Persona de contacto
Sujeto el formulario sobre mis rodillas como si pudiera llevárselo el aire conmigo si no lo aprieto con más fuerza. El bolígrafo se desliza seguro por las primeras líneas, como por un sendero conocido: apellido, nombre, segundo apellido, fecha de nacimiento. Ni siquiera levanto la cabeza, sólo alcanzo a escuchar, tras el cristal, el clic de una grapadora y a alguien susurrando a un niño: «No toques eso». Cuando llego a la línea de «Persona de contacto, teléfono, a quién avisar en caso de», mi mano se detiene.
Las palabras son sencillas, como el letrero de una puerta. Pero por dentro, todo se va encogiendo. Miro la línea en blanco y no tengo respuesta preparada, como solía antes. Antes habría escrito un nombre automáticamente, sin pensar, igual que escribía «España» en el apartado de nacionalidad. Ahora siento los dedos entumecidos en el bolígrafo y lo aprieto con más fuerza, para que no se note el temblor.
En el pasillo del Ayuntamiento está todo muy iluminado y apretado. Las sillas de plástico se alinean, la gente se sienta ladeada para no chocarse las rodillas. En la pantalla corren los números y, cada vez que suena «ventanilla siete», alguien se pone en pie bruscamente, como si le hubieran llamado por su nombre. Yo tengo mi número, ya casi me toca, pero el formulario tiene que estar completo, si no, me mandarán de nuevo al mostrador.
Enfrente, una mujer con abrigo acolchado hojea una carpeta de documentos, hace ruido con los plásticos. El hombre a su lado sujeta su DNI como si temiera que se le escapara de las manos. Mira una y otra vez la página de la foto, como si algo pudiera cambiar ahí. Hago como que repaso los números, pero la línea en blanco me llama la atención, como una puerta mal cerrada.
«Persona de contacto». Repaso mentalmente los nombres y cada uno engancha de una manera distinta.
Podría poner al hijo mayor. Vive en otro barrio, al otro extremo de Madrid, y sólo suele tener el móvil con sonido en el trabajo. Contesta escueto, sin rodeos, y yo misma me entrené para no llamarle si no es importante. «Mamá, estoy en una reunión», «Mamá, voy en el Metro», «Mamá, hablamos luego». Por la noche está cansado y le oigo esforzarse por estar atento, pero ya anda metido en su vida. Claro que puedo poner su número. Es lo lógico. Es lo correcto. Pero sólo de imaginar que, si algo pasa, le llamará un desconocido con voz oficial diciendo «su madre», me invade una oleada de pudor, como si otra vez le hiciera cargar con mi incapacidad para apañármelas sola.
Podría poner a la vecina. Nos saludamos en el ascensor, a veces me pide que recoja un paquete si no está en casa. Un día me llevó un táper de caldo cuando cogí la gripe, y aún recuerdo la extrañeza de aceptar la olla, como si, de repente, hubiera dejado de ser autosuficiente frente a alguien ajeno. Es una mujer amable, pero no somos íntimas. Su nombre en esa línea sería una confesión de que sólo tengo la proximidad casual de unos muros.
Podría no poner a nadie. Dejarlo vacío, hacer una raya. Sé que no se puede, pero la idea de la raya me parece honesta. Una raya no exige explicaciones. Una raya no descuelga el teléfono ni después pregunta «¿por qué me pusiste?»
Oigo detrás a alguien hablando por teléfono: «Sí, estoy en el Ayuntamiento, esto está lleno». La palabra «lleno» suena a excusa, como una licencia para no contestar deprisa. Y yo me descubro buscando también una disculpa, pero dirigida a esta línea.
Antes todo era más fácil, no porque fuera mejor, sino porque lo esperado era hacerlo así. Recuerdo haber rellenado un formulario igual hace diez años, en otra vida, en otro edificio. Entonces ni leía lo que pedían. Escribía el nombre de mi marido y su número como si fuera natural: había alguien que respondía por mí y yo por él. A veces discutíamos por tonterías, pero en los papeles éramos uno, como en el libro de familia.
Hoy no puedo escribir su nombre. No porque estemos peleados. Una pelea implica que la cuerda aún existe, sólo que está tensa. Lo nuestro se cortó hace mucho, y fui yo quien empuñó las tijeras.
Recuerdo que no empezó por una huida ruidosa ni maletas en la puerta. Empezó cuando dejé de contarle cómo había ido el día. Al principio por cansancio. Luego por fastidio. Más tarde, por costumbre. Él preguntaba y yo respondía breve, convencida de ahorrar fuerzas. Después yo también dejé de preguntarle. Vivíamos juntos, como quienes comparten compartimento en el tren: ya sabes quién duerme dónde y a qué parada se baja, y terminas sin mirar siquiera.
Cuando dijo que se iría a vivir aparte, no lloré. Asentí, como quien acepta una reforma. Incluso le ayudé a hacer la maleta, porque era más fácil eso que quedarme de pie mirando. Recuerdo doblar sus camisas y sentir las manos funcionando en automático, pero por dentro ya estaba a oscuras.
