar, por fuera, estaba sentado un enorme gato pelirrojo.

¡Hombre, vaya susto nos has dado!Inés respiró hondo. Jimena, mira qué guapo.

El gato la miraba fijamente.

¿Qué, me miras tanto? Pasa si quieres, seguro que encuentro algo que darte.

El gato saltó y desapareció.

Bueno, la invitación está hechasonrió Inés. Jimena, ¡a lavarse las manos, que vamos a comer!

Al girarse hacia la puerta, la vio y se quedó de piedra. El gato estaba sentado en el umbral.

¿Cómo has entrado? ¡Si he cerrado la puerta!

No hizo ningún gesto. Les observaba con sus grandes ojos dorados, entrecerrándolos con una expresión tan plácida que Inés no pudo evitar sonreír.

Cortó un poco de pollo cocido, lo puso en un platito viejo:

Ven, para ti.

El gato caminó dignamente hasta el plato y empezó a comer con calma.

Inés verificó las puertas. Todo estaba cerrado, salvo una pequeña trampilla en la puerta principal, seguramente hecha para gatos.

¡Vaya! El muy listo sabía entrar perfectamente.

Cuando regresó a la cocina, Jimena estaba en el suelo susurrándole cosas al gato. Este, por su parte, escuchaba atento. Inés, por primera vez en mucho tiempo, rió en voz alta.

¡Menuda pareja de tertulianos!

Hija y gato giraron la cabeza al unísono, y por un instante le pareció que el gato se encogía de hombros tal como hacía la niñatan cómico resultaba.

Entonces, llamaron a la puerta. Inés hizo una señal a Jimena:

¡Quédate aquí!y fue a abrir.

¡Hola! Soy tu vecina, Paula. Puedes llamarme tía Paula. Toma, leche fresquita, de mi cabra. ¡Que aproveche!

¡Muchas gracias!Inés, algo sorprendida, enseguida reaccionó. Yo soy Inés, encantada. ¡Ay, aún está caliente! Muchísimas gracias. Pase, por favor.

Tía Paula no se hizo de rogar y entró.

Inés dejó la botella encima de la mesa, Jimena saludó:

¡Hola! Me llamo Jimena.

Hola, Jimena, yo soy tía Paula.

Encantada. ¿Y este gato es tuyo?

¡Claro que sí! Es mi bribón. Se llama Mateo. Si come mucho, échalo, que en casa no pasa hambre, y se vuelve un vago incapaz de cazar ratones.

¿Aquí hay ratones?preguntó Jimena asombrada.

Por supuesto. Y en vuestra casa, seguro que también. En todas las casas de campo hay ratones, sobre todo cuando viene el otoño

¡Mamá, necesitamos a Mateo urgente! O mejor dicho, ¡un gato propio!

Inés sonrió:

Veremos, Jimena. Tía Paula, ¿sabe si alguien cerca busca trabajo? Necesito ayuda para limpiar el jardín y hacer arreglos en la casa. Yo sola no puedo, necesito unas manos de hombre

Sí, ¡ya lo creo! Pregunta por Justo: Don Justo Martínez, vive tres casas más abajo, la de la verja verde. Es de fiar y no cobra caro.

Gracias. ¡Uy, qué despiste el mío! ¿Le apetece un té? Recién llegamos, pero algo de pastas y bombones tengo.

No le digo que nosonrió tía Paula.

Mientras tomaban té, tía Paula le contó detalles del pueblo y de su familia; luego, de pronto, preguntó:

Dime, Inés, ¿cómo acabaste en esta casa?

Fue por herenciaintentó no dejar ver sus sentimientos, sonriendo con amargura. No pensaba compartir más detalles de su vida.

Ya sabes, lleva más de veinte años cerrado. Los jóvenes ni se acuerdan, pero los mayores sí: esta casa tiene fama de maldita.

¿En serio? ¿Y por qué? ¿Pasó algo aquí?

Nada concreto, hija, no te asustes. Lo que pasa es que nunca nadie ha vivido aquí mucho tiempo. Dos o tres años, y se marchaban. Unos enfermaban, otros perdían seres queridos, otros jamás encontraban alegría Por eso tiene esa fama. La construyó un comerciante para su prometida, y ella ni siquiera llegó a vivir un año: murió de unas fiebres. El hombre vendió la casa y se fue, y desde entonces Nadie ha acabado de asentarse aquí. Y la casa es casi centenaria, la reformaron alguna vez, pero nunca nadie estuvo a gusto.

Inés giraba distraídamente la cucharilla entre los dedos.

Bueno, será cuestión de intentarlo. ¡A nosotras no nos asusta nada! ¿Verdad, Jimena? No será la casa quien logre que nos vayamos sin pelearlo.

Pasaron varios meses.