Luego la soledad se volvió rutina. Aprendí a no esperar sus pasos en el pasillo, a no reservar sitio en el sofá, a no comprar pan de más. Aprendí a decir «yo» y no «nosotros». Y hasta llegué a disfrutar cierto silencio: nadie preguntaba por mis retrasos ni dejaba la toalla húmeda en la silla.
Pero esa línea en el formulario no es por la toalla. Es por quién se pondría a mi lado si a mí me pasa algo. Quién contestaría, firmaría, decidiría. Quién escucharía mi nombre en boca de un desconocido.
En la pantalla aparece mi número y una voz dice: «Ventanilla tres». Levanto la cabeza. La chica tras el cristal ya me espera con los papeles, pero finjo no verla y vuelvo al formulario. Aún tengo un minuto antes de que alguien ocupe mi sitio.
Noto que tengo la garganta seca. No por ganas de llorar, sino porque tengo que nombrar a alguien, aunque nadie lo exija. Nombrar es aceptar.
Pienso en mi amiga. Nos conocimos en el trabajo, cuando yo aún pensaba que la amistad después de los treinta era cosa rara. Llegó a mi vida sin ruido ni promesas. Primero compartimos proyectos, después cafés en el descanso, luego empecé a escribirle cuando me encontraba mal, y ella tal vez tardaba, pero siempre respondía. Sabe más de mi divorcio que cualquiera, porque en casa no podía hablarlo; en la oficina, al amparo de otras paredes, salía más sincero.
No nos llamamos cada día. A veces pasan meses sin vernos, porque cada una tiene su vida. Pero cuando coincidimos, no tengo que fingir que todo va bien. Sabe escuchar de forma que uno no se siente un lastre. Y sabe decir «vamos», cuando ve que me quedo parada.
Me imagino que le llaman del hospital o de una consulta, y que primero reniega por no saber quién es, pero luego descuelga. Imagino su pausa antes de contestar: «Voy ahora mismo». Me da miedo y alivio a la vez. Alivio, porque podría ser. Miedo, por la responsabilidad que le echo encima.
Miro la línea vacía y entiendo que no se trata de a quién pongo ahí. Se trata de admitir que no puedo seguir fingiendo que no necesito a nadie. Esa fue mucho tiempo mi coraza, mi escudo. Lo llevé como un abrigo de mi talla. Pero el escudo no abriga.
Escribo el nombre de mi amiga. Las letras me salen más torcidas que al principio del formulario. Borro una y la escribo de nuevo, porque tiemblo. Después escribo despacio el número de móvil, comprobando los dígitos dos veces. Por un momento me dan ganas de esconder el papel, como si fuera una confesión. Pero no lo hago.
La chica de la ventanilla me vuelve a mirar. Me levanto, las piernas algo entumecidas del rato sentada. Me acerco, le entrego los documentos y el formulario por la rendija. Ella lo hojea sin levantar la vista. Sus uñas son cortas, lleva un anillo fino en el dedo. Marca casillas, remata con la grapadora.
¿Ha puesto persona de contacto? pregunta, con voz plana.
Sí contesto. Suena bajo, pero firme.
Asiente como si fuera sólo una casilla más y sigue con su tarea.
Mientras teclea, yo me quedo frente al mostrador y siento cómo se me afloja algo por dentro. No es dolor, ni miedo; es esa tensión que he sostenido años solo para no reconocer que estoy sola no porque quiera, sino porque es lo fácil.
Cuando me devuelve los papeles, los guardo en la carpeta, cierro la cremallera. El formulario se queda con ella y, con él, mi vieja costumbre de no nombrar.
Me siento en una silla junto a la pared y saco el móvil. La pantalla está manchada de huellas. Abro el chat con mi amiga y tardo un momento en decidirme. Me sube de nuevo el viejo freno: no molestes, no dependas, apáñatelas sola.
Escribo: «Hoy he estado en el Ayuntamiento rellenando papeles y te he puesto como persona de contacto. Si no te parece bien, dímelo y lo cambio». Las palabras me suenan secas, demasiado formales, como si hiciera una solicitud. Borro «no te parece bien» y escribo «no te viene bien». Borro otra vez y lo dejo igual. Me importa que suene a mí, no a frase correcta.
Pulso «enviar».
Dejo el teléfono en la mano, sin guardarlo todavía. El corazón late más rápido de lo que haría falta para estar tranquila. Miro la pantalla, la gente que se va y viene, la mujer del abrigo que por fin encuentra el papel que buscaba y suspira. Todo sigue su curso.
Al minuto llega la respuesta. «Por supuesto. Gracias por avisar. Y esta noche hablamos, ¿te parece?»
Lo leo y siento un calor, no agobiante, sino de esos que sostienen. Escribo: «Estoy bien. Hablamos». Y añado, tras dudarlo un momento: «Gracias».
Guardo el móvil en el bolso, cierro la cremallera y me levanto. Al salir, no me apresuro, no miro atrás. Camino hacia la puerta y me parece significativo que ya no llevo en el bolsillo esa línea vacía que me acompañó tanto tiempo.
A veces, pedir compañía no es un fallo, sino un gesto de valentía. Reconocer que necesitamos a alguien nos hace humanos; admitirlo, nos permite vivir más vivos.