Inés se adaptó pronto al pueblo. Jimena iba a la guardería; Inés trabajaba de fotógrafa en un pequeño estudio local y, además, cubría celebraciones, ganando un sueldo decente. La fotografía, que comenzó siendo un hobby durante el embarazo, se convirtió en su vocación. Había hecho cursos y hasta alguna sesión de bebés y de estudio antes. Aquellas destrezas le fueron ahora muy útiles.

Poco a poco, puso en orden la casa y el jardín. Le tocó una ayuda excelente.

El hombre que tía Paula le presentó se presentó:

Llámame Justo, que así me conocen.

Escuchó las peticiones de Inés y se puso manos a la obra.

Juntos limpiaron el jardín, donde apareció una multitud de frutales y arbustos. Inés se dio cuenta de que, bien cuidado, Jimena no tendría que comprar fruta en la tienda. Luego, entre ambos, arreglaron el tejado, el porche y la escalera. Llevó tiempo, pero lo lograron bien.

La casa cobró vida. Por las mañanas, salir al porche con una taza de té y apoyar la mano sobre la barandilla nueva le hacía sentir que aquel era su sitio, su espacio de paz.

Inés se ocupó también de la tía Pilar; cada tarde tras la guardería, pasaban a visitarla, antes de ir a casa. Inés estaba convencida de que mudar sus vidas allí fue lo mejor. Se había tranquilizado y casi superado su resentimiento hacia Marcos.

Él seguía viendo a la niña y, en el fondo, aquello ayudó a Inés a sobrellevar la situación. Marcos no se desentendía de su hija, y eso también importaba. Lo demás, ya había pasado; Inés decidió no dar más vueltas a lo que no tenía remedio. Ella tampoco era perfecta. A veces, volcándose en la niña, descuidó su relación. Para sí misma, decidió simplemente demostrar a Jimena que tenía un hogar: madre y padre que la quieren, aunque vivan separados.

Su tía la apoyó:

Bien hecho, Inés. No guardes rencor. Ni los pequeños disgustos, si los remueves demasiado, se vuelven enormes. Más vale pensar en lo bueno que en lo malo. ¡Fíjate qué hija tan bonita tienes! Eso es lo que cuenta. Olvida el resto y no te quedes con la rabia. Que tu hija te vea fuerte, que ella aprende de ti. Los niños están en todo, aunque los mayores no se den cuenta Luego ya verás lo que recuerda de esto: la madre que luchó, no que se hundió.

Inés asintió.

Poco a poco, conoció a todos los vecinos. Pronto, unas y otras se pasaban por su casa. Las familias jóvenes venían con críos, y Jimena se hizo amigos. Las señoras mayores tampoco la dejaban de lado.

Así conoció a doña Carmen, que vivía un poco más lejos. Ella le enseñó a hacer pan casero y Jimena disfrutaba tanto que dejó incluso de protestar a la hora de beber leche. Bastaba con darle una corteza crujiente de pan recién hecho y el vaso volvía vacío. Inés reía mientras limpiaba bigotes de leche a la niña.

Más adelante, Inés hizo amistad con don Julián, un vecino que apareció con una cesta de fresas gigantes:

Son British, ya verás. Cuando te hagas a la casa, te enseño a plantarlas y a cuidarlas.

Después de que Justo le ayudara a poner en orden el porche, Inés colocó una mesa grande, limpió las vidrieras de colores y frotó a fondo el suelo de madera. En una esquina, una mecedora que Jimena adoraba. Casi cada tarde se acomodaba allí con el extrovertido Mateo, el gato que, desde el primer día, decidió repartirse entre su casa y la de tía Paula. Inés tenía que ser prudente cuando salía al porche, tras pisar una hilera de ratones regalados por el felino, que defendía así su derecho a la comida, aunque Inés le habría dejado pasar igual. Jimena adoraba al gato.

De todas las vecinas, a Inés solo no le gustaba Zoraida. Algo mayor, muy pesada y charlatana. No solo eso, sino que era de las que sembraban chismes. Al principio, Inés no lo percibía. Pronto empezó a buscar excusas para cortar cualquier conversación e impedir oír maldades sobre los demás.

Tía Paula, ¿qué puedo hacer con ella? Es un torrente de habladurías.

Ay, Inéssuspiró la vecina, ni lo intentes. Si dejas de recibirla, te pondrá verde en el pueblo, aunque aquí todos te conocen ya. Es así; yo logré que no entrase en mi casa.

¿Cómo?

Muy fácil: tengo gatos, y ella les tiene alergia.

¿Adoptar un gato o un perro entonces?

Inés se quedó pensativa.

Zoraida ya había visto que en Inés había orejas educadas y disponibles. Sabía también que, por prudencia, la dueña no la mandaría a paseo. Por eso seguía apareciendo.

Inés le servía té y, resignada, se distraía tarareando canciones mentalmente para no escucharla. Zoraida lanzaba sus pullas sin darse cuenta de que hablaba sola.

Pasó el tiempo, y Inés notó algo curioso: cada vez que Zoraida venía, algo le ocurría.

La primera vez, se enganchó la falda nueva con un clavo que, Inés juraría, no estaba allí: Justo acababa de lijar todo el porche. Zoraida se fue ese día sin decir ni media palabra.

La vez siguiente, se sentó fuera de la silla. Era imposible, porque la silla estaba entre la mesa y la pared, realmente no cabía caerse.

Quizás por esto, o tal vez porque encontró mejor público, Zoraida pasó a venir menos.

Un día, mientras Inés podaba los arbustos, la oyó hablar con tía Paula.

Tía Paula, no me creo que esa chica viva sola con su hija y no tenga un hombre en casa. ¡Es imposible! Tiene la casa perfecta, el jardín perfecto, seguro que alguien viene por las noches.

Zoraida, anda, si sabes perfectamente que Justo fue quien le arregló todo, y que le pagó. ¿A qué viene eso?

¿Y la casa?

¿Qué le pasa a la casa?

Todo el pueblo sabe que está maldita. Ya va siendo hora de que se largue, pero ahí sigue, tan tranquila ¿Por qué será? Y encima, la gente la visita, mientras a mí no me viene nadie. ¿Por qué será?

Porque no es la casa la que hace a la persona, sino la persona a la casa. Inés es buena gente, y eso atrae. Anda, ve a tus cosas, que tengo la leche al fuego. Venga.

Inés se apartó conteniendo la risa. ¡Qué cosas veía uno!

¡Mamá! ¿Dónde estás, mamá?Jimena estaba en el porche.

¡Aquí! ¿Ya te has lavado la cara?

¡Aún no! Mira esto.

Inés miró hacia dónde señalaba la niña. Por el sendero venía Mateo arrastrando un minúsculo gatito naranja, igualito a él. Cuando estuvo frente a Inés, la miró con reproche. Ella se agachó, recogió la bola de pelo que protestaba al ser transportada.

Gracias, Mateo, ¿crees que lo necesitamos?

El gato maulló con gravedad, se dio la vuelta y se marchó en dirección a casa de tía Paula. Su tarea, al parecer, estaba hecha.

Bueno, Jimena, seguramente tienes razón. ¿Cómo lo llamamos?

¡Mateo, como su padre!

Inés alzó el gatito a la altura de los ojos:

Bienvenido, Mateo Martínez, hijo. ¡En casa todos! Que ya es hora de desayunar.

Jimena se echó a reír, abrió la puerta del porche, y un cálido aroma a hogar llenó la casa.

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La maldición de la antigua casona
Un día antes de casarme, mi prometido falleció. Todo estaba listo: el vestido colgado, las alianzas preparadas, los invitados confirmados, la comida encargada. Aquel día, él decidió pasar la tarde en casa con unos amigos—algo tranquilo, me dijo, para despedirse de la soltería. No hubo fiesta salvaje ni excesos. Solo estaban sentados, tomando algo, charlando y contándose historias. Yo me quedé en casa ultimando los detalles finales. A las 21:30 sonó el teléfono. Era uno de sus amigos. Me dijo que, de repente, se había desmayado y lo llevaban al hospital. Mientras iba hacia allí, me repetía que sería algo pasajero… un susto… tal vez el cansancio del estrés previo a la boda. Al llegar al hospital, me hicieron esperar en una sala fría. No tardaron mucho. Salió un médico, se acercó y me pidió que me sentara. Allí me dijeron la verdad… No recuerdo haber gritado ni llorado en ese momento. Recuerdo los sonidos del hospital. Las luces blancas. Y la sensación de que algo no encajaba. Que no era posible estar escuchando esas palabras. Que esto no debería estarme pasando. Al día siguiente no hubo boda. Hubo entierro. La casa que iba a ser nuestro comienzo se llenó de coronas de flores. Las mismas personas que deberían haberme visto vestida de blanco, me dieron el pésame. Guardé el vestido. Cancelé todo. Aprendí a levantar el teléfono sin saber qué decir. Y tuve que explicar una y otra vez: no, no es un error… sí, es cierto… sí, el féretro fue un día antes de la boda. Pasaron meses… luego años. Nunca más volví a intentar tener otra relación. Al principio no fue una decisión consciente. Simplemente… no podía. Cada vez que alguien se acercaba a mí, algo dentro de mí se cerraba. No sabía cómo empezar de nuevo cuando mi historia había terminado incluso antes de comenzar. Me quedé sola—no porque no tuviera oportunidades, sino porque no encontraba fuerzas para arriesgar de nuevo mi corazón. Han pasado veinte años desde aquel día. Reconstruí mi vida de otra manera. Trabajé, cuidé de los míos, aprendí a estar sola. Pero nunca volví a amar de la misma forma. Él fue mi última promesa. Mi último sueño compartido. Después de él, simplemente aprendí a vivir sola. Y así… esta es mi historia.